Sociedad

Una memoria familiar del genocidio armenio

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Arghavnie Ter Atamian fotografiada por su sobrino Gorune Aprikian.

Taline suena a francés. Como Geraldine, Céline o Pauline. Por eso, los extranjeros pensamos que Taline es la viva imagen del estereotipo del país. Pronuncia las palabras como si todas fueran agudas y en invierno lleva una boina de lana blanca inclinada a un lado. Pero quien sabe mirar ve algo en Taline que no es francés.

El dueño de Larry’s Ice-Cream en Washington sabía mirar. Siempre que entrábamos en su tienda hacía el mismo comentario: «¿Qué va a pedir la chica de los ojos de Oriente?». Y entonces preguntaba a Taline de dónde era. 

—De París.

—¿París? Pero tienes que tener antepasados de Oriente Medio…

—Bueno, mi madre nació en Líbano. 

Así, Larry quedaba satisfecho y nos contaba, frente al cuadro del Guernica de Picasso de la pared, que él era turco. Una vez aclaró que además de turco era judío, y que relacionaba el simbolismo de aquel cuadro con el Holocausto. Y Taline nunca lo dijo en presencia de Larry el turco, pero ella también tenía una historia que relacionar con el Guernica. Una historia que se insinúa en su apellido, que ya no suena francés: Aprikian. genocidio armenio

La madre de Taline nació en Líbano, como algunos de sus abuelos. Pero los ojos de Taline no son libaneses. Ese fue solo un país de paso, ya que todos sus antepasados, también por parte de madre, vienen de Armenia. O mejor dicho, eran armenios pero nacieron en la actual Turquía, que en aquel momento era el Imperio otomano. Los antepasados de Taline estaban allí en 1915, cuando comenzó la historia que ella relaciona con el Guernica.

No hubo un momento específico en la vida de Taline en el que se le revelara este secreto familiar. Ella siempre lo supo. Pero la historia se volvió más precisa cuando su padre empezó a planear un documental e involucró a la familia en sus hallazgos. Rescató algunas cintas antiguas y escuchó una vieja entrevista que hizo a La Tante, la tía de la familia.

Su nombre era Arghavnie Ter Atamian y provenía de los alrededores de Erzurum, en el este de Turquía. Su pueblo solía llamarse Bakaritch, pero en algún momento el nombre cambió a Beğendikç. Taline y su padre lo encontraron en Google Maps en su investigación para llenar los vacíos del documental. «Hoy es un pueblo fantasma», dice. Desde el satélite no se ve nada más que los cimientos de las casas. «Todas las familias fueron deportadas y nunca se repobló», explica la joven. 

Ella, que tiene treinta y dos años y es alta funcionaria, ha estudiado a fondo la historia del genocidio, pero en lo que se refiere a la historia de su tía Arghavnie, tiene lagunas. Por eso recurre a su padre. Él no suena a francés. Se llama Gorune, tiene sesenta y cuatro años, se dedica a la producción de cine y documentales y en 2022 publicó el cómic Une Histoire du Génocide des Arméniens en Francia.

Cuando tenía unos diecinueve años, Gorune también tenía lagunas. Pero contaba con la suerte de poder recurrir a la fuente de la historia de primera mano. Entrevistó a Arghavnie con un magnetófono. «Era la segunda y última vez que tenía una conversación privilegiada con la Tante donde ella me contaba su historia», explica. Y después de hablar, Gorune empezó a planear un documental con la historia de su familia. Buscando rellenar las lagunas. Tal y como hizo Taline al recurrir a él y pedirle la transcripción de aquella entrevista de los 60.

«Trabajábamos en el campo», cuenta la Tía en la entrevista. «Teníamos ovejas, oh sí, montones de ovejas, y vacas, y caballos… Ya sabes, teníamos de todo». 

En esa vida rural armenia, era habitual casarse joven por temor a que los kurdos se llevaran a las chicas jóvenes y vírgenes, así que siguiendo la tradición, la madre de Arghavnie, aún estando embarazada, concertó el matrimonio de su hija con el primogénito de una amiga.

