Jordi Fortuny: «Los crucigramas también pueden ser literatura»

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Jordi Fortuny

A los aficionados a la enigmística, el nombre de Jordi Fortuny Boladeras (Barcelona 1954) tal vez les resulte familiar. No es para menos. Hace ya más de treinta años que su apellido aparece escrito, día sí y día también, sobre el crucigrama del periódico La Vanguardia. En una esquina, discreto, como si fuera una pista más del rompecabezas. Maestro de maestros, su particular estilo verbívoro ha engatusado a plumas como la de Ana María Matute, quien afirmaba no empezar nunca una jornada de trabajo sin antes resolver el pasatiempo de Fortuny.

Llegamos a su casa con los deberes hechos, con el crucigrama del día resuelto bajo el brazo. Las pausas, titubeos y risas inesperadas puntúan una conversación en la que hablamos de oficio, de lenguaje y hasta de egiptología, y donde da la impresión de que cada palabra, cada apariencia, esconde tras de sí un significado oculto. Es el enigma del enigmista.

Casi me pillas con el 4 vertical de hoy.

Este lo hice unas dos o tres semanas atrás. Entrego los viernes, de modo que cuento con un cierto cojín. A veces hay definiciones que hasta el último día no saco, y cada vez necesito más margen. Esto de ir a última hora… Uno se va haciendo mayor y se va acojonando. Nunca sabes cuándo te puede dar un patatús.

Antes que una palabra, quería darte un número: 12 769. El número del crucigrama de hoy.

Treinta y cinco años. Desde diciembre del 85, que es cuando empecé en La Vanguardia.

¿Cómo se llega a esa cifra?

Pues por casualidad. Recuerdo que, de joven, una amiga se compró una revista de crucigramas y no lograba terminar ninguno. Entonces le dije: «No te preocupes, yo te haré uno para que lo acabes».

Mis primeros crucigramas los publiqué en los setenta. Fue en la revista satírica Muchas Gracias, cabecera subsidiaria de Por Favor. Cuando cerraron Por Favor —porque el editor ya tenía previsto que la censura franquista tarde o temprano interviniera—, los mismos impulsores tenían preparada esta cabecera de reserva, Muchas Gracias, que siguió publicándose durante unos meses hasta que la sanción llegó a su fin. Entonces Muchas Gracias se remodeló con otros colaboradores, entre los que me encontraba yo.

Era algo a lo que nunca pensé que me dedicaría, hasta que un día, por una carambola, me avisaron para que me pasara por La Vanguardia, porque quien tenían estaba a punto de jubilarse. Y, mira, hice unos cuantos y…

¿A quién se lo debemos?

El periodista de puente fue Santiago Fontdevila. Entonces el subdirector que me aceptó en el trabajo era José María Soria, que ya no sé si sigue, y el director del periódico todavía era Francesc Noy. Fue él quien me dijo: «No me pongas palabrotas, pero recuerda que hijoputa se escribe con hache» [ríe].

Pero tú empiezas estudiando matemáticas.

Bueno, no llegué a terminar nunca. Tengo un par de cursos aprobados en la Universidad de Barcelona, y de tercero ya no llegué a examinarme. Antes de eso, yo había sido un buen estudiante. A los catorce años, después del bachillerato elemental, teníamos que escoger entre ciencias o letras. Como me costaba decidirme, en mi primer año hice las dos, pero solo te dejaban examinarte de una rama, así que ciencias fue.

Lewis Carroll, matemático de formación, en sus últimos años de vida dedicó parte de su tiempo a las matemáticas recreativas. Y Raymond Queneau, también matemático, fundó el movimiento literario OuLiPo. ¿Qué tienen las matemáticas que se prestan tanto al juego? 

Posiblemente exista una relación. Las matemáticas, si te gustan como me gustaban a mí, son en esencia un pasatiempo. Tú tienes unos datos y has de buscar una solución o conclusión. Son como una adivinanza. Solucionar un problema matemático no es muy distinto a un problema de ajedrez. Y, según dicen, esto estructura la mente de una determinada manera, igual que el que toca el violín también tiene un área del cerebro correspondiente a la mano izquierda mucho más desarrollado que los que no tocamos instrumentos. El cerebro es un músculo que se modifica con el uso. Digamos que la función hace al órgano.

Si las matemáticas recreativas siguen siendo una rama de la matemática, entonces ¿los crucigramas también pueden ser literatura?

Sí. Yo creo que sí. Aunque al hablar de este tipo de preguntas siempre hay que definir antes de qué estamos hablando. ¿Qué es literatura? Si hablamos de un texto que la gente lee con interés, aunque no conozca a su autor, e incluso es capaz de pagar por ello, entonces sí, los crucigramas también pueden ser literatura.

Un objeto capaz de crear de belleza.

Volvemos a lo mismo. ¿Y la belleza qué es? Yo prefiero hablar de interés. Los prospectos de medicamento también despiertan interés, si bien es difícil considerar que son literatura, y por otra parte existen libros execrables…  Ahora bien, si te refieres a si el crucigrama es un territorio fecundo para otras cosas, bueno, se hace lo que se puede. Yo lo intento.

