Arte y Letras Historia

El mito de Esparta (1): Prietas las filas

El mito de Esparta
DP.

Supongo que todo el mundo habrá visto ya a estas alturas la película 300, ese videoclip de dos horas en el que toda la población masculina de los gimnasios del Peloponeso se enfrenta a un ejército de orcos con máscaras dirigidos por la reina del carnaval de Tenerife. La versión ciclada del heroico sacrificio de los durísimos espartanos, símbolo de la libertad, de Occidente, de nuestra cultura, de las cañas, las tapas y el terraceo y en general de todo lo bueno que en el mundo ha sido, en resumen, de los «nuestros», a manos de los corruptos, viciosos, traidores, sometidos y sexualmente equívocos asiáticos, que ya se sabe que de allí viene todo lo malo, como pueda ser el comunismo, el covid, Ali Express y los móviles baratos.

Esta bella metáfora fílmica salpicada de higadillos no es sino un capítulo más —y no precisamente el último, ha llovido desde entonces— de un fenómeno que particularmente me ha tenido siempre entre asombrado y perplejo, y que permanece bien vivo en el imaginario popular: la admiración que desde la antigüedad ha despertado el mito espartano. Todos conocemos y repetimos las historias sobre los ciudadanos-soldado de Esparta, su exigente educación, la férrea disciplina militar, la vida comunitaria, su obsesión por la igualdad de los ciudadanos, el temor que despertaban en sus enemigos y, sobre todo, su valor combativo, su consagración a la defensa de la polis y su amor por la libertad, y por extensión, la de los griegos. Es fácil entender que tales valores, bien aderezados, sean muy útiles como ejemplo a resaltar para reflejar ciertas políticas en diversas épocas de la historia. 

Pensadores, ideólogos e intelectuales de todo pelaje y condición se han servido de ello; unos, los más tradicionales, han glosado las virtudes castrenses de los lacedemonios como espejo para la juventud de cualquier tiempo, siempre floja y necesitada de disciplina y jarabe de palo. No son los únicos: en su época, algunos autores cercanos al marxismo ensalzaron sus prácticas comunales, pretendidamente próximas al comunismo, y así un amplio abanico de ideologías variadas de línea dura se han servido de Esparta como imagen justificativa pretérita. Sin embargo, ha terminado por arraigar sobre todo entre los amantes de las esencias extremo-centristas, con su parafernalia militarista a cuestas, su amor por la mano dura y por supuesto, blanca. La gente común ha cedido a la fuerza de este mito hasta llegar a nuestros días, en los que legiones de incels y gymbros de diverso pelaje se hacen tatuajes o exhiben avatares en redes con la lambda laconia, escudos, cascos y apelaciones al sacrificio, el honor y demás zarandajas. 

En realidad, y debajo de toda esa capa de leyendas y medias verdades, si uno se toma la molestia de escarbar bien en las profundidades de lo que se sabe sobre la historia espartana, se encontrará una sociedad profundamente rancia y conservadora, cruel, militarista hasta el delirio… y poco más. La gloria de Esparta se basó únicamente en repartir hostias y, bien mirado, cuando se repasa su currículum bélico, tampoco es para tanto. Ni fueron los mejores, ni introdujeron ninguna innovación guerrera, y con relativa frecuencia sufrieron derrotas bastante bochornosas. ¿Cómo es que tal mito tiene tanta vigencia tantos siglos después? ¿Cómo se ha llegado a esto? ¿Qué tiene Esparta para despertar tantas simpatías? Pues básicamente una de las razones principales es que los primeros responsables de construir el mito eran algunos tipos de mucho prestigio, y curiosamente, los tres eran atenienses. Estos indocumentados responden al nombre de Sócrates, Platón y Jenofonte; los tres tenores.

