Arte y Letras Filosofía

Por qué nos gustan las historias tristes

La niña enferma, de Edvard Munch. tristeza
La niña enferma, de Edvard Munch.

Existe una forma de tristeza que nadie aceptaría para su vida pero que busca con devoción cuando entra en una librería, cuando se pone unos auriculares en el metro o cuando decide, un día cualquiera, volver a ver esa película que ya sabe que le va a dejar hecho polvo. Resulta difícil explicarle a un marciano, o a un coach, o a cualquiera de esos sujetos que creen que la conducta humana es una suma de incentivos simples, que una de las experiencias estéticas más placenteras que conocemos consista precisamente en entregarnos a algo que nos entristece. Lo razonable sería buscar comedias, himnos, finales reconciliados, ese tipo de productos que nos devuelven al mundo con una sonrisa. Pero ahí seguimos, dejándonos arrastrar por canciones que parecen escritas por alguien que acaba de cerrar para siempre la puerta de una vida, por novelas donde la pérdida es la protagonista y por películas que uno no recomienda en una cena ligera porque sabe que arruinaría la conversación de la velada. No se trata solo de que el dolor, cuando es ajeno, nos resulte tolerable. Hay algo más íntimo en esa inclinación. Las historias tristes nos atraen porque nos permiten asomarnos a la desgracia desde una distancia segura, como quien contempla una tormenta detrás de los cristales. Y también porque convierten una materia temible en una forma soportable, porque vuelven respirable algo que en estado bruto nos aplastaría, y porque, en ese trabajo de traducción que solo el arte sabe hacer con elegancia, nos ofrecen un simulacro emocional donde es posible sufrir sin quedar destruidos y recordar sin desmoronarse.

La neurociencia, que tiene la costumbre de llegar tarde a fiestas donde la literatura ya estaba borracha desde hacía siglos, lleva tiempo sugiriendo que el cerebro no responde del mismo modo a una experiencia padecida que a una experiencia representada. Parece obvio pero ahí está la clave de casi todo. Cuando la tristeza viene codificada por una canción, por una escena, por una voz narrativa, nuestro sistema afectivo se activa sin que lleguen del todo las consecuencias prácticas del desastre. Nos llega esa emoción auténtica al cuerpo y la memoria, pero no hay que levantar un cadáver, no hay que firmar papeles ni aprender a vivir con una silla vacía en la cocina. El arte triste nos deja entrar en el clima de la pérdida sin obligarnos a soportar su meteorología completa. Esa zona intermedia, que no es del todo dolor y tampoco del todo juego, tiene algo de laboratorio y algo de confesionario. Allí ensayamos estados del alma que quizá ya conocemos, o que tememos conocer, o que ni siquiera sabíamos que nos pertenecían hasta que una melodía los saca a la superficie con delicadeza. La empatía, en ese contexto, no es una palabra noble para decorar suplementos culturales, sino un mecanismo intensísimo de préstamo interior. Sentimos con otros, sí, pero sobre todo sentimos a través de otros. Nos instalamos durante unos minutos en una conciencia que sufre, que añora, que pierde, y desde ahí recorremos una geografía afectiva que de otro modo nos resultaría inaccesible o demasiado costosa. El personaje, el narrador, la voz que canta, funcionan como intermediarios entre nuestra vida y ese núcleo de tristeza que solemos mantener a una distancia razonable para no volvernos impracticables.

La música tiene una potencia particular en este territorio porque no necesita explicar nada, ni justificarlo, ni construir una cadena de causas y efectos. Le basta con una inflexión, con una progresión armónica, con una voz que parece estar hablando desde el otro lado de algo irreparable, para producir en nosotros una conmoción cuya precisión desafía cualquier teoría. Escuchamos ciertas canciones y no sabríamos decir exactamente qué historia cuentan, pero reconocemos al instante la forma de la nostalgia que las recorre. Y allí hay placer de una cualidad casi táctil, porque la tristeza musical no nos pide entender antes de sentir. Nos deja, durante tres o cuatro minutos, en compañía de una pena que no tenemos por qué resolver.

El cine trabaja de otra manera, con un poder más corpóreo. Pone rostros donde antes había abstracciones, le da tiempo al dolor para que madure delante de nosotros, nos obliga a mirar cómo alguien cruza una habitación después de una pérdida, cómo aparta un plato, cómo tarda medio segundo más de lo normal en contestar a una pregunta cualquiera porque su vida acaba de partirse por un sitio que los demás todavía no ven. En la literatura uno puede esconderse un poco entre las palabras, incluso cuando esas palabras están haciendo un trabajo devastador. En el cine hay momentos en los que la tristeza adquiere auténtica materialidad. Está en la respiración, en la luz de una ventana, en un gesto que no parece importante y que, precisamente por eso, nos rompe. Quizá por eso ciertas escenas se quedan adheridas a la memoria con la obstinación de los sueños desagradables, porque lograron fijar en una imagen la textura de algo que habíamos sentido sin saber nombrarlo.

La literatura, por su parte, ofrece el placer más secreto de todos, que consiste en habitar desde dentro una tristeza ajena hasta descubrir que ya no es del todo ajena. Ahí la simulación emocional alcanza una fineza extraordinaria. No vemos únicamente el dolor, como en el cine, ni lo absorbemos en estado casi puro, como en la música, sino que pensamos dentro de él. Respiramos con su sintaxis, avanzamos al ritmo de sus vacilaciones, aprendemos que una pérdida no siempre estalla, a veces sedimenta, se queda en el fondo del lenguaje y lo vuelve más lento, más cuidadoso, más torpe o más hermoso. Leer una gran historia triste se parece, en cierto sentido, a aceptar que otra persona piense por nosotros durante unas horas y que, al hacerlo, ordene el desorden privado que llevábamos dentro.

Claro que no toda tristeza estética funciona. Hay obras que confunden la gravedad con la importancia, la desgracia con la profundidad, y entonces el resultado es cansino. El sufrimiento bruto, arrojado sobre la página o sobre la pantalla sin mediación alguna, suele producir rechazo o aburrimiento. Para que una historia triste nos importe hace falta una forma, un ritmo, una inteligencia de la dosificación, una cortesía con el dolor. El arte no suprime la herida, pero la vuelve inteligible, incluso bella en ocasiones, que es una palabra peligrosa pero inevitable cuando se habla de estas cosas. Lo insoportable, al pasar por una estructura, por una voz, por una mirada capaz de sostenerlo sin sentimentalismo ni pornografía del daño, se convierte en experiencia compartible. Y compartir, aunque sea en silencio y con desconocidos, ya es empezar a soportar. Es posible que ahí resida la verdadera razón de nuestro gusto por las historias tristes, en que nos permiten acercarnos a lo peor de nosotros sin hacerlo a solas, en que le dan una arquitectura sensible a emociones que, en la intemperie de la vida, solo serían confusión, miedo o pura devastación. Nos recuerdan que la pena no siempre envilece, que a veces afina, que puede volvernos más atentos a la fragilidad ajena y también a la propia, y que incluso en esta época nuestra, tan adicta a la gestión del ánimo, al entusiasmo obligatorio y a la alegría como disciplina productiva, sigue habiendo algo profundamente humano en dejarse caer de vez en cuando por la pendiente de una canción triste o por el pasillo sombrío de una novela desolada. Salimos de ahí peor y mejor al mismo tiempo, un poco tocados pero también más acompañados, que es una forma de consuelo y, desde luego, una forma mucho más seria de placer que casi todas las felicidades disponibles en el mercado.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*