Música

Miriam Makeba y Harry Belafonte, música aliada contra el apartheid

Miriam Makeba y Harry Belafonte en el documental Sing Your Song. Imagen HBO.
Miriam Makeba y Harry Belafonte en el documental Sing Your Song. Imagen: HBO.

28 de agosto de 1963 en Washington D. C. Cerca de doscientas cincuenta mil personas se han reunido en el monumento a Lincoln para protestar contra el racismo y la segregación racial en Estados Unidos. Es la famosa Gran Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad que concluirá con el famoso discurso I Have a Dream de Martin Luther King. Unos minutos antes de ese momento histórico, el cantante Harry Belafonte, amigo personal de King y uno de sus principales colaboradores, sube al estrado y lee un comunicado de apoyo a la causa al que se han adherido con sus firmas un gran número de figuras del mundo cultural estadounidense:

Estamos hoy aquí para ser testigos de lo que sabemos. Sabemos que este país, Estados Unidos, con el que estamos comprometidos y al cual amamos, aspira a ser ese país en el que todos los hombres sean libres. También sabemos que la libertad no es un permiso. En una democracia, todo el mundo debería tener la libertad de poder votar. Pero nadie tiene permiso para oprimir ni para desmoralizar a otra persona. También sabemos, porque de no ser así no estaríamos aquí, que durante varias generaciones los negros americanos han soportado las injusticias más intolerables en este país que han ayudado a construir. Ser negro en este país significa varias cosas desagradables. En el Sur profundo suele significar que no se le permita ejercitar su derecho al voto a través de todo tipo de intimidaciones, incluso la muerte. Esta intimidación tiene mucho peso en la vida de cualquier persona negra, y aunque a veces difiere en profundidad jamás difiere en su objetivo, que es sencillamente el de limitar, desmoralizar y mantener el estatus servil de veinte millones de personas negras. Estamos aquí, por tanto, para protestar contra esta maldad y dar a conocer nuestra intención de hacer todo lo que esté en nuestra mano para terminar con ella. Como artistas y seres humanos nos alegra saber que la experiencia humana no tiene color y que la excelencia en cualquier tarea es el fruto del trabajo y del amor individual, y creemos que los artistas tienen una función muy valiosa en una sociedad dado que somos los artistas quienes mostramos la sociedad a sí misma. Pero también sabemos que cualquier sociedad que deja de respetar las aspiraciones humanas de todos sus ciudadanos está coqueteando con el caos político y la esterilidad artística. Necesitamos las energías de todas esas personas a quienes hemos negado por tanto tiempo toda humanidad. Necesitamos su vigor, su alegría, la autoridad que les ha otorgado su dolor. Si nos distanciamos de ellas, nos estamos castigando y haciendo más pequeños, y mientras sigamos haciéndolo nuestra sociedad sufrirá un grave peligro. Estamos aquí para intentar golpear las cadenas de la antigua esclavitud y para aportar realidad a ese anhelo profundo y universal que se ha dado en llamar «el sueño americano».

La multitud aplaude, consciente de estar viviendo un momento único: jamás en la historia de los Estados Unidos había habido una manifestación tan numerosa a favor de los derechos humanos. Entre los asistentes a la Gran Marcha se encuentran grandes artistas como Rita Moreno, Sammy Davis Jr., Marlon Brando, Gregory Peck, James Baldwin, Burt Lancaster o Joanne Woodward y su marido Paul Newman. Sin embargo, mientras lee su discurso, Harry Belafonte está pensando en su «hermana pequeña», la cantante sudafricana Miriam Makeba, que no ha podido acudir a la marcha por encontrarse enferma.

Desde una cama de hospital, Makeba ve en la televisión lo que está sucediendo en Washington. Escucha conmovida las palabras de Belafonte, el apasionado discurso de King y los de tantas otras figuras como el de la ya legendaria Josephine Baker. Desea estar allí, en las escalinatas del monumento a Lincoln, consciente de que la admiración que siente por todos ellos es mutua. La profunda emoción que le embarga al ver lo que está sucediendo en la pantalla no es fruto del momento: al escuchar al gentío aplaudir mientras Martin Luther King dice «Gracias a esta fe conseguiremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a prisión juntos, luchar por nuestra libertad juntos, con la certeza de que algún día seremos libres» se siente respaldada en su lucha por la justicia de su propio país: tan solo unas semanas antes, Miriam había pronunciado un discurso en la sede de Naciones Unidas ante el Comité contra el Apartheid, llegando a pedir un boicot contra el gobierno de Sudáfrica, que responde prohibiendo sus discos en todo el país y retirándole la ciudadanía.

