Cine y TV

‘Love Actually’, o el drama de la Navidad

Love Actually. Imagen: Universal Pictures.
Love Actually. Imagen: Universal Pictures.

Love Actually (Richard Curtis, 2003) se ha ido convirtiendo con el paso de las décadas —y suman dos desde su estreno— en una especie de Cuento de Navidad de Dickens, pero en formato audiovisual. Una fábula contemporánea sobre el amor —ese que está en todas partes y nos cose a base de leches—, sobre los distintos tipos de amor, de desamor, de infidelidad, de perdón, de amistad, de relaciones y sexo frustrado; sobre, como dice el inocente Samuel (Thomas Brodie-Sangster): «the thing about romance is: people only get together right at the very end», que viene a significar que lo que sucede con el romance, con el amor, es que las personas destinadas a encontrarse, a estar juntas, e incluso a arrejuntarse, solo lo consiguen al final. Cuando la película está a punto de terminar. Y, en este sentido, Love Actually va también sobre la cuenta atrás. De hecho, si algo le gusta al séptimo arte es mostrarnos por activa y por pasiva que tenemos una existencia limitada. Y que una vez muertos tampoco debemos olvidar, citando a Don Draper (Jon Hamm) en Mad Men, que «el mundo continúa sin nosotros» y por tanto «no hay razón para tomárselo como algo personal». Lo que acaba resultando como un imperativo categórico de manual. Y aun así, aun haciendo el esfuerzo —unos más que otro— de levantarse de la cama sabiendo que llegará el día en que habremos estirado la pata y, por tanto, no habrá mañana, el arte continúa instándonos a aprovechar el momento. Y más en estas fechas porque, por trágico que sea, puede que no lleguemos a sumar un año más otro claro ejemplo de cuenta atrás—, como cantaría Mecano.

El arte, en cualquiera de sus manifestaciones, siempre nos invita a hacer balance entre lo bueno y malo. A vivir un intento de carpe diem, hoy navideño, perpetuo, olvidándose del componente capitalista y comercial que envuelven estas fechas con plástico que ni es reciclado ni vegano aunque lo vendan como tal. Sin embargo, no hay que olvidar que hay quienes convierten la Navidad —tanto para sí como para los demás— en días señalados. Días clave que marcan un antes y un después, que nos hacen tomar decisiones radicales, tomar cartas en el asunto y hacer algo al respecto de lo que queremos, pero no nos atrevemos; que nos hacen iniciar un nueva etapa rompiendo con aquello que no nos ha servido de nada como si se tratase de un renacimiento casi plutoniano de transformación, de muerte y resurrección semejante al del dios mitológico; semejante, en consecuencia, al del ave fénix; semejante a esos impulsos ciegos, pero seguros, a los que respondemos cuando prestamos menos atención a la razón y más al corazón. Y eso es precisamente lo que intentó y logró, pues todavía se mantiene vigente o, si acaso, en plena forma, la película de Curtis y hace que Love Actually sea ya un clásico de Navidad. De la Navidad de nuestro tiempo. 

Una de las mejores cosas que tiene Love Actually es que no es, ni pretende ser, una comedia al uso. Ni siquiera la típica comedia romántica, baratilla, con un reparto que no conoce ni el script, y con fallos de raccord cada dos o tres planos que vende la estúpida, falsa y cínica idea que todo espectador conoce porque lo ha visto demasiadas veces o porque lo ha vivido en propias carnes, acerca de esos protagonistas que una vez acabada la película tendrán una vida plena y perfecta, sin discusiones, llena de asertividad, comprensión, y simulado y fingido buenismo actual, en lugar de señalar al final: «se divorciaron a los dos, tres o cinco años porque no se aguantaron ni se quisieron aguantar». Lo que resultaría más real, o al menos más acorde a la evidencia que rige nuestra presente realidad. En ningún momento Love Actually pretende engañar. Más bien al contrario. Es honesta consigo y con las historias entrecruzadas de cada uno de sus personajes. Y, lo más importante, se sirve del drama cotidiano, de la deriva de la vida, de los reveses que nos da cuando menos lo esperamos y cuando menos lo necesitábamos, pero así es la vida, y de siempre se ha sabido que lo que más la caracteriza es lo que le gusta joder. Claro ejemplo de ello es la tragedia de Karen (Emma Thompson) cuando se entera de que su marido Harry (Alan Rickman) se la está pegando con otra, al descubrir que su regalo de Navidad es Both Sides Now de Joni Mitchell para que siga trabajando en su autodidacta «educación sensitiva», y no el collar que le encontró en el bolsillo del abrigo aquel día que llegó un poco más tarde a casa. 