Cuando empecé, alcé la vista y me pregunté: ¿qué es lo que hacen los demás? Lo que ocurría era que en España, en aquella época, todos los crucigramas, salvo los de Tísner, tenían definiciones puramente de diccionario.

Tú mismo fuiste redactor de diccionarios.

Un año y pico, sí. En el 88. Se trataba de un diccionario que no llegó a salir. Creo que no llegamos a terminar ni la A [ríe]. Se trataba de hacer un diccionario abreviado en catalán para estudiantes de bachillerato. Una especie de resumen de la enciclopedia, redactar algunas entradas, poner ejemplos… No sé ahora, pero aquella era una época en la que se empezaban muchas cosas que nunca terminaban, y muchas veces no veías ni un duro. Revistas para las que yo había llegado a colaborar hasta en ocho números, de repente se iban a tomar por saco y tú apenas cobrabas uno o dos. Era algo muy frecuente. 

Con el diccionario sí llegamos a cobrarlo todo, pero el empresario… Mira, el director del diccionario era mi padre. Él había trabajado de corrector en el diario Avui. Cuando se jubiló, este hombre, de nombre Castell, lo fichó y le dijo que quería hacer un diccionario con él. Al cabo de un año o dos, mi padre murió y el tal Castell tenía otros negocios y consideró que con este ya había perdido suficiente. No quiso hacer el resto de la inversión, pero de algún modo a mí me sirvió como una escuela de definir palabras. Redactar un diccionario es interesante porque tienes que consultar la misma palabra en diferentes fuentes de referencia. Por aquí, en el estudio, verás que tengo un centenar de diccionarios [ríe]. Entonces te das cuenta de que hay algunas definiciones que varían mucho entre uno y otro, también entre idiomas.

Jordi Fortuny

Georges Perec nunca dejó de expresar su sueño de ser él mismo un crucigramista profesional y, de hecho, llegó a ejercer en algunas publicaciones de los 70 y 80. ¿Es uno de tus faros?

No, yo a Perec lo descubrí más tarde. El primer francés en el que me fijé fue Max Favalelli. Y en Tristan Bernard, el padre de todos ellos. Un momento… [se levanta para ir a fisgar en su estantería y saca un puñado de recopilatorios antiguos]. Aquí. Michel Laclos: para mí, el mejor. Franceses hay a punta pala, hay una gran tradición. 

Mira, el primer crucigrama se publica en 1913 en el New York World. En los años 20, cuando en España todas las definiciones todavía eran de diccionario, Tristan Bernard ya empieza a encontrar una manera diferente de definir: «Levanta su bandera en señal de libertad», cuatro letras.

¡Taxi! ¡Tenía entendido que esta definición era de Tísner!

Él siempre dijo que era suya. Y Màrius Serra también lo ha asegurado así. Pero yo recuerdo un número de la revista Historia y vida, dedicado a los crucigramas, en el que incluían una antología de definiciones, y allí estaba esta, atribuida a Tristan Bernard. Más que esto, yo ya no sé… ¿Que podría ser que Tísner la reinventase? Puede ser. Al final los juegos de palabras no se inventan, sino que se descubren. Cada palabra ya lleva su propio juego incorporado. Por ejemplo, la palabra «envergadura».

¿…?

¡En verga dura!

Hablábamos de los franceses.

A nivel estilístico, los franceses incorporaron el juego del «taxi». Una definición que, al leerla, te remite a un campo semántico pero, al descubrirla, te das cuenta de que es otro completamente distinto. Es un cambio de sentido, un juego de trileros. Algo que yo mismo intento hacer, pero por supuesto ahí está lo difícil.

Luego hay otro juego que suelo emplear, que son las definiciones anagramáticas. Estas los franceses no las usan, sino que vienen del inglés. Poca coña con los crucigramas en inglés. Tengo por aquí un recopilatorio del New York Times… Son muy retorcidos, y estos sí hacen uso de los anagramas. Aquí me di yo cuenta de que se podían incorporar. Entre unos y otros, se trata de encontrar recursos para evitar la definición de diccionario.

[Nota del redactor: Un ejemplo de definición anagramática típica de Fortuny sería: «El cóctel de la pinacoteca tuvo una buena acogida», diez letras. Respuesta: Aceptación, anagrama de «pinacoteca»].

Tú has bebido de ambas tradiciones.

Sí. Sucede que yo estos crucigramas los leo, no los resuelvo. Cojo y directamente voy a las soluciones. ¡De la mitad de las definiciones ni me entero! Para entender alguno de Perec o Laclos, uno tendría que coger Le Petit Robert y averiguar que tal palabra es polisémica, etcétera.

Es un código privado entre autor y lector.

Para mi número once mil, creo, hice un homenaje a Laclos en mi página. Decidí añadir una veintena de definiciones suyas que, digamos, eran traducibles a nuestro idioma. Por ejemplo: «Consejo de administración», cuya respuesta es posología [ríe]. El caso es que, ese día, en la cabecera del crucigrama yo avisé: «En este crucigrama hay unas definiciones de Michel Laclos escritas en cursiva». Pero por un error del periódico me quitaron todas las cursivas. Total, que ese día el lector no tuvo forma de saber cuáles eran de Laclos y cuáles mías [ríe]. Un desastre.

