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Esther García Llovet: «Cuando alguien me pregunta por qué escribo, me dan ganas de decir que, si supiera hacer bien otra cosa, haría otra cosa»

Esther García Llovet para Jot Down

Esta entrevista está disponible en la revista Jot Down Places.

160, 144, 160, 173, 136, 136, 160, 136. Estas son las páginas que tienen las ocho novelas publicadas hasta el momento por Esther García Llovet (Málaga, 1963), creadora de un universo literario único en la narrativa española reciente. Certera y sin rodeos, pero también mágica y llena de resonancias, su escritura es exactamente igual que ella, a pesar de la noción de desdoblamiento en la que insiste una y otra vez: una cosa es quien escribe y otra quien se sienta hoy a hablar con nosotros, nos dice. En la terraza con piscina de una casa prestada en la céntrica calle Siete Revueltas de Sevilla, mientras devoramos frutos secos y tortilla de patatas, Esther nos regala su magnética espontaneidad casi sin darse cuenta. Esther tiene la risa de una niña y el asombro ante el mundo de una niña, pero de una niña con un sofisticado objetivo incorporado en su mirada que capta instantáneas que a los demás nos pasan desapercibidas. Su mundo suburbano, periférico, turbio y luminoso, al mismo tiempo, está poblado de seres perdidos que tratan de encontrar cosas perdidas. A veces lo consiguen, a veces no. Hablamos con Esther, entre otros asuntos, de la velocidad y la curiosidad, la escritura y la fotografía, el sol de Málaga y el bullicio de la Gran Vía madrileña, pero sobre todo nos reímos, nos reímos mucho y disfrutamos de la inteligencia chispeante de su conversación. 

Naciste y pasaste tu primera infancia en Málaga. Me gustaría saber qué recuerdos tienes de la ciudad, si crees que te ha influido en tu visión del mundo y, en consecuencia, en tu forma de escribir, aunque te fuiste de allí muy pequeña, ¿no? 

Sí, me fui con siete años. El mayor recuerdo que conservo de Málaga es, sobre todo, del sol. Todo como con mucho sol, quizá porque de ahí nos fuimos a Bilbao y de Bilbao a Madrid, así que será por contraste, por el trauma de irme de allí. Bilbao es muy bonita, ¿eh?, pero, en los años setenta, no lo era tanto, entonces era una ciudad muy oscura. Mis recuerdos de Málaga y, en general, mis recuerdos de la infancia los he ido mitificando a lo largo de los años. Yo siempre he dicho que desde mi casa se veían la playa y el mar y también los delfines. ¡Me da que no! Pero a mí me funciona, o sea, tengo que ir alimentando esos recuerdos, dentro de poco, ya habrá una sirenita. Los recuerdos de infancia están para eso, para irlos alimentando, los recuerdos de infancia no son de verdad.

Pero ¿tienes vínculo con Málaga? ¿Vas mucho por allí?

Bueno, ahora estoy empezando a ir otra vez porque me invitan, pero he tardado mucho en volver, casi cuarenta años, ya no tengo a nadie allí. Ahora me doy cuenta de que las distancias son diferentes. Cuando iba desde casa de mis abuelos, que estaba al lado de la catedral, hasta mi casa, me parecía que era como atravesar… yo qué sé, ¡era una cosa bíblica!, y, en realidad, eran dos pasos. Así que, en mi memoria, Málaga tiene que ver con la sensación de amplitud y la cercanía del mar. El mar está por defecto en mis primeros libros como una forma de transformación, porque yo estoy en el mar, me meto en el agua, salgo y soy otra, otra distinta cada vez. Tú me haces esta entrevista mañana después de salir de la playa y ya no es lo mismo. Pero, fíjate, como me veo viviendo en quinientas partes, tampoco te diría que soy de Madrid. ¿Quién es de Madrid? Ayer estaba hablando con una que es de Málaga y de pronto se puso a hablar de Málaga pero conociendo Málaga, sabiendo bien de lo que hablaba. En Madrid, nadie te habla de Madrid, nadie sabe lo que es Madrid, nadie sabe nada de cómo era Madrid antes, porque llegamos ahí de rebote. En Buenos Aires o, aquí, en Sevilla, la gente sabe de su ciudad, pero en Madrid no. 

¿Y cómo eras tú con siete años? Me hace gracia imaginarte de niña. ¿Escribías ya? ¿Eras buena estudiante?

¿Yo? ¡No! Con siete años yo no escribía nada, y, además, en el colegio inglés donde me metieron, no paraban de corregirme el acento. Yo ponía la c donde no era porque ceceaba, y la inglesa venía y me lo corregía. Nunca fui buena estudiante, fui una estudiante pésima porque odiaba estar sentada. Yo no puedo estar sentada mucho rato. En el tren he venido de pie, ¡me han comprado un asiento en preferente y he viajado de pie, en el bar! Mi capacidad de atención es muy limitada.

