
Antes de que alguien la redujera a esposa, madre, virgen, puta del averno, o patrona de las fiestas del pueblo la diosa fue una presencia sin especialización doméstica ni contrato matrimonial ni ficha de PNJ. Una presencia sin la letra pequeña con la que los órdenes posteriores fueron poniendo el universo a nombre de señor y dejando a las potencias femeninas una habitación interior, un pecado, una cuna o un animalito venenoso con el que asustar a los niños. La diosa primordial no venía a mejorar la autoestima de nadie ni a ofrecer un modelo edificante para niñas aplicadas. Tenía mierda debajo de las uñas, sexo, sangre menstrual o sacrificial, riqueza, fertilidad y cadáveres, una inteligencia anterior al orden y una risa de esas que convierten al hombre en niño.
Luego hubo de llegar el orden, o mejor dicho muchos órdenes, pues la historia de las religiones también puede leerse como una larguísima mudanza de muebles en la habitación del poder, con los dioses cambiando de sitio según soplara la propiedad, la herencia, la guerra o el miedo al coño ajeno. Los mitos siempre han sido remendados para que no se les vea demasiado la costura y las diosas fueron arrastradas, lavadas, casadas, bautizadas, demonizadas o partidas en trocitos manejables, como si una fuerza capaz de mezclar deseo y guerra, nacimiento y putrefacción, solo pudiera ser tolerada después de haber sido convertida en función productiva. Ah, amiga, la idea capitalista de lo utilitarista empieza bien pronto.
Muchas divinidades femeninas, lejos de caerse del cielo por desgaste natural, fueron bajadas a hostias y traducidas contra sí mismas, convertidas en parientas menores de un dios más presentable o en monstruos útiles para explicar por qué una mujer que se niega a ocupar el sitio que otros le han dibujado con tiza alrededor del cuerpo debe terminar siempre bajo vigilancia. A unas las encerraron en la familia, a otras en la maternidad o en la virginidad, esa nevera donde tantas culturas han metido lo femenino cuando necesitaban admirarlo sin tocarse demasiado la pichita, y a otras, cuando ya no hubo manera de adecentarlas, las mandaron al sótano con alas de murciélago y fama de comerse recién nacidos, porque al poder le resulta mucho más soportable una bruja verrugosa que una mujer sin amo. Y aun por debajo de cada una de esas capas todavía se nota la diosa anterior a la domesticación, la que no sabía comportarse y no era amable ni pura ni necesariamente justa, ni maternal en el sentido blandito y tradwife de la palabra, porque también las madres antiguas podían parir montañas, dioses, serpientes, guerras y niños muertos. Aquellas no había sido inventadas para tranquilizar a nadie, y quizá por eso hubo que corregirlas.
Pero no hay que ponerse directamente la corona de flores y bailar alrededor de un matriarcado perdido con olor a hierbas nórdicas, fingir que todo esto responde a una línea limpia según la cual primero hubo un mundo gobernado por grandes madres telúricas, después llegaron unos señores calvos y aterrads por la insaciabilidad orgásmica y lo estropearon todo. Sería cómodo, melodramático y también falso, que son tres virtudes magníficas para un podcast de true crime y tres defectos para mirar el pasado interpretándolo mediante el presente, y no viceversa como Dios (o las diosas) mandan. Lo que hubo fue una sucesión de transformaciones culturales por las que ciertas figuras femeninas fueron reducidas, absorbidas, moralizadas, traducidas, genealogizadas por vía masculina, demonizadas cuando hacía falta y en los casos más asquerosos sometidas a esa colonización de la mirada que convierte lo que no entiende en monstruo. Podemos probar a dejar de mirar los mitos como cuentos del pasado y empezar a ver en ellos una máquina de administración simbólica. En cuanto una sociedad necesita ordenar la propiedad, asegurar linajes, regular matrimonios, vigilar vientres, fundar ciudades, nombrar herederos y bendecir guerras, una diosa demasiado autónoma empieza a sobrar. Una diosa que desea sin ser castigada por ello, gobierna sin quedar reducida a consorte, fecunda sin volverse arquetipo, mata sin convertirse en demente patológica, profetiza, cura o se ríe del pobre andamiaje masculino resulta difícil de colocar en una sociedad que necesita que cada fuerza tenga dueño. La degradación rara vez consiste en una caída única, con truenos de fondo y un coro de sacerdotes satisfechos. A veces se encoge a la diosa. Otras se la casa o se la hace hija de un padre más importante que ella. O se la convierte en virgen para que pueda conservar poder a cambio de congelar el deseo o se la cristianiza, que es una forma educada de ponerle un bozal. A veces se la manda al infierno con sentencia de zorra, bruja, mala madre o tentación de los hombres. Lo que no se puede gobernar en el cielo acaba reorganizándose en el relato y el relato, cuando se repite durante siglos, al final resulta natural.

