
En un vídeo grabado en 1974, Arthur C. Clarke, uno de los escritores de ciencia ficción más lúcidos y que mejores predicciones tecnológicas hizo sobre el futuro, habla del trabajo que tendrá un niño de unos ocho años cuando crezca. El chico acompaña al periodista, su padre, que entrevista al autor. Y Clarke, como si describiera la jornada normal de cualquier teletrabajador de hoy, explica cómo usará una consola donde, a través de una conexión telefónica, podrá conseguir toda la información que necesite y realizar su trabajo desde cualquier lugar de la Tierra. Con cinco décadas de anticipación, el autor vislumbró un presente de ordenadores portátiles, inteligencia artificial e internet, y unos trabajadores a los que no limitaría ninguna geografía física gracias a una conexión sin fronteras, la que hoy ofrecen servicios como https://yesim.app/es/, capaz de seguirlos a cualquier rincón del planeta. Los nómadas digitales.
El primero saldría a la carretera una década más tarde, en 1983. Steve Roberts, periodista, estaba decepcionado con su trabajo. Lo eligió para ser libre y se pasaba el día atado a un escritorio. Seguro de que podía hacerlo desde cualquier otro lugar, compró uno de los primeros PC portátiles, un teléfono con conexión por satélite y un panel fotovoltaico para alimentarlos, y modificó una bicicleta desde la que podía pedalear semitumbado. Veintisiete mil kilómetros después, no solo había proporcionado artículos sobre miles de lugares y personas de Estados Unidos, enviándolos a las redacciones mediante su teléfono; también había aparecido fotografiado en numerosas revistas que resaltaban la libertad que las nuevas tecnologías podían proporcionar a cualquier usuario. Lo relevante de Roberts no es lo que hizo, sino por qué lo hizo. Ser joven en los ochenta significaba convivir con una idea de libertad que habían construido varias generaciones. Los beatniks de los años cincuenta, con Jack Kerouac a la cabeza. La cultura hippie y ese himno que aportó Bob Dylan con «Like a Rolling Stone». El cine, con Easy Rider y su «Born to Be Wild». Vagabundear y conocer el camino. Un sueño para bohemios y aventureros, posible solo cuando la computación y las telecomunicaciones saltaron de las grandes instituciones al ámbito doméstico.
Durante décadas, los nómadas fueron una minoría demasiado pequeña como para llamar la atención de la sociedad. Hasta el 2010, cuando las comunidades que los agrupan en internet ya eran lo bastante grandes como para poder contabilizarlos. La pandemia de la covid hizo el resto. Lo que entonces se medía en cientos de miles hoy se cuenta en decenas de millones. MBO Partners situaba en 2024 por encima de los cuarenta millones la cifra de nómadas digitales activos en el mundo, y algunas comunidades internacionales elevan el número hasta los ochenta. Solo en Estados Unidos, más de dieciocho millones de personas se identificaron como tales en 2025. Trabajan repartidas por Tailandia, Indonesia, México, Colombia, Portugal y España, y la irrupción de la IA no ha frenado el fenómeno, sino que lo ha acelerado, al volver remotas tareas que antes exigían presencia física.
Todos los destinos preferidos comparten una serie de características. Playas paradisíacas, buen tiempo la mayor parte del año y una larga historia de promoción turística. De hecho, las fotos que suben algunos nómadas a las redes son el perfecto cliché. Ordenador portátil en las piernas, posición tumbada, mucho pantalón corto, bikini y pareo. El postureo también ha contagiado este fenómeno, y los más patéticos se etiquetan a sí mismos como nómadas digitales. El apelativo de patético se lo ponen los otros, los profesionales cuyos ingresos anuales oscilan entre los cincuenta y los cien mil euros, que trabajan para una o varias multinacionales y que odian ser asociados al nomadismo guapi. Esta es la primera clave para entender el éxito de Málaga.
Porque el nomadismo no puede separarse ni de la contracultura nacida tras la Segunda Guerra Mundial ni de las condiciones empresariales y tecnológicas imprescindibles para la vida del nómada. Málaga, a principios de siglo, estaba lejos de competir con Bangkok o con Bali, y ya trabajaba para conseguirlo. Hoy es, después de Madrid y Barcelona, uno de los hubs tecnológicos más importantes del país, y en rankings internacionales como el Executive Nomad Index aparece como primera ciudad de Europa y tercera del mundo para ejecutivos y nómadas digitales. La respuesta a aquella aspiración la había dado primero el Museo Picasso, que puso a la ciudad en el mapa. Al fijarse en ella, los nómadas descubrieron que llevaba desde 1992 impulsando una transformación de primer orden.
En la histórica fecha de la Expo y las Olimpiadas apenas se habló del recién creado Parque Tecnológico de Andalucía. Sus bases las pusieron, de forma conjunta, la Junta de Andalucía, el Ayuntamiento de Málaga y Unicaja. Tan importante como hacerlo arrancar ha sido mantenerlo vivo durante más de treinta años, apoyado en la Universidad de Málaga, hasta conseguir hitos como la compra de VirusTotal por Google en 2012. Hoy el Málaga TechPark cerró 2025 con más de veintinueve mil trabajadores, una facturación de 4.896 millones de euros y 719 entidades instaladas, 73 de ellas extranjeras procedentes de veintidós países. La inversión creció un 52,7 % en un solo año y la destinada a I+D superó los 255 millones. Más de la mitad de las empresas foráneas asentadas en Andalucía tienen sede en la provincia, donde aportan unos 1.700 millones al PIB local.
Compañías tan fundamentales para nuestro presente como Amazon, Microsoft, Apple, Google, IBM, Oracle, Vodafone o Mercedes-Benz han traído sus sedes a la ciudad. La belga IMEC levantará en el parque su primer centro internacional de I+D en semiconductores, con 615 millones de euros y 450 empleos, y un centro de datos de 1.257 millones promete sumar una capa de infraestructura crítica al conjunto. Lo podemos decir sin complejos, nuestro Silicon Valley es malagueño. Y a él llegan los nómadas en cantidades crecientes, porque, además de la oferta de ocio y playa que les garantiza experiencias en su tiempo libre, tienen empresas de sobra a las que ofrecer su trabajo. El único límite ya no es la geografía ni la tecnología, sino la vivienda y las oficinas que esa misma prosperidad ha puesto a prueba. Quizá ahí, en la milenaria ciudad fundada por los fenicios, se decida si el estilo de vida más libre acaba siendo un privilegio de minorías o el modo en que el siglo XXI aprenda a trabajar.