Pero estudiaste Psicología Clínica. ¿Esto por qué fue? 

Sí, sí, estudié Psicología Clínica y luego me especialicé en Terapia Sistémica, que es esto de que tú ves a una familia al otro lado del espejo; algo muy cinematográfico, no te lo voy a negar. Tenía la sensación de estar viendo algo muy dramático, la interacción de una familia cuando no sabe que la estás mirando, aunque en realidad sí lo saben, se dan cuenta. Eso es lo más interesante, porque ellos hacen como que no, o sea, ese «hago como que no me doy cuenta, pero sé que me estás mirando a través del espejo aunque no te veo». Eso generaba mucha tensión dramática y a mí me encantaba. Pero estudié Psicología Clínica, primero, porque saqué un 4,7 en selectividad y era para lo que me daba. ¿4,7 en selectividad? Pues a Psicología Clínica. Y luego porque tenía la sensación de que así podría saber qué coño me pasaba por la cabeza, cosa que aún no he sabido. Estuve ejerciendo una temporada, pero la primera paciente que tuve hablaba con los santos, eso me dijo, y yo pensé: «Esto me supera, habla con los santos». Era a finales de los ochenta, yo con veintitantos años, y toda la gente que me venía eran más bien pacientes de psiquiatría, no de psicología clínica. Una tía que habla con los santos y de verdad los santos le contestan, eso es lo peligroso… Porque tú puedes hablar con los santos y, si los santos no te dicen nada, todo más o menos queda entre nosotras, pero, si los santos te contestan, ya entramos en un terreno en el que yo no podía. Así me vinieron dos más y me dije: «Uf, a mí, esto me supera».

Además, en ese tiempo también estaba estudiando Antropología, que también me interesaba. Es que yo tenía que haber sido periodista, porque me interesa todo pero por muy poco tiempo, luego me olvido, ¿sabes?, luego quiero otra cosa distinta. Una vez me dijeron que eso es ser una pánfila. Etimológicamente, un pánfilo es aquel a quien le interesa todo, pues, mira, es verdad, soy una pánfila. Por eso mis libros son de cien páginas, porque no puedo más, yo no tengo capacidad para libros con muchas páginas. Un libro largo es como una hipoteca, que no acabas nunca de pagarlo. Yo rapidito y ya está.

Y la historia que sigue es que me fui a Argentina a hacer la tesis y conocí a un chileno y me puse a escribir y ya está, eso pasó. Todo muy rápido. Si es que al final mi vida… Sesenta años se condensan en un minuto y medio, ¡qué cosa más triste!

Esther García Llovet para Jot Down

Sueles contar que empezaste a escribir tras leer a todo Bolaño en Chile, cerca ya de los cuarenta. ¿Qué estuviste haciendo antes? ¿De verdad nunca te picó el gusanillo de escribir? 

Pues estuve… Estudié Dirección de Cine también en Madrid, en el TAI y… ¿Qué estuve haciendo? ¡Vaya pregunta me has hecho! Pues creo que, entre pitos y flautas, entre los treinta y los cuarenta… Estuve viajando mucho, eso. Viajé muchísimo por toda América, viajes muy largos y estaba haciendo la tesis también. No sé, se pasa el tiempo muy rápido… Y lo de Bolaño fue así, pero también acabé harta, ¿eh? Yo acabo harta de todo. De ti también voy a acabar harta, que lo sepas.

Sara, para diez minutos, bien, ya más no, ¿no?

[Risas]. No, es lo que te digo, si algo me gusta, me gusta mucho, y todo lo demás del mundo desaparece, entonces, como Bolaño me gustaba mucho… A mí lo que me atrajo era la forma que tenía Bolaño de escribir, una forma muy verbal, muy coloquial, pero, por ejemplo, de todas las cosas que se han publicado de Bolaño después de muerto no he leído nada. A mí me gustó en su momento. También creo que pasa que… A ver, Cortázar te gusta cuando tienes dieciocho, veinte, pero ¿tú luego te pones a leer a Cortázar? Yo soy incapaz. Creo que la progresión es Cortázar, Borges, Paul Auster y ya luego no los vuelves a leer más. Lees a Paul Auster cuando tienes veinte, treinta. ¡Eso estaba haciendo yo a los treinta, leer a Paul Auster! Son autores que después no lees, porque luego en tu transición dices: «Pero ¿cómo voy a leer yo a Arundhati Roy?». Te gustan en su momento y luego ya no te dicen nada. Por ejemplo, yo ahora prácticamente solo leo crónica o ensayo, me cuesta cada vez más trabajo leer ficción, no sé por qué.

