
En realidad el título debería ser España sin tren, porque ese será el título de mi próximo libro, que dedicaré al medio de transporte del futuro: el coche. Sí, queridos lectores, el coche es el futuro, lo digo siempre y algunos me miran mal y otros se creen que hablo en broma, pero no, el futuro del transporte en este país es el coche, así en general, porque para casos concretos el futuro es el avión, o el autobús, pero nunca nunca nunca el tren. El tren se queda para los que no tienen coche o no tienen un aeropuerto cerca; para todos los demás, el mejor medio para viajar —y más de ahora en adelante— es el coche. Y punto final.
¿Por qué he llegado a esta estrambótica conclusión, que a priori puede parecer producto de una mente enajenada? Por mi experiencia como viajero. Simplemente por eso… Y bueno, también por lo que me han contado los otros viajeros, porque al final lo que más me interesa es lo que me cuenta la gente con la que me encuentro en mis viajes, que son los que están sobre el terreno cada día, que son los que usan el tren cada día, que son los que tienen que coger el coche cada día… Luego, ya si eso, pues uno puede leer artículos y ver las noticias y escuchar a los políticos y todo lo demás, pero en realidad esta segunda fase de la investigación no suele producir avances significativos en el conocimiento del problema, más bien lo contrario: la conclusión es que el problema no es conocido, o es ignorado, o no es considerado en ningún momento desde una visión en conjunto, y por tanto jamás será resuelto. Y por tanto, como jamás será resuelto, al final, lo digo siempre, el futuro es el coche. De manera que no más libros de viajes en tren, que es una cosa del pasado: de ahora en adelante mis libros serán de viajes en coche.
En el 2020 publiqué España en Regional, que estaba dedicado exclusivamente a unos trenes que había antes y que se llamaban «Regionales» —y escribo «que había antes» porque ya casi no quedan—. Poco después publiqué otro libro, donde metía otras clases de trenes e incluso dedicaba una parte a las «vías verdes» y a los ferrocarriles abandonados o desaparecidos: Caminos de hierro. Y luego ya no han salido más libros de viajes en tren, principalmente por una razón muy simple: ya casi no viajo en tren. Y eso que a mí me gusta el tren, y cuando quiero hacer un viaje mi primera opción es siempre el tren, pero, y no es casualidad, mis últimos viajes han sido en coche. Y cuando he viajado en tren, como este verano, me he arrepentido de hacerlo. De hecho, de mis tres últimos viajes, únicamente uno ha transcurrido sin incidentes, mientras que en otra ocasión el tren «solo» salió con casi cincuenta minutos de retraso y en el peor de los casos el tren directamente me dejó tirado, es decir, fue suprimido y cambiado por un autobús —a última hora, sin previo aviso—. Durante los últimos años, en verano solía hacer algún viaje en tren por España. Pero cada año lo hago menos. No es que haya dejado de viajar: es que voy en coche. Y eso, para alguien tan «aficionado» a los trenes como yo —por emplear un término suave—, es muy grave. Si a mí, que me encantan los trenes, que siempre quiero ir en tren, me acaban cansando y enfadando los trenes, ¿qué les pasará a los demás viajeros? Esto no es un dato científico ni mucho menos; es un dato que se basa en mi simple experiencia: hace veinte años, hace diez años incluso, viajar en tren era más fácil, más barato y más cómodo que ahora. Y repito: esto solo es la conclusión a la que llego yo, y os explicaré por qué…
