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Retorciendo palabras: los crucigramas más endemoniados de la historia (1)

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Puzle crucigrama con dama de abrigo negro. Lienzo de Paulina Olowska.

El 5 de noviembre de 1996, el periódico The New York Times publicó en su página de pasatiempos lo que parecía un crucigrama imposible. O mejor dicho, lo que solo podría ser un crucigrama imposible. Y no por difícil y retorcido, sino por ser tan atrevido como para contener entre sus acertijos uno que predecía el futuro. Uno cuya solución dependía de un hecho que todavía no había ocurrido, y que no se corroboraría hasta el día siguiente. Se trataba de la pista ubicada en la treinta y nueve horizontal, aquella que invitaba a rellenar la fila con la «Noticia de portada del periódico de mañana». Hay que señalar un detalle importantísimo en todo esto: aquel cinco de noviembre de 1996 se celebraban las elecciones presidenciales en Estados unidos, una votación que enfrentaba a Bill Clinton con Bob Dole. Y las encuestas previas no tenían nada claro cuál de los dos acabaría sentando el culo en el Despacho oval, porque nadie sabía con certeza quién iba a ganar. La noticia de portada del día siguiente era, por tanto, algo incierto. Excepto para el crucigrama de The New York Times, el pasatiempo que sí contenía la respuesta a lo que iba ocurrir. Ganase quien ganase.

El truco era estupendo, porque el secreto detrás de la profética treinta y nueve horizontal era que dicha pista contenía dos posibles soluciones: en aquellos recuadros encajaba tanto la frase «Clinton elected» («Clinton elegido») como la sentencia «Bob Dole elected» («Bob Dole elegido»). Y las palabras horizontales con las que dichas afirmaciones compartían letras también eran hijas de adivinanzas con soluciones dobles, para amoldarse al resultado y que nada rechinase. Por ejemplo: la pista treinta nueve en vertical, rezaba «Animal típico de Halloween» y su solución podía ser tanto «bat» («murciélago») como «cat» («gato»), dependiendo de si la treinta y nueve horizontal requería de una «b» para comenzar a deletrear «Bob Dole», o de una «c» para hacer lo propio con «Clinton». Aquel ingenioso crucigrama había sido ensamblado por Jeremiah Farrell, un profesor de matemáticas de Indiana que se había especializado en construir puzzles para las páginas de los diarios. El editor de la sección de rompecabezas de The New York Times, Will Shortz, un erudito de las palabras cruzadas que logró licenciarse en la universidad con un título en el ficticio terreno de la enigmatología, sentenció que aquella creación de Farrell era su crucigrama favorito de todos los tiempos. Otros etiquetaron el puzle como un crucigrama de Schrödinger, por todo eso de ser dos cosas al mismo tiempo y, gracias a tantas alabanzas, la criatura de Farrell se convirtió en el acertijo más famoso de la historia del periódico. Para muchos, aquel era el mejor crucigrama del mundo.

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El famosísimo crucigrama cuántico de The New York Times.

Entretanto, otros eruditos aficionados a retorcerse el cerebro encajando palabras reconocieron el mérito del desafío del cinco de noviembre del noventa y seis. Pero no tardaron en apuntar que habían visto cosas bastante más locas en el terreno de los crucigramas. Y tenían razón.

Retorciendo palabras

Es necesario realizar un apunte previo: este artículo va a centrarse exclusivamente en los recovecos de los crucigramas en lengua inglesa. Y es que este tipo de puzles literatos poseen una muy interesante tradición en el idioma anglosajón, una que se divide a su vez en dos vertientes: la norteamericana y la británica. Ramas diferenciadas, pero en ambos casos poseedoras de un curioso abolengo y ocurrencias simpáticas.

Aunque la razón principal por la que el presente texto va a enfocarse en los divertimentos escritos en inglés es algo más sencilla: este redactor reconoce que es un completo ignorante de las bondades del crucigrama en castellano. Por un lado, porque no parece estar tan documentado como en sus encarnaciones en inglés, que suelen ser objeto de adoración. Y por otra parte, porque la última vez que me enfrenté a un crucigrama patrio en mi idioma había una pista que rezaba «Profesión del hijo de una famosa tonadillera y un conocido torero», y la decepción fue enorme al descubrir que las palabras «minusvalía psíquica» no encajaban bien en los espacios en blanco. Probablemente, en los pasatiempos españoles exista una tradición fabulosa que, desgraciadamente, desconozco por completo. De hecho, Carlos Castro entrevistó en esta misma casa al muy interesante Jordi Fortuny, autor del crucigrama de La vanguardia desde hace una treintena de años. Con el fin de intentar remendar tanta ignorancia, los comentarios de este artículo están abiertos para que todo aquel que lo considere necesario pueda explayarse ilustrándome un poco más en el asunto. Hemos venido a jugar, pero siempre se aprende algo.