Sí, lo has dicho últimamente, que no lees mucha ficción, que te interesa más el periodismo…

Sí, porque, cuando me pongo a leer ficción, pienso: «Pero, a ver, ¿qué me quieres contar?». De pronto, tengo mucha prisa para todo, necesito que, en algún momento, me den la huella dactilar: ¿qué has tocado con esto?, ¿a dónde ibas? O sea, estoy buscando algo que pueda comer y en la ficción no te comes nada. La ficción es precisamente todo lo que te dejas en el plato, lo que no te engorda, como decía Grande Covián. Pero ¿de qué estoy hablando? ¿Por qué estoy hablando de Grande Covián? No sé, la ficción no te alimenta, o solo te alimenta para escribir ficción. Yo me he dado cuenta de que, en el momento en que me puse a escribir, empecé a perder interés por la ficción. Cuando empecé a generarla, no necesité leerla. Es una cosa muy rara.

Pero estás hablando de ficción literaria, ¿no? Porque, hasta donde yo sé, tú sí consumes muchísimo cine, ves muchas series, y eso te encanta, eso sí te alimenta.

Pero, a ver, yo veo The Real Housewives of Beverly Hills, déjame tú, veo series de realities. Hasta que llegó el confinamiento iba mucho al cine, iba dos o tres veces al cine por semana como mínimo, y ahora he dejado de ir. Creo que tiene que ver con que veo series, antes del confinamiento no tenía plataformas en casa. Pero la forma que tengo de ver las series es como…, no sé, como cuando te comes un montón de aceitunas y no puedes más y sigues con las aceitunas, o con el turrón en Navidad, que no puedes más y sigues, pues es lo mismo, de una manera muy bulímica y a mí eso no me gusta. Me he saturado de ficción en todos los niveles, no solo de literatura. Lo que sí veo son muchos documentales, creo que va por fases, pero la necesidad de realidad me puede. Ahora mismo estoy leyendo SPQR, de Mary Beard, que es una tía que me encanta, me gusta mucho.

Has sido siempre una viajera apasionada, y, cuando vas a un sitio, haces fotografías, hablas con la gente, te sumerges en el lugar. ¿Has pensado escribir algo en ese sentido?, ¿crónica periodística o similar? Porque al final todos tus libros son de ficción. Incluso tu último libro, Spanish Beauty, que surgió de un viaje que hiciste a Benidorm para escribir un reportaje, también es una ficción. Es decir, a pesar de tu desconfianza en la ficción, sigues escribiendo ficciones.

Sí, sigo escribiendo ficción… Mira, yo había pensado estar este año sin escribir, quería cogerme un año sabático, de no escribir, pensé: «Haz algo con tu puta vida que no sea escribir, Esther». Pues nada, ya estoy pensando en la siguiente novela. ¿Sabes lo que pasa? Que, si no tengo eso que me pone el pie, si no tengo ese suelo, no sé hacer otras cosas. Y sí, me encanta hablar con todo el mundo. La gente, de manera espontánea, te cuenta cosas increíbles, no hace falta mucho más. A mí, lo que me gusta es ficcionalizar la realidad y con la realidad hacer una ficción, moverlo todo de sitio. Cuando todo se vuelve más poroso, salen cosas interesantes de ahí. En cuanto a Benidorm, es verdad, estuve allí seis días y por eso escribí Spanish Beauty.

Bueno, eso es sorprendente, ¿no?, que con solo seis días fueras capaz de sacar de ahí una novela. 

Pero ¿por qué? A ver, si Benidorm es lo más evidente. Lo gracioso de todo esto es que parece que he sacado un secreto o un misterio de donde es tan evidente que lo raro es que no saliera antes; es una ciudad tan… ¡parece Hollywood! Con poquito que mires, hay algo de pronto ahí debajo. 

Bueno, para seguir un orden cronológico en tu trayectoria recordemos que tu primer libro, Coda, lo publicaste en 2003 en la editorial Lengua de Trapo, es decir, hace veinte años. Yo ahí ya veo muchos de los elementos que definen tu narrativa, hay mucha continuidad en tu escritura, aunque también hay cambios (luego los comentamos si quieres). Pero empezaste por ahí, después hiciste un recorrido por editoriales pequeñas, independientes, pasaste a Salto de Página con Submáquina, a Ediciones del Viento con Las crudas, luego te fuiste a Malpaso con Mamut… ¿Cómo fue esa primera etapa en la que cambiaste mucho de casa? ¿Cómo te encontrabas como escritora? ¿Cómo fue ese camino?

