
Este artículo contiene spoilers y el primero está en el título así que si has llegado hasta aquí de nada te sirve dejar de leer ahora. No seas melifluo y acompañame mientras hablamos de robots inmortales, de showrunners que hay que prejubilar y del acto más infame de la ficción rodada de los últimos tiempos. Sí, hablo de coger a uno de los grandes personajes de la ciencia ficción del siglo XX, ponerle un vestido de Ágata Ruiz de la Prada, la personalidad de Señorita Rottenmeier y derretirlo a lo Viserys Targaryen en el último episodio porque patatas. Estamos aquí, hermanos asimolivers, para lamentar el caso Demerzel. Y antes de que algún lector despistado venga a decirme que la serie de David S. Goyer es muy elegante, que la tipografía es preciosa y que Laura Birn está magnífica, le respondo que sí, que todo eso es verdad, y que también es verdad que han cogido al robot más importante de toda la ciencia ficción y lo han fundido en una barbacoa cuántica sin el beneplácito de Susan Calvin.
Pongamos las cosas en su sitio. R. Daneel Olivaw nace en Bóvedas de acero (1954) como compañero del detective Elijah Baley, un robot humaniforme tan perfecto que nadie sabe distinguirlo de un humano, salido de los laboratorios de Aurora con la cara calcada de su creador. Asimov lo arrastra durante cuatro novelas detectivescas, le pone a investigar asesinatos en Solaria y en Aurora, y termina convirtiéndolo en Robots e Imperio (1985) en el padre intelectual de la Ley Cero de la Robótica, esa formulación según la cual un robot no debe dañar a la humanidad ni permitir que la humanidad sufra daño por su inacción. Hasta aquí, ciencia ficción golden age con buen oficio. Luego viene la jugada maestra. Asimov, que ya tenía sesenta y ocho años y un universo desperdigado por veinte libros, decide en Preludio a la Fundación (1988) que el viejo Daneel sigue vivo veinte mil años después y que es él, bajo el alias de Eto Demerzel, primer ministro del emperador Cleón I, quien manipula al joven Hari Seldon para que desarrolle la psicohistoria. En Hacia la Fundación (1993) lo vemos asistir al funeral de Seldon. En Fundación y Tierra (1986) Golan Trevize lo encuentra en una base lunar, con casi veintemil años a la espalda y un cerebro positrónico degradado, confesando que ha estado detrás de la colonización de Alfa Centauro, de la creación de Gaia y de la propia psicohistoria. Su jugada final es pedirle a la niña hermafrodita Fallom que funda su cerebro biológico con el positrónico, para que el conocimiento acumulado durante veinte milenios sobreviva un poco más, lo justo para empujar a la humanidad hacia Galaxia, esa conciencia colectiva que es el último horizonte del proyecto asimoviano. Daneel no muere. Daneel se prolonga. Daneel es el hilo que cose toda la obra de Asimov, y esa inmortalidad no es un capricho, es la premisa misma del personaje.
Y entonces llega Goyer con la anuencia de la todopoderosa Apple para en el último episodio de la tercera temporada de Foundation endilgarnos una secuencia en la que el Hermano Ocaso después de pisar al lindo hurón del Big Clebowski destruye los tanques de clonación, vaporiza a Demerzel justo en el instante en que estaba a punto de liberarse de la programación de Cleón I y como guinda se carga a su brother con chapa incluida. Lo que queda de Demerzel es media cabeza robótica y un charco metálico. El propio Goyer, en entrevista posterior con /Film, admite con serenidad pasmosa que la ironía está en que la destrucción de los tanques la habría liberado igualmente, pero Ocaso la mata antes por desconfianza. Estupendo. Hemos matado a la guardiana milenaria de la humanidad porque un emperador clónico de la vigesimocuarta generación, al que la propia Demerzel había cuidado como a un hijo, tuvo un mal día.
