Arte y Letras

Carta del embajador de España en Irlanda

Ilustración Pablo Amargo. carta irlanda
Ilustración: Pablo Amargo.

Este texto es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down nº 45 «Irlanda»

Celebro la iniciativa de Jot Down al publicar este número dedicado a Irlanda, Éire, la isla esmeralda que ha pasado a convertirse en «tigre celta» y está llamada a desempeñar un importante papel en Europa, ahora que el Brexit la ha convertido en el único país anglófono de la Unión.

Me complace también saludar este número desde la Embajada de España en Dublín en el año en que inauguraremos los primeros encuentros de las sociedades civiles de ambos países, en el hermoso pazo de Mariñán, gracias a la iniciativa de la Diputación Provincial de La Coruña. Según el Lebor Gabála Érenn («Libro de las invasiones»), del siglo XI, precisamente desde una torre legendaria en La Coruña, tal vez donde hoy se levanta la Torre de Hércules, el rey Breogán vislumbró las verdes costas de Éire y, también desde allí, los celtas siguieron a su hijo Ith para conquistar la isla, poblarla y compartir mitos que hoy son patrimonio de ambas naciones. El himno gallego proclama la estirpe de Breogán en su letra, escrita en pleno romanticismo nacionalista. Pero, curiosamente, el actual primer ministro irlandés, Leo Varadkar, se refirió a estos comunes orígenes legendarios, o reales, del rey Breogán en su alocución ante la prensa, en presencia de nuestro presidente, a principios de este mismo año 2023. Los mitos y las leyendas forman parte de lo cotidiano en la isla.

Como no podía ser de otro modo, Irlanda, el país más hispanófilo de Europa, produce en nosotros el arrebato de un amor incondicional, de un flechazo. Más aún si nos embargan con emoción las musas más destacadas en estas tierras, las de la poesía, la música y la literatura. En esos dominios, Irlanda no tiene parangón, la música lo impregna todo, desde la musicalidad del irlandés gaélico o del inglés, transfigurado en acentos locales, hasta las noches de baladas en los pubs o, como en Dublineses (Los muertos), de John Huston, sobre el relato de Joyce, los cantos improvisados en los hogares y en las tertulias.

En cuanto a la literatura, pocos discuten que la novela más relevante en lengua inglesa sea el Ulises, de Joyce, vanguardia de las vanguardias que es prácticamente coetánea de la «búsqueda» de Proust, pero distorsionada intencionadamente por la confusa psique del protagonista, Leopold Bloom, y por el insuperado monólogo femenino y feminista de su mujer, Molly. La profusión de buenos autores hace imposible ofrecer una enumeración aquí. Muchos visitantes no saben que Swift, Beckett, Wilde, Burke, Hearn, Donleavy, O’Flaherty o Casement eran irlandeses. No sucede lo mismo con el gran poeta nacional, Yeats, premio nobel, al igual que Seamus Heaney, tal vez más universales como irlandeses.

Pero incluso hoy es difícil seguir al tanto de la sorprendente eclosión literaria de los irlandeses, por ejemplo, la magistral Claire Keegan, con Cosas pequeñas como esas, novela sobre los tenebrosos episodios de las mujeres abducidas por una Iglesia católica muy alejada de su misión evangélica en las Lavanderías de la Magdalena, o la terrible novela de Patrick Radden No digas nada, sobre la despiadada crueldad desatada entre católicos y protestantes con anterioridad al Acuerdo de Viernes Santo, en 1998, violencia que pervive aún en rescoldos en Belfast y Derry. Isla idílica de feraces paisajes naturales, deslumbrantes y vacíos, pero también isla feroz, pandemonio que conoce bien lo abyecto, los círculos más sangrientos del espíritu humano, el martirio y el terror que siembran los grupos paramilitares.

Sobre lo primero, la hermosura de su naturaleza, ya escribió Robert Graves en La diosa blanca, de lectura imprescindible para iniciarse, señalando que el primer alfabeto irlandés, el Beth-luis-nion, toma su nombre de los tres primeros árboles de una serie cuyas iniciales forman el orden de sucesión de sus letras (abedul-fresno-serbal). Los árboles en las letras y en su naturaleza, mayestática y mayúscula.

Sobre la violencia que anida en esa naturaleza idílica escribe magistralmente O’Casey en su trilogía teatral y Synge en la obrita El playboy del mundo occidental: en ambas, los irlandeses se mofan con sarcasmo de lo trágico, algo que sigue asombrándome. Sobre lo que en el ruedo ibérico atañe a la pasión fratricida, cainita y a la negrura goyesca no solemos bromear. Pero en este país, el primero en librarse en el siglo xx del yugo del Imperio británico con gran violencia, en 1916, y que conoció también una trágica guerra civil o la violencia sectaria más espantosa hasta los Acuerdos de Viernes Santo, hay mucho escrito. Sin embargo, con su espíritu burlón, consigue, como O’Casey, ser mordaz y elevarse por encima de la sangre derramada para hacer estallar en carcajadas a un público entregado a contemplar las atrocidades del levantamiento de Pascua en el Teatro Abbey.

Por encima de tantos contrastes y contradicciones a nuestros ojos, lo que aquí se vive es una emoción sin filtros. En Irlanda pervive una delicada y emocionante atmósfera de armonía, como si la Arcadia (incluso con su calavera oculta) se hubiera trasladado mágicamente desde el Peloponeso por voluntad de Zeus, como lo hizo Galicia entera con el rey Breogán.

Sobre armonías, ahí está el arpa como escudo nacional, lejos de los leones rampantes o las fieras águilas de sus vecinos ingleses o de nuestros estandartes hispanos. Un arpa milenaria, cuyo ejemplar más antiguo se exhibe en la Biblioteca del Trinity College. Ahí está el trébol, rey humilde del reino vegetal y, sin embargo, escogido entre todos por san Patricio para evangelizar a celtas y vikingos con sus tres hojas, símbolo de la Santa Trinidad. También está ahí el lema favorito de estas gentes, proclamándose «tierra de santos y sabios», pues fueron santos y sabios irlandeses quienes consiguieron rescatar para Occidente el saber clásico cuando cayó el Imperio romano y ardieron en el continente las bibliotecas, abriéndose las puertas de las dark ages. Irlanda, la excepción. Nunca romanizada fue Hibernia, tal vez porque a través de las brumas, los césares no vislumbraron más que tribus salvajes y un clima inhóspito. Fue un espejismo disuasorio para los conquistadores, pues es la «isla del tesoro» para quien sabe verlo.

El flechazo por Irlanda tiene otros elixires de amor para el forastero que se acerque a Dublín, contemple cisnes salvajes en el Liffey, focas en el puertecito de Howth, ardillas por los bellos jardines de Merrion o San Esteban, como haría Oscar Wilde desde su casa, frente al parque, donde hoy aparece esculpido sobre una roca, repantingado y en actitud burlona, el monumento más simpático que ningún genio literario haya tenido nunca, otra hazaña del espíritu irlandés, de su inalcanzable cordialidad y guasa, de su escaso gusto por lo solemne, por la pompa. 

Pasear, flâner, es un mayúsculo placer en esta capital de juguete, entre la arquitectura georgiana de Fitzwilliam Square, la palladiana del bellísimo Casino Marino, pabellón levantado frente al mar para divertimento de aristócratas traviesos, libertinos tal vez, o entre los hermosos edificios victorianos, como el del pub The Bank, en el que los aseos comparten espacio con las enormes cajas fuertes del antiguo banco, hoy poseído por Baco. O el art déco del Cine Stella o del bar del Teatro Camden, reconvertido en gigantesco pub para seguidores de los deportes gaélicos.

Pasear también siguiendo el «camino celta» a Compostela, desde la Iglesia de St. James (Santiago) hasta Bray, deteniéndonos en Dún Laoghaire para rendir homenaje al precursor de los derechos humanos contemporáneos y héroe nacional, Roger Casement, retratado por Vargas Llosa en El sueño del celta. Un sueño que terminó en la horca, ajusticiado por los británicos, y empañada su reputación con acusaciones de homosexualidad, según se refleja en unos cuadernos íntimos, tal vez falsos, fabricados.

¿Y cómo explicar que Irlanda tenga su propio Delfos? ¿En un valle similar al del oráculo del Peloponeso? Pues así es, gracias a otro espíritu travieso, otro leprechaun (duende irlandés), el cleptómano lord Sligo, que se llevó de Micenas el sarcófago de Agamenón y las columnas de las puertas de la ciudad. Las instaló en su Delphi del septentrión irlandés, en lo que ahora es un paraje para los amantes de la pesca de la trucha y del salmón que conserva aún el nombre de Delphi. Oráculo helénico entre paisajes que podrían ser vascos o gallegos, con lagos serenos donde los príncipes se convierten en cisnes según la leyenda, y no en ranas, como en el resto de Europa. Delicadezas gaélicas.

Por otro milagro de san Patricio, como no podía ser de otro modo, Irlanda tampoco tiene serpientes, y la tentación procede solo del embrujo de sus bellezas pelirrojas y de tez de alabastro, con ojos verdes o azules, exóticas mezclas genéticas que los dark irish explican a veces por sus orígenes españoles, de los miles de naufragios de la Armada Invencible, que ameritan un recorrido por la costa oeste, desde Donegal, con epicentro en Sligo, donde yace Yeats, en la tumba con el epitafio poético más sobrecogedor que conozco. 