¡Hostia puta!, pues no sé. Lo raro es que yo no me veo como escritora todavía. ¿Cómo fue ese camino como escritora? Hablamos de cuatro libros, pero yo tenía la sensación de que no escribía para nadie, yo escribo siempre para mí. La cosa de que además me publiquen es como un bonus track, pero nunca pienso en eso. Me sorprende mucho cuando alguien en las ferias del libro me viene con un libro para que se lo firme, me parece muy raro. Siempre creo que a mí no me lee nadie o que la gente que me lee no entiende que la persona que está viendo en la feria es otra. Es una sensación muy rara, como de desdoblamiento, fijo que a ti también te pasa, como si la persona que escribe no tuviera nada que ver con la persona que luego sale por la puerta de casa. Esa persona, la escritora, es mucho más inteligente que yo. Cuando escribo algo y lo miro al día siguiente digo: hostia puta, qué bien está, qué ha pasado aquí. Me sorprende. 

Hace poco leí un ensayo de George Saunders en el que decía que los libros siempre son más inteligentes que los escritores, que llegan a lugares mucho más interesantes y más profundos que a los que (de donde) llegan ellos como personas…

Siempre. Siempre. Yo, de hecho, evito tener una imagen pública para que la gente no se dé cuenta de quién soy realmente. Siempre digo que escribo porque no sé hablar. Tengo siempre esa sensación, eso que dice el fantasma de la escalera o algo así de que, cuando mañana, o el día que sea, lea esta entrevista que me estás haciendo, pensaré: «Pero, esta tía, ¿de qué habla?». Esa sensación de desdoblamiento está ahí todo el tiempo.

Esther García Llovet para Jot Down

Pero creo que en tu caso ese desdoblamiento es diferente, es algo más interno y no parte tanto del, digamos, endiosamiento o solemnidad que caracteriza no a todos, por suerte, pero sí a muchos escritores. De hecho, yo el primer libro tuyo que leí fue Submáquina porque vi una entrevista en Qué Leer en la que decías, entre otras cosas, que solo habías vendido trescientos ejemplares, y yo pensé, bueno, que sean trescientos uno. Pero luego conocí a Pablo Mazo, el editor de Salto de Página, y él pensaba que esa declaración te perjudicaba, que tampoco hay que echarse tierra encima. Yo en aquel momento estaba publicando en Tropo y, en general, la gente que publica en editoriales pequeñas sabe que vender trescientos ejemplares es lo normal. Tú estabas diciendo lo normal, lo que pasa es que estabas rompiendo la barrera…

Del sonido.

Exactamente. Luego yo te he escuchado en otros sitios y he visto que siempre eres muy sincera y que no tienes problema en contar este tipo de cosas, lo que vendes o los anticipos que te dan.

Pero, a ver, ¿normalmente a un autor le preguntan cuántos ejemplares ha vendido? No. Me lo preguntaron a mí. ¿Por qué?

¿Porque sabían que lo ibas a decir?

Claro, porque sabían que lo iba a decir. Pero ¿por qué no se va a hablar con naturalidad? Esto es un trabajo como otro cualquiera.

Pues es muy inusual, ¿tú eres consciente de eso?

No, no sabía que fuera inusual. 

¿Y tú se lo has escuchado a la gente?

¡Es que yo no leo entrevistas a escritores! Soy poco endogámica en ese sentido. Es lo que te digo, que quizá la persona que escribe se queda ahí y luego yo voy por otro lado. Doy siempre por sentado que todo el mundo vende cuarenta mil veces más que yo. Y sobre lo que hemos hablado antes acerca de que hay que ficcionalizar la realidad, yo creo que lo peor que se puede hacer es ficcionalizarse a uno mismo, hacer de uno un personaje escritor, a mí eso me da una pereza espectacular. Una de las cosas que también me da pereza en el mundo literario es que tengo la sensación de que todos van de… (no todos, tú no, por ejemplo), pero todos van como con actitud de escritor, que tampoco sé qué es ser escritor, o sea, ¿qué esperas?

No recuerdo exactamente en qué momento nos conocimos en persona, pero, como entonces no dabas muchas entrevistas ni tenías una imagen pública, bueno, yo pensaba, tras haber leído tus primeros libros, que eras una tía superdura, con voz aguardentosa, que bebías whisky sin parar y tenías un pasado casi, casi carcelario. Y luego resulta que no, que apenas bebes y te gustan las gominolas y en general tienes un carácter dulce y optimista. 

¿Gominolas? ¿Qué dices?