Ishtar puede abrir el desfile porque los manuales la resumen como diosa mesopotámica del amor sexual y de la guerra, y esa frase tan wikipédica apenas alcanza para sujetar el escándalo de una figura donde el deseo no aparece separado del combate ni la fecundidad del desastre, como si todavía no hubiera pasado por ese proceso que obliga a las contradicciones a disuclpar su existencia. Detrás asoma Inanna, su raíz sumeria, el doble más antiguo, y por debajo Ereshkigal, la hermana o sombra del inframundo, porque parece que de su propio campo mítico la diosa necesitara una profundidad subterránea donde el deseo tocara fondo. Cuando una divinidad femenina junta lecho y trono, carne y lanza, ya no basta con casarla, dulcificarla o convertirla en ayudante preciosa de un dios con mejor propaganda. Hay que partirla y corregirla, dejarla como fósil peligroso de una imaginación que aún recordaba que lo femenino podía ser también la guerra, el exceso y la soberanía.

Freyja prolonga esa experiencia en el lejano norte, donde el buen tiempo conserva mejor la grasa oscura de los mitos y deja que el sexo, el oro y la muerte vivan en una misma piel. Diosa del amor, de la fertilidad, de la batalla y de la muerte, dueña de un carro tirado por gatos y de una magia que los varones miran con fascinación temerosa, Freyja resulta peligrosa porque arruina las separaciones con las que después se intentaría adecentar el mundo, con ella el campo de batalla y el deseo aparecen comunicados por pasadizos húmedos y trunca el orden donde la riqueza debería quedar dentro de su cofre, la muerte hundida en su fosa, la mujer en la cocina y el mando en manos de un señor con su arrugada bolsa escrotal. En sus leyendas se vislumbran otros repartos posibles, como Hel abajo, pegada al mundo de los muertos hasta que su nombre se confunde con su espacio, y Frigg arriba, más regia y conyugal, compatible con la solemne decoración del poder. Pero Freyja queda en una zona indómita, demasiado sexual y demasiado guerrera para limitarse a ser un adorno, demasiado mágica para entrar silenciosa en la casa del marido y demasiado fúnebre para que el amor pueda presentarse con la carita empapada y con mil rosas para ti. Algunas diosas fueron rebajadas porque los siglos posteriores ya no supieron tolerar aquella forma antigua de lo femenino en la que follar convivía con matar y mandar todavía no exigía entregar al orden masculino la parte oscura del cuerpo.

Aparece aquí Atenea como la excepción que parece absolver al sistema y acaba delatándolo mejor que ninguna otra cosa. Su poder no se discute porque en contraste con Ares piensa la guerra como una la brutalidad que necesita estrategia, custodia la ciudad y sostiene una inteligencia alumbrada por la razón, pero resulta que está filtrada por una operación de limpieza simbólica. La sabiduría femenina, Metis, ha sido tragada antes por Zeus, y de esa digestión soberana nace una hija adulta, armada, sin madre visible, como si el padre hubiera descubierto la manera perfecta de parir sin mancharse y de quedarse ya de paso con la patente del pensamiento. Y entre muchos otros ejemplos a su alrededor está Medusa, el reverso monstruoso que la épica necesita decapitar para no admitir que muchas de sus grandes gestas empiezan con una mujer violada y terminan con un héroe posando. Atenea puede sentarse cerca del mando porque ha pagado el peaje de entregar al padre su origen y sabiduría.

Dentro de la tradición celta irlandesa, Brigid permite contar la variante más sibilina de la transformación, aquella en la que la diosa imbricada en la palabra poética, en el oficio que cambia la materia con las manos, en la curación, la adivinación y el fuego de la herrería, no puede ser simplemente arrojada al olvido sin que el pueblo la eche de menos. Así que el nuevo orden hace algo más eficaz que intentar borrarla, y eso es someterla a un proceso de lavado moral volviéndola santa, peinándoles las llamas hasta que parezcan virtud y allí donde había una potencia antigua con raíces metidas en pozos, partos y poesía capaz de crear y destruir deja una figura aceptable para el calendario cristiano. Olvidada si quedó la Morrígan, oscura, guerrera, fértil a su terrible manera, pegada al cuervo y al campo donde revela que la épica muchas veces son hombres con las tripas abiertas llamando a sus madres. Brigid cae por el lado de la absorción más que por el de la monstruosidad, aunque su derrota podría ser ese tipo de supervivencia que hace preguntarse cuánto queda de una diosa cuando para seguir viva ha tenido que aprender a rezar con la voz de quienes vinieron a domesticarla.