Sócrates era un filósofo bastante conservador y bastante palizas que estaba harto de los excesos y fallos de la democracia popular ateniense, así que al buen hombre no se le ocurrió otra cosa que dedicarse a ensalzar las virtudes de la constitución política del enemigo de al lado, aplicando el teorema de que el prado del vecino siempre parece más verde. Además, ¿qué mejor contraste con Atenas que la aristocrática, sobria y rancia polis espartana? Sócrates responde muy bien al perfil del moralista que encuentra en las recias y austeras virtudes de otros tiempos u otros lugares el remedio a los males de su época. Platón era, aparte de un idealista un poco sonado, discípulo de Sócrates, como todos sabemos. Este amante de quemar textos ajenos que le llevaran la contraria se despachó en La República un pajote ment… una utopía sobre el gobierno ideal que recuerda mucho, pero muchísimo, a lo que los atenienses creían que era Esparta. ¿Y Jenofonte? Pues resulta que Jenofonte no solo también lo fue (discípulo de Sócrates, que no idealista), sino que este buen hombre era un «converso», que se pasó con armas y bagajes a Esparta y dedicó parte de su vida a escribir alabanzas de su constitución y su sistema educativo, como mucho estómago agradecido moderno. Hasta que fue invadida por Tebas y tuvo que huir. Los tres estaban muy relacionados con la facción aristocrática de Atenas, de filiación conservadora, con querencia por la tradición de un ejército de hoplitas, la fórmula favorita de las clases pudientes áticas. La mayor parte de la producción escrita filosófica y política griega, después de ser redescubierta por los europeos en la Edad Media, se tomó como modelo y era en la práctica poco menos que indiscutible fuente de sabiduría, así que el camino seguido el mito espartano no es difícil de reconstruir. Ya se sabe que no hay nada como el respaldo de un pensador barbudo y muerto hace 2000 años para darle respetabilidad a nuestras tesis, o simplemente para copiárnoslas de él.

«Guerrero, vuelve con tu escudo o sobre tu escudo» 

¿Quién no conoce esta frase donde se conmina al varón lacedemonio a volver victorioso o muerto del campo de batalla? ¿Quién no se siente imbuido de espíritu guerrero y admirado por el valor sin límite de estas gentes? Lo cierto es que esta frase, que para un espartano supondría casi un discurso entero, proviene del griego antiguo «E tan, e epi tas»; literalmente «con él o sobre él», que es lo que se le decía al entregar al ciudadano-soldado su escudo —el hoplon, la pieza más importante de su armamento—, y que concuerda mucho mejor con la legendaria expresividad y riqueza léxica espartana. Porque Esparta está en Laconia, y todos sabemos lo que significa ser lacónico: el único filósofo espartano conocido, Quilón, es famoso por pensar que hay que hablar poquito. También hay que obedecer, no mostrar ira, honrar a los ancianos… toda una línea de pensamiento tremendamente original.  

Este principio general de sacrificio por la polis, de arrojo y amor sin igual por la patria, llevaría a cualquiera a pensar que Esparta tenía que ser una ciudad excepcional, el orgullo de sus habitantes, un lugar por el cual uno con gusto se somete a la tan incomprensiblemente admirada agogé; una educación psicopática plagada de privaciones, entrenamiento militar infinito, castigos físicos extremos y sodomía masculina —por mucha parafernalia drag que exhiba Jerjes en la película, son los chicos del rey Leónidas los que se educaban en la tipiquísima homosexualidad pedagógica griega— para culminar en un matrimonio con una desconocida a la que se frecuenta únicamente para procrear espartanitos y una vida cuartelera consagrada al servicio militar. Y pensaría mal, puesto que Esparta, si bien políticamente hablando era una ciudad-estado griega tradicional con todas las letras, una polis como otra cualquiera en sus orígenes, por no ser no era ni ciudad. Esparta era un grupo de cuatro aldeas mal arrejuntadas. Ni grandes construcciones, ni murallas, ni plan urbanístico, ni nada. Mientras las principales polis de la época crecían, se desarrollaban y embellecían, Esparta se quedó en eso. Añádase que el interior del Peloponeso viene a ser como el resto de la Grecia continental, una pesadilla montañosa con valles chiquitillos y se tendrá una idea completa del cuadro. En cuanto a cultura, pruébese a buscar por ahí obras de arte, pensadores o escritores espartanos, a ver qué se encuentra. O simplemente, espartanos famosos que destaquen por algo que no sea repartir estopa o ganar carreras. El panorama creativo es desolador.