Los crucigramistas siempre soléis tener un halo de misterio alrededor. ¿Qué sabemos de Laclos?

A diferencia de un Perec, Laclos no destacó como literato. Él había escrito guías turísticas, cosas así. Como escritor de novelas, ni siquiera sé si tiene algo publicado. Además empieza tarde en la profesión, no era algo vocacional para él, y sin embargo era finísimo, mucho mejor que Perec. De Perec hay muchas cosas que dices: «Vale, sí», pero también bastante morralla. De unas sesenta palabras que tiene una parrilla, diez por lo menos son fragmentos sin sentido. Que esta es otra: en castellano tenemos la costumbre de definir estas letras aisladas. En inglés, por ejemplo, ni hablan de ellas. Se omiten. En mi caso, yo ni me lo planteé. Mis crucigramas ya desde el primer día tenían fama de difíciles; si encima no daba pistas, ¡me colgaban! Tísner no las definía, sino que directamente las decía: «Aquí, nois, poned una erre» [ríe].

Andreu Avel·lí Artís-Gener, Tísner. El padre de los crucigramas en nuestro país. ¿Quién fue?

Era el cuñado de Pere Calders. Antes de la guerra civil, Tísner era principalmente conocido por sus dibujos y chistes en la revista El Be Negre. Al acabar la guerra —cosa que hizo como coronel del ejército republicano—, se exilió a México, donde estuvo viviendo hasta el año sesenta y tantos. Allí escribía, era escenógrafo (tuvo mucho éxito en la televisión y en el teatro mexicanos), pintaba, dibujaba… Era un hombre orquesta. El primer volumen de sus memorias, Viure i veure, es excelente. Al volver, trabajaba de lo que podía: como viñetista, traductor (tradujo a Borges y a García Márquez al catalán)… En 1966 le propusieron encargarse de los crucigramas del Tele/Estel, que era la primera revista en catalán para el gran público. Y dijo que sí.

De algún modo me considero heredero suyo, si bien es cierto que los anagramas él no los tocaba. El día del centenario de su nacimiento, a modo de homenaje, la primera definición de todos los crucigramas barceloneses era «Tísner».

Fuiste su sustituto en El País.

Sí, esto fue antes de entrar yo en La Vanguardia. Por motivos políticos, Tísner se cabreó y se fue del diario, y a mí me llamaron de reemplazo. Duré poco, apenas un año, porque por aquel entonces yo estaba trabajando en una empresa de reconocimiento automático de texto. Te hablo del año 1982, imagínate, la prehistoria. Era al principio de todo esto. Estábamos desarrollando una tecnología que trataba de reconocer las palabras y analizarlas automáticamente.

¿Reconocimiento automático de texto?

InterSoftware, se llamaba la empresa. La idea era algo así como una precursora de Google: archivar documentos para su posterior recuperación. Ocurre que entonces no había bancos de datos de documentos digitales, ni nada. Una de las labores, que no era la de mi departamento, era desarrollar un lector óptico. Un dispositivo al que le pones un texto y lo analiza. Era uno de los primeros pasos hacia otros hitos como la traducción automática o la indexación. Lo primero que había que hacer era coger los verbos, por ejemplo, darles las cuarenta y cinco formas para que el sistema reconociera una forma verbal y supiera a qué infinitivo pertenecían. Hoy parece que esta tecnología está ya en todas partes, pero entonces… A los tres años de entrar yo, la empresa se fue al garete.

Jordi Fortuny

En Especies de Espacios, Perec sugiere la posibilidad de concebir y resolver problemas verbales en torno a la ciudad («encontrar un trayecto que, atravesando París de parte a parte, solo tuviera en cuenta calles que comiencen por la letra C»). Tú vives en pleno Eixample de Barcelona, la ciudad-crucigrama por excelencia. ¿Alguna vez ha existido alguna tentativa de sacar el crucigrama del papel?

La verdad es que no. Este tipo de iniciativas, a las que son tan aficionados los del OuLiPo, a mí me parecen un tanto exageradas. Coincidí con Pablo Martín Sánchez, que es el único español miembro del grupo, en un taller de creación (ojo, como novelista me gusta mucho: El anarquista que se llamaba como yo me parece espléndida), y me contó que suelen organizar comidas y cenas donde todos los platos tienen que empezar por la misma letra, por ejemplo. Vale, sí, puede ser divertido, pero me parece un tanto absurdo llevar el juego a ciertos extremos. Cuestión de gustos.

Pero sí colaboras con Pepa Fernández en RNE, en un formato parecido al de tu amigo Màrius Serra en Catalunya Ràdio. Un acertijo diario.

El juego consiste en adivinar cinco palabras a lo largo de la semana. Entre los acertantes hay premios de una noche en diversos paradores. Cada día damos dos definiciones de una misma palabra. La primera definición es siempre más cabrona; la segunda, ya más amable. Sí, podríamos llamarlo un crucigrama sin reja.

