Arte y Letras Historia

Siempre nos quedará Canfranc

Estación de Canfranc. Foto: Falstaf (CC)
Estación de Canfranc. Foto Falstaf (CC)

Este artículo es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down nº 44 «Distopías»

La existencia es frágil. ¿Las cosas también mueren? Sí, las cosas también mueren. Las estaciones, por ejemplo. Un día están llenas de gente, de ruidos, de olores y de sensaciones vivas y vertiginosamente cambiantes, incluso de sentimientos, porque la felicidad o la alegría o la angustia o la paz serena de sus viajeros se pega de algún modo extraño a sus paredes, a sus grandes espacios elegantes, y deja una huella, un recuerdo, sutil pero indeleble, de todos los que pasaron por ahí. Y otro día, de golpe, están muertas, vacías, silenciosas, y parece que no pasa nada, que no se mueve nada, ni el aire parece moverse en sus despachos cerrados, sus pasillos oscuros, sus vestíbulos, que ya solo sirven para refugio de animales e insectos. Sin embargo, sí sucede algo, y no es bueno: el olvido y el abandono llevan dentro una enfermedad terrible, una enfermedad lenta pero implacable: la destrucción del tiempo, la erosión de todo lo que hay, la fuerza incontenible de la naturaleza, que lucha por recuperar el sitio que el humano le arrebató. Lo abandonado me gusta, me gusta como fotógrafo, me gusta como escritor, y las estaciones abandonadas son mucho más que simples edificios abandonados, al menos para mí, porque fueron lugares para el viaje y el regreso, para el amor y su lejanía, para los novios que se despedían o se reencontraban, para las familias que se unían o se separaban. Sin embargo, pese a todo, sé que hay una ley inexorable: lo abandonado desaparece, tardará más o menos, pero, al final, desaparece, y, con mucha suerte, quedan unas ruinas o unos restos dispersos, algún muro, un montón de piedras, una mancha de hormigón entre la tierra, pero incluso puede ser peor, puede desintegrarse, ser borrado por las máquinas, ser totalmente aniquilado por otros hombres, descendientes de los hombres que construyeron aquel espacio. Y, sin embargo, a veces, solo a veces, ocurre un milagro, se produce una resurrección, una vuelta a la vida, con una nueva vida, pero en el mismo lugar, usando el mismo edificio, y eso es fantástico porque demuestra que nada está perdido para siempre, que en ocasiones existen los finales felices. Y eso es lo que está pasando en Canfranc.

Hace unos meses hice mi último viaje en el Canfranero (nombre coloquial, no sé por qué motivo rechazado por algunos puristas; en todo caso, a mí me parece el nombre perfecto para un tren magnífico). Mi último viaje por ahora, porque estoy esperando la reinauguración de la línea para volver y pasar la noche en el hotel de la estación. No falta nada. El hotel está terminado, las obras en la enorme explanada que ocupan todos los edificios de la estación (gigantescos almacenes donde se amontonaban todas las mercancías que iban y venían de Francia a España y al revés) también están prácticamente acabadas. Recuerdo muy bien la primera vez que estuve en la estación, ya hace más de veinte años. Y durante muchos años, en mis posteriores visitas, todo estaba igual, aparentemente igual (ya digo, aparentemente, porque la destrucción había empezado y parecía que no había marcha atrás). Aunque el edificio principal estaba cercado, pude observar que, en un determinado punto, la valla estaba rota y que una persona, otro viajero curioso y osado, evidentemente temerario, se colaba dentro. No suelo hacer estas cosas, pero la tentación fue superior a mí. Me acerqué a una de las puertas, que extrañamente estaba abierta, y avancé unos pocos pasos, lo justo para asomarme al interior, a la altura del vestíbulo principal. Es algo muy peligroso y que no conviene hacer, de manera que avancé todo lo veloz que pude, tomé unas cuantas fotos rápidas y salí corriendo pero con cuidado, siempre pendiente del suelo (puedes encontrarte con un agujero) y del techo (te puede caer algo). Luego, en el exterior, también con cuidado (porque la maleza a veces esconde sorpresas desagradables), recorrí lentamente todas las vías, con sus viejos vagones abandonados, algunos, en buen estado, otros, ya simples esqueletos metálicos, hasta llegar al límite del bosque, donde aún se veía la silueta de los viejos edificios casi tragados completamente por los árboles. Era un lugar fascinante, hermoso y triste a la vez, como no podía ser de otro modo. 

Pasaron los años y volví a Canfranc en tren, en coche, hasta una vez en el autobús de línea que venía de Zaragoza y subía hasta las pistas de esquí. Siempre encontraba el mismo paisaje, pero con pequeños cambios en principio casi imperceptibles: los cristales de las ventanas se rompían, los techos de los edificios estaban cada año en peor estado, se caían algunas tejas, la lluvia dejaba goteras y el peso de la nieve curvaba las vigas de madera que la carcoma amenazaba constantemente. Con las paredes, lo mismo: cada vez más grietas. Y así hasta mi última visita, que no hace falta que diga que supuso una enorme sorpresa. Lo que me encontré era algo totalmente distinto: obras por todas partes, calles recién asfaltadas en lugar de vías, señales relucientes que orientaban a los viajeros hacia la nueva estación, construida a muy pocos metros de la antigua. Y pese a todo, asumiendo que este es el precio que hay que pagar, el lugar, la estación de Canfranc y sus bosques y montañas, seguía siendo maravilloso. Y ahora, con los trabajos de urbanización y reconstrucción acabados, volverá a brillar (perdonadme el tópico, pero es inevitable) con todo su esplendor.

