Por el cuello destrozado a mordiscos les habían chupado la sangre. Se hallaban tendidas en el suelo, muertas, las tres. Josep Botines las observó, puso la palma de la mano sobre los cuerpos, aún calientes. Sí, las tres estaban muertas. Se alzó pensativo. Era la segunda noche que la jineta atacaba el gallinero. Y el gallinero de su casa, de animales criados con grano y salvado, que eran los que comían ellos, porque de los pollos de pienso –los que llevaba a medias con Melción Terrassa–, no quería ni oír hablar: el tufo de pescado que echaban le provocaba arcadas. Encendió un cigarrillo y caminó cabizbajo.
Dos días antes, apenas acostado, oyó un cacareante barullo. Fue al corral, donde se agitaban las aves revoloteando, acometidas por una sombra nerviosa. «¡La jineta!», exclamó Botines, cogiendo un horcón. Abrió la barrera y vio, tendida, inerte, a la jineta, mientras las gallinas se apelotonaban en una esquina. Tres de ellas daban los últimos espasmos, ensangrentadas. Tocó el pelo áspero de la jineta, sobre la cual caían, en plácido planear, plumas de gallina. «¡Cojones! ¡Este animal está muerto!… Quizá un gallo le haya dado un picotazo en el cerebro…», se decía, sorprendido, Josep Botines, mientras dudaba si rematar o no a la alimaña. Y, súbitamente, la jineta saltó, como un rayo, libre hacia la puerta. Bulto furtivo y veloz, desapareció por el vecino campo de avena, alto y rumoroso, dorado.
Reparó la rejilla del gallinero, la reforzó. Pero de nuevo le arrancaba de la cama el escándalo de las aves: la jineta había vuelto a entrar en el recinto. Y ya no estaba. Echó los bichos degollados en la pocilga y oyó cómo los cerdos se los zamparon enseguida. Su mujer, Conxa, le tenía manía a la carne desangrada. Los viejos decían que quien la comía moría de la misma forma, chupado por un pájaro grande y extraño, con cara de persona, que caía sobre los lechos a medianoche. «Mañana te espero», rezongó Josep Botines, y se fue a acostar.
Luego de cenar, al día siguiente, tomó la escopeta, de dos cañones y calibre dieciséis. La noche era espléndida, quieta la atmósfera, de luna llena. Andaba con paso quedo, y a su alrededor los grillos, los primeros grillos del verano, no paraban de chirriar. De lejos, aullaba un perro. Se dirigió hacia la linde del monte, un ribazo costanero, de tierra arcillosa cuajada de rocalla, con varios algarrobos, de follaje prieto, y un par de higueras, en las que hinchaban ya algunas brevas. Terreno delgado, estéril para la siembra, donde crecían gamones, altos y floridos.
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Pues vamos a tener que leer el libro. Muchas gracias
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