Debo decir que hace algún tiempo en esta misma revista publiqué un artículo llamado «Una pequeña gran aventura». Después de muchos años sin viajar, en el año 2017 empecé a trabajar como profesor en Cataluña, y eso me obligó a constantes viajes en tren desde Valencia. Los viajes que hacía entonces en la actualidad se pueden seguir haciendo, pero no como los hacía yo: saltando de tren en tren alegremente, pillando un montón de trenes cada semana, a veces cuatro trenes al día, y nunca nunca nunca tenía problemas. Repito: nunca nunca nunca tenía problemas. Ni siquiera me sacaba el billete con antelación en la mayoría de las ocasiones. Llegaba a la estación de Tarragona, por poner un ejemplo, y preguntaba: «¿Cuándo sale el próximo tren para Valencia?». Y siempre había un tren que pasaba pronto, y siempre, siempre había billete disponible. ¿Suerte? No. Las cosas eran más fáciles entonces; para empezar, en Tarragona solo había una estación, de manera que todos los trenes estaban juntos, el Talgo o el Euromed en una vía y el Regional que venía de Barcelona o de Lérida en otra vía. Eso ahora no pasa, porque hay dos estaciones —y una está fuera de Tarragona, muy «fuera» de Tarragona—, y eso, cuando tienes que hacer un transbordo y tienes poco tiempo entre tren y tren, es terrible: o pillas un taxi y te gastas una pasta o no llegas a tiempo. Y lo de pillar un taxi tampoco es tan fácil… En Tarragona sí, relativamente, pero en Cambrils —otro de mis destinos como profesor— no, allí no… Cuando acabé el curso en Cambrils, a finales de junio, el pueblo ya estaba lleno de turistas. En ese momento, el año que me tocó trabajar allí, todavía funcionaba la vieja estación, que estaba —qué locura, ¡no os lo vais a creer!— dentro del pueblo, en el mismo centro del pueblo, una salvajada, una temeridad… Naturalmente, eso había que remediarlo de alguna manera, y la brillante solución fue la de siempre: lejos, el tren lejos, cuanto más lejos mejor… Pero claro, si pones la estación lejos, muy lejos, muy muy lejos, la gente tiene que llegar de alguna manera a la estación… ¿o qué?, ¿o que se busquen la vida? Pues sí, la gente se buscó la vida, cogió el coche, pero no para ir a la estación, sino, ya puestos, para ir a Tarragona, a Barcelona o adonde fuera… Resultado: se pierden pasajeros. El tren pierde pasajeros. ¿Y a quién le importa?

En los años sesenta, cuando empezaron a quitar muchos ferrocarriles de vía estrecha, nadie protestaba, nadie se preocupaba, a nadie le importaba. De hecho, algunos incluso aplaudían… Esos trenes eran lentos, viejos, sucios… Pasaban por medio de los pueblos y las ciudades… Eran un peligro… El suelo de las estaciones era perfecto para construir fincas —y los pueblos y las ciudades estaban creciendo: había que construir fincas, muchas fincas—. Los alcaldes estaban muy contentos: el suelo de la estación era un tesoro que llevaban muchos años deseando en secreto, pero ellos por sí mismos no podían quitar el tren: necesitaban de la complicidad de otros políticos situados por encima de sus cabezas. Y, por supuesto, tuvieron esa complicidad. Incluso tuvieron la complicidad de políticos de fuera del país, porque en toda la Europa occidental estaba pasando lo mismo —los países del Este son otra historia, una historia muy distinta—. Por no faltar, no faltó ni el famoso informe del Banco Mundial diciendo que el tren era una cosa rancia y sin futuro, y que el futuro es el coche. O mejor dicho: el coche, el autobús y el camión. De manera que, vamos a poner un ejemplo, Bañeres, pueblo de Alicante, dejó de tener tren —un trenecito de vía estrecha, el «chicharra»— y pasó a tener una línea de autobús. Y las mercancías que antes se cargaban en la estación se empezaron a transportar por carretera, que se había mejorado mucho; incluso, una vez salías del valle, llegabas a una cosa increíblemente maravillosa que se llamaba «autovía». He dicho Bañeres como podía decir cien o doscientos o trescientos pueblos españoles, pero curiosamente hace poco una amiga mía me dijo que tenía que ir allí a casa de su prima, pero quería buscar a alguien que la llevara en coche. «¿Y no hay autobús?», le pregunté. Que conste que no esperaba que hubiera autobús desde Valencia, pero al menos sí desde