El 7 de abril de 1926, Benito Mussolini ponía el broche final en el Congreso Internacional de Cirujanos en Roma con uno de sus discursos grandilocuentes sobre los milagros de la medicina moderna. Cruzaba la Piazza del Campidoglio entre vítores cuando un grupo de estudiantes rompió a cantar una canción en su honor. Il Duce giró la cabeza hacia ellos, con el gesto instintivo de quien lleva años alimentándose de adulación. En ese preciso instante, una mujer menuda, de pelo entrecano y aspecto desaliñado, sacó un revólver escondido bajo un chal negro y disparó a quemarropa. La bala le rozó el tabique nasal. Un centímetro. Tal vez menos.
Mussolini se limpió la sangre, dijo a la multitud que era «una insignificancia» y siguió su camino. Horas después reaparecía en público con la nariz vendada, entero y beligerante, para que nadie dudara de que el fascismo tenía buena salud. El mundo entero le mandó telegramas de alivio: el Papa, el presidente de Estados Unidos, el rey de Inglaterra, el presidente del Estado Libre Irlandés —cuya compatriota acababa de intentar matarlo, lo cual añade una capa adicional de bochorno diplomático a la historia—. La mujer que casi lo mató fue declarada loca, deportada y encerrada en un manicomio donde murió treinta años después, sin que ningún familiar acudiera a su entierro.
Su nombre era Violet Gibson. Hija de Lord Ashbourne, Lord Canciller de Irlanda. Debutante en la corte de la reina Victoria. Convertida al catolicismo, activista pacifista en París, veterana de múltiples crisis nerviosas y de un intento previo de suicidio del que sobrevivió milagrosamente en 1925. Llegó a Roma en 1926 con un revólver de la Primera Guerra Mundial envuelto en un chal, una piedra para romper la ventana del coche de Mussolini por si acaso, y una nota con la dirección de la sede del Partido Fascista como plan B. No era una improvisación. Era un plan elaborado por alguien a quien el mundo decidiría posteriormente llamar loca porque llamarla visionaria habría desagradado a quienes prefirieron no mirar al precipicio.
Porque en 1926, cuando casi nadie en la élite europea veía en el fascismo otra cosa que un experimento político interesante —cuando Churchill lo admiraba públicamente, cuando los periódicos londinenses lo trataban con deferencia—, Violet Gibson había ido a Roma a matar a Mussolini. Sola. Con un arma oxidada y una piedra de repuesto. Que fallara por un centímetro y un giro de cabeza involuntario es una de esas crueldades que la historia practica con regularidad pasmosa. La segunda bala se encasquilló en el cañón.
Noventa y ocho años después, el 13 de julio de 2024, Donald Trump pronunciaba un discurso en un mitin electoral en Butler, Pensilvania. Un joven de veinte años llamado Thomas Matthew Crooks había subido a un tejado a ciento veinte metros del escenario con un rifle AR-15 y disparó ocho veces. Una de las balas rozó la oreja derecha de Trump. El médico que lo trató después precisó que el proyectil pasó a menos de seis milímetros de entrar en su cabeza. Trump describió la sensación como «el mayor mosquito del mundo». Luego se levantó, se sacudió el traje, alzó el puño y siguió.
Las semejanzas son tan llamativas que uno casi sospecha que la historia tiene un guionista con poca imaginación y mucho sentido del humor negro. Dos líderes de masas en el pico de su popularidad. Dos balas que rozan sin matar. Dos gestos inmediatos de inmortalidad exhibida ante la multitud —Mussolini con su nariz vendada, Trump con el puño en alto y la cara ensangrentada—. Y en ambos casos, la narrativa posterior que transforma el atentado fallido en combustible político de primera calidad. Mussolini lo usó para reforzar su aura de hombre providencial. Trump anunció haber sido salvado por Dios y llegó a la Convención Nacional Republicana con el vendaje en la oreja como insignia de campaña. El mercado de las balas que no matan es, al parecer, muy rentable.
Pero las diferencias también dicen algo. Crooks era un chico de veinte años sin ideología articulable, disparando desde un tejado con tecnología del siglo XXI. Gibson era una aristócrata irlandesa de cincuenta años disparando desde dos metros con un revólver de trinchera. La distancia técnica entre ambos era abismal. El resultado, idéntico. Lo cual sugiere que el problema no era el arma ni el tirador sino algo más difícil de enmendar: que ciertos hombres tienen una relación privilegiada con la mala puntería ajena.
En cualquier caso, lo verdaderamente notable no es que fallaran. Es lo que ocurrió después. Mussolini salió de la Piazza del Campidoglio con la nariz vendada y diecinueve años más tarde había arrastrado a Italia a una guerra mundial que dejó medio millón de muertos italianos y un continente en escombros. Trump salió de Butler, Pensilvania, con la oreja vendada, ganó las elecciones proclamándose elegido de Dios, y en junio de 2025 ordenó bombardear tres instalaciones nucleares iraníes en una operación llamada, con esa modestia tan característica de la Casa Blanca, Operación Martillo de Medianoche, desatando una guerra que pinta bastante mal para todo el mundo.
Hay una simetría que resulta casi demasiado perfecta para ser casual, aunque sin duda lo es. Dos balas que rozan. Dos hombres que salen reforzados. Dos atentados fallidos que se convierten en el mejor material de campaña de sus respectivas carreras. Dos hombres que arrastran al mundo al desastre. Si existiera un manual para líderes populistas llamado Cómo sobrevivir a un magnicidio y facturar políticamente con ello para joder el mundo, Mussolini y Trump serían los dos casos de estudio del primer capítulo. La pregunta que la Historia deja flotando en el aire, con esa sutilidad cíclica suya tan característica, es si Donald Trump ha leído alguna vez algo sobre Benito Mussolini. Y si, en el caso de haberlo hecho, llegó hasta el final.









Hombre, igual habría que añadir un tercer caso: la bomba lapa de mentira que acaso colocase Cascos bajo el coche de Aznar para que José Mari adquiriese en los telediarios el carisma que no tenía, jeje
He escrito una novela impublicable -cómo en general todas las mías- alrededor de esta posibilidad. El primer capítulo está disponible como avance editorial en uno de mis blogs, bajo la dirección:
https://pacodetorresapuntesdelnatural.blogspot.com/2026/03/el-cisne-negro-avance-editorial.html
Te invito a que lo leas.
Saludos
Por favor, más datos de ese atentado de falsa bandera.
Lo de la asombrosa capacidad de regeneración del cartílago de la oreja de Trump si eso lo comentamos otro día.
En lo que coincido es en que espero que su final sea como el de Civil War.
Hablando de similitudes, Don Manuel Fraga tenía un gorro igual que el de Benito. No sé si querrá decir algo.
Chascarrillo: Es un bombín (lo sabes, truhan) un gorro típicamente inglés, Casualmente el mismo que llevaba Lennin puesto cuando salió por la puerta del vagón de ganado precintado que lo devolvió a Rusia. Lo que no recuerdo es quién fue de los primeros bolcheviques que fueron a recibirlo que se le quedó mirando y le dijo. «camarada, donde vas con esa mierda en la cabeza» y se lo cambió por la gorra de ferroviario. Vamos que el sombrero no significa nada de nada, o todo. O yo que sé.
¿La difícil y peligrosa justifcación de un asesinato?
¿El desenmascaramiento de una estrategia electoral¿
¿La elucubración inútil basada en «qué hubiera pasado si…»?
¿Apoyo a la aplicación de una pena de muerte preventiva?
¿Minority report?