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Jodidamente raro: ‘Los guapos’, de Esther García Llovet

En la página 38 de Los guapos, Esther García Llovet se permite el lujo de retorcer una de las frases más citadas y odiosas de la literatura universal —la de Tolstoi sobre las familias— y la reinterpreta a su manera. La cosa queda así: «Damos por supuesto que todos los raros son iguales cuando lo cierto es que cada uno es raro jodidamente a su manera».

'Los guapos', de Esther García Llovet. Imagen: Anagrama.
‘Los guapos’, de Esther García Llovet. Imagen: Anagrama.

No estoy seguro de que tenga razón, pero eso da igual, porque es muy probable que la autora esté en realidad hablando de sí misma, o proyectándose de forma inconsciente en sus palabras. Y lo más importante de todo: porque cualquier duda desaparece si en lugar de hablar del conjunto de los raros en general nos centramos en ella, y solo en ella. Qué jodidamente rara es García Llovet y que jodidamente raro es todo lo que escribe, y qué jodidamente lo es, además, a su manera.

Raro, en este caso, es por supuesto un elogio. Raro como sinónimo de único y singular, de extraordinario. Raro como el triunfo arrollador de la imaginación y de la ligereza, de cierto surrealismo costumbrista —como si mezcláramos a David Lynch con Berlanga, sin que el resultado fuera ni lo uno ni lo otro—. Raro como un magma del que participan lo onírico y lo ingenioso, lo siniestro y el humor —otra vez Berlanga y otra vez Lynch—. Pero sin la menor impostura. Ni tampoco frikismo o caspa. Esto es más bien sofisticado. Raro, quizá, como una de las diecisiete formas que tiene la Gracia de plasmarse en esta vida a veces tan miserable. Amén.

Concretemos. ¿De qué va Los guapos? De las peripecias de Adrián Sureda, un buscavidas, cuyo proyecto vital se nos dice que es: «Fracasar a la española». Y un poco más adelante: «La ruina de Adrián no tiene tanto que ver con una ambición mal puesta como con una adicción desmesurada hacia la novedad, a lo que no conoce, a lo inexplorado, un enganche a la dopamina, que se le gasta bien rápido, y un trastorno de déficit de la atención como la copa de un pino mediterráneo. Todo viene y todo va». Ahora trabaja como organizador de eventos y viaja a Valencia para comprar los fuegos artificiales que usarán en la inauguración de un parque de atracciones. Hasta que en un camping de El Saler hace un descubrimiento asombroso: han surgido una serie de crop circles —esos círculos gigantescos que aparecen en los campos de cultivo y a los que algunos atribuyen un origen sobrenatural o relacionado con los ovnis—. Frente a ellos, Adrián tiene una idea: ¿por qué no aprovecharlos como excusa para montar un festival tipo Burning Man?

A partir de ahí, viene el chorreo de imágenes, de personajes, de situaciones insólitas, de gatos monteses con una corona del Burger King, de chiringuitos en mitad del bosque más oscuro, de fantasmas. El protagonista va dando tumbos y nosotros con él. ¿Es quizá Vicente, el otro guapo de esta historia y director chandalero del camping, quien se dedica a hacer los círculos? ¿Qué pasó realmente con los padres de este último? ¿Funcionará el escatológico plan de Willy, la segurata y amante de Adrián, para hacerse con el control del camping y alojar en él a los asistentes al festival? ¿Qué pintan tres dromedarios pastando en los arrozales de la albufera de Valencia? Hay momentos deslumbrantes, casi me atrevería a decir que bellísimos, si es que lo raro fuera compatible con la belleza —que yo creo que sí—; hay momentos casi de terror —el previo al cruising o el de la gasolinera—; y hay momentos para reír —reír de verdad—, como el intento de secuestro del niño japonés o el encuentro de Adrián con esos tres pijos quinceañeros que parecen salidos de Funny Games. Por haber, hasta hay un guiño que la autora hace a una de sus mejores novelas: ese galgo llamado Cromwell, al que en Sánchez sus protagonistas se pasaban toda una noche buscando, y que ahora de pronto aparece aquí.

Pero lo que hay sobre todo es esa ligereza de las novelas de García Llovet. Su estilo, su fraseo, su ritmo, lo que sea, que te lleva como en volandas. O te lleva dando saltitos de una página a la siguiente. Aunque es muy probable que la clave esté en otra parte. Siempre que leo a García Llovet pienso que es de las pocas autoras —y autores, claro— que se lo pasa de puta madre escribiendo, que para ella es una alegría y no una tortura o un coñazo hacerlo. Un ejercicio más de gozo que de concentración, más de flotar y elevarse que de escudriñar e ir cavando cada vez un poco más hondo. Se lo he comentado varias veces, en algún correo electrónico o en alguno de nuestros encuentros fortuitos por Madrid —García Llovet y yo nos encontramos mucho andando por la calle, en sitios, por supuesto, rarísimos—. Y yo entonces se lo digo: «Qué envidia me das, qué bien te lo pasas», y ella, como si se transformara de pronto en su personajes más lúcido —o en el más disparatado de todos—, me responde siempre lo mismo: «Claro, Juan, es que si no te diviertes, para qué vas a seguir escribiendo».

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2 Comentarios

  1. EGL es la puta ama.

  2. Películas dobladas aparte, no conozco a nadie que diga «jodidamente»… Quizá es algo regional, pero para mí, el equivalente a «fucking weird» sería «raro de cojones», o así.

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