Bien, se puede admitir que igual Laconia no fuera la mejor tierra del mundo, ni su capital nada del otro jueves, pero… seguro que hay otros alicientes capaces de despertar la adhesión inquebrantable, como demuestra la existencia de castellonenses orgullosos de serlo. Porque eso de la libertad e independencia de los espartanos, no sometidos a nadie, eso suena estupendamente. Por no hablar de la igualdad, aspiración milenaria del ser humano en sociedad. Efectivamente, los ciudadanos de Esparta se llamaban a sí mismos los homoioi (iguales) puesto que, según su constitución, al alcanzar la edad adulta se les otorgaba una parcela de tierra cultivable del mismo tamaño que la de los demás, para que les sirviera de sustento. Lástima que en la práctica se obviase el pequeño, mínimo e intrascendente detalle de que no todo el mundo tiene el mismo número de hijos, lo cual causaba algunos problemas de herencias. Hay quien sostiene que para compensar esto, las tierras de un espartano muerto (en combate, claro) volvían al Estado, que las entregaba a otro, pero en ese caso hay que preguntarse de dónde carajo sacaban tanta parcela de tierra, y qué ocurría si se producía un baby-boom, porque este método tan curioso de igualar personas tiene el inconveniente de que limita el número de igualados. Se calcula que, en sus mejores tiempos, el número de espartiatas no debía pasar de siete u ocho mil varones hábiles para defender a la polis. En última instancia, no debemos descartar el peso del conocido efecto «mira, Cleómenes, qué hermosas crecen las habas en el campo de Terámenes, y las nuestras qué pena dan, si es que no sirves para nada, ya me lo decía mi madre, con ese inútil no llegarás a nada…» como disparador de desigualdades. Vamos, que la tan cacareada igualdad es otro mito espartano y que no se sabe muy bien cómo funcionaba, si es que lo hacía.

A estas alturas, es factible pensar que esto es una estafa. No solo Esparta es un lugar no demasiado bonito, ni alegre, ni culturalmente muy animado, sino que los escasos espartanos libres no son tan iguales como parece. ¿Qué sentido tiene entonces dedicar una vida al oficio de las armas para esto? Es más, si los espartanos varones se pasaban la vida ejerciendo de ciudadanos-soldado en una especie de aldea-cuartel… ¿quién trabajaba allí? Pues aquí hemos llegado al meollo del asunto. A los no ciudadanos. Los siervos de los espartanos. Los ilotas. Nuestros belicosos protagonistas no crecieron originalmente con el paisaje de Laconia, como los vascos, sino que provenían de tribus dorias que invadieron la región en tiempos de Maricastaña —XI a. C., aproximadamente—. De paso, esclavizaron a los grupos de población predoria o a otros dorios que encontraron allí instalados. Eran estas gentes, sin libertad ni derechos, los que entre otras tareas cultivaban las tierras de los espartanos y les dejaban el tiempo libre suficiente para ejercer sus derechos políticos y jugar a los soldaditos. Son estos ilotas la verdadera razón del desarrollo del militarismo espartano y su defensa acérrima de las «libertades» de sus ciudadanos. La población ilota era muy superior a la de sus dominadores, tendía a sublevarse en cuanto tenía ocasión, y su sometimiento llevó muchos años, unas cuantas guerras Mesenias y bastante sangre. Los espartanos eran conscientes de su inferioridad numérica, y su principal temor era una revuelta exitosa de los ilotas, que supondría el fin de su dominación por la fuerza. Así que, desde tiempos antiguos, se dedicaron por entero al adiestramiento militar, alejándose del desarrollo «estándar» de las otras polis griegas y derivando en tan curiosa y poco estimulante sociedad.