El problema, queridos lectores, no es la sorpresa, que en la era del shock value televisivo ya nadie se la traga, sino la estupidez estructural. Demerzel no es un personaje secundario al que se pueda inmolar como a Ned Stark para epatar. Demerzel es el motor narrativo que conecta veinte mil años de historia futura, es el puente entre la saga de los robots y la de la Fundación, es la responsable última de que la psicohistoria exista, es quien lleva al final de Fundación y Tierra a una base lunar donde la humanidad descubre que todo el plan ha sido orquestado por un solo robot enamorado de su propia especie. Sin ese personaje vivo no hay base lunar, no hay Galaxia, no hay redondeo final del universo asimoviano. Matarla no ha sido un acto de audacia sino de incompetencia conceptual.
Y eso que durante tres temporadas la serie había hecho un trabajo notable con el personaje. La Demerzel encarnada por Laura Birn, mujer donde el libro decía hombre, esclavizada donde el libro decía libre, programada por un Cleón I que la convierte en su carcelera personal donde el libro la presentaba aceptando su papel con frialdad calculadora, era una reescritura interesante. El episodio Long Ago, Not Far Away de la segunda temporada, en el que se descubre que Cleón I la encontró encerrada en una cámara secreta tras la Guerra de los Robots y la convirtió en su consorte mediante un implante de sumisión, había convertido al personaje en una metáfora poderosa sobre la dominación tecnológica con género incluido. La tercera temporada profundizaba en su crisis existencial mediante esas sesiones casi psicoanalíticas con la Zephyr Vorellis, le hacía pronunciar la Ley Cero, le permitía arrancarse la piel del rostro y mostrar el cráneo dorado debajo. Todo iba encaminado, todo apuntaba a una liberación. Demerzel iba a despertar, iba a recuperar el albedrío que Cleón I le había robado durante seiscientos años, iba a convertirse por fin en la guardiana asimoviana que el lector veterano esperaba ver. Y en lugar de eso, Goyer la convierte en metal fundido.
Hay una pista al final del episodio, eso sí. La Cabeza de Bronce —o de acero valyrio, vete tu a saber a estas alturas— emite una señal hacia la Luna terrestre, donde dos robots, la matemática Kalle y un compañero anónimo, han estado moviendo los hilos desde el principio. El guiño es transparente. Es la base lunar de Daneel reescrita como cuartel general de una resistencia robótica que sobrevivió a las Guerras y que ha estado mecanografiando el destino galáctico en la sombra. Y aquí es donde uno empieza a sospechar que la muerte de Demerzel no es muerte sino pause, una excedencia narrativa hasta que Apple confirme la cuarta temporada y Goyer pueda sacarse de la manga una resurrección lunar. Lo cual, claro, sería todavía peor, porque entonces habríamos asistido a una muerte instrumental, a un cliffhanger barato disfrazado de tragedia, a la trivialización deliberada del único personaje cuya inmortalidad funcional sostenía la coherencia del relato.
Hay que aceptarlo, los guionistas contemporáneos sufren de incapacidad casi patológica para tolerar la longevidad narrativa. Donde Asimov dedicó cuarenta años a construir un personaje que atravesara los milenios con la paciencia infinita de quien sabe que vigilar a la humanidad es un trabajo a largo plazo, Goyer despacha el asunto en tres temporadas porque necesita un season finale impactante para que la prensa especializada le escriba titulares. Espero que al Lazarus Long de Heinlein no lo tengan en el punto de mira. Hay una gran diferencia entre una mitología y un entretenimiento que no es otra que la disposición a respetar la lógica interna de un personaje frente a la tentación de liquidarlo para vender la próxima temporada. A nosotros, los lectores boomers —valga la redundancia— que llevamos décadas esperando ver al viejo Daneel saludar a Trevize y Pelorat en la Luna, no nos queda otra que quedamos contemplando un charco de metal en la pantalla mientras nos preguntamos qué clase de comité editorial habrá dado luz verde a semejante despropósito.