Al hablar de la naturaleza de los crucigramas estadounidenses y británicos el asunto es de lo más llamativo: los norteamericanos prefieren enfrentarse a esos retos con pistas directas y sin florituras, rebuscando mentalmente sinónimos o respuestas inmediatas que se amolden bien a los mosaicos de palabras. En cambio, los británicos están obsesionados con la variante «crucigrama críptico». Una versión donde las pistas adoptan la forma de acertijos, anagramas, términos homófonos, juegos de palabras, dobles sentidos, charadas, enredos numéricos y muchas otras chifladuras rebuscadísimas. Pero, antes de embadurnarnos contemplando las creativas macedonias con letras, vamos a repasar rápidamente la historia del juguete.

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Izquierda: portada del magazine St. Nicholas (marzo de 1896). Izquierda: uno de los pasatiempos que el St. Nicholas de 1973 contenía en su interior.

Los crucigramas se presentaron en sociedad de manera bastante tímida allá por el siglo diecinueve. En Norteamérica lo hicieron adoptando la forma de puzles sencillos con silueta de diamante, y a bordo de una revista de matarratos para infantes y jóvenes llamada St. Nicholas. Un folletín mensual de presentación lustrosa, al estar repleta de minuciosos dibujos y grabados, que había nacido en 1873 y por cuyas páginas desfilaron relatos de plumas tan eminentes como las de Louisa May Alcott (Mujercitas), Mark Twain (Las aventuras de Tom Sawyer), F. Scott Fitzgerald (El gran Gatsby) o Edna St. Vincent Millay (ganadora de un Pullitzer por el poema Ballad of the harp-weaver). En ralidad, St. Nicholas no pasó a la historia por inventar el crucigrama ni por popularizarlo, sino por haber publicado a muchos autores de prestigio cuando aún no lo petaban fuerte. El pequeño idilio de la revista con los laberintos de palabras y las definiciones crucigramescas fue poco más que una anécdota curiosa. 

Algo similar ocurrió al otro lado del océano, en tierras italianas. En el número del catorce de septiembre de 1890 de la publicación milanesa Il secolo illustrado della domenica, un periodista llamado Giuseppe Airoldi ensambló un rompecabezas cuadrado, de cuatro casillas de alto por cuatro de largo y sin recuadros en negro. Una cuadrícula a rellenar con las definiciones adjuntas y titulada Parole incrociate. La ocurrencia tampoco cuajó entre los lectores y terminó siendo abandonada en futuras entregas de la revista.

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Izquierda: portada de Il secolo illustrato della domenica del 14 de septiembre de 1890. Derecha: El crucigrama de Giuseppe Airoldi que contenía ese mismo número.

USA y el puzle neoyorquino

El primer crucigrama moderno aparecería a finales de 1913 en el New York World y fue confeccionado por el periodista Arthur Wynne. A Wynne, inmigrante inglés, los editores del medio le encomendaron idear algún nuevo tipo de juego para animar la sección Fun del ejemplar dominical. Y el tío concibió un puzle inspirándose en un juguete de su infancia llamado Magic squares que requería ordenar filas de cubos con letras para crear palabras en varias direcciones. Troquelando el asunto en forma romboide, Wynne inventó el crucigrama de manera más oficial, bautizándolo inicialmente como word-cross. Tiempo después, un ilustrador volteó aquella denominación para convertirla en cross-word, porque así parecía que tenía más tirón.

El caso es que, a diferencia de sus predecesores, el pasatiempo de Wynne tuvo éxito y la prensa de la competencia comenzó a plagiar el modelo. El aspecto de dichos entretenimientos era el que todos tenemos en mente a la hora de imaginar un crucigrama: una rejilla de casillas a rellenar, con algunos recuadros en negro para separar las palabras que allí se encajarían.

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Página de pasatiempos de New york world donde, entre anuncios de bebidas milagrosas y chistes de jirafas, se publicó el primer crucigrama moderno de la historia.