Esta es la pragmática, materialista y cochina realidad de tantos sacrificios bélicos. Sostener una sociedad agraria donde una elite guerrera aristocrática domina a una masa de población esclava… un ideal que trasladado al siglo XX coincide asombrosamente con lo que Himmler tenía previsto hacer con los eslavos del este en su Plan Ost. Se podría objetar que no es que Atenas fuese el paraíso de la libertad, y que todas las polis griegas constituían un sistema esclavista, y con cierta razón, pero la escandalosa crueldad con que Esparta se conducía con los ilotas no despertaba precisamente muchas simpatías en el resto de estados griegos, que ya se sabe que hasta para tratar al ganado —pues más o menos esto eran para los espartanos— hay límites.

La hora de las tortas

Los griegos antiguos son famosos por pasarse prácticamente toda su historia atizándose entre ellos, disputándose cada valle, riachuelo o montañita, y aliándose y traicionándose a cada momento. El paraíso de la política y su continuación por otros medios, el sueño húmedo de cualquier jugador de Risk. ¿Cómo se manejaban los espartanos en este terreno sabiendo que disponían de un ejército profesional? Pues básicamente, la directriz principal y casi única de estos tipos en su relación con los demás estados griegos a lo largo de la historia será «aquí no se toca nada, que se quede todo como está». Inmovilismo. Ni siquiera en las épocas en las que por avatares de la política exterior —dicho de otra manera, por su especialización en alicatarte la cara a leches— Esparta se vea empujada a actuar de gran potencia, su objetivo será otro que el de mantener su parcelita del Peloponeso sin tener que introducir ningún cambio social o político, y para conseguirlo no les temblará el pulso a la hora de dejar a sus aliados tirados con el culo al aire o ciscarse en las «libertades» de los griegos frente a la amenaza de los «afeminados» persas.

Después de construir su Estado y someter a los ilotas, los espartanos empezaron a mirar un poco por encima de su boina, solo un poco: concretamente echaron un vistazo a su alrededor, y aseguraron su posición en la península del Peloponeso por el método de repartir aún más cera a sus vecinos, para que no les tocaran lo suyo. Así, Argos, Mégara o Corinto, las polis más importantes de la zona, no tuvieron otro remedio que aceptar la tutela del primo de Zumosol, que se convirtió en su aliado y líder de la Liga del Peloponeso. Alianza a la fuerza que, si bien permitió que los espartanos se dedicaran con tranquilidad a su rústico y castrense modo de vida, a la larga les creará problemas, porque los corintios… ah, los intrigantes de los corintios… Pero esa, parafraseando a Conan rey, esa es otra historia. 

(Continúa aquí)

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27 Comentarios

  1. Recomiendo al máximo la lectura del siguiente blog de un reputado historiador/investigador se clásicas que entra minuciosamente al detalle de todo el mito espartano. Son varias horas de lecturas (en inglés).

    https://acoup.blog/2019/08/16/collections-this-isnt-sparta-part-i-spartan-school/

  2. Alberto Salvador Villanueva

    Si los persas hubieran conquistado Grecia hoy (seguramente)llevarías un turbante y tu mujer saldría tapada a la calle o no saldría.

    • Alejandro García

      Los persas antiguos no tenían nada que ver, pero nada de nada, con el Islam, que no existía entonces. Suspendido en Historia de 1º de la ESO

    • Eso que dices es una soberana tonteria

    • Y a lo mejor tú no existirías y me habría ahorrado leer tu comentario de cateto máximo.