Karen: Dime…si estuvieras en mi lugar, ¿tú qué harías?

Harry: ¿Qué lugar es ese?

Karen: Imagínate que tu marido comprara un collar de oro y al llegar la Navidad se lo regalara a otra persona. ¿Te quedarías esperando a averiguar si solo es un collar, o si es sexo y un collar o si, lo peor de todo, es un collar… y amor? ¿Te quedarías sabiendo que la vida siempre será un poco peor, o cortarías y huirías?

Harry: Por Dios… peor no he podido hacerlo. El clásico ridículo.

Karen: Sí, pero también me has dejado en ridículo a mí y has hecho que la vida que llevo me parezca ridícula. 

Mención aparte, además de la conversación mantenida no en la privacidad de su habitación conyugal, sino en el auditorio del colegio donde los niños han representado la soporífera obra de Navidad de todos los años, tiene la escena en la que Thompson llora sin aspavientos ni gritos desconsolados, ni reproches; sin romper fotografías o cualquier otro objeto de la habitación que le esté más mano, porque Karen/Emma está por encima de eso. Y mientras suena de fondo la voz grave de la gran dama canadiense que aportó su bendito —y bien acogido— grano de arena al incipiente nuevo folk de finales de los sesenta, la otra gran dama de la interpretación británica mantiene el tipo con sobrada elegancia estoica. Dejando que las lágrimas caigan por su rostro. Recordando e inspirándose en lo que sufrió —así lo reconoció años más tarde— cuando se enteró de que su también marido Kenneth Branagh se la estaba dando, en la realidad y la ficción, con Helena Bonham Carter. Y a Thompson, al leer el guion, no le quedó más remedio que abrir una puerta que llevaba años cerrada y filtrar el dolor que había custodiado en silenciosa soledad. Expuesta ante las cámaras, expuesta ante el público, ante el mundo, pero amparada en la punzante verdad y duelo emocional de quien sufre por un engaño, una mentira y una infidelidad. Y este es otro as en la manga que se guarda Love Actually: que no muestra ni enseña lo que podría o no pasar sino lo que por desgracia pasa.

Retomando las tragedias de algunos de los personajes que más sufren en la cinta, igual de trágica es la desgraciada vida de Sarah (Laura Linney) cuando está a punto de hacer el amor y practicar todo el sexo que sea posible hasta el fin de los tiempos con su compañero de trabajo Karl (Rodrigo Santoro), el enigmático primer diseñador, del que lleva enamorada (y él de ella) desde que ambos empezaron a trabajar en la empresa, pero las llamadas del hermano de Sarah, algo abusón, aunque no porque quiera, sino porque no lo puede controlar debido a su enfermedad mental, le impiden llevar a buen término el deseo irrefrenable que implica amor + sexo cuando es verdadero. Después de haber bailado al son suave y lento del «Turn Me On» interpretado en esta ocasión por Norah Jones. Después de que Sarah se diese unos segundos de celebración y felicidad íntima tras haber besado, por fin, a Karl, pensando, imaginando, dando por hecho que pasarán la noche juntos. Después de quitarse el sujetador y estar semidesnuda encima de él, suena el teléfono de Sarah y se paran en seco. Ella contesta, habla un poco, cuelga. 

Sarah: Era mi hermano. No anda muy fino, me llama mucho.

Karl: Lo siento.

Sarah: No, pero está bien. Está bien. Bueno, en realidad no está bien aunque es lo que hay. Como ya no tenemos padres y ahora los dos vivimos aquí… es mi deber cuidarle. Bueno, no es mi deber, pero obviamente lo hago encantada.

Karl: No te preocupes. Ya ves, la vida está llena de interrupciones y complicaciones, así que…

Tras esto, vuelven a intentarlo, pero el teléfono suena de nuevo.

Karl: ¿Le ayudará a recuperarse?

Sarah: No.

Karl: Pues tal vez… no contestes. 