En estos momentos, cuando escribo este artículo, el tráfico ferroviario está cortado porque se está renovando prácticamente todo el trazado desde Huesca. Y, cuando las obras de la línea terminen y se pueda volver a viajar en el Canfranero, la experiencia será completa, porque salir del valle del Ebro, cruzar la Hoya de Huesca, pasar a los pies de Riglos, perderse entre desfiladeros y valles angostos, escalar descomunales montañas, con picos que llegan a los tres mil metros, entre bosques frondosos y ríos de aguas bravas y frías, para finalmente llegar a la antigua boca del túnel internacional, a más de mil cien metros de altura, no es cualquier cosa, de hecho, sin exagerar nada, os digo que es uno de los mejores viajes en tren que se puede hacer en Europa. Y luego, como recompensa, por si hiciera falta alguna recompensa después de un viaje tan fantástico, la enorme estación, tan elegante, tan desafiante y a la vez tan acogedora, tan bella y tan llena de historia, de las historias del pasado, de las historias del futuro. ¿Qué más se puede pedir?

Sí, suena tópico, pero, por esta vez, el tópico está justificado. Ya no sé los viajes que he hecho hasta allí, pero, por muchos que sean, siempre me quedo con ganas de volver. Y tenía miedo, lo confieso, miedo a lo que me iba a encontrar (calles donde estaban las vías, paredes relucientes, grúas que antes estaban perdidas entre los hierbajos y ahora están en medio de una rotonda… todos esos cambios tan radicales), pero ahora ya lo sé, siempre me quedará Canfranc. Hay un peligro evidente, lo admito, sitios que de repente se vuelven muy turísticos y se masifican. Pese a todo, estoy tranquilo. ¿Será la paz que se respira en este valle? ¿Será la luz del verano? ¿El verde intenso del bosque contra las rocas afiladas de las cumbres? No lo sé. Solo sé que este lugar tiene tanto… Y, sí, ¿cómo se puede escapar de los tópicos en un sitio así? Pero los tópicos se quedan cortos, las palabras se quedan cortas… Las sensaciones van más rápido. La belleza abruma. ¿El síndrome de Stendhal? No, aquí hay tanta serenidad como esplendor. Una mezcla insólita, porque la obra de los seres humanos (la estación, el pueblo, incluso la canalización del río, obligatoria para tener espacio suficiente para la gran cantidad de vías que necesitaba una estación que era una aduana, una frontera entre dos países) no molesta ni daña la naturaleza, más bien, incluso al contrario: la embellece aún más. Este valle sin estación sería un lugar hermoso, pero con la estación es un lugar increíble.

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17 Comentarios

  1. Excelente artículo. Solo añadir que en el lado francés, poco a poco, las obras avanzan. Falta el tramo más complicado entre Bedous y la frontera. El viaje Zaragoza – Pau con parada obligada en Canfranc será una delicia.

    • alfonso vila

      Muchas gracias, Pedro. Sí, tienes razón. Cuando esté terminado todo el trayecto y se pueda hacer en tren, será un viaje fantástico.

      Un saludo.

  2. Simplemente maravilloso. Maravillosa la forma en la que describes unas sensaciones que como tú, yo y mucha gente hemos vivido al llegar a ese lugar mágico. Un antes y un después para ese hermoso valle y esa grandiosa estación que siempre ha estado allí impregnándose de multitud de historias de la gente que por allí ha pasado o ha parado en ese mítico andén. Gracias por llevarme a otro tiempo y a ese recuerdo maravilloso.

  3. Pilar Álvarez Moreo

    A finales de agosto estuve visitando Canfrac por primera vez. Tenía muchas ganas de conocerlo, porque mis padres, allá por los años 40, estuvieron viviendo allí unos años, y me hablaron de la estación, del río, de las montañas, la nieve… Fue muy emocionante recordar y ver el gran encanto del lugar. La estación, renovada, impresionante, majestuosa, infinita, bellísima…
    De vez en cuando los hombres y mujeres aún demuestran algo de cordura…Quiero volver.
    Enhorabuena buena por el artículo

    • alfonso vila

      Muchas gracias, Pilar… Canfranc en los años cuarenta, eso son palabras mayores. ¡¡Tendrán muchas historias que contar!!

      Un saludo.

  4. Manuel Queimaliños Rivera

    Por favor, no lo descubráis, turistas en curso. Maravilloso artículo.

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  11. Un lugar maravilloso con una estación esplendida como no creo que hayan muchas, yo también estuve alli en varias ocasiones y la vi como iba degradandose, me adentre en el interior de la estación, recorri sus dependencias de la planta baja, vi carteles antiguos de ferrocarriles que aún colgaban de sus paredes, estuve tentado de coger uno, pero tuve miedo de que alguien me pudiera ver, aunque seguro que habrán desaparecido todos, me adentre en la playa de vias y entré en el hangar donde se metian las locomotoras, vagones de todo tipo, unos mejor conservados que otros, pero todos muy deteriorados, y tomé algunas fotos. Yo creo que la restauración es una excelente noticia, no entiendo como pudieron dejar en el abandono tanta belleza.

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