    • Martín García

      Eso debió ocurrir. Porque, al menos en la gloria España, hasta bien entrados los 70 del siglo XX, pocas mujeres salían a la calle sin el permiso de sus esposos, y sólo en ciudades grandes. Y aún hoy, las hay que se someten por las malas o por las muy malas. Lo del turbante y los persas habría que estudiarlo un poquito más

      • Bueno, bueno. Ira por barrios. Le aseguro que yo que vivía en un barrio popular nacido primeros 60, me recuerdan más a las mammas italianas que a las mujeres en el islam, pero como dijo Ortega, yo soy yo y mis circunstancias…

    • Querido Alberto: si no fuera por el próximo oriente de la edad antigua, no tendríamos ni agricultura, ni matemáticas, ni escritura, ni arquitectura, ni comercio, ni metalurgia, ni cristianismo, y tu mujer y tus hijos andarían con flores en el culo corriendo por los bosques. Que los griegos del siglo VIII ac fueran los primeros europeos en saber hacer la o con un palito no nos debe hacer caer en la mentira de que la civilazion empieza en Grecia.

  3. Manuel Moreno

    Muy buen artículo, esperemos que la continuación mantenga el nivel. Bastante de acuerdo con las consideraciones sobre el régimen militarista de Esparta y lo poco apetecible, aún siendo espartano, no te digo nada sí eras un ilota o un perfecto.

    Pero sí que, leyendo la historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides, tenía la impresión de que eran prácticamente invencibles en el campo de batalla, De hecho, durante toda la guerra, los atenienses y sus aliados rehuyen siempre que pueden el combate directo contra ellos.

    Sí fueron derrotados estrepitosamente en la batalla de Leuctra, y eso fue el final de su hegemonía.

  4. Aries Tóntoles

    Lo mejor que tenían los espartanos era, efectivamente, su laconismo, podían responder a sofisticadas amenazas con un simple monosílabo. La creatividad humana siempre encuentra un camino, no importa lo oscuro que sea el trayecto. Pero básicamente quisiera criticar la benevolencia al hablar de tres productos tóxicos y sobre todo el premium: Platón. Este personaje, que con perdón del anacronismo era un nazi de tomo y lomo (ya se sabe, nihil novum sub sole), que tenía colgada en la pared su màxima «más honorable robar y asesinar que trabajar con tus propias manos, aj, qué asco», y cuyos delirios sociopolíticos (para nada parecidos al chiringo espartano) acabaron llevados a la pràctica dando como resultado un baño de sangre y Siracusa reducida literalmente a escombros, este fulano se inventó la teoría no creas a tus ojos ni tus sentidos, créeme a mí y las paletadas clasistas, supremacistas y racistas (yo, francamente, no sé si los adjetivos son anacrónicos, cierto que no se debatía en estos términos, pero las causas y los efectos son indistinguibles de los modernos), y todo esto sin meter dioses por el medio y ser él el profeta, o profeto, y parece ser que incluso sin consumir sustacias psicotrópicas.

    Yo no digo que no tenga que ser estudiado en filosofía, por supuesto que sí, nadie en toda la historia del pensamiento Occidental ha sido tan tóxico y venenoso, pero este tìo es de patología y lo sabemos todos. Y su puta academia-pesebre dadnis argo para no tener que trabajar.

    De Sócrates no digo nada porque a fin de cuentas lo conocemos por este enfermo, a saber quién fue ese tìo realmente, y Jenofontes era efectivamente un gratus stomachus, podía dae vivas a Stalinus y Maggus Zedonggus por un módico pase de pesebre.

    Por el resto, me temo que los espartanis tampoco andaban muy distantes de la media de las polis griegas. Su mito se debe a que salieron de la circulación, de mortuis nil nisi bonum, pero el circo griego no tiene personajes realmente tan extremos.

    De hecho, la gran cagada de Alejando es haber ido a hacer el subnormal a la India y palmarla (o ser palmado) en el viaje de vuelta. Una pena, porque de no ser así y haberse quedado más cerca de sus lares, sin duda alguna nos hubiera librado de Roma (y Cartago en el pack), otra sociedad psicopática que si hubiera desaparecido de la historia ésta hubiera sido mucho mejor, lo mismo que cualquier plato gana muchísimo si no tiene un mojón en el medio.

    • Simplicísimo

      Hay gente con mucha autoestima que dice estupideces monumentales.