Poco a poco, los acertijos cuadriculados se fueron popularizando hasta convertirse en una obsesión norteamericana y, sobre todo, muy neoyorquina. En la década de los años veinte el entusiasmo por los crucigramas en la Ciudad Que Nunca Duerme estaba generalizado: casi todos los periódicos locales incluían distracciones similares entre sus páginas, y resultaba prácticamente imposible subirse a un transporte público de la urbe en el que la mayoría de sus usuarios no estuvieran peleándose con las cuadrículas de los periódicos. Al mismo tiempo, en la Biblioteca pública de Nueva york comenzaron a acumular quejas de los estudiantes ante la ausencia de diccionarios y enciclopedias en las estanterías del centro. Ocurrió que, de repente, aquellos libros de consulta, que siempre habían estado a mano, empezaban a escasear al ser secuestrados por los numerosos aficionados a los crucigramas. La prensa bautizó aquella moda como cross-word mania, las tiras cómicas la utilizaron como objeto para nuevos chistes, y cuando una editorial decidió lanzar el primer libro recopilatorio de crucigramas (que incluía un lápiz de regalo) todo el mundo se tomó la iniciativa a broma… hasta que el volumen se convirtió en un best seller impepinable. En 1925, un artículo en el primer número de The New Yorker  describía la adicción a los crucigramas como una de las características principales del neoyorquino medio.

Entretanto, el periódico The New York Times iba a la contra, protestando contra la cross-word mania como un señor gruñón muy ofendidito con el ocio moderno. En la editorial del diecisiete de noviembre de 1924, dicho diario definía la fiebre por los crucigramas como un «Desperdicio pecaminoso, una búsqueda absolutamente inútil de palabras para encajar letras en un patrón preestablecido más o menos complejo. No es un juego en absoluto. Y sus aficionados no obtienen nada a cambio. Sólo una forma primitiva de ejercicio mental, cuyos éxitos o fracasos en cada intento son igualmente irrelevantes para el desarrollo intelectual». Unas cuantas semanas más tarde, otro artículo del The New York Times recogía el testimonio de un predicador que calificaba la pasión por los crucigramas como algo propio de «mentes infantiles». Poco después, el periódico pronosticó que la moda de los crucigramas moriría definitivamente en cuestión de meses. A la altura de 1930, The New York Times se vanagloriaba de ser el único diario local de la época que no había sucumbido a la tentación de imprimir los pérfidos e infantiles rompecabezas entre sus páginas. Pero aquello cambiaría de golpe una década más tarde, por culpa de un montón de bombas japonesas.

El dieciocho de diciembre de 1941, once días después de que la Armada imperial japonesa bombardease la base militar de Pearl Harbour, el encargado de la edición dominical de The New York Times remitió una nota a Arthur Hays Sulzberger, editor del diario, que decía lo siguiente: «Deberíamos de introducir el puzle en el periódico, sobre todo porque es posible que a partir de ahora vivamos horas sombrías. E incluso porque, aunque no sea así, es evidente que la gente necesitará relajarse de un modo otro». El mensaje estaba claro, la sociedad norteamericana vivía en duelo tras la ofensiva japonesa, y todo el mundo estaba muy preocupado por su futuro con el clima bélico propiciado por la Segunda guerra mundial. Y el periódico, temiendo ser portador de futuras noticias bajoneras, necesitaba contrarrestar el pesimismo imperante con algún tipo de distracción trivial e inofensiva. El primer crucigrama de The New York Times aparecería dos meses después, el quince de febrero de 1942. La encargada de dirigir la nueva sección, Margaret Farrar, instauró una única regla inamovible para esos pasatiempos pecaminosos sobre encajar letras: las buenas maneras, es decir, la prohibición total de lenguaje ofensivo o incorrecto en las soluciones de los rompecabezas.

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Transporte público neoyorquino y crucigramas, mundos concurrentes. Imagen: CC.

Con el tiempo, los crucigramas de The New York Times se establecieron como una institución y un elemento indispensable de la cultura popular norteamericana. E incluso acabaron convirtiéndose en un recurso habitual para los guionistas de series y películas: en la pequeña y en la gran pantalla, mostrar a alguien enfrascado en el crucigrama de The New York Times es el modo de decirle al espectador que el personaje es bastante listo. En el mundo real, estos pasatiempos están rigurosamente medidos en el periódico, hasta el punto de ofrecer su propio selector de dificultad, al estilo de los videojuegos y camuflado en los días de la semana: los lunes, el crucigrama del The New York Times resulta fácil y asequible, pero a partir de ahí el reto se incrementa gradualmente día a día. Hasta que llega el domingo y, junto a él, el puzle más complicado de la semana, el más grande y más duro, el de nivel experto.

La pérfida Albión y el enigma retorcido

El desembarco de la crucigramoda en territorio británico se produjo en febrero de 1922, cuando la revista Pearson’s magazine publicó el primer crucigrama por esos lares. Aquello ocurría una década después del nacimiento del juego, coincidiendo con la época en la que los norteamericanos estaban muy a tope con el tema. Dos añitos más tarde, el Sunday Express se convertiría en el primer periódico británico en apostar por esos laberintos de letras. Y lo hizo con la adaptación para el Reino unido de un crucigrama de Arthur Wynne, el inventor de todo el tinglado. The times, por su parte, no se animaría a jugar con las palabras hasta los años treinta.

