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Desde cualquier lugar de la Tierra

Desde cualquier lugar de la Tierra

Este artículo está disponible en la revista Jot Down Places.

En un vídeo grabado en 1974, Arthur C. Clarke, uno de los escritores de ciencia ficción más lúcidos y que mejores predicciones tecnológicas hizo sobre el futuro, habla del trabajo que tendrá un niño de unos ocho años cuando crezca. El chico acompaña al periodista, su padre, que entrevista al autor. Y Clarke, como si estuviera hablando de la jornada normal de cualquier teletrabajador en 2023, describe cómo usará una consola donde, a través de una conexión telefónica, podrá conseguir toda la información que necesite y realizar su trabajo desde cualquier lugar de la Tierra. Con cinco décadas de anticipación, el autor vislumbró un presente de ordenadores portátiles, wifi e internet, y unos trabajadores a los que no limitaría ninguna geografía física. Los nómadas digitales.

El primero saldría a la carretera una década más tarde, en 1983. Steve Roberts, periodista, estaba decepcionado con su trabajo. Lo eligió para ser libre, pero se pasaba el día atado a un escritorio. Seguro de que podía hacerlo desde cualquier otro lugar, compró uno de los primeros PC portátiles, un teléfono con conexión por satélite, un panel fotovoltaico para alimentarlos, y modificó una bicicleta desde la que podía pedalear semitumbado. Veintisiete mil kilómetros después, no solo había proporcionado artículos sobre miles de lugares y personas de Estados Unidos, enviándolos a las redacciones mediante la conexión de su teléfono, también había aparecido fotografiado en su vagabundeo en numerosas revistas que resaltaban la libertad que las nuevas tecnologías podían proporcionar a cualquier usuario. Además, en su libro Computing Across America contó las dificultades que tuvo que afrontar, a veces financieras, y a veces emocionales. Los numerosos amoríos que abandonó en pos de su mayor amor, la libertad y la carretera. Muchos años después aún continuaba trabajando por libre, aunque había cambiado su bicicleta por un velero.

Lo relevante de Roberts no es lo que hizo, sino por qué lo hizo. Ser joven en los ochenta significaba convivir con la idea de libertad que habían construido varias generaciones. Los beatniks de los años cincuenta, con Jack Kerouac a la cabeza. Seguidos de la cultura hippie y de ese himno que aportó a la idea Bob Dylan con «Like a Rolling Stone», que se entendió como una llamada a librarse de las ataduras económicas y sociales. El cine contribuiría además con el largometraje Easy Rider, que no por casualidad se identificó con el himno «Born to Be Wild». Vagabundear y conocer el camino. Un sueño para bohemios y artistas, para aventureros, solo posible cuando la tecnología de la computación y las telecomunicaciones saltó de las grandes empresas e instituciones al ámbito doméstico. Desde entonces, y década tras década, los nómadas existieron como una minoría no lo suficientemente numerosa como para llamar la atención de la sociedad y del público. Hasta el 2010.

Ese año es un punto de inflexión porque las comunidades que los agrupan en internet ya son lo suficientemente grandes como para poder contabilizarlos. Las primeras estadísticas revelan que su número crece, con un incremento de un diez por ciento anual. Las infraestructuras de telecomunicaciones que dan servicio de internet se han extendido a muchísimos países, lo que les facilita trabajar desde ellos. Las empresas además han aprendido a aceptarlos, porque su talento escasea, y no son gente a la que se pueda contratar ofreciéndole un flamante despacho en un rascacielos de cristal. Tan solo una década después, el escenario está maduro para la gran explosión del nomadismo. Al que disparará un invitado inesperado.

Desde finales de 2019 y hasta el final de 2021, el número de nómadas digitales se duplicó dos veces, hasta alcanzar los actuales treinta y cinco millones de personas que hoy trabajan repartidas por Tailandia, Indonesia, México, Colombia, Portugal y España. La pandemia de la covid no solo consolidó definitivamente esta opción laboral y vital, también logró que Málaga se posicionase como una de las quince regiones en la que más desean residir los nómadas. Para entender por qué aquí tenemos que prestar atención a la lista de países que componen sus destinos más deseados, incluido el nuestro.