      • Aries Tónteles

        No creo que sea el caso de Platón. En realidad hablamos de propaganda política, y eso nunca va por libre, en ningún caso ni circunstancia. Puede parecer traído por los pelos, ya que estamos hablando del mito espartano, pero es que de la Antigua Grecia al final sólo tenemos mitos, la Atenas ultrademocrática, estos espartanos de los que se está hablando aquí hoy, y el individuo que estoy citando. A fin de cuentas, de los cientos de miles de rollos que había en el Museion de la biblioteca de Alejandría, con obras de todos los géneros (incluyendo científicas o precientíficas, si se quiere, recordemos que los griegos podían construir cosas tan complejas como la máquina de Antikytera, con engranajes diferenciales que hubieron de esperar 15 siglos a ser redescubiertos), sólo han llegado a nosotros una fracción totalmente marginal, gracias no sólo al ejército romano y a sectas varias, sino a gente como Aristófanes (de Bizancio) y su lista exhaustivamente usada en la Edad Media para decidir qué debía ser salvado y qué debía ser borrado.

        Francamente, si se hubieran perdido las obras de Platón y se hubieran salvado las de cualquier otro, saldríamos ganando infinito con el cambio. Ni digamos obras que hoy llamaríamos científicas. Pero no, hemos perdido tratados de máquinas de vapor, matemàticas, astronomía y hasta química y medicina, por ya ni hablar de literatura a unos niveles que raramente se alcanzan, y en cambio conservamos las obras de este señor.

        Pues como lo del mito de Esparta. La persistencia de la mierda. No se le ve relación con la autoestima ni con ninguna de las vanidades humanas. Más bien con la estupidez, en lo que sobresalimos como especie como ninguna que haya deambulado por este planeta.

        • Simplicísimo

          Quod erat demonstrandum.

          • Aries Tóntoles

            Rari nantes in gurgite vasto.

            Cuando determinados elementos plagan una estructura, no hay Dios que la salve. La burbuja es mía, como el Scattergories (de scatter, de ahí lo de gurgite vasto, aunque podría ser basto incluso).

            Sí, puede que la burbuja (en todos los sentidos, tanto de pompa sin circunstancia cuanto de aislante estupefaciente) occidental haya parido estupideces genuinas y castizas. Para lo que le queda en el convento, puede cagarse dentro cosa que ya está haciendo y copiosamente. Para regocijo de la parroquia coprófaga.

    • Xi Jinping

      Está de moda criticar la cultura occidental? Últimamente sólo leo artículos y opiniones desprestigiando dicha cultura. Curioso.

      • Aries Tóntoles

        Lo dudo mucho, mås bien creo que pasa exactamente lo contrario: que las voces críticas son cada vez menos, y el clima general es de la parálisis antes del batacazo final, porque la de tropa que se la pilla con papel de fumar se ha disparado exponencialmente, en el sentido literal, matemàtico, del término. Esperemos que me equivoque porque me pilla mal ubicado.

        Hablando en general, este aprendiz de brujo que ha sido eso que llamamos civilización occidental, que en realidad es algo muy polifacético y presente en numerosas variantes, ha tenido un problema de frenos, como civilización no ha hecho burradas originales ni llamativas en concepto a otras que pueden encontrarse en un libro de historia, el punto es que su poder tecnológico sí ha ido mucho más lejos que nunca, simplemente sus herramientas han sido màs devastadoras y la estupidez más o menos la misma de siempre. Es una diferencia y me temo que es importante.

        El primer emperador de China, el que entronizó toda la mierda confucionista, se cepilló al mejor estilo todas las escuelas disidentes y divergentes, por no quedar no queda màs que el recuerdo y neblinoso. Va por barrios, la cosa. Claro, pasa que yo no soy chino y el tema me afecta mucho màs indirectamente.