Nacida en Johannesburgo en 1932, la niña que llegaría a ser conocida mundialmente como Mamá África y a convertirse en una de las principales voces del planeta contra el colonialismo entró en la cárcel con tan solo dieciocho días de vida y pasó allí sus primeros seis meses: su madre había sido condenada por vender alcohol, algo que las personas negras tenían prohibido. Desde muy pequeña adquirió el gusto por cantar, tanto en xhosa (el idioma de su padre) como en suazi (el de su madre) y en inglés, el idioma de la escuela metodista a la que acudía. Sus comienzos como cantante la llevaban a saltar de uno a otro idioma, bien con versiones de temas estadounidenses, bien con canciones originales sudafricanas, como las dos que interpretó en la película Come Back, Africa, un alegato contra el apartheid que recibió el premio de la crítica en el Festival de Venecia de 1959. A pesar de que su intervención se limitaba a esas dos canciones fue invitada a dicho festival para presentar la película y eso le abrió las puertas para hacer una pequeña gira europea. En el vuelo que la alejaba de casa no pudo obviar las miradas furiosas de los pasajeros por tener que compartir avión con una persona negra. 

Nacido en Harlem en 1927, el niño que llegaría a ganar el Premio Jean Hersholt de la Academia de Cine por su contribución a causas humanitarias vivió en Jamaica con su abuela desde los cinco a los doce años. Más tarde, Belafonte se enroló en el ejército estadounidense y luchó en la Segunda Guerra Mundial. Al acabar la misma se encontró con que la libertad en cuyo nombre le habían obligado a luchar no estaba disponible en su país para personas no blancas: la segregación racial, las leyes Jim Crow y tantas otras triquiñuelas conservadoras para perpetuar que todas las personas fueran iguales pero algunas más que otras terminaron de forjar su compromiso activista. Atraído por el potencial social del teatro político tras ver Home is the Hunter, una obra sobre los problemas de los veteranos negros en Estados Unidos por la compañía American Negro Theater, Belafonte decidió convertirse en actor. Para pagarse las clases de interpretación comenzó a cantar en club nocturnos con tal éxito que en tan solo siete años su disco Calypso se convertiría en el primer LP de la historia con un millón de copias vendidas. En 1959 ya era el artista negro mejor pagado de la historia hasta entonces y, por supuesto, toda esa merecida fama le abrió las puertas de Hollywood y de la televisión. Como él mismo reconocería años más tarde, «No soy un artista que se hizo activista, sino un activista que se hizo artista». De ahí que decidiera usar su fama, su influencia y su dinero en causas sociales de gran calado. 

Ese mismo año, 1959, tras un pase de Come Back, Africa en Londres, Harry Belafonte y su esposa se acercan a Miriam Makeba a compartir su admiración por ella. La cantante sudafricana sabía bien quién era él, ya que ella misma había cantado sus canciones traducidas a xhosa y suazi. Makeba le comenta que está esperando su visado para poder viajar a Estados Unidos porque ha sido invitada al Steve Allen Show, uno de los programas de televisión más populares del momento. Belafonte le pide que se ponga en contacto con él cuando llegue y le ofrece todo tipo de ayuda que pudiera necesitar. «Estoy muy interesado en su país», le dice, «es un lugar lleno de problemas, pero cuánto talento le ha dado al mundo». Pocos días después, la embajada estadounidense se pone en contacto con ella: Belafonte ha movido sus hilos y gracias a ello su visado ha sido aprobado. Próximo destino Nueva York, a cuyo aeropuerto Harry manda un coche para recogerla y ayudarla a prepararse para su inminente viaje a Los Ángeles por su concierto en directo en el programa de Steve Allen. A pesar de los nervios y las prisas, el programa es un éxito con cerca de sesenta millones de espectadores.

