Arte y Letras Literatura

‘Recuerdos del tiempo viejo’, de Zorrilla

José Zorrilla y Mora. Imagen Real Academia de la Historia.
José Zorrilla y Mora. Imagen: Real Academia de la Historia.

Como es noviembre han salido unos cuantos artículos sobre el Tenorio. Yo me he acordado de una cosa que decía Gimferrer en uno de los libros que más marcó mi adolescencia, Los raros: «Es muy difícil escribir peores versos que los de Zorrilla, pero es casi imposible escribir mejor prosa». Cito de memoria (según Salvador de Madariaga esto es una redundancia porque hay que citar siempre de memoria aun a riesgo de cambiar lo que quien se cita dijo de veras, pero no hacerlo de memoria no sería citar sino copiar), y pronto comprobé que era bien cierto lo que el poeta catalán afirmaba. Le dedicó una de sus estampas a uno de los grandes libros de nuestro XIX, el siglo de la mentira, según él, el siglo de la impostura y la retórica hueca, solo salvaba a Larra, a Espronceda, a Bécquer, los Episodios Nacionales de Galdós, La Regenta de Clarín y los Recuerdos del tiempo viejo de Zorrilla. Es este uno de los libros más raros, deliciosos, divertidos, descosidos y radiantes de nuestra literatura. Ahora que se amontonan las memorias de escritores en las mesas de novedades de las librerías, quizá no sea mala idea que a alguien le dé por reeditarlo (creo que la última vez que se reeditó sin recortes fue en Debate en 2001). 

A los escritores que las componen, suele disgustarles que se les diga, si se da el caso, que las memorias son su mejor libro: es como si el hecho de que hacer repaso de lo vivido salga con más potencia literaria que toda la producción que justifica ese repaso viniera a tachar la producción o depreciarla. Terenci  Moix se cabreaba mucho cuando alguien, con toda la razón del mundo, decía que su gran obra eran sus memorias, y no sé si Caballero Bonald tampoco daba brincos de alegría si se le decía que lo más apetitoso de su bibliografía eran sus tomos de recuerdos. Pero no sé por qué regla, lo cierto es que muchas memorias de grandes narradores son poca cosa —las desganadas memorias de Galdós, las insignificantes de Cela, las recientes de Pisón— y las de narradores menos grandes, sin embargo, son tan buenas que acaban agigantándolos —las memorias de Jesús Pardo, las estupendas de González Ruano, que como narrador era muy defectuoso, las póstumas, y aún en curso de publicación, de Cansinos Assens, una de las cotas de la narrativa española del XX de quien acaba de salir el Diario de 1944 para agregar sus páginas al caudal de La novela de un literato. 

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