        Por último, le llamamos civilización occidental cuando realmente deberíamos llamarla capitalista. Es cierto que es la continuación de sistemas sociopolíticos europeos que beben de la tradición clàsica de la antigüedad y se han expresado en sociedades herederas del mundo carolingio como tronco principal, pero p.ej. nuestro país sigue a día de hoy sin entender qué cojones es el capitalismo (ni tiene la más puta idea de lo que la UE es y significa, hablo de percepción social general), y eso que la corona hispánica ha sido la causante principal de que la acumulación de capital se haya adueñado del planeta, todos los recursos del primer imperio global (que no era ni fue nunca capitalista) se derramaron con generosidad en una patata de país en el delta del Rin que fue exactamente lo mismo que echarle de comer a un cáncer, literalmente. El capitalismo nunca llegó a cuajar de todo en la república de Venecia pero el combustible de la primera moneda global del mundo sí que puso en marcha el tinglado y de qué manera. Efectivamente, ni Platón fue tan imbécil (ni tampoco es culpa suya que hayan tenido tanta repercusión sus mierdas, igual que Hitler no es responsable que subnormales lean el Mein Kampf), pero, no sé cómo decirlo, es que está todo ligado y de qué manera.

        En realidad es Platón y sus conceptos otro ladrillo más en el mismo edificio donde está el mito de los paletos que hablaban poco porque está claro, esto también es recurrente en la historia humana, que hablando poco -o nada- es más difícil meter la pata, siempre y cuando los demás hagan bulla y nadie se fija en lo que no se dice, que es siempre màs importante que lo que sí se dice.

        Creo que ya he hablado de la estupidez humana. Los occidentales ni hemos aportado nada nuevo, ni tampoco ningún numerito especialmente brillante. Eso sí, hemos roto muchas más cosas que Genghis Khan, p.ej. Chúpate esa, mongolo.

  5. Eugenio Osorio

    «Sin embargo, ha terminado por arraigar sobre todo entre los amantes de las esencias extremo-centristas, con su parafernalia militarista a cuestas, su amor por la mano dura y por supuesto, blanca.»

    No sé de qué extremo se considerará el autor, pero este ataque al centro (y de pasada a los castellonenses) me parece completamente falso y malicioso. Aunque bien mirado, un ataque al centro sería una táctica muy espartana.

  6. has leido sobre el asunto de que gran parte del mito de esparta viene de los romanos que convitieron esparta en una especia de parque de atracciones de la epoca?

  7. Tatuarse la letra Lambda no es por Laconia o Esparta, es por el Half-life y el complejo Lambda.
    No confundas los incels que darían la vida por Gabe Newell, con los incels de gimnasio, los primeros no saben ni cómo es un gimnasio.

  8. Los artículos en tono jocoso están muy bien y divierten, pero cuando tu intención es contradecir a un número ingente de estudiosos y escritores serios con un punto de vista e interpretación contemporánea ventajista (porque los hechos conocidos al final son los mismos), pues como decía, el tono no ayuda precisamente. ¿Por qué hacerle caso a un viejo con barbas de hace 2000 años? Pues por la misma razón que debería hacerle caso a un gilipollas que escribe chistes hace dos días.

  9. metroncho

    Buen artículo. Había que decirlo y se ha dicho. Sólo una observación y una corrección. La segunda es que Argos, que fue la primera gran rival de Esparta, no formó por esa misma razón parte de la Liga del Peloponeso. La primera es que dentro del funcionamiento del estado espartano tan interesante como los ilotas es la figura de los periecos, que eran ciudadanos de segunda pero bastante leales ellos porque los dejaban a su rollo.

    • Alejandro García

      Argos no formó parte de la Liga, pero fue sometida u «obligada» a entrar en alianza con Esparta en diversas ocasiones, aunque fue cambiando de bando. Es una trilogía, corréis MUCHO.

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  12. José Antonio

    A mi me ha divertido, sea más o menos acertado lo que se describe en el artículo.
    Me ha parecido fresco y le ha quitado ese «duro mármol» que suele acompañar a la Historia Antigua.
    He pasado un buen rato y si deseo profundizar ya se que necesito ir a las Fuentes.
    Gracias por el artículo

  13. Me ha gustado mucho esta historia y la forma de contarla tb. Tb hay buenos comentsarios y otros q no demuestran nada mas q ignoramcia

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