Todos comparten una serie de características: playas paradisíacas, buen tiempo la mayor parte del año y una larga historia de promoción turística. De hecho, las fotos que suben algunos nómadas a las redes son el perfecto cliché. Ordenador portátil en las piernas, posición tumbada y ropa informal poco abrigada, mucho pantalón corto, bikini y pareo. Sí, el postureo también ha contagiado este fenómeno. Los más patéticos se etiquetan a sí mismos como nómadas digitales. El apelativo de patético se lo ponen los otros nómadas, los profesionales cuyos ingresos anuales oscilan entre los cincuenta y los cien mil euros, que trabajan para una o varias empresas multinacionales y que odian ser asociados al nomadismo guapi. Esta es la primera clave que nos permite entender el éxito de Málaga.

Porque el nomadismo no puede separarse ni de la contracultura nacida después de la Segunda Guerra Mundial, ni de las condiciones empresariales y tecnológicas imprescindibles para la vida del nómada. Uno de los motivos por los que Tailandia continúa ocupando el número uno como destino nómada es la película La playa, protagonizada por Leonardo DiCaprio y estrenada en el año 2000. La capital del país, Bangkok, ya tenía por entonces sus características de megaurbe asiática, alternando la modernidad de los rascacielos, las multinacionales y el bienestar, con los barrios pobres, atiborrados de mercados callejeros y en continua actividad, diurna y nocturna. Y, por supuesto, las playas. Todo ello permitía a los nómadas disfrutar de un ocio exótico, barato para su nivel de ingresos y paradisíaco, gracias a los modernos centros de trabajo y a las conexiones adecuadas para su actividad. Málaga, a principios de siglo, estaba aún lejos de eso, pero ya trabajaba para conseguirlo. Hace un cuarto de siglo ni la más exitosa de las películas hubiera cambiado las preferencias de los nómadas. Hoy es la región de España con más startups, empresas emergentes, después de Madrid y Barcelona, y, sin duda, uno de los hubs tecnológicos más importantes del país. Hasta la prensa catalana ha comenzado a lamentar que Málaga atrae más inversiones que su capital, durante años, faro de la modernidad y el desarrollo tecnológico de nuestro país.

Esta transformación se entiende mejor si tomamos la gráfica que refleja la llegada de nómadas digitales a la capital y a otras localidades de la provincia durante los últimos diez años. Como un cardiograma cuyos latidos son cada vez más fuertes, algunos de sus hitos parecen coincidir con los grandes logros malagueños. Sin duda, no fueron la causa directa, pero contribuyeron a incrementar el interés de los nómadas. Hasta tal punto que en 2014 apenas llegaban doscientos al mes, mientras que en enero de 2023 alcanzaron los dos mil cuatrocientos. Y no solo fueron logros tecnológicos o de implantación empresarial. Como en el resto de destinos populares, también fueron turísticos. Es un aspecto que a menudo se pasa por alto, pero no se puede atraer a los nómadas a lugares que antes no hayan sido populares entre quienes viajan por ocio. Al fin y al cabo, una de las características principales del nomadismo, además de la libertad personal, es disfrutar de experiencias en el lugar al que te trasladas a vivir. Málaga no partía de una mala posición como ciudad de Andalucía, bien promocionada y ubicada como tercera potencia turística mundial, a la que solo superan Estados Unidos y Francia. Pero ese era también el problema. Cómo hacerse ver internacionalmente como uno más de los destinos obligados en una visita a Andalucía o a España. La respuesta llegó con el Museo Picasso, que dio a la ciudad una enorme visibilidad internacional. La puso en el mapa de los nómadas. Sobre todo porque al fijarse en ella observaron además que llevaba desde 1992 impulsando una transformación tecnológica y empresarial de primer orden.