(Ella contesta)

El caso de Sarah es uno de esos en los que no se nace con estrella, sino estrellados, porque la mala suerte se ha instalado en sus vidas con insistente alevosía. Y este infortunio los acaba convirtiendo en malditos y marginados, cada cual con su propio estilo. Por muchas ganas que le pongan al asunto, no funciona. No acaban de salir airosos. Sin embargo, rompiendo una lanza a favor de Sarah, hay que reconocer que se dan momentos, pero sobre todo relaciones, que aunque nos gusten y queramos, no salen bien ni adelante. Y por eso mismo tampoco deberían forzarse. En tales circunstancias lo mejor es claudicar. Aceptar las cosas con la resignación de Sarah, también la de Karl, cuando se cruzan en nochebuena en la oficina prácticamente a oscuras donde solo quedan ellos dos y, además de darse las buenas noches, se desean feliz Navidad. Aunque no quieran, aunque por dentro estén hechos trizas, se conforman con lo que hay. Él seguirá adelante, y ella también, pese a seguir coincidiendo en la oficina porque ambos saben que, la suya, es una de esas historias de amor que se saldaron en otra vida. 

Escribía Manuel Hidalgo hace unas semanas en El Cultural, a propósito de El último metro (Truffaut, 1980), que «el amor es una alegría y es un sufrimiento», y si Love Actually nos hace sufrir progresivamente, también nos arranca un suspiro de alivio y una sonrisa. Por ejemplo, cuando Sam admite sentir una «angustia total» por el hecho de estar enamorado, y su esprint final a lo largo y ancho del aeropuerto para alcanzar a Joanna (Olivia Olson); los dobles de actores de cine porno, John/Jack (Martin Freeman) y Judy (Joanna Page), encantados de haber encontrado, por fin, a alguien con quien poder hablar; el baile que se marca el primer ministro, interpretado por un entonces atractivo Hugh Grant, al ritmo del «Jump (For my love)» de las Pointer Sisters, o el recorrido que se hace por la parte chunga de la calle más larga de Londres; la declaración de amor de Mark (Andrew Lincoln) a la mujer de su mejor amigo, que tantos y tantas han copiado y replicado —con idéntico resultado— en su vida real; la necesidad del «feo y patético» Colin (Kris Marshall) de ligar y echar un polvo con una chica que no sea inglesa, sino americana, y no duda en comprarse un billete de avión y viajar hasta Wisconsin para conseguirlo; o, cómo no, el intento desesperado del viejo exheroinómano cantante Billy Mack (Bill Nighy) por arrebatarle el nº 1 a un grupo de «adolescentes petulantes» y ganar la apuesta que hizo con su manager Joe «Gordie» (Gregor Fisher), el jodido amor de su vida. Sin olvidar tampoco la importancia del personaje de Rowan Atkinson, cuya presencia resulta clave para Harry y Sam y representa, en ambas historias, una especie de ángel (bien de la guarda, bien de la Navidad), tal como reconoció hace ocho años en la red social X, antes Twitter, Emma Freud, mujer de Richard Curtis y scripteditor de la película, al querer aclarar el significado de algunas escenas y el destino de algunos de los personajes que construyó e ideó junto a su marido.

En definitiva, lo que muestra Love Actually, además de la cuenta atrás de cara a la noche de Navidad y que el amor, en realidad, está en todas partes, es que precisamente en estas fechas se debería tener más valentía. Más coraje para hacer, decir, actuar, de manera diferente a como lo hicimos el resto del año porque no nos atrevimos, o porque nos mentimos a nosotros mismos. Dice el personaje de Billy que «la Navidad es una época para la gente que comparte su vida con alguien a quien ama», y Sam que hay una persona para cada uno de nosotros, pero hay que buscarla e ir a por ella, y Mark, a su manera, que aunque la haya a veces es necesario ocultarla. Ocultar lo que sentimos como mecanismo de defensa para no sufrir; atenuar en todo caso los daños colaterales que pueda causar amar a quien no se debe y, aun así, reconocerlo abiertamente en Nochebuena por concedernos la oportunidad de decir un puñetero día, solo uno, la verdad.  Blaise Pascal afirmó que «el corazón tiene razones que la razón no entiende» y, aunque duela, vale la pena dejarse guiar por él porque nos permite sanar, y nos permite también perdonar como parece que acaba haciendo Karen con Harry, y Sarah consigo misma. El corazón apela a la bondad sin que nos demos cuenta. Nos empuja a ser mejores, o al menos a intentarlo, aunque el efecto dure apenas unos días u horas; lo que duren, en verdad, estas fiestas navideñas. Y ese es el gran drama de la Navidad: la caducidad. Que pasa con la fugacidad con la que lo hace nuestra insignificante existencia. Menos platos en las mesas, más sillas vacías; menos abrazos, menos risas, y más ausencias y silencios al recordar a quienes ya no están. Y como andamos escasos de tiempo, quizá lo más conveniente sea enmendar los errores cometidos, las mentiras dichas, las malas formas o los malos tratos dados y recibidos con o sin «All I Want for Christmas is You» de Mariah Carey, «Christmas Is all Around» de Billy Mack, «White Christmas» de Otis Redding o la banda sonora de Craig Armstrong sonando de fondo.