Vamos, no sé, una vez yendo contigo por la calle entraste como una absoluta poseída por la adicción en un chino a comprar una bolsa de gominolas…

Sí, sí, ¡es verdad!, las chuches del chino…

Ya sé que presuponer esa identificación entre autora y obra es un error enorme, pero confieso que me llamó la atención eso que ahora tú defines como desdoblamiento. Y pienso que tal vez tu atracción por estas historias de corrupción, trapicheos, drogas y fiestas nocturnas puede estar en la afinidad de la mirada. Y también, a menudo, los hechos que se cuentan son en realidad excusas para hablar de otras cosas.

Claro, exacto, es que ese es mi mundo, el mundo de los límites, yo estoy como pez en el agua ahí, no solamente en la literatura. A ver, no es que mis amigos sean cuatro quinquis, pero eso ocurre todo el tiempo, no tenemos por qué irnos muy lejos. Lo puedes ver en el autobús, el mundo funciona de esa manera. Yo creo que tiene que ver con dónde pones el ojo y dónde pones el oído, no hace falta irse a San Blas para encontrar nada de esto. Así que no es tanto una ficción de la que yo pueda estar apartada como una afinidad, es que yo estoy ahí bien. La vida puede ser muy chunga y muy jodida, lo que pasa es que a mí no me apetece ir contando mis movidas, no me apetece. Entonces mi parte más oscura sale por ahí, yo la disfrazo. Respeto mucho la autoficción, pero yo no escribiría sobre cosas personales, no va conmigo, no me gusta. Creo que tiene que ver con algo que un amigo me dijo una vez: que yo era muy inglesa. Pues, mira, igual soy pudorosa. Creo que mi parte más chunga, que puede ser muy oscura y turbia, sale cuando escribo, y, precisamente porque sale ahí, me puedo permitir el lujo de luego no ir matando viejas por la calle. Pero ¿qué estoy diciendo? Ay, si es que yo no sé hablar de esto, no sé hablar sobre lo que escribo. Me parece todo rarísimo.

Esther García Llovet para Jot Down

Aun así, sobre todo en los últimos libros, hay mucha luminosidad en tu escritura, se nota que tú quieres a tus personajes, los comprendes, los abrazas, porque es gente que puede ser turbia, pero no los juzgas. Tus historias tratan de personas que están perdidas y que hacen lo que buenamente pueden por situarse, incluso cosas malas, pero no son libros oscuros, yo creo que hay una línea ahí que no traspasas. 

Claro, porque no me gusta el juicio, no me gusta la moralina, me da horror. Mira, lo que más me gustó de tu último libro, que es mi preferido de los tuyos, es que de pronto había una cercanía con los personajes, dejaban de ser personajes y empezaban a ser personas para ti. Eso es lo que me pasa a mí cuando estoy escribiendo: mis personajes son prácticamente tan reales como la gente que puedo ver, son mis amigos. Simplemente por humanidad no puedo darles la espalda. Es lo que te estoy diciendo, mi parte chunga sale, pero también mi parte más bondadosa. En el fondo (y ahora te voy a decir una cosa muy cursi) tenemos que ser buena gente. Es eso. 

De tu escritura se suele decir que es seca y rápida, pero yo destacaría más el sentido poético, la plasticidad de las descripciones y la fuerza de los diálogos, cómo eres capaz de recoger la riqueza del lenguaje oral. ¿Cómo lo consigues? ¿Escuchas a tu alrededor? ¿Observas y registras metódicamente? ¿O es más bien tu manera de estar en el mundo? 

Es mi manera de estar en el mundo, no hay ningún método ahí. Mira, a mí no me gusta estar rodeada de mucha gente porque oigo todas las conversaciones. Anoche en una cena las oía todas, es que es la hostia, cuando hay mucha gente, me tengo que ir porque estoy oyéndolo todo. Hay momentos que pienso: o me largo de aquí o me vuelvo loca. Cuando me levanto por la mañana, pongo la radio, a mí me da igual lo que haya pasado en el mundo, así te lo digo, pero tengo la sensación de que, si no estoy oyendo algo, me quedo encerrada en mí misma. A mí lo que me saca de mi cabeza es lo que está haciendo este [refiriéndose a Ángel], que es hacer fotos. Para mí fue superterapéutico comprarme una cámara. Lo que más ha hecho por mi cabeza, para estar bien del coco, es comprarme una cámara, escribir no. Tener una cámara te saca de ti. Pero esto que dices de los diálogos… espontáneamente me gusta enterarme de cómo es la gente. La gente es lo que dice, la referencia siempre es lo que la gente te está contando.

Y este estar continuamente rodeada de voces supongo que tiene que ver con la necesidad de no estar encerrada. De hecho, tú paseas mucho, no te quedas metida en tu casa.

No, no, yo no paseo, camino muy rapidito.

Eso, perdón, rapidito, como Rajoy.