Pocos escritores hay en la isla que hayan sabido mejor que Flann O’Brien capturar ese «Aleph» irlandés en el que todo converge, entre mitos sangrientos, cisnes, duendes, hechizos y árboles parlantes. Su prodigioso libro En Nadar-dos-pájaros, de casi imposible traducción, es un vademécum imprescindible para adentrarse en estas tierras de acantilados peligrosos y vacíos paradisíacos, yermos como los burren, pero repletos de espíritus burlones. País y paisajes siguen siendo risueños, a pesar de las inclemencias naturales o humanas, nada desdeñables.

En España pocos han retratado mejor a Irlanda que Miguel Sánchez-Ostiz en sus Idas y venidas. Sus paseos por Dublín han inspirado mis pasos y tengo una deuda impagable de gratitud con él. Los míos me han llevado a otras epifanías, en los jardines del telescopio de Birr, incongruente y que me hizo pensar en la famosa frase de Wilde: «We are all in the gutter, but some of us are gazing at the stars». O en la piedra oracular de Tara y en el templo prehistórico de Newgrange, en las islas Aran (que hay que leer en el Diario irlandés, de Heinrich Böll, de 1957, magnífico). Otros escritores también se han atrevido con Irlanda, desde Vila-Matas a Lago, pero Miguel ha sabido ver y no solo relatar. Es solo una opinión. 

Llegué a este país en 1973 con catorce años, desde Llanelli, en Gales, con un libro de esperanto bajo el brazo y el periódico del día anunciado la muerte de Allende en La Moneda. Creo que fue entonces cuando vi Irlanda, aunque no sabría tampoco relatarla, ni entonces ni ahora.

Me alojaba con una familia en Sandycove, a pocos metros de la torre Martello, donde arranca el Ulises y donde ahora hay un museo para Joyce. Me llevaron al Teatro Abbey a ver The Whiteheaded Boy, a Cashel y a Waterford, a observar las increíbles piruetas de las que son capaces los irlandeses bailando Riverdance. El país entero se quedó conmigo para siempre. Volver ahora, en el tercer capítulo de mi vida, ha sido un sueño cumplido y, en la medida de lo posible, nunca me iré ya del todo, como un espectro de Henrietta 14. 

Visitando este insólito museo, el de la calle Henrietta 14, uno atraviesa Dublín en el espacio y en el tiempo a través de las vicisitudes de una casa georgiana y de los espectros que aún la habitan. Es una experiencia museística única que nos habla de esas capas invisibles en las que el pasado y el presente alcanzan a aturdirnos y embelesarnos con historias de objetos cotidianos modestos y pequeños relatos de la vida de los que nos precedieron, de sus fantasmagóricas presencias del hoy, y de un mañana intuido, en el que también nosotros seremos esos muertos de los que habla Joyce en su relato de la noche de epifanía.

No es extraño que los funerales irlandeses acaben con cantos alegres e incluso bailes, ni lo es que aquí se celebre más que en ningún otro lugar la fiesta celta de Samhain, que hoy se conoce como Halloween. Porque pocos lugares existen en el mundo donde vivos y muertos, pasado y presente, consigan darse cita como lo hacen en Irlanda. Y que lo hagan con corazón, no en balde las reliquias de san Valentín reposan en un convento carmelita de esta capital, el santo del amor profano.

El nuestro por Irlanda es un amor incondicional y, a la vez, efímero, espejismo y sueño como somos nosotros, de paso en este mundo sublunar, que nos obliga a pisar estas tierras con suavidad, como cuando Yeats nos recuerda: «Tread softly, because you tread on my dreams». Sí, «Nothing compares 2 U», que cantaba Sinéad O’Connor, se refiere a Irlanda también. Incomparable sueño colectivo el de esta lista. 

País de santos y de pistoleros. De creadoras elegantes, como Eileen Gray, y de tradiciones preservadas contra viento y marea, como en la farmacia Sweny, que aún vende el jabón de limón que compra Bloom en Ulises, o en el secreto pub de Howth, donde un amigo alemán me descubrió una sociedad secreta de cantores, como sacados de una saga gaélica, en torno al fuego de una chimenea en lo más crudo del invierno. Ese mismo espíritu incomparable reina en el Jardín Botánico de Tullynally, donde lord Longford me enseña, a sus noventa y pico años, cada ejemplar que plantó con las semillas traídas del Tíbet o de Corea, siembra que lo llevó a escribir un libro único de título gurdjieffiano: Meetings with remarkable trees

Los árboles distinguidos de Tullynally, los del alfabeto primero de esta isla, los que dieron madera para las arpas con las que los santos y los sabios escuchaban la armonía que emana de la isla esmeralda. Buenos acompañantes para el viaje a Irlanda y para estas páginas, también corteza de algún árbol que nos regala estas lecturas. Abedul, fresno, serbal…

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2 Comentarios

  1. Hermoso repaso a la Isla Esmeralda pero, señor embajador, en 1916 (levantamiento de Pascua), Irlanda no se libró de los británicos. Fue tras la guerra de 1919-21 (a la que sucedería tristemente la guerra civil en 1922-23)

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