De vuelta a Nueva York, Miriam advierte que la gente la mira por la calle. Pero no como lo hacían en el avión que la llevó a Europa, sino como a una celebridad a quien ahora le piden autógrafos. Tres días después del programa da su primer concierto en Nueva York, para el cual Belafonte invita a figuras como Nina Simone, Duke Ellington, Diahann Carroll, Miles Davis o Sidney Poitier. La multitud aplaude entusiasmada al escuchar una voz como la de Miriam cantando en xhosa. Es un momento catártico no solo para ella: grandes artistas afroamericanos que llevan años explorando las raíces africanas del blues como oposición a la segregación racial que sufren en su día a día se juntan para escuchar a una cantante sudafricana que interpreta temas con ritmos, sonoridades e idiomas puramente africanos. En pocas semanas, la futura Mama África ya es una celebridad en Estados Unidos gracias a su talento y a la ayuda de Harry Belafonte, convertido oficialmente en su mentor. O, como ella siempre le llamará a partir de entonces, su hermano mayor.

Sin embargo, no todo es motivo de felicidad. En marzo de 1960, el Congreso Panafricano organizó una protesta pacífica en Sharpeville, cerca de Johannesburgo, contra la Ley de Pases del apartheid sudafricano, según la cual las personas negras estaban obligadas bajo pena de cárcel a llevar consigo en todo momento unos documentos de identificación que limitaban sus movimientos dentro del país. La policía abrió fuego contra los manifestantes, hiriendo a ciento ochenta personas y matando a sesenta y nueve, entre ellas dos familiares de Miriam Makeba. Días después de la masacre, la cantante recibe la noticia de que su madre ha muerto. Al acudir al consulado sudafricano para viajar al funeral, las autoridades le deniegan el visado para viajar, forzándola a un exilio que duró treinta y un años. Makeba, que hasta entonces se había mantenido al margen en cuestiones políticas más allá de su participación en la película Come Back, Africa, siente que ya no tiene nada que perder y adopta un perfil más comprometido y reivindicativo contra el apartheid aprovechando su creciente fama. A modo de ejemplo, Miriam fue parte de la fiesta de cumpleaños de Kennedy en la que Marilyn Monroe cantó aquel mítico «Happy Birthday» y el propio presidente le agradeció a la cantante sudafricana su asistencia. 

Su compromiso político con el panafricanismo tampoco dejará de crecer. En 1962 viaja a Kenia y Tanzania, cuyo presidente le concede el primero de los diez pasaportes honoríficos que llegará a obtener en su carrera, y en 1963 es invitada a Etiopía para cantar en los actos de fundación de la Organización de la Unidad Africana ante los líderes de treinta y dos países del continente. Poco después, y con tan solo veintinueve años, es cuando Miriam comparece ante Naciones Unidas. Primero ante el comité especial contra el apartheid y un año más tarde en la Asamblea General con un discurso de claro corte shakesperiano: 

Les pregunto a ustedes y a todos los líderes del mundo: ¿ustedes actuarían de otra forma? ¿Permaneceríais en silencio sin hacer nada si estuviérais en nuestro lugar? ¿Acaso no os resistiríais si no tuvierais derechos en vuestro propio país porque el color de vuestra piel es diferente al de los gobernantes y si se os castigaran por pedir igualdad? Les ruego a ustedes y a todos los países del mundo que hagan todo lo que puedan para detener esta tragedia. Les ruego que salven la vida de nuestros líderes, que vacíen las cárceles de todos aquellos que nunca deberían haber estado allí

La fama de Makeba en aquel momento hace que este discurso atraiga la atención de la comunidad internacional sobre el apartheid. Esto enfurece al gobierno sudafricano, pero Miriam no se arredra ante la inminente prohibición de sus discos dentro de su propio país. Todo lo contrario, decide grabar junto a Belafonte uno de los discos más importantes del activismo político de todos los tiempos: An Evening With Belafonte/Makeba, un álbum de doce canciones en varios idiomas sudafricanos. Entre ellas se encuentra «Ndodemnyama Verwoerd»Cuidado, Verwoerd»), dirigida directamente al entonces primer ministro, Hendrik Verwoerd, que antes de llegar al poder ya se había erigido como uno de los principales arquitectos del apartheid durante su mandato como ministro de Asuntos Indígenas. La inclusión en el álbum de esta canción escrita en xhosa tiene un fuerte componente político añadido, ya que fue compuesta por el cantautor Vuyisile Mini, que había sido ejecutado por el gobierno sudafricano un año antes. An Evening With Belafonte/Makeba ganó un Grammy y su popularidad aumentó aun más el interés del público por la situación en Sudáfrica. 