Alcoy o desde Villena, que son dos ciudades relativamente cercanas y bien comunicadas. Pero no, no hay autobús. Ni siquiera en verano, y estamos hablando de un pueblo grande, no de una aldea perdida en las montañas. Conclusión… O tienes un amigo o familiar que te lleve al pueblo —y recuerdo que estamos en agosto, cuando mucha gente va al pueblo—, o te apuntas a esa plataforma digital para compartir coche —sí, esa en la que estáis pensando, la de la aplicación que empieza por «B» y acaba por «R»—, o te sacas el carnet y te compras un coche, o, si tienes suerte y pillas un taxi, pues vas en tren de Valencia a Villena y luego sigues en taxi —y te cuesta una pasta, pero es lo que hay, lo tomas o lo dejas—. Querido lector, no sé si te estoy mareando con tanto dato, pero quiero dejar clara una cosa: hoy, en el año 2026, si quieres viajar por la España vacía —es decir, lo que no es ni la ciudad de Madrid, ni la de Barcelona, ni la de Valencia, ni la de Zaragoza, ni la de Sevilla, ni la de Bilbao, y poco más, muy poco más—, pues lo mejor, y casi siempre la única opción viable, es el coche, el coche y ya está, el coche y solo el coche. El coche y sanseacabó.
Antes he dicho que en el año 2017, cuando empecé a coger mucho el tren —y cuando digo mucho es mucho: unos ocho trenes por semana como mínimo—, «nunca nunca nunca tenía problemas». Bueno, una vez —¡una vez!— el tren se retrasó una hora porque se había producido un atropello mortal. El interventor me lo explicó cuando me pidió el billete, justificándose por el retraso —que evidentemente no era culpa suya—. Pero, de verdad, no recuerdo ningún otro retraso, o avería, o problema en general. Algunos años después, cuando ya estaba trabajando en la Comunidad Valenciana, me tocó un instituto en Alicante ciudad. También iba en tren, y casi nunca tuve problemas. Y digo casi nunca porque una DANA —por desgracia ocurre muchas veces— afectó al trazado ferroviario y cortó la circulación de trenes durante varias semanas. Al margen de esto, que es «causa mayor», mis viajes en tren fueron bastante placenteros, tanto que yo prefería usar el tren a otros medios de transporte, aunque el tren era bastante más caro. Pero es que a mí me gustan los trenes, no sé si lo he dicho ya…
Sin embargo, hace dos años, la situación empezó a cambiar. Entonces me tocó Utiel y para Utiel solo tenía el Cercanías. El Regional a Cuenca ya lo habían quitado, y todos estaban muy contentos y muy agradecidos a la borrasca Filomena, que les había dado la excusa perfecta para quitarlo… Bueno, «todos, todos», no, claro; cuando digo «todos» no me refiero a los pasajeros… Vosotros ya me entendéis… ¿Verdad? La cuestión —que me pierdo— es que si quería ir en tren tenía que ir con el Cercanías, porque, como dijo el alcalde, «el AVE es como si no estuviera». Porque sí, hay AVE, pero es como si no estuviera, la verdad. Le doy toda la razón al alcalde. Y eso pasa en muchos otros lugares que tienen cerca un AVE, como en Puebla de Sanabria, pero vuelvo a Utiel, que me voy por las ramas…
…

La cuestión es que empecé el curso pillando el Cercanías, y mi intención era seguir usándolo todo el año —y de hecho tenía un bono obtenido por un precio ridículo: casi viajaba gratis—, pero para Navidad ya había desistido… Empecé a usar el coche. ¿Por qué? Si a una persona le deja el tren tirado un día, le da otra oportunidad. Si le vuelve a dejar tirado otro día, le da una última oportunidad. Si le vuelve a dejar tirado otra vez… Se acabó. Game over. En mi caso, como soy un obseso de los trenes y un empecinado, le di demasiadas oportunidades, pero al final me cansé. Y si me canso yo, que disfruto de cada viaje en tren, y que voy en tren aunque el trayecto en autobús dure una hora menos, ¿cómo no se va a cansar cualquier viajero que tome el tren sin especial interés por los trenes y sin otra intención que volver tranquilamente del trabajo?