El divertimento caló bien: hasta hace poco más de medio millón de personas se abalanzaban sobre los crucigramas del diario The Telegraph, más o menos la misma cantidad hacían lo propio con los equivalentes en The Times, y al menos trescientas mil almas se enfrentaban a esos enigmas en The Guardian. Isabel II, la que fuera reina de Inglaterra, se dedicaba a pelearse con las pistas y las casillas mientras remojaba el pellejo en la bañera. Como decía el escritor Sandy Balfour, los crucigramas se habían convertido en «una obsesión muy británica».

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El hermoso primer crucigrama aparecido en The telegraph (30 de julio de 1925). Imagen: CC.

Al igual que ocurrió en USA, el entretenimiento también se acomodó en la cultura popular. Pero ofreciendo algún remiendo autóctono: en los films y en los shows ingleses de ficción, cuando alguien aparecía resolviendo un crucigrama de The Times, The Guardian o The Listener, aquello significaba que el personaje era realmente listo y muy sagaz. En cambio, cuando alguien era mostrado peleándose con los crucigramas del Daily Mirror o The Sun, aquello quería decir que el pobre era cortito de entendederas. Entretanto, en las calles, el fino humor inglés elaboró sus propios chistes soeces en torno al fenómeno: «—¿Qué es largo, duro y rosado por la mañana? —El crucigrama del Financial Times».

Sandeces aparte, lo interesante es que las versiones inglesas de estos rompecabezas idearon su propio estilo, uno mucho más enrevesado y cabrón que el de los norteamericanos. Porque a los british les dio por el «crucigrama críptico». Una versión del pasatiempo donde las pistas no eran definiciones directas de los términos a descubrir, sino enigmas basados en juegos de palabras, en jeroglíficos literarios, en anagramas, en vocablos homófonos escondidos, en adivinanzas extrañas y, en general, en ocurrencias que danzaban entre lo ingenioso y lo endemoniado. 

Inicialmente, las normas de esta variante críptica fueron codificadas y asentadas por un poeta y tres profesores: el lírico Edwar Powys Mathers (que utilizaba el pseudónimo Torquemada para componer los pasatiempos); Alistair Ferguson Ritchie, un ex-sacerdote que firmaría (bajo el alias Afrit en referencia a un demonio árabe) docenas de crucigramas demencialmente difíciles para The Listener; Derrick Somerset Macnutt, culpable de ensamblar (tras el apodo Ximenes, birlado a cierta figura de la Inquisición española) más de un millar de puzles muy creativos; y Alec Robins (a.k.a. Zander). Cuatro caballeros que, aunque no curraron en equipo, establecieron a lo largo de los años el carácter del crucigrama críptico. En el fondo, es normal que los habitantes del Reino unido abrazasen una versión más retorcida de algo muy popular y conocido. Porque eso es lo menos que se puede esperar de una sociedad que ha denominado «comida» al fish and chips.

Hasta aquí, en esta primera entrega, hemos estado repasando la historia del crucigrama. Eso ha sido lo fácil. En cambio, en la segunda parte vamos a entrar en terrenos más complicados, en dolores de cabeza más intensos y en crucigramas que se sumergen hasta el fondo en el mindfuck absoluto. Traed aspirinas.

(Continúa aquí)

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6 Comentarios

  1. Se supone que en 2024 debe ser gracioso u original llamar a ‘Paquirrín’ disminuido?
    Sin duda, nivelón digno de una revista cultural

    • Ofendidito

      Era ofensivo en 2023, en 2024 vuelve a ser una ocurrencia y esperemos tras la agenda 2030 me produzca la misma hilaridad reírse de cualquier colectivo ofendible. Y que jotdown lo siga haciendo por mucho tiempo. No disfruto de todos los artículos por igual pero si aprendo algo de todos ellos, me guste o no.

      • Mi punto no era si es ofensivo o no, pero viendo su alias, sin duda es su punto fuerte y ahí no me meto.
        Respecto a que se aprende, creo que Paquirrín ya supera las 40 primaveras, pero quién sabe, igual se vuelven a poner de moda los casetes con chistes de las gasolineras ochenteras y aprendemos un montón a estas alturas.

    • Ese señor se llama Kiko Rivera

  2. “El divertimento caló bien: hasta hace poco más de medio millón de personas se abalanzaban sobre los crucigramas del diario The Telegraph”

  3. Pingback: Retorciendo palabras: los crucigramas más endemoniados de la historia (y 2) - Jot Down Cultural Magazine

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