En la histórica fecha de la Expo y las Olimpíadas apenas se habló del recién creado Parque Tecnológico de Andalucía, con sede en Málaga. Una iniciativa cuya inversión, y riesgo, no podía afrontar entonces ninguna empresa o conjunto de empresas privadas. Sus bases las pusieron, de forma conjunta, la Junta de Andalucía, el Ayuntamiento de Málaga y Unicaja, a través de la Agencia de Innovación y Desarrollo de Andalucía (IDEA). Tan importante como hacerlo arrancar ha sido mantenerlo vivo y estimulado durante treinta años, apoyado en la Universidad de Málaga, hasta conseguir hitos tan relevantes como la adquisición en 2012 por Google de VirusTotal. Una empresa que nació aquí, y en la que siguen trabajando sus seis ingenieros, hoy directivos de la gran tecnológica, que ha anunciado para este año la apertura de un centro de excelencia de ciberseguridad de Google en la ciudad. Uno de los campos que, como la computación cuántica o la inteligencia artificial, decidirá qué países y regiones, y cuáles no, permanecen a la cabeza de la innovación mundial y, por tanto, de la económica. Si volvemos por un momento al 2015, cuando las llegadas de nómadas a Málaga se multiplican por cuatro, comprobamos que el Parque era entonces uno de los pocos lugares de España donde, si una empresa tecnológica llegaba buscando mil ingenieros de software, podía encontrarlos. Con salarios competitivos, y en una región comunicada de forma excelente con el resto del mundo gracias a las infraestructuras potenciadas por su afluencia turística y a una inversión provincial y municipal dirigida a ser epicentro del futuro.

Hoy es incluso más que eso. Compañías tan fundamentales para nuestro presente como Amazon, Microsoft, Apple, Google o IBM han traído sus sedes a Málaga. Vodafone la ha elegido para su centro europeo de nuevas tecnologías, desplazando a las otras seis candidatas, entre las que figuraban grandes capitales del territorio de la Unión Europea. La japonesa TDK ha anunciado que su primer centro mundial de excelencia sobre inteligencia artificial y aprendizaje automático se abrirá aquí. Lo podemos decir sin complejos, nuestro Silicon Valley es malagueño. Y a él llegan los nómadas en cada vez mayor cantidad. Porque, además de la oferta de ocio y playa que les garantiza experiencias en su tiempo libre, tienen empresas de sobra a las que ofrecer su trabajo. O que demandan una actividad como la suya. La última llegada de una gran multinacional a Málaga es especialmente significativa por esto último.

Citigroup ha abierto aquí su hub de innovación para paliar uno de los principales problemas que afrontan las empresas financieras en todo el mundo: los jóvenes profesionales huyen de ellas. Se van a tecnológicas o a empresas de capital riesgo, nadie quiere estar en banca. Las semanas de siete días, comunes para el personal de Londres y Nueva York, son un estándar que las nuevas generaciones están menos dispuestas a aceptar. Quieren tiempo para vivir, y esa es precisamente la reivindicación cultural, personal, laboral y social que plasmaron los beatniks, que aplicaron los nómadas digitales y que nos ha traído hasta Málaga. Citigroup les ha asegurado que aquí podrán trabajar media jornada y disfrutar el resto del tiempo del ocio de la ciudad y de la región. Es un cambio de mentalidad empresarial tan grande que casi puede calificarse de revolucionario. Como si la vida del nómada digital se hubiera trasladado a la empresa y esta idea se une a que el teletrabajo impuesto por la covid ha llegado para quedarse. Quizá se consolide o quizá no. Si no lo hace, el estilo de vida más libre y más pleno para la realización personal quedará limitado a los nómadas. Pero, si lo hace, habrá empezado justo aquí, en la milenaria ciudad fundada por los fenicios.

Trabajar desde cualquier lugar de la Tierra. Arthur C. Clarke fue un visionario con formación científica que supo anticipar cómo funcionarían los satélites de comunicaciones geoestacionarios, tan importantes para que exista internet, y que imaginó cómo podría amenazarnos una inteligencia artificial. 

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2 Comentarios

  1. Es que Philip K Dick era un precog. Y la polla.

  2. Pingback: Jot Down News #27 2023 - Jot Down Cultural Magazine

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