¿Qué tal esto de obtener respuestas?

Hay un Facebook donde cada día recibimos entre cincuenta y ochenta comentarios respondiendo a las definiciones. Se tiene un feedback que no está en La Vanguardia, que no hay forma de saber cuánta gente resuelve. Está el que siempre me dice: «¡Yo solo compro La Vanguardia por tu crucigrama!». Bueno, oiga, si no estuviera yo, habría otro.

Hombre, no sería lo mismo.

Uf. Cuando empecé… Pregúntale al [José María] Soria. La de llamadas que recibía diciendo: «¡Me voy a dar de baja! ¡Llevo años resolviendo el crucigrama y ahora no hay manera!» [ríe]. Él respondía: «Usted, paciencia: mire las soluciones del día siguiente y ya verá cómo le salen». Al cabo de quince días, alguno llamaba diciendo: «Señor Soria, tenía usted razón, ¡ahora ya me divierto!».

En cierta ocasión, llega una carta al periódico de un tipo que te manda «a la mierda en barca, y si no sabe remar, que se vaya nadando».

Todavía recuerdo la carcajada. Esta es top: es casi un elogio. 

Y sin embargo, hoy podríamos llamarte autor de culto. ¿En qué momento sientes que empiezan a cambiar los vientos?

He de decir que bastante al principio yo ya había recibido cartas con palabras muy agradecidas. Recuerdo dos que fueron bastante importantes en este sentido. Una era la de la minifalda, que a mí me dio por escribir «Hace más apetitosos los jamones», nueve letras. Lo que no me di cuenta era que salió un 8 de marzo. En aquella época ni siquiera sabía lo que era el 8 de marzo. Un tipo escribió una carta al diario dejándome verde, y aquello provocó siete u ocho respuestas más, entre las cuales había varias defendiéndome, y escritas por mujeres, lo cual agradecí mucho.

La segunda polémica la tuve con «La de Dios no es probable», diez letras, que era existencia. El asunto es que «probable» es «todo aquello que se puede probar, demostrar», y es evidente que la de Dios no lo es. Hubo tantas respuestas que al final ya se peleaban entre los mismos lectores sobre la existencia de Dios sin mencionarme a mí.

Supongo que cuando uno es joven no tiene tantos reparos. Ahora voy con más cuidado, seguramente no las haría.

Hablando de elogios: si no me equivoco, Ana María Matute decía que no empezaba una jornada de trabajo sin antes haber resuelto tu crucigrama diario. Y acabáis siendo amigos. 

Eso decía, sí. Se levantaba y, como tanta gente, desayunaba con el crucigrama. La historia trascendió porque a la Matute la entrevistaron en la contra de La Vanguardia y le preguntaron algo así como: «¿Y usted adónde quiere viajar?». Y ella dijo: «Viajar, yo ya he viajado a muchos sitios. Prefiero quedarme en mi casa haciendo el crucigrama de Fortuny».

Entonces yo, que estaba a punto de publicar mi primer libro, conseguí su número y la llamé para pedirle que me escribiera el prólogo… Mira, ahora ya se puede decir todo. Alguien me advirtió de que a la Matute le gustaba mucho el whisky. Así que me presenté en su casa con una botella bajo el brazo [ríe]. Estuvimos unas cuatro horas, y lo cierto es que la botella quedó bastante baja [ríe]. A partir de aquí, empezamos a vernos de vez en cuando y nos tomábamos unas copas. Era encantadora, y muy divertida. Poco después la cosa se fue torciendo, porque teóricamente ella ya no podía beber y, en fin, su hijo me prohibió que le trajera más whisky.

Fíjate que no solíamos hablar ni de crucigramas ni de su obra. Hacíamos tertulia. Hablábamos un poco de todo, de la actualidad. Fue como si nos hubiéramos conocido de toda la vida, como si fuera una colega. De todas las cosas que me han ocurrido en mi trabajo, conocer a Ana María Matute es una de las que estoy más agradecido.

A la hora de componer, ¿cuáles son tus puntos cardinales? ¿Hay alguna línea roja?

En un crucigrama, tú escoges la primera horizontal y la primera vertical. Las demás sencillamente van saliendo como uno buenamente puede. La actualidad, por ejemplo, te puede conceder algunas palabras que al cabo del tiempo no suelen funcionar. Además solemos trabajar con dos o tres semanas de antelación, como he dicho. Es complicado. Y te diré más: el que resuelve el crucigrama, igual está ya bastante harto de la actualidad, y lo que quiere es evadirse.

Un oasis.

Eso es lo que suele decir Pepa Fernández. El pasatiempo es una forma de no pensar o, mejor dicho, de pensar solo en el juego. Y si se me cruza algo de literatura o de geografía, pues procuro que sea accesible. A ver, no te voy a poner un pueblo de la costa de Siberia. Esa sería la única línea roja que procuro respetar. Excepto el día de los Santos Inocentes, claro. 

¿Qué ocurre el día de los Inocentes?

