
Disculpará el compasivo lector la autocita, pero escribí en su día que Galípoli, más que un lugar, ofrecía al visitante la sugerencia de una idea de lugar. He aquí su estampa para los no iniciados. Entre los Dardanelos y el mar Egeo, no muy lejos de las míticas ruinas de Troya, la península de Galípoli —Çanakkale para los turcos— se convirtió en escenario de uno de los más épicos dramas sucedidos en la Primera Guerra Mundial. La sangría discurrió entre marzo de 1915 y enero de 1916.
Hoy por hoy, pasado más de un siglo de todo aquello, monolitos y cementerios ajardinados y distribuidos por toda la península recuerdan, junto al azul del mar, que Galípoli no ha dejado de ser desde entonces una inmensa tumba: 86 500 soldados turcos muertos, 14 000 franceses y 42 000 británicos, australianos y neozelandeses. De los 800 000 soldados que combatieron en la brecha de los Dardanelos, casi medio millón resultó herido, muerto, desaparecido o hecho prisionero.
Durante largos meses, más de los debidos, Galípoli ocupó mi mente y mi tiempo de forma casi obsesiva, lo que quedaría reflejado en el libro Viaje por Galípoli. La batalla sobre el tiempo (Pre-Textos). Lo escribí para conmemorar el primer aniversario de la batalla (1915-2015). Me resulta harto indecoroso hablar de ¡¡mi libro!! Pero he de decir que, con el paso de los años, todo o casi todo lo escrito por entonces en aquel grueso testimonio me parece ahora que pertenece a la obra de otro, alguien que se me antoja un absoluto desconocido, incluso un usurpador.
Grosso modo, la batalla de Galípoli discurrió como en el viejo cine de antaño: en sesión continua. El ejército turco otomano, asesorado por intendentes alemanes, logró resistir, por un lado, el intento de forzar los Dardanelos por parte de buques franceses y navíos de la Royal Navy británica. El plan, concebido por entonces por un jovencísimo Winston Churchill, acabó en fiasco. La mácula de Galípoli lo perseguirá durante toda su carrera política. El 18 de marzo de 1915 los aliados fracasaron en el intento por la vía naval. Los Dardanelos no fueron forzados y no pudo abrirse la ansiada brecha que habría de aliviar la carnicería del frente occidental en los cenagales de Bélgica y Francia.
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