Sí, porque normalmente cuando camino lo que hago es activarme, intento recuperar energía gastando energía, simplemente caminar por hacer ejercicio. Pero luego hay un momento en el que empiezo a ver cosas, son como derivas. Igual que tardé muchísimo tiempo en empezar a escribir, tardé mucho en tener una cámara. Cuando me compré una, me extrañó no haberla tenido antes, porque siempre estoy mirando los cambios de luz. Antes me has preguntado qué recuerdo de Málaga, sorprendentemente, lo que más recuerdo son los cambios de temperatura de luz, las variaciones de por la mañana a por la tarde, las sombras, las luces… Necesito mucho estímulo visual, pero me saturo muy rápido de estímulos de cualquier tipo, visuales y sensoriales y auditivos. Tienen que ser nuevos cada vez, o intento que sean nuevos cada vez. 

Entonces, tú no podrías vivir en un sitio más pequeño, en una ciudad pequeña o en un pueblo.

Qué va. Necesito la novedad. Ahora que me he mudado, por ejemplo, estoy encantada, porque soy nueva en el barrio, todo es nuevo. Yo soy una adicta a la novedad y a que todo esté cambiando todo el tiempo. Lo que más me estimula es eso: no saber lo que me voy a encontrar luego. Las cosas previsibles me matan, no puedo con ellas. Mira, he cogido un Madrid-Sevilla, pero podría estar ahora mismo en Cáceres, solo por cambiar de tren.

Pero ¡si estamos aquí muy bien! Si te parece, me interesa recordar un momento previo a tu fichaje por Anagrama en el que me dijiste con total convicción que te estabas planteando dejar de escribir. De hecho, tu primera novela en Anagrama se titulaba Cómo dejar de escribir. Claro que desde entonces has escrito tres más, Sánchez, Gordo de feria y Spanish Beauty, cuatro si incluimos Los guapos, que aún está inédito. Pero en aquel entonces estabas absolutamente convencida, y me pregunto, si no hubieras entrado en Anagrama, ¿qué crees que habría pasado?

No habría pasado nada, hubiera seguido escribiendo. Mira, cuando acabé la Trilogía instantánea de Madrid, volví a pensar otra vez que ya no escribiría más. Es lo que te digo, como necesito una novedad continua, de pronto me parecía que había quemado ya la etapa de literatura, de escritura. Pensé que por una temporada larga quería dedicarme a hacer fotos, que es mucho más complicado. 

Esther García Llovet para Jot Down

¿Te resulta más fácil escribir que hacer fotos?

Muchísimo más. Una foto es supercomplicada, hacer una buena foto es muy duro, la cámara no lo es todo, ¿verdad? [a Ángel]. Me gusta mucho la fotografía precisamente por eso, porque aparentemente es algo muy sencillo y no lo es. En cambio, la literatura me sale sin yo quererlo. A mí cuando la gente me dice: «¿Por qué escribes?, o ¿cómo haces para escribir?». Es que no lo sé. Cuando alguien me pregunta por qué escribo, me dan ganas de decir que, si supiera hacer bien otra cosa, haría otra cosa.

Pero lo disfrutas de todas maneras, ¿no?

Me encanta, me gusta mucho. 

Además eres muy rápida. Cuando estás escribiendo, ¿te sometes a algún tipo de autodisciplina?

¡Yo no me he sometido a ninguna autodisciplina en mi vida! No. Soy así. Ya está. Lo que sí me gusta es, cuando llega la tarde, ver a mis amigos. Cuando la gente me dice de quedar por la mañana, digo, mira, no, prefiero más tarde.

Pues esto me lleva a otra pregunta que quería hacerte que tiene que ver con lo que Mario Levrero llamaba tiempo de ocio, tan necesario para escribir, es decir, ocio entendido como no trabajo, un tiempo de caminar, observar, escuchar, ver a los amigos, todo eso que una ocupación, digamos, reglada, con horarios, etc., te impide, aunque a cambio te dé dinero. ¿Qué importancia le das tú a eso, al tiempo de ocio, en relación con la escritura? Porque, en aquella entrevista que he mencionado antes de Qué Leer, también te dieron mucha caña porque comentabas que tenías unas rentas fijas y, a mí, sinceramente, me pareció el estado ideal. 

