

¿Qué le ha podido pasar al escritor Sergio del Molino, que en 2017 elevó esta revista a los altares en la Feria del Libro de Granada, que hace cuatro meses pidió sentarse en estas páginas y se levantó la mar de satisfecho, que ha dejado en la radio constancia sonora de su aprecio, amanezca una mañana de junio persuadido de que Jot Down fue siempre una parodia, una «falsa erudición», un «elitismo de Burger King»? La pregunta parece grande. La respuesta cabe en una cifra de siete dígitos. Acompáñeme, querido lector, en esta triste historia de medramiento hispano y falta de autocontrol.
Empecemos por el modo, que en estas cosas lo delata todo. El señor del Molino habla de un libro en el que se desprecia a Jot Down para decir que no lo ha leído ni piensa leerlo, y hace bien en advertirlo, porque el libro le trae sin cuidado. Lo que no le trae sin cuidado, lo que lo levanta de la cama y lo sienta a teclear, es algo muy distinto. A cuenta del ruido del libro, viene a decir, se está consolidando un recuerdo de Jot Down como algo serio, como una revista que cambió el periodismo cultural de este país, y eso sí que no lo puede consentir. De modo que entra al quite con un propósito que nada tiene que ver con el libro que no ha abierto. Lo suyo es poner orden en la memoria ajena, aclararle al país que se equivoca, que aquello nunca fue serio, que solo fue un artefacto que entre sus amigos servía de «detector de imbéciles».
En este punto uno no sabe si Sergio del Molino ha sido un auténtico hipócrita durante quince años y ahora ya no aguanta más o hay algo que le ha sacado de sus casillas. Lo llamativo del veredicto no está en el contenido, viejo conocido de cierta cofradía que desde hace cincuenta años intentan marcar el paso cultural. Está en la fecha. Entre la entrevista cordial de febrero y el desdén repentino de junio no le ha sucedido nada a esta revista, que sigue siendo la misma que él jaleaba sin que se le moviera un rizo. Lo que ha sucedido, ha sucedido en otra parte, alrededor de un premio literario dotado con un millón de euros de dinero semipúblico y convocado, con un sentido de la oportunidad digno de estudio, por una empresa que administra infraestructuras públicas.
El mecanismo, contado en voz baja por las malas lenguas, tiene una sencillez pantagruélica. Se dice que el galardón se reparte por turnos. Un año cae de un lado, al siguiente del otro. Además, la empresa pública que financia el invento compra, del ganador, libros a espuertas, de modo que aquello no es tanto un premio literario como una orden de compra. Se explica así el entusiasmo de uno y otro grupo. Y se explica, de paso, un episodio menor que en su momento llamó la atención de algún observador despierto cuando un gran suplemento cultural sacó en portada a la futura ganadora justo antes de que el jurado hubiera fallado nada. El señor del Molino, según presenciaron quienes estaban allí, no se lo tomó demasiado bien. Y no por amor a la pulcritud, que sería conmovedor. La portada anticipada amenazaba con dejar las costuras que inclinaban la balanza a la vista, y eso no se podía permitir.
Y aquí entra en escena la cifra del titular, porque a aquel primer millón el señor del Molino no podía aspirar por una razón administrativa de lo más prosaica. No tenía libro. Carecía de obra con la que concursar, detalle no menor incluso en un certamen tan generoso. Ahora ya lo tiene. El suyo acaba de salir, justo a tiempo para la siguiente vuelta de la noria, la de 2027. Y, tratándose de hombre precavido, conviene fijarse en dónde no ha estado. No figura ni en el jurado, que cobra trece mil euros por votar, ni en la preselección, que se embolsa diez mil por filtrar. Uno se pregunta a qué obedece tan discreta ausencia. Caben dos lecturas. Que no fuera elegible, lo cual sería una casualidad de lo más oportuna, o que prefiriese declinar la silla y el sobre con una abnegación que solo se entiende en quien aspira a algo bastante más grueso. Cada cual que elija la que prefiera. Servidor solo apunta que nadie renuncia a cobrar salvo que espere cobrar mucho más quedándose callado.
No es que se haya mantenido al margen, conste. En abril, pocos días antes de que el millón volase hacia otro regazo, firmó una defensa entusiasta del certamen en la que despachaba como «franciscanos» a quienes lo criticábamos y equiparaba un millón de dinero público con lo que una operadora de telefonía paga por lucir su logotipo en la camiseta de la selección, símil que solo cabe en la cabeza de quien no distingue un patrocinio de un concurso, o de quien prefiere no distinguirlo por motivos de agenda. Aquella defensa no era una posición intelectual sino una instancia de empadronamiento presentada con un año de antelación, y llegó, todo sea dicho, a las pocas semanas de que una de las grandes firmas de su mismo medio le pusiera el último libro por las nubes, como inicio de la precampaña. Hoy, sin ir más lejos, otro de los medios «involucrados» en el famoso premio le sigue allanando el camino.
La ambición del personaje, y aquí está el quid, no se conforma con un libro premiado. El señor del Molino aspira a heredar la cátedra entera, a ser el próximo gran sacerdote de ese comisariado que dicta desde hace años, con voz de columnista veterana, lo que el país debe leer, venerar y, cómo no, premiar. Quiere el cetro de ese comisariado, quiere el púlpito del gran suplemento de la casa de las dagas voladoras, y quiere el millón, las tres insignias del poder cultural patrio reunidas en una misma solapa. Y para juntarlas no le tiembla el pulso a la hora de medrar, verbo antiguo y exacto que describe con precisión de relojero lo que hace quien asciende pisando a los pequeños, nosotros incluidos.
Y ahora, como coda, me permito colegir yo también. Colijo que esta revista dejó de hacerle gracia el día exacto en que nuestra insistencia empezó a poner aquel premio en un brete del que quizá no salga —el asunto va a llegar al Congreso en forma de preguntas—. Colijo que lo que de verdad le quita el sueño no tiene que ver con nuestra pedantería pueblerina, con la que convivió tan ricamente mientras le resultó útil. Colijo que tiene que ver con el riesgo cierto de que el certamen se tambalee o se anule antes de llegar a su turno. Colijo, en definitva, que a un hombre que ha preferido mirar los toros desde la barrera y ha colocado un libro en la casilla de salida con todos los beneplácitos de quienes tiran los dados no le enfada que seamos cursis, le enfada que le estemos desmontando la tramoya.
Y es en este punto donde el señor del Molino va a conocer el principio de Peter, porque para heredar ese comisariado cultural que tanto ansía es necesario no dejarse llevar por las tripas y hacer los comentarios taberneros en whatsapp en lugar de en Facebook; y para ganar el premio hay que saber esperar en silencio, dejando que la noria gire y recogiendo el millón cuando le toque, sin despertar a nadie. En lugar de eso ha escogido despreciarnos en público, que es tanto como espolear al único perro que andaba husmeando justo en el sitio correcto. Nos obligó a mirarlo, y al mirarlo hemos visto el plano completo. El día que Sergio del Molino decidió reírse de esta revista fue, sin saberlo él, el día que perdió su millón. Lo desenmascaramos hoy, con afecto y sin prisa, que para eso la paciencia, como él bien sabe, también es una forma de erudición. Aunque sea de Burger King.








Esta gente de El País no piensa que somos muchos los lectores de Jot Down y que con esos mensajes nos insultan a todos. Sin entrar en los tejemanejes que denuncia el señor Ledesma, me entristece que un escritor al que me gustaba leer acabe llamándome imbécil. Hay que tener muy poca clase.
Madre mía, cuántas ostias bien dadas y con que elegancia. Se me saltan las lágrimas.