Como siempre, Tísner vino antes. Tiempo atrás, él había hecho uno que no tenía solución posible: solo eran un puñado de definiciones al azar que no se correspondían con nada. Y al día siguiente, en lugar de las soluciones colocó un monigote blanco.

A partir de ahí yo hice algo parecido hasta llegar a definiciones, digamos, altamente difíciles, pero resolubles. Hasta hace poco, nunca supe de nadie que lo hubiese sacado. La verdad es que después de unos años repitiendo la misma broma, yo ya estaba algo cansado, pero entonces, en Cerdanyola del Vallès surgió una peña que se reúne en un bar para hacerlo juntos, y en dos o tres horas lo tienen. Son unas fieras. Y, claro, ahora me lo reclaman.

Uno de los miembros de esta peña es un tipo de nombre Pau Alonso. Para hacerte una idea de lo que hablo, en el Dau, el festival del juego de Barcelona, hacemos todos los años un concurso de crucigramas. Este chico queda siempre campeón o subcampeón, es capaz de hacer siete u ocho crucigramas en una hora. En la última edición se equivocó solo en una letra, y dijo: «Es que me daba palo repasarlos. Como me sobraban diez minutos, me he dedicado a hacer el sudoku que estaba al lado» [ríe].

Jordi Fortuny

Los naipes, el ajedrez, los acertijos… Es curioso comprobar cómo, en esencia, nos entretenemos haciendo las mismas cosas desde hace siglos. 

La figura del enigmista, que la reivindica mucho Màrius Serra, viene de los italianos. Las charadas que hacían por el siglo XVIII y XIX son fantásticas y complicadísimas. Yo mismo también hice alguna, en un libro que publiqué y que nadie se enteró [ríe].

¿Se sabe cuál fue el primer acertijo de la historia?

Ahora no sé… ¿El de la esfinge? El del animal que por la mañana anda a cuatro patas, con dos al mediodía, y con tres al atardecer…

He encontrado uno que data del IV milenio a.C. Está inscrito en una tablilla sumeria, y dice más o menos así: «Hay una casa a la que uno entra ciego y sale viendo». ¿Qué es?

Ni idea.

Una escuela.

Es bueno. Yo construyo crucigramas. Resolviendo, ya… [ríe]

Tengo entendido que disfrutas con otros pasatiempos: los jeroglíficos (pero los de verdad, los egipcios). ¿Tu interés por la egiptología está vinculado de alguna manera con la enigmística?

Estudié lengua egipcia durante tres años, entrado ya en mis cincuenta. No, no creo que tuviera nada que ver con la enigmística. Mi gran interés era Josep Cervelló, profesor de historia antigua a quien yo juzgaba una persona muy inteligente e interesante. Y así ha sido.

Cervelló postula que hay dos tipos de civilizaciones humanas: las de discurso lógico y las de discurso mítico. Las primeras empiezan con Tales de Mileto, que fue el primero en predecir un eclipse de forma racional, y prosiguen hasta la caída del Imperio romano. Desde el Renacimiento hasta hoy, diríamos que la llamada «civilización occidental» se mueve por discursos lógicos. Todas las demás sociedades son de discurso mítico. En ellas, el tiempo es cíclico, está marcado por las estaciones, las fiestas… Esta idea me atrajo.

En aquel tiempo, Cervelló y otros tres egiptólogos habían montado una escuela de egiptología a través de un mecenas. Yo me matriculé y, durante seis meses, me introduje en la escritura y la lengua egipcia. Luego proseguí con el máster. Después de un año vinieron dos, y luego tres. Estudié historia, lengua y epigrafía, que es la lengua en piedra. El idioma es el mismo, los signos son los mismos, pero hay diferencias considerables con los textos en pergamino.

Has llegado a traducir al catalán un antiguo papiro, La vida de Sinuhè o El gust de la mort

En realidad he traducido tres, pero solo este está publicado. Busqué editor sin éxito, hasta que di con la Associació de Bibliòfils de Barcelona, que una vez al año edita un libro para los propios socios. Hicieron una edición magnífica, sin encuadernar, ilustrada por Perico Pastor, diseñada por Saura y Torrente, y prologada por Josep Cervelló.

Se trata de un papiro de aproximadamente el año 2000 a. C., que cuenta la historia de Sinuhé. Estamos hablando del texto más leído y copiado de la historia de Egipto: mil años después de su creación, todavía se utilizaba en las escuelas para aprender a escribir. Dado que el papiro era un material noble, en las escuelas se utilizaban ostracas, es decir, trozos de cerámica rotos. Se ha encontrado una versión prácticamente entera de la historia de Sinuhé grabada en ostracas.

¿Es un texto de ficción?

¡Una de las primeras ficciones de la historia! Existe el Poema de Gilgamesh, que viene algo antes, pero desde luego es la más antigua de Egipto. Durante un tiempo se llegó a buscar la tumba real de Sinuhé, pero pronto se desistió. 

¿De qué va la historia de Sinuhé?

