
En el Diario de los Goncourt
21 de diciembre de 1907
Cena con Lucien Daudet, que habla con una pizca de elocuencia zumbona de los diamantes fabulosos que lucía sobre los hombros Mme. X…, diamantes que Lucien calificó con un precioso lenguaje, a fe mía, con un pensamiento propio de un artista, con ese deletreo sabroso de sus epítetos que delatan al escritor del todo superior, de piedra en definitiva burguesa, un poco simplona que no puede compararse a, por ejemplo, la esmeralda o al rubí.
Y en los postres, Lucien nos lanza desde la puerta que Lefebvre de Béhaine le decía esta noche, a él Lucien, y contra la opinión expresada por esa encantadora mujer que es Mme. de Nadaillac, que un tal Lemoine ha descubierto, al parecer, el secreto de la fabricación de diamantes. El hecho supondría, al decir de Lucien, un ruinoso cataclismo en el mundo de los negocios, ante la posible depreciación del stock de diamantes aún sin vender, cataclismo que muy bien podría acabar llegando hasta la magistratura y conducir a la cárcel a este Lemoine para el resto de sus días en un in pace, por delito de lesa bisutería.
Esto es más impresionante que la historia de Galilea, más moderno, se presta mejor a la artística evocación de un ambiente, y así de pronto veo un precioso tema para una obra teatral a nuestra medida, una obra en la que podría decirse mucho sobre el poderío de la gran industria de hoy, un poderío que dirige, en el fondo, el gobierno y la justicia, y que se opone a lo que tiene de calamitoso para ella todo nuevo invento.
Como broche de oro, le traen a Lucien la noticia, dándome el desenlace de la obra ya esbozada, de que su amigo Marcel Proust se habría matado tras el desplome de los valores diamantíferos, desplome que se habría comido una parte de su fortuna.
Curioso personaje, asegura Lucien, este Marcel Proust, un hombre que al parecer vivía sumido en el entusiasmo, en el ohdiosmío ante ciertos paisajes, ciertos libros, un hombre que por ejemplo estaría completamente prendado de las novelas de Léon. Y después de un largo silencio, en medio de la expansión enfebrecida de la sobremesa, Lucien afirma: ―No, no es porque se trate de mi hermano, no vaya a creer, monsieur de Goncourt, de ninguna manera. Pero, en fin, preciso es contar la verdad. Y cuenta esta pulla que sobresale de manera encantadora en el juego miniaturizado de su relato: «un día, un caballero hizo un inmenso favor a Marcel Proust, el cual para agradecérselo lo llevó a comer al campo. Pero he aquí que charlando, el caballero, que no era otro que Zola, se negaba en redondo a reconocer que no había habido nunca en Francia más que un escritor grande en verdad y al que solo Saint-Simon se le acercaba, y que ese escritor era Léon. A esto, diantre, Proust, olvidando la gratitud que debía a Zola, de un par de bofetadas lo envió a rodar diez pasos más lejos, con las cuatro pezuñas al aire. Al día siguiente se batían en duelo, pues, pese a la mediación de Ganderax, Proust se negó por completo a una reconciliación».
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