Es posible que alguien se plantee que tras esta ayuda desinteresada de Belafonte para abrirle a Makeba todas las puertas posibles había un interés romántico o sexual.  Pero no es este el caso, la razón es bastante más hermosa debido al compromiso político de ambos artistas. A pesar de que en los últimos años el término «aliado» ha sufrido bastante descrédito en lo tocante a las diferentes luchas contra la discriminación (o precisamente por eso mismo), es imprescindible recordar la importancia que tienen en dichas luchas las personas que no sufren directamente esa discriminación específica. Sobre todo porque en muchos casos hay puntos comunes suficientemente amplios como para hacer fuerza conjuntamente. El mismo Belafonte lo vivió en primera persona al principio de su carrera, cuando su nombre fue añadido a la llamada «Lista negra de Hollywood» del macartismo: Ed Sullivan, célebre presentador de televisión en cuyo programa ya había participado Harry anteriormente, quiso volver a contar con su presencia, para lo cual preguntó directamente al artista si dichas alegaciones eran verídicas. Belafonte no solo lo confirmó sino que explicó sus motivos a Sullivan relacionando las injusticias sufridas por la comunidad afroamericana a las reivindicaciones de Irlanda contra el colonialismo británico. Tras ello, Sullivan, que era de origen irlandés, no dudó en enfrentarse al gobierno estadounidense invitando al cantante a su programa varias veces más. 

Años después de aquel Grammy compartido, ambos artistas tendrían un desencuentro que les mantendría apartados durante mucho tiempo. La vida llevaría a Miriam Makeba por unos caminos insospechados y apasionantes que darían para otro artículo, aunque de momento sirva este cómic biográfico editado por 2709 Books como introducción a todo aquello en lo que se convirtió. Pero dicha pelea entre Makeba y Belafonte no desmerece el hecho de que sus años de colaboración fueron un hermosísimo ejemplo de ubuntu, el concepto zulú y xhosa de Sudáfrica que podría traducirse como «yo soy porque nosotros somos» o «yo existo porque nosotros existimos», un recordatorio de que la unión no solo hace la fuerza, sino que es imprescindible para construir un mundo fuerte y solidario ante todas las injusticias sistémicas centenarias. Harry, al igual que Ed Sullivan había hecho con él años antes e igual que Makeba haría más tarde con otros artistas, había comprendido que una persona verdaderamente comprometida con una causa ha de prestar su micrófono e invitar al escenario a alguien que necesite hablar para que su mensaje pueda llegar más alto a más gente. Yo soy porque nosotros somos, yo lucho porque nosotros luchamos. Como él mismo dijo en esta entrevista varios años después:  

(…) crecí en Harlem, crecí rodeado de racismo y segregación no solo en Estados Unidos, sino que crecí en las Antillas bajo el colonialismo. Mis tías y mis tíos y mis abuelas y abuelos eran granjeros y vi lo que tenían que hacer desde el amanecer hasta el anochecer y cuál fue su recompensa bajo el poder de la explotación británica. A pesar de todo eso he conseguido convertirme en un hombre adulto y me he dedicado a esforzarme para aportar algo a este mundo. Tengo hijos, tengo grandes esperanzas para ellos. Luché en la Segunda Guerra Mundial en la marina estadounidense. Luché teniendo en cuenta lo que me habían dicho: que esta era la guerra para terminar con todas las guerras, que íbamos a derrotar al fascismo, y que la humanidad podría entonces concentrarse en lo mejor del ser humano. Ahora mi hijo tiene diez años y voy a proporcionarle todas las herramientas que pueda para liberarle de cualquier concepto primitivo y medieval como son el falso patriotismo, las fronteras y el significado de las banderas. Ya sabes, la humanidad es mucho más grande que todos esos símbolos primitivos. Y no quiero ver a mi hijo con la cara metida en un campo de arroz allí en Vietnam o en cualquier otro sitio, protegiendo los intereses del sistema, ofreciendo su propia vida como recompensa a la avaricia del sistema. Estoy en contra de eso. No quiero verle armado con la idea de que tiene derecho a marcharse a otro lugar del mundo para destruir la vida de otro ser humano a quien nunca ha conocido. Y la razón por la que sigo en esto es para asegurarme de que en mi vejez, si vivo para contarlo, podré decir que en mi vida hice todo lo que pude con lo que estaba a mi disposición. Porque odiaría que mis hijos me miraran y me dijeran «y tú dónde estabas cuando había que tomar una gran decisión? 

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2 Comentarios

  1. Gracias, hermoso texto sobre dos hermosos seres humanos…

  2. Pingback: Jot Down News #44 2023 - Jot Down Cultural Magazine

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