Sinuhé es un personaje de la corte, un guerrero, que un día, y por motivos poco claros, huye asustado hacia Oriente Medio. Perdido en mitad del desierto, a punto de morir, cuenta: «La sed me estaba rondando y se apoderó de mí, nunca me sentí tan seco y con fuego en la garganta. Entonces este, me dije, es el gusto de la muerte». De ahí el título de la traducción. Finalmente lo salvan de la muerte unos beduinos, que lo llevan hasta lo que hoy sería el Líbano o Siria, y allí triunfa. Se instala, crece, tiene familia, etcétera. Cuando Sinuhé ya es anciano, el rey de Egipto —y digo rey porque en esta época todavía no se llamaban faraones— le envía una misiva invitándole a volver a su tierra. Para convencerlo, aduce que no se deje enterrar por los bárbaros, que solo en Egipto podrá ser enterrado como es debido y aspirar a la vida eterna. Y así hace el protagonista: «Allí me quedé hasta que llegó el momento de desembarcar». Es un buen ejemplo del culto a la muerte que profesaban los egipcios.

¿Cómo era la lengua entonces?

Al tener cuatro mil años de antigüedad, el egipcio es una lengua que tiene diversos estadios. Por ejemplo, todavía se discute si la lengua egipcia media llegó a ser hablada o si se trataba solo de una lengua cultivada para las élites. Ten en cuenta que la gran inmensa mayoría de egipcios no sabían leer ni escribir.

En unos textos sapienciales, un maestro le da consejos a un joven: «No uses los demostrativos como artículos, pues es de baja categoría». Esto está escrito allá por el 2000 a. C. En la época de Ramsés, quinientos años después, los demostrativos ya se consideran artículos. Es decir, que lo que en una época era considerado de bajo tono, quinientos años después pasó a ser de uso común. Lo que hoy se condena, puede pasar a ser norma con el tiempo.

La lengua evoluciona. 

Nunca he sido eso que llaman un purista de la lengua. Pero después de estudiar egipcio, todavía menos. Algunos de los egiptólogos más reputados son lingüistas de formación: al fin y al cabo, el egipcio es el único idioma con cuatro mil años de historia documentada. El copto, que hoy es una lengua perdida, llegó a convivir con el árabe después de la invasión de estos a Egipto en el siglo VII, cien años antes de llegar a España. De modo que hasta el siglo XV o XVI la élite culta hablaba árabe, pero el pueblo seguía hablando copto, que era, en esencia y pese a algunas modificaciones, la lengua de los faraones.

Jordi Fortuny

¿Qué has aprendido de los antiguos egipcios?

Para mí fue una gran sorpresa descubrir lo muy aficionados que son a los juegos de palabras. Hay un texto, especialmente difícil de traducir, que dice: «Es bien buena la bondad, y hace bien si es bondad buena». ¡Un trabalenguas! Y con sentido, además, pues viene a decir que las buenas intenciones están bien, pero lo que cuenta es la justicia.

Luego hay otro ejemplo, compartido por Antonio Loprieno, que para ser apreciado uno debe comprender lo siguiente: que los egipcios nunca dejan un espacio en blanco entre pictogramas. Horror vacui: no hay separación de palabras. Pues se ha encontrado un texto, escrito sobre una tabla de madera roja, en el que sorprendentemente hay un hueco. Algo no-dicho. Lo más curioso es que el texto adquiere un sentido pleno cuando ese hueco lo sustituimos por la palabra «rojo», es decir, ¡el color de la madera que se ha empleado para escribir en ella!

Un crucigrama es una ventana que nos permite contemplar la lengua. ¿Crees que desde tu posición tienes una responsabilidad especial hacia el uso que hacemos del lenguaje?

En absoluto. Yo creo que, en cuanto a la lengua, no hay nadie que tenga responsabilidad. Ni siquiera quienes redactan los diccionarios. Cada cual hace lo que quiere o lo que puede. A mí, los salvadores de la lengua, igual que los salvapatrias… como que no. 

Las lenguas son poderosas, y los poderosos no se empobrecen fácilmente. ¿Responsabilidad? La misma que la de cualquier escritor, es decir, ninguna. Yo creo que cada quién escribe como buenamente puede, y el tiempo dictará. Mira, el latín se perdió. ¿Teníamos que salvar el latín? Cuando un río baja, uno puede nadar a contracorriente si quiere, pero lo que no puede es pretender que el río se detenga y dé la vuelta.

Tú no tienes reparo en incluir galicismos o anglicismos en tus puzles.

Yo pongo lo que me apetece. Desde neologismos hasta arcaísmos. Hago uso, sencillamente, de lo que me conviene en cada momento, y no, no siento ninguna responsabilidad hacia el lenguaje. Mi única responsabilidad, en todo caso, es hacia mis crucigramas.

La cantidad de términos que maneja una persona promedio, según los lexicógrafos, oscila entre unas veinte mil palabras activas y unas cuarenta mil pasivas (se estima que el idioma español tiene unas cien mil en total). ¿Estás de acuerdo con que cada vez tenemos menos riqueza léxica?

Cuando yo tenía veinte años, esto ya lo decían. Hay un texto de Quevedo en el que se muestra horrorizado porque se usa «joven» (un cultismo del latín) en lugar de «mozo», y a él le parece que están destrozando el castellano.

Al principio de los SMS estaba todo el mundo alarmado por la ortografía, pero a la lengua no le pasa nada porque en lugar de «por qué» se diga «pq». Si la mayoría de la gente acaba escribiendo «pq», pues, oye, habrá que aceptarlo.

Aquí tenemos una sensibilidad especialmente aguzada por la doble discusión entre la preservación del catalán y la del castellano, todo eso de la pureza… En italiano, por ejemplo, los anglicismos están a la orden del día. Recuerdo cuando detuvieron a un mafioso, al que aquí los diarios referían como «Il capo dei capi». Un amigo que vivía allí, al verlo, me dijo: «¿Sabes cómo lo llaman en Italia? Il boss dei bossi» [ríe]. Claro que los préstamos del lenguaje tienen influencia, pero empobrecer… Yo es que soy muy descreído. No creo en valores absolutos: ni la lengua, ni la patria, ni la belleza. 

Todas ellas tienen en común el ser conceptos humanos.

Me gusta mucho lo que dice Juan Luis Arsuaga —paleontólogo y uno de los responsables de Atapuerca—, en el excelente libro coescrito con Millás, La vida contada por un sapiens a un neandertal. Creo que es aquí donde, al hilo de una pregunta sobre inteligencia artificial, Arsuaga responde: «¡Si ni siquiera sabemos qué es la inteligencia!». Yo, que he trabajado un poco en proyectos de traducción automática, me pregunto: ¿son los traductores automáticos inteligentes? ¡Anda ya! Pueden resolver un problema determinado con garantías, vale, pero de ahí a afirmar que son inteligentes… Tú pon en Google: «Cuantos más policías lo guardan, menos seguro está» —que es una definición de secreto— y el motor no entenderá nada.

En los años 60, cuando empezaron los primeros ordenadores, parecía que la lectura y comprensión del lenguaje al natural ya estaba al caer. Y cada veinte años, lo mismo. Ahora ha aumentado brutalmente la capacidad, la velocidad y el almacenamiento de datos. Pero la inteligencia a la hora de comprender un texto sigue siendo prácticamente la misma de siempre, o sea, nula. Para alcanzar una verdadera comprensión, todavía sigue siendo necesario un salto.

Aar, tas, orí… Hay palabras que son de uso exclusivo para crucigramistas y aficionados, y ya casi se han convertido en un cliché. ¿El lenguaje se agota?

Y soasar, y oasis, y caoba… Si prohíbes cincuenta palabras de este tipo, hacer las rejas se vuelve mucho más complicado. La solución sería poner más celdas negras, pero el máximo, según los buenos modos, es del quince por ciento. La tradición inglesa, por ejemplo, impide que se formen este tipo de nudos. Son todo palabras, digamos, enjundiosas. Yo intenté sacar un libro con algunos de estos, pero se fue al agua.

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Tísner le contó a tu compañero de página Màrius Serra que había recibido una caja de pañuelos de la marca Guasch tras haberlos mencionado en la parrilla. Desde entonces, al arte de conseguir este tipo de regalos lo bautizó como El método Guasch. ¿Funciona?

Alguna que otra cosa se consigue. Una caja de vinos, por ejemplo. De Viña Pomal. Lo bueno del caso es que yo ya los había mencionado años atrás. Por aquello del descaro de la juventud, yo había definido pomal con así como «Viña de excelentes vinos (se aceptan cajas)». Sin resultado. Al cabo de unos años repetí la definición, esta vez sin el descaro de incluir el paréntesis. Y resultaba que Viña Pomal lo había comprado Codorníu, y el nuevo propietario hacía cada mañana el crucigrama. Claro, cayó una caja [ríe]. Aparte de eso, poca cosa más.

Al parecer, era la mujer de Tísner quien le elaboraba la parrilla. Luego él ponía las definiciones. ¿La informatización ha aliviado el tedio?

Sí, hoy la parrilla la completa la máquina. Yo uso Crossword Compiler, de Anthony Lewis. Ocurre que, además, trabajo con mi propio «diccionario». Es decir, continuamente voy alimentando la base de datos con las palabras que yo mismo voy usando, lo cual me da una mayor flexibilidad a la hora de emplear, por ejemplo, formas verbales. A partir de ahí, el programa va proponiendo soluciones, y ya depende del crucigramista ir editando. Si uno no pone de su parte, probablemente salga de ahí una reja infumable.

Ahora bien, los recursos son solo para hacer las rejas. Para las definiciones, yo la única herramienta que conozco se llama María Moliner. Yo sin María Moliner no soy nadie. 

Hay diccionarios que te ayudan a leer, a entender palabras que no conoces. El María Moliner, en cambio, es un diccionario que te enseña a escribir. A encontrar justo la palabra que necesitas. Como siempre, la primera edición fue fantástica y, en fin, las ampliaciones que se han ido haciendo ya son más discutibles.

En una era donde la oferta de entretenimiento es tan vasta y omnipresente, el crucigrama es casi un anacronismo. ¿Piensas en el futuro de los crucigramas? ¿Anticipas nuevas fórmulas?