Sí, os voy a poner un ejemplo gracioso… Que, como ya he dicho, esto se basa en mi experiencia personal —y nada más que eso—. En cierta ocasión, un domingo por la noche, el tren nos dejó tirados en San Antonio de Requena, a muy pocos kilómetros de la estación final. Fue un fastidio, porque ya casi habíamos llegado —después de más de dos horas de viaje, que es lo que tardaba en hacer setenta kilómetros— y era el último tren del día. No había posibilidad de esperar a otro tren. El problema era, según parece, que las puertas no se cerraban bien —aunque en ese momento estaban cerradas—. Después de unos diez minutos parados, los pasajeros empezaron a tener ideas absurdas del tipo: «Si llamo a mi padre, le digo que estoy en San Antonio y que venga a recogerme con el coche». Y digo «ideas absurdas» porque el interventor no quería que nadie bajara del tren. Y es normal: si alguien se lesionaba bajando del tren la culpa sería suya. Pero es que estábamos en la estación, en el andén, no en mitad del campo, con lo cual la gente seguía teniendo ideas absurdas y no solo las tenía, sino que las decía en voz alta, y en todos los vagones la mecha de la revolución estaba muy próxima a prender. El revisor intentaba por todos los medios que no cundiera el pánico y la gente no rompiera el cristal y escapara por la ventana, pero la situación empezaba a ser peligrosa… El tren no se movía, las puertas estaban cerradas, mis alumnos —y eso es lo más gracioso del asunto, porque en Requena habían subido un montón de alumnos míos: como todos los adolescentes de los pueblos, grandes o pequeños, en cuanto pueden hacen una excursión al pueblo vecino— se estaban poniendo bastante histéricos, en especial los que se habían «fugado» sin permiso de sus padres, que pensaban que sus obedientes hijos estaban en Utiel, territorio conocido y permitido, y no atrapados en un tren del que no sabían cuándo podrían salir. Por supuesto, me habían reconocido y, como profesor suyo, venían a pedirme consejo, o a contarme sus penas, o a confesar sus pecados, o a reírse un poco de la situación —los más temerarios, que siempre hay—, o a lo que fuera, y yo, que estaba tan cabreado y tan nervioso como los demás viajeros, tenía que actuar como se supone que debía actuar: con la calma y la sabiduría de un viejo profesor… Pero lo cierto es que lo que quería era llegar de una vez a Utiel, porque vaya manera de empezar la semana…
¿Cómo se resolvió el asunto? Al final el revisor, ante la insistencia de los pasajeros, aceptó abrir las puertas y dijo, textualmente: «Los que quieran bajar, que bajen». Naturalmente, no todo el mundo tenía a alguien que podía venir desde Utiel —unos ocho kilómetros, en coche es nada, pero andando imposible, y más de noche— a recogerlo, así que les tocaba quedarse en el tren, esperando… ¿esperando qué? No se sabía. ¿Otro tren? Difícil. ¿Un autobús? Difícil. El maquinista y el interventor seguían intentando solucionar la avería, ¿pero podrían hacerlo? En mi caso la elección era complicada. Llamé a un compañero que vivía en Requena pero no cogió el teléfono. Sin embargo, me lancé locamente a la aventura: sin tener claro cómo iba a llegar hasta Utiel decidí bajar del tren. El interventor estuvo vigilando que todos llegáramos sanos y salvos al andén —un saltito de nada, pero con muy poca luz y con gente mayor en el tren— y luego empezaron a llegar coches y coches, y yo me acerqué a un coche —a veces la vida te obliga a ser intrépido— y les pregunté si tenían hueco para mí. No conocía al conductor, solo a un pasajero de mi vagón, del que no sabía ni su nombre, pero me metí en el coche, