
El cine argentino es una invocación, un llamado en medio de las cenizas y el humo. Un canto mágico con el que los integrantes de una tribu nómade se consuelan de las fuerzas ocultas que laten y acechan en la intemperie. Según todos los testimonios, hay películas, sin embargo.
Hubo películas en el llamado período clásico; el de los estudios profusos, los sombreros, los salones de baile, el habla que dividía con claridad a las clases sociales, el tango. Hubo películas en el «nuevo cine» de los años sesenta, y también a fines de los noventa con el «nuevo cine argentino» —fórmula acaso amnésica, en la que se apañaron revoluciones truncas y se fomentaron con enjundia inaugural ciertos equívocos que siguen hasta ahor—. Hay películas también en la actualidad. Las películas se hacen, se sigue filmando.
Cada año se celebra el Bafici (Buenos Aires Festival internacional de Cine Independiente), un canal en el que la vitalidad de las películas hechas en la Argentina no deja de hacerse notar. Las películas argentinas constituyen una obstinación formidable: sin salas, sin público, pero ahí están. Aunque, ¿vale la pena hablar de un cine argentino? Dormir por la patria, apoyar la cabeza junto a los laureles mustios de algún que otro Óscar; promocionar la idea de imágenes nacionales; usar viejas consignas guerreras para el combate en el campo internacional de los discursos. ¿Sirve de algo eso?
Las películas que importan han estado, en realidad, siempre sueltas. La escasez elegante de los films que no responden a sujeciones limítrofes es la que ha iluminado mejor, como una revelación, la consciencia de los espectadores más atentos e inquietos. Son aquellas películas que expiden luz a raudales, sin miramientos, sin permisos, sin pasaportes. Las que se alimentan de incisos secretos, de diferencias que las hacen únicas, de estrías melancólicas, del peso de un mundo que parece caber solo en esas imágenes y en ninguna otra. Como si todo empezara y terminara allí: en la aceptación solitaria de la propia estirpe.
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