Esto va, una vez más, de perdonar, sincerarnos y, por encima de todo, amar. 

Por el bien de todos.

Porque es Navidad. 

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

85año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

13 Comentarios

  1. Antonio Yelo

    Es cierto, el corazón empuja a la bondad. Hay una fórmula para pasar indemne la Navidad: apagar la mente y respirar solo con el corazón. En la mente manda el ego. En Love Actually gobierna la mejor versión de todos nosotros.
    FELIZ NAVIDAD

  2. Posiblemente, una de las peores películas que he visto. Casi nada es verosímil, desde el huérfano que ha perdido a su madre hace 10 minutos y solo piensa en conquistar a una chica de su clase, hasta el primer ministro inglés que toma el avión como un turista más. Y qué decir de los pobres portugueses de Marsella que viven todavía en el siglo XIX. Además de mala, xenófoba.

  3. Guillermo

    bueno, tiene sus cosas pero a mí sí me parece que está cargada de romanticismo almibarado, amor convencional, príncipes y princesas. Que la peli acaba con que se casan y sugiere que son felices por el resto de sus días porque el amor se encarga.
    La vi con mi hija adolescente, y no me pareció el mejor ejemplo de relaciones sexoafectivas para su formación. Lo comenté con ella, entendió lo que le decía y por qué, aunque a ella le había gustado.

  4. Oderus Urungus

    Vaya. Tercer artículo de Jotdown dedicado a esta película.
    Debe tener algo. Lástima que siempre me quede dormido.
    He intentado verla un par de veces, sobre todo después de descojonarme con «Viaje alucinante al fondo de Love Actually» de esta misma web, pero nada. Me sigo quedando dormido.

    • Hugh Grant

      Y aún no se ha escrito el artículo que merece el gran Richard Curtis. Este genio del cine ha dirigido (o producido o guionizado o todo a un tiempo) las películas más taquilleras del cine británico de los últimos 30 años. No todas son obras maestras, pero todas tienen un sitio destacado en la historia del cine:
      Love Actually
      The boat that rocked ( sobre una emisora de radio musical pirata)
      Notting Hill
      4 bodas y un funeral
      Yesterday (sobre un mundo donde nadie conoce a los Beatles)
      About Time (cuando los hombres de una familia pueden volver al pasado).
      Las adaptaciones del Diario de Bridget Jones
      Las pelis de Míster Bean (Atkinson es íntimo de Curtis).
      Richard Curtis está a la altura de Billie Wilder.

      • «Richard Curtis está a la altura de Billie Wilder» es decir, mide 1.8 metros? si no es esa la comparación, elabora por favor ese «está a la altura»…

        • Hugh Grant

          Vaya, es curioso, los dos directores miden lo mismo, 1,80 m. Claramente no me refería a la estatura. Lo que afirmo es que lo que Wilder hizo en los 50’s con Sabrina, El Apartamento o Con Faldas y a lo Loco lo ha hecho en los 90’s Curtis con sus películas.

          • Sigo sin entender…el señor Curtis hizo lo mismo en los 90s, es decir hizo películas usando un guión, camaras, actores, etc.? es que no entiendo la comparación, en qué criterios te basas para comparar al señor Curtis con Wilder para ponerlos al mismo nivel? eso es lo que quiero saber…ahh y por cierto, se llama Billy Wilder, no Billie Wilder…

            • Hugh Grant

              Hablo de la calidad de sus películas. Hablo de que cada uno en su época hicieron muy buen cine. Que las mejores comedias de uno y de otro son igual de buenas.

              • Jairo RP

                No se, esa afirmación es tan temeraria, tan fuerte, que por lo menos deberías sustentarla un poco, elaborarla más allá de tu opinión basada en tu propio gusto, en tu propio criterio…afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias…

  5. Y además de todo lo dicho termina con God Only knows en bucle. Gracias por el artículo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*