
Para alguien que descubrió el mundo de la literatura fantástica con El Hobbit, se pasó media adolescencia jugando a rol en la mazmorra de un amigo y tenía visita mensual obligatoria a ese templo del friquismo que es la Librería Gigamesh, conocer a Vicky Hidalgo (Barcelona, 1980), directora editorial de Minotauro, tenía mucho de regreso al origen. La editora nos recibe en la sede de Planeta cargada de bolsas y bolsas de libros publicados por Minotauro a lo largo de toda su historia (que abarca casi 70 años), y los dispone sobre la mesa con el cariño de quien se conoce cada portada y cada autor que aparece en ella. Hablamos con Hidalgo sobre fantasía, ciencia ficción y terror, sobre ser friki a lo largo de las generaciones y sobre la relación con lectores de ahora, ayer y siempre. Porque la sombra de Paco Porrúa es alargada, pero se puede estar muy cómoda bajo ella.
Creo que la primera y única editorial en la que has trabajado es Minotauro. Menuda puntería, ¿no?
Fue por una mezcla de casualidad y friquismo. De adolescente leía mucha ciencia ficción y fantasía, sobre todo ciencia ficción. Creo que cuando tenía veintitantos, una amiga me habló de Ray Bradbury, de Orwell, de Huxley. Fahrenheit 451, Crónicas Marcianas y Mundo feliz fueron los grandes clásicos de mi iniciación. Yo había leído fantasía y me gustaba mucho, pero me parecía formulaica, y en la ciencia ficción descubrí el mundo de las ideas. Para mí, Ray Bradbury creo que fue la entrada porque tenía esa mezcla de estilo poético pero también de desarrollo de ideas. Cómo un autor de ciencia ficción puede desarrollar todo un mundo o puede usar el futuro como escenario para cosas que están pasando en nuestra realidad, pero a la vez puede escribir bonito. O cómo puede tener ese detalle por la forma y por la poesía. Y poco a poco fui desarrollando el gusto. Recuerdo mucho ir a comprar a Gigamesh, que era un poco la cuna para todos los lectores de género. Te ibas al fondo y estaba el rol y el manga y todo aquello. Tenía 20 euros o 2.000 pesetas y me compraba los libros más baratos que encontraba. Así descubrí a Robert Silverberg, a Angela Carter, a Theodore Sturgeon. Descubrí un montón de autores que fueron creando un mapa referencial, un autor llevándote a otro porque hay un prólogo, porque hay una influencia, porque hay un homenaje. Y yo estaba estudiando hispánicas en la Autónoma, hice también teoría literaria, y tuve de profesor a David Roas, que también me abrió a este mundo y a esta posibilidad de pensar en poder trabajar en el fantástico. Con David Roas fue la primera vez que hablando de narratología, el tío nos puso un dossier con textos de Henry Kuttner, o nos metió La lotería de Shirley Jackson, o nos puso Apocalipsis Now en una clase. Supe que me quería dedicar a esto aunque no sabía cómo. Y entonces Leonardo Valencia, otro profesor que teníamos en teoría literaria, nos hizo una clase muy pequeñita sobre primeras herramientas en el mundo editorial. Nada, cuatro nociones, y hablaban sobre todo de edición de revistas académicas, pero creo que fue la primera vez que pensé que a lo mejor ahí había un camino y que había algo que sí que estaba relacionado con lo que a mí me gustaba, que al final eran los libros y el fantástico. Y acabé haciendo el máster de edición de la Autónoma, y allí tuve la suerte de coincidir con Enrique Murillo, que un día me vio leyendo El libro de los cráneos de Robert Silverberg, y me dijo, a ti te gustan estas cosas, y yo sí, a mí me gustan estas cosas. Y surgió la oportunidad de hacer prácticas en Minotauro. En ese momento había una colaboración con Planeta, porque también estaba Gonzalo Pontón hijo en el máster y muchos otros profesores que eran editores en Planeta. Tuve la oportunidad de hacer prácticas. Estuve dos meses y tuve suerte inmensa de que la persona que había en ese momento en edición buscó un nuevo sitio, le dio un giro a su carrera y me quedé yo. Y de esto hace 17 años.
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