Claro, joder, pero, a ver, si los que podemos permitirnos el lujo de escribir haciendo lo que nos dé la gana, escribiendo al ritmo que queramos, somos los que tenemos algún income que nos viene así, como un rayo del cielo. Yo he tenido una suerte loca en ese aspecto, vamos. ¿Quién puede vivir de las ventas en España? Tres o cuatro, es así. Entonces, la suerte que tengo, no sé, la literatura tiene mucho que ver con eso. Debe de haber en algún momento, en algún punto, una especie de necesidad de justificarme con algo, tengo que justificar que existo por algo. Yo no he producido una familia, no produzco, así que puede ser la sensación en algún momento de tener que dejar algo, un legado, no tanto un legado intelectual, pero algo, dejar algo. Por otro lado, creo que la literatura no es nada y son tantas cosas… porque yo podría perfectamente no haber escrito, ¿y qué? Ella me da mucho más de lo que yo le doy, es así, y luego me da lo mismo. Es una cosa muy rara, es una relación muy extraña, menos mal que nos aguantamos.

Volviendo a tu escritura, creo que, si hay algo que la caracteriza desde el inicio, es la mezcla, los ambientes y escenarios que te interesan son lugares donde confluyen muchas cosas diferentes, los personajes vienen de sitios diferentes, y la mezcla se produce también a nivel genérico, porque juegas con los géneros y coges de aquí y de allá, de la ciencia ficción, de lo fantástico y, por supuesto, de toda la tradición del género negro y lo policíaco, pero todo está mezclado. Buscando, en mi opinión, algo que cosa todo eso, encuentro que bebes mucho de la tradición latinoamericana, y no lo veo tanto en los temas como en el tono. Como sé que estuviste mucho tiempo viviendo y viajando allí, me gustaría que me contaras tu relación con Latinoamérica, más allá de tu admiración declarada por gente como Bolaño o Juan José Saer.

A ver, he tenido dos novios latinoamericanos, pero ni uno más. Creo que mi fascinación tiene que ver con lo verbal. Mira cómo hablan, mira cómo habla un colombiano. Si escuchas hablar a un colombiano cinco minutos, dejas de escribir para toda la vida. El otro día conocí a un colombiano que era músico y le dije: «Joder, deja de hacer música y ponte a escribir un libro». Tienen un uso, una forma muy física de utilizar el lenguaje, mientras que nosotros, en España, no sabemos hablar. O somos muy discursivos o no utilizamos las palabras como en Latinoamérica. También creo que soy de la tradición norteamericana, porque he leído la literatura norteamericana a fondo. Me interesan las dos tradiciones. La forma de escribir de un norteamericano es muy narrativa, o sea, un norteamericano te tiene que contar una historia: se pusieron aquí con un rifle en la mano, la Biblia en la otra, etc. Son buenas historias, son buenos armando un arco dramático, lo hacen de puta madre. Las aventuras de Tom Sawyer es todo, todo estaba ahí. En cambio creo que el uso del lenguaje latinoamericano es más una forma de dialogar. Mira con Saer, avanzas y no avanzas, estás caminando y estás todo el tiempo en horizontal y vertical porque no lleva a ninguna parte, pero su forma de escribir es muy de diálogo, muy coloquial, y yo creo que eso es muy latinoamericano. Por eso, si yo leo la palabra esporádico, probablemente no vuelva a abrir el libro, hay palabras que no. Ponme una tortilla de patatas, pero no me pongas un esporádico

En tus últimos libros has ido caminando hacia un mayor realismo en los espacios, que ya no son inventados sino completamente reales, como en la Trilogía de Madrid, y ahora la que has iniciado sobre lo que llamas los países del Este, que te refieres al Levante, aunque eso ahora no se puede decir…

Sí, es verdad, Levante no se puede decir, se levanta la gente y se marcha. Me ha pasado con un periodista, que me dijo: «Levante, ¿este de dónde?». «Hombre, de España», contesto. Me dice: «Será de Madrid». Digo: «Tío, España es que se acaba aquí, colega». «Ah, no, porque luego está Mallorca». Digo: «Vale, para ti». ¿Sabes? No pasa nada. No digamos lo de los países del Este. Ahora voy a meter Murcia porque es sureste. Murcia me da para una tetralogía. El otro día vi un juego que se planteaba ¿dónde está el Ohio de España? O sea, si Ohio en Estados Unidos es donde más gente friki hay, ¿dónde está ese lugar en España? Pues salía Murcia. Hay que ir. 

Seguro que harías fotos estupendas. Las que salen en las cubiertas de tus novelas en Anagrama, que son tuyas, lo son. 

Sí, sí, me gusta mucho sobre todo la foto callejera. Yo hacía muchas fotos hasta que llegó la covid y nos metieron en casa. Luego nos sacaron de casa y, cuando volví a la Gran Vía, como ahora es más ancha, hay tanta gente que no puedes hacer fotos. Es una sensación muy rara. ¿Por qué va tanta gente a la Gran Vía? Aparte de al Primark, no sé. ¿Qué más hay ahí? ¿Qué les dan? ¿Por qué venís tanto? Yo creo que el temazo es qué pasa ahora en la Gran Vía. ¿Dónde va toda esta gente? ¿Por qué vuelven? ¿Qué se llevan? ¿Qué hay en la Gran Vía para que vaya tanta gente? Yo antes hacía muchas fotos en la Gran Vía y ya no hago fotos en la Gran Vía porque hay demasiado de todo, es como con las conversaciones, aquí yo me sobreestimulo, no puedo.