Si fuera capaz de imaginarlo, ya lo estaría haciendo. No le auguro un gran futuro al crucigrama, la verdad. Para empezar, habría que recuperar el placer del papel y el lápiz, y no parece que el mundo vaya en esta dirección. También creo que estamos al final de una época, que la civilización occidental está tocada, pero no me parece que el juego ancestral de las preguntas y respuestas se vaya a acabar pronto.

Por lo pronto, tienes una app de crucigramas.

Más bien tienen. Yo no tengo mucho que ver, aunque sí se utilizan mis crucigramas, y parece que no les va del todo mal, porque algo nos van pagando. Como no soy muy amigo de las pantallas, a mí me parece que no es un buen formato para resolver, que es una cosa ortopédica pero, oye, hay gente a la que le debe gustar. ¿Es esto el futuro? Pues quizás sí. No tengo ni idea.

En Estados Unidos los concursos de crucigramas son un gran asunto. El del New York Times es toda una marca de prestigio, hasta el punto de tener una suscripción independiente. Y Will Shortz, su editor, es todo un icono de la enigmística. ¿Qué sucede para que aquí no acaben de tener ese reconocimiento?

Es una cuestión cultural, no encuentro más explicación. En Francia, Laclos lleva muerto hace años y todavía se venden libros suyos. ¿Y qué hay de los ingleses? Philby, el espía británico que estuvo treinta años haciendo de agente doble para los soviéticos, estuvo viviendo en Moscú durante mucho tiempo con el grado de general del Ejército Rojo. ¿Su única exigencia? Recibir cada mañana el Times de Londres, especialmente para resolver el crucigrama.

Un falso concurso de crucigramas organizado por The Telegraph en 1941 sirvió para reclutar a personas que ayudasen a descifrar los códigos de guerra de los alemanes. ¿Estáis tramando algo?

Y una de las primeras cosas que hicieron los alemanes durante la ocupación de Francia fue prohibir los crucigramas en los periódicos franceses. En un crucigrama se puede esconder mucho. Máxime teniendo en cuenta que se publica uno al día. Unas letras aquí y allá y ya tenemos el nombre de una ciudad o un objetivo. Un crucigrama puede llegar a ser un arma dificilísima de detectar.

También un sustento.

Para mí lo han sido, sí. Antes me pagaban más, pero nunca he necesitado otro empleo. Cuando La Vanguardia se remodeló, me hicieron una buena oferta y me quedé. Si uno no tiene vicios grandes —o no tiene hijos, como es mi caso—, pues sí. 

¿Cuál sería una buena definición para «Jordi Fortuny»?

El autorretrato no es mi género.

En ocasiones has dicho que tú no haces un crucigrama al día, sino siete a la semana. ¿Cuál es tu rutina?

Soy ave nocturna, y me suelo ir a dormir tarde. Me levanto hacia las once o las doce. A veces intento cambiar de hábitos, según la semana, pero mi tiempo libre lo paso yendo al cine, al teatro, con el fútbol (aunque ahora ya no pueda jugar), leyendo… Si algún día se me queda una definición colgada, a veces me la llevo de paseo hasta que caiga. Hacen compañía.

¿Alguna definición que recuerdes con un cariño especial?

Sí, la que incluí en la portada de mi primer libro. «Mucha gente no soporta la amargura de su soledad», cuatro letras.

Jordi Fortuny

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6 Comentarios

  1. Siempre habia envidiado a un vecino que era capaz de completar el crucigrama de Fortuny a diario. Era aún adolescente y me parecía imposible seguir sus pasos. Luego a un compañero de piso que también era muy ducho en esta labor. Sin duda, en el momento en que conseguí resolverlo por mi misma, me senti muy realizada. Interesante entrevista a un remarcable personaje de los que no hacen ruido a pesar de hacer felices a un gran número de personas. A los lectores de jot down a los cuales les gusten los crucigramas, les encomiendo a que lo intenten con uno de Fortuny. Como se puede entrever en la entrevista, no acostumbran a tener desperdicio.

  2. A veces, muchas, al acabar sus crucigramas, me gustaría estrangularlo, besarle o abrazarle por el mal/buen rato disfrutado. Es el momento del día…Gracias Fortuny!

  3. Acabo de leer el artículo y, una vez más, señor Fortuny, le debo un rato entretendisimo. A usted y a Carlos Castro.

  4. No he tenido el honor de realizar las palabras cruzadas de este señor, pero me asocio –con ironía, por supuesto y tanta simpatía- al comentario de Jaumet. Pringoso fue un vocablo que nos tuvo angustiados por un día (con las respectivas horas improductivas del trabajo, por supuesto), pues el crucigrama en el diario Clarín consistía en desvelar una frase en vertical, o sea con una sola letra de ayuda para dar con la horizontal. A partir de ese día, todo lo que nos resultaba odioso era pringoso. Espléndida lectura. Muchas gracias.

  5. Cada día hago un crucigrama y me sirve de mucha ayuda. Mi mente se vuelve más rápida y me concentro mejor. He hecho muchos crucigramas de este tipo.

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