«Yo no quería, tenía miedo, temblaba… Tenía quince años, ¿qué quería él de mí?», se quejaba la Tante.

Pero Arghavnie se casó. Y al contrario de lo que anticipaban los fundados temores iniciales, todo fue bien. Su marido tenía dieciocho años en el momento de la boda, era inteligente y respetado, «muy respetado». Vendía pedazos de tela para hacer trajes, y con ese negocio montaron una pequeña boutique que les dio el suficiente dinero para vivir bien con los tres hijos que tuvieron. 

«Nos queríamos mucho, mucho», dice Arghavnie. «Pero con el ejército, él se tuvo que ir». 

Era 1914, la Primera Guerra Mundial había estallado y los jóvenes del Imperio otomano fueron llamados a filas. En pleno fin de año tuvo lugar la batalla Sarıkamış, donde los turcos fueron derrotados por los rusos, en lo que sería la piedra angular del genocidio. A los pocos meses, las autoridades empezaron a responsabilizar a los soldados armenios de la derrota. Las unidades de soldados constituidas por armenios fueron desarmadas y los integrantes, obligados a realizar trabajos forzosos. Solo para después ser ejecutados por los hombres que vestían su mismo uniforme.  

La Tante cuenta que junto a su marido también se llevaron a todos los hombres fuertes de Bakaritch, y que en el poblado solo quedaron los niños y las mujeres. «Uno detrás de otro, se aseguraron de que no quedara nadie fuerte».

Y fue entonces cuando llegó el apocalipsis. Como dice Gorun, «el fin del mundo; el fin de su mundo».

Algunos soldados armenios habían comenzado a rebelarse y en abril de 1915 tuvo lugar el asedio del lago Van. Ese era el principal centro de la cultura armenia —el lugar donde se creó el primer partido nacionalista armenio— y también uno de los lugares que había sufrido las limpiezas del sultán Hamid. La revuelta de Van fue el primer levantamiento oficial de la minoría. Cinco días después de que comenzara el asedio, el gobierno otomano arrestó a doscientos cincuenta intelectuales armenios en Constantinopla, en una fecha que hoy se conmemora como el inicio del genocidio armenio: el 24 de abril de 1915. Ese día, también se tomó la decisión que cambiaría la vida de Arghavnie. La de iniciar las deportaciones de armenios a lo que hoy es Siria.

La Tante tenía entonces veinticinco años y tres hijos. Con ellos y con todos los habitantes armenios de Bakaritch, comenzó a caminar desde el pueblo hacia el oeste. Rumbo a Arapkir. Entre ambos lugares solo hay doscientos ochenta kilómetros de distancia, lo que equivaldría a cinco horas en coche. Y andando, como mucho, dos semanas. La Tante caminó un mes. 

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Raymond Kevorkian, historiador armenio que participa en el proyecto de Gorune, explica que de la duración del trayecto se deduce la estrategia turca: «Tuvieron que dar vueltas y vueltas en las montañas para cansar, enfermar y hacer pasar hambre a los deportados». 

—¿Tengo que hablar de eso ahora?— le preguntó la Tante a Gorune al hacer la entrevista. 

Pero el joven no supo responder.

—¿Lo grabo?— insistió ella.

—Sí.

—¿Sí? Bueno.

Cuenta entonces que a los pocos días de emprender el viaje, en Erzinga, empezaron las torturas. Que obligaron a arrodillarse a su tío Kapriel. Que los policías empezaron a golpearlo con las culatas de sus rifles. En la parte delantera y trasera. Le golpearon el cuerpo, le pelaron la espalda y le arrancaron las uñas.

Que después perdió a sus hijos. A los tres. Que sus dos hijas enfermaron y no soportaron la caminata. Que su petit garçon murió de hambre en su pecho. Porque ya no le quedaba leche.

Que después se separó de su hermano. Que se encontraron con un grupo de kurdos y ella lo convenció para huir con ellos. Que nunca más supo de él. Y que ella no debería haberlo persuadido. Que si morían, morían juntos.