Lo que me gusta es hacer fotos al azar sin mirar bien qué es lo que estoy haciendo. Cuando llego a mi casa y las miro aparecen cosas… Lo mejor que se puede hacer son fotos sin mirar, de las fotos sin mirar siempre salen cosas muy guapas, me encantan. Ahora quiero hacer un fanzine con fotos de mi cara cuando el teléfono no me reconoce, es decir, qué caras tengo que poner para que no me reconozca. ¿Me tengo que pintar o qué hago? ¿Guiño un ojo? ¿Saco la lengua? ¿Qué hago? Va a ser un fanzine de fotos en las que el móvil no me quiere reconocer.

Bueno, eso tiene relación con algo que también quería preguntarte, que es lo difícil que es encasillarte, por suerte para ti.

Pero ¡si todo el mundo dice que escribo novela negra! A mí me invitan a todos los festivales, y hay 751 festivales de novela negra. Hasta en Murcia hay festivales de novela negra.

Ya, pero me refería a que no se te emparenta con nadie, tu nombre va siempre aparte, y, además, siendo mujer, hay algo que me interesa verdaderamente, en tanto que también soy escritora mujer, y es que he leído muchas entrevistas que te han hecho y rara vez o prácticamente nunca te preguntan por temas relacionados con la actualidad de la mujer, ni del género, ni del feminismo ni de nada, algo que nos ocurre prácticamente a todas las mujeres escritoras pero a ti no. ¿Por qué crees que es? Porque realmente es llamativo.

Sí, es muy llamativo, nunca me preguntan por esas cuestiones. De hecho, el otro día estaba leyendo una entrevista a Mariana Enriquez (creo que era Mariana Enriquez), en la que decía que estaba harta de que le preguntaran por qué no ha tenido hijos. A mí, eso no me lo han preguntado en mi vida. Me dan ganas de decir que estoy a punto de tener uno a ver si me preguntan de dónde ha salido ese niño, que tengo ya sesenta años, ¿de dónde ha salido? Yo al principio iba con el culo muy apretado, pensaba que me iban a poner a hacer esto o lo otro o que iba a haber preguntas incómodas, y luego resulta que no. Yo creo que tiene que ver con eso que dices tú de que voy al chino y me compro unas gominolas, me parece que va a ir por ahí. Me ven así, y entonces dicen «¿para qué le vamos a preguntar?». También me han dicho muchas veces que escribo como un hombre. Aunque mi interpretación es más pop, como gran parte de lo que escribo va también bastante encaminado al cine, es muy cinematográfico… ¡Yo qué sé! ¡Tú eres la entrevistadora!

Es verdad [risas]. Pues para acabar quería preguntarte también por la traducción, tú tradujiste por ejemplo a Eric Lundgren, no sé si te interesa seguir por ahí. ¿Cómo fue la experiencia?

No, lo de la traducción fue porque hubo ocho o diez años en los que estuve sin ingresos. Estuve buscando trabajo en librerías pero no encontraba nada, entonces me puse a traducir. Y la traducción me gusta, pero llega un momento en el que empiezo a pensar: «Tío, yo habría escrito otra cosa», ¿sabes? Y eso es peligrosísimo. Pero luego me gusta porque el inglés me atrae mucho, es como un chicle, un idioma en el que de un verbo puedes hacer un sustantivo y de un sustantivo un verbo es oro. Ojalá pudiera escribir yo en inglés directamente. Pero es verdad que traducir es muy pesado, tienes la sensación de estar arrastrando algo que no es tuyo, no es ligero escribir, no, y a mí a veces me cuesta.

Mmm, bueno, pues qué bajona ahora. A la entrevista habría que darle un final más contundente, ¿no? Esto no puede acabar así.

¿Un final contundente? [risas]. Yo qué sé, ahí está la piscina.

Esther García Llovet para Jot Down

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2 Comentarios

  1. Francisco Bravo

    Agradezco mucho que la infortunada frase sobre Cortázar esté relativamente cerca del principio ya que valoro muchoo tiempo, aunque admito que hubiera preferido encontrármela al comienzo y haber evitado así no perder ni esos escasos minutos.

  2. Pingback: Jodidamente raro: 'Los guapos', de Esther García Llovet - Jot Down Cultural Magazine

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