A otro lado del Atlántico, en el mundo mexica, Coatlicue aparece como una fértil progenitora imposible de meter en el álbum limpio de la maternidad porque crea y devora con la misma boca, sostiene la vida sobre una maquinaria de muerte y lleva en el cuerpo aquello que otras teologías más remilgadas esconderían vírgenes y manteles bordados. Sus serpientes, sus garras, sus tetas vencidas, sus manos cortadas, sus corazones y su cráneo no componen una decoración bárbara sino una sinfonía en la que nutrir y destruir pertenecen al mismo movimiento. A su alrededor hacen coros Coyolxauhqui, despedazada en una violencia familiar que no encaja con el mito civilizado, Cihuacóatl, con el parto rozando la guerra y el grito fantasmal, y Tonantzin, cuya sombra exige caminar con cuidado por el sendero de la superposición colonial y cristiana. Pues la degradación no siempre adopta la forma de una pérdida interna de rango sino que basta la violencia de una mirada que convierte en monstruo lo que era pensamiento y emoción telúrica. La diosa no era aberrante, la aberración estaba en el estómago delicadito de quien necesitaba que toda maternidad viniera lavada y sin carne muerta en su sustrato.

Rebotando hacia la tradición judía y abrahámica, con raíces que bajan hacia los demonios mesopotámicos lilû y lilītu, el proceso llega a una insumisa que ha sido escrita desde el miedo. Lilith figura en ese tipo de relatos necesarios para explicar lo que ocurre cuando una mujer no acepta la obediencia como orden natural de las cosas y por eso alrededor de su nombre se amontonan la noche, el parto amenazado y la prole convertida en legión demoníaca, como si la negativa femenina tuviera que dejar siempre un reguero de horrores para que el varón pueda dormir convencido de que su pánico era teología. Eva fue creada para entrar en la genealogía por la puerta de la compañía y del pecado, mientras Lilith se retuerce ahí fuera, demasiado útil como pesadilla. Allí donde una figura femenina no acepta ser colocada en inferioridad de condiciones follando o en el orden del mundoel relato le cambia la libre voluntad por el mal.
Cuando el patrón ya se ha repetido en tantas tradiciones distintas, empieza a verse que la caída de estas diosas acompaña la reorganización material de las sociedades. Las diosas dejaron de ser fuerzas enteras y empezaron a caber en oficios más útiles. Madre de alguien, esposa de alguien, hija de alguien, virgen conveniente, bruja necesaria, santa bendecida, monstruo ejemplar, tentación a castigar. Lo que parece teología empieza a parecer otra cosa cuando se mira con ganas y se ve una legislación mítica del poder, escrita con genealogías, altares y cuerpos femeninos convertidos en material narrativo. Ishtar y Freyja enseñan qué se hace con el exceso cuando una diosa mezcla justo aquello que el orden quiere separar para no ponerse nervioso ni correrse dentro de la sotana. Atenea muestra cuánto debe entregar una figura femenina para que le permitan sentarse cerca del mando sin que salten todas las alarmas del club de las pajas. Brigid enseña esa manera tan cristiana de no matar del todo lo que se pretende sustituir, sino lavarlo, peinarlo y devolverlo con cara de no haber roto nunca un plato ni encendido una puta fragua. Coatlicue revela qué clase de monstruo fabrica una mirada incapaz de digerir la maternidad con la muerte. Lilith marca el camino más miserable, allí donde la autonomía ya ni siquiera se debate y pasa directamente al archivo nocturno de los súcubos, que es donde la tradición pone a una mujer cuando no consigue ponerle bozal sin que le muerda los dedos.
No hace falta forzar la vista hasta el presente con cara de haber inventado una taza con lema feminista porque si el mecanismo ha sobrevivido tanto se reconoce sin grandes hostias. Histérica si grita, fría si no grita, mala madre si concilia, ambiciosa si manda, puta si desea, bruja si sabe, castradora si no ríe la gracia, peligrosa para les niñes cuando no acepta convertirse en guardería moral de nadie, peligrosa para la familia cuando no se queda en su habitación, peligrosa para la nación cuando ejerce su derecho a decidir sobre su cuerpo. Pasamos del templo al juzgado, del púlpito al plató, del mito al comentario de mierda escrito a las tres de la mañana por un señor con avatar de centurión romano o en pleno día por el asesor del diputado de ultraderecha o derecha ultra. Antes se decía demonio, monstruo, o bruja. Ahora puede decirse desequilibrada, trepa, tóxica, resentida, charo, feminazi y, en sus entornos políticos neofascistas de confianza, directamente amenaza para el orden natural de las cosas. Todo pasa del símbolo a la carne. Esposa, madre, virgen, santa, bruja, demonio, estatua, nota erudita al pie, pieza de museo o póster de empoderamiento barato en el mejor de los casos, un poco brujitas y un poco psicólogas. Todo cabe con tal de que ya no vuelva a ocupar entera el lugar que ocupaba antes de que alguien descubriera que domesticar una diosa era también una manera de intentar domesticar a las vivas. Pero esas diosas siguen deslizándose sobre la fantasía masculina que necesita imaginar a las mujeres como enigmas deliciosos mientras las castiga cada vez que se comportan como fuerzas históricas, y no esperan redención, que es una palabra demasiado limpia para las criaturas que han atravesado el barro.