Aunque Taline siempre supo las líneas generales de la historia, leyendo estos pasajes del relato de su tía se dio cuenta de la magnitud de los acontecimientos por los que pasó. «Aprendí sobre el genocidio durante mis estudios», dice, «pero claro, todo es demasiado abstracto». Más allá de esas definiciones y debates conceptuales está el sufrimiento que hace que todos empaticen.

Después Arghavnie se calla. Y Garune dice que miente por omisión. Que de la primera vez que la entrevistó, sabe que su marido, antes de marchar a la guerra, le había dado un pequeño revólver americano para protegerse. Que ella lo llevaba bajo el vestido. Y que un día, al borde de un río, cuando sufrieron un ataque, lo sacó. Pero que la desarmaron. Y que al llegar a esta parte del relato Aghavnie lloró, calló y no dijo nada más.

«Tenía dieciocho años y la idea de volver a hacerla llorar era insoportable», dice Gorune. Así que en esta segunda entrevista, dejó que su Tante mintiera por omisión. Que no contara que al quitarle el revólver la violaron. Porque Garune tiene la certeza, por lo que habló con ella, de que eso es lo que pasó. Y de que si pasó, «hay que contarlo». 

Es la parte de la historia que hace temblar a Taline. «Solo lo entiendo ahora que soy mayor; una mujer joven», dice. Tal y como lo ve, la violación no solo fue un momento terrible desde el punto de vista personal, sino también una herramienta para borrar la identidad de su tía, ya sea dejándola embarazada de un extraño o haciendo que fuese rechazada en la sociedad.

Dejando el tema pasar, Gorune preguntó a la Tante sobre su relación con Arthur, el bisabuelo de Taline. Arthur, que en armenio se llamaba Haroutioun, era su primo y tenía diez años cuando empezaron las deportaciones. Habían caminado juntos desde que dejaron Bakarich, incluso después de morir los niños de Arghavnie. Y a punto de llegar a Arapkir, el destino final, la Tante quiso encontrar una forma de salvarlo y hacer con él lo que no pudo con sus hijos.

Cuenta que se acercó a una joven armenia y le suplicó que se quedara al niño. Le explicó que estaban siendo deportados y que él, como sus hijos, no sobreviviría el resto del camino. La joven los llevó ante otra mujer, también armenia, casada con un turco. Ella les dijo que aunque no se lo fuera a quedar en casa, lo podían esconder en el jardín y la cocinera se encargaría de alimentarlo. Y la Tante así lo hizo. Dejó a Arthur atrás y siguió su camino hacia Arapkir. Pero de todas las separaciones que vivió Arghavnie, esta sería la única sin un final trágico. 

Pocos días después de aquello la Tante llegó a Arapkir. La instalaron en una casita rodeada de vegetación con el resto de deportados de la zona de Erzeroum. Allá conoció a una armenia bien posicionada que resultó estar emparentada con su marido y que la ayudó a salir de la casa. Se llevó a la Tante a vivir con su familia. 

En esas circunstancias, la Tante acudía con frecuencia a la iglesia armenia de Arapkir. Y después de unos dos años viviendo en la ciudad, en una de las misas, habló con un niño de diez años que también era de Erzeroum. Le preguntó:

—¿Hay otros niños de Erzeroum en Arapkir?

—Hay otro que se llama Hassan.

—Tráelo y veamos quien es ese Hassan.

«¡Me lo trajo y vi que era Haroutioun (Arthur)! Cómo lo abracé, cómo lloré…», dice Arghavnie.

En poco tiempo supo que el niño había sido adoptado por un comisario turco, que ahora se llamaba Hassan y se había convertido al islam. Pero la Tante no quería renunciar a él. Quería recuperarlo. Así que con la ayuda de un americano escribió una carta explicando al padre turco de Arthur que este pertenecía a una buena familia. Le dijo que su tío vivía en Constantinopla y que por tanto estaba obligado a enviarlo con él. Y así, con esa carta, unas cuantas monedas y un pedazo de queso convencieron al comisario de que entregara a Arthur.

«Extraño comisario que creyó en el chantaje de los revolucionarios», dice Gorune, «¿lo podemos contar en el lado de los justos?», se pregunta. 

Arthur llegó a Constantinopla de niño. Se separaba de la Tante por segunda vez; pero al menos en esta ocasión seguía dentro de la familia, y sobre todo, manteniendo en contacto con ella.

En Arapkir, cuando la familia que se hacía cargo de Arghavnie empezó a tener problemas, la mandaron como enfermera al orfanato de Agn, a escasos kilómetros de la ciudad. Allá la Tante se hizo cargo de ciento sesenta huérfanos armenios, convirtiéndose en la reina de las estratagemas para saciar el hambre que mantenía a los niños escuálidos. Pasó cinco años en el cargo. 

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Tercera por la derecha, en primera fila, Arghavnie en una fotografía del orfanato que dirigió después de su exilio.

Después, llegaron el camino en burro a Siria, la vida en Líbano y finalmente París, donde se reencontró de nuevo con Arthur. En el distrito número 13 de la capital francesa, la familia montó un restaurante donde la Tante pasó sus últimos días.  Murió en 1992. Taline tenía solo dos años entonces y no tiene recuerdos de ella.

Según dice Gorune, «su vida se basó en una serie de apegos a niños de los que se hacía cargo y a continuación perdía. Como los suyos». 

Taline se pregunta si La Tante entendió que fue su identidad armenia lo que desencadenó su destino. «Algo que no puedes hacer nada para evitar, excepto lamentar haber nacido».

Pero la pregunta que más atormenta a Taline es qué hizo que La Tante sobreviviera. Después de perder a su marido y a sus tres hijos, «¿sobrevivió gracias a una fuerza extraordinaria que solo ella tenía o a un instinto de supervivencia que está en cada uno de nosotros?».

A día de hoy, solo treinta y cuatro países han reconocido oficialmente el genocidio armenio. Otros como Reino Unido, España o la propia Turquía no utilizan oficialmente el término genocidio.

El gobierno turco dice que las muertes armenias no salieron de lo que se considera normal en cualquier guerra. Que genocidio significa la destrucción deliberada y sistemática de un grupo de la población, y que eso no es lo que ocurrió con los armenios. Argumentan que ellos murieron de hambre y frío en las deportaciones, no como parte de una estrategia deliberada de exterminación. De hecho, hacer referencia al genocidio en Turquía puede ser considerado un delito, ya que el artículo 301 de su Constitución declara ilegal insultar a la nación Turca. Basándose en este artículo, intelectuales turcos como el nobel Orhan Pamuk han sido condenados por declarar que Turquía mató a centenares de armenios y kurdos. 

Pero pese a todo, Taline es optimista. «¿Quién recuerda hoy lo que pasó a los armenios?». Fue la frase de Hitler para justificar la solución final en el Holocausto judío. Y según la joven francesa, eso es lo que se consigue olvidando hechos de este tipo. Transmitir el mensaje de que no pasó nada malo, que cualquiera puede cometer estos crímenes y simplemente esperar que queden atrás. «El olvido», dice Taline, «es nuestro mayor enemigo».

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Arghavnie Ter Atamian a las puertas de su restaurante en el distrito 13 de París.

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2 Comentarios

  1. Gracias por esta memoria familiar del genocidio armenio. Gracias por lo aportado. Es cierto que «el olvido es nuestro mayor enemigo» como bien dice Taline. Turquía jamás lo reconocerá, ya sabemos. El Parlamento Europeo a instado varias veces a Turquía como condición indispensable para entrar de pleno derecho a que reconozca el genocidio armenio. Turquía siempre ha rechazado ese término de genocidio, lo máximo que reconoce es hubo masacres y que entre 1915 y 1917 murieron en anatolia entre 250.000 y 500.000, falso. Todos sabemos a día de hoy que al menos 1,5 millones de armenios fueron masacrados por parte de las fuerzas turcas otomanas. La historia no puede cambiarse…
    Gracias, me ha gustado mucho leerte, Leire. 😉

  2. Gracias por hacer reportajes en español sobre la memoria de las familias armenias que fueron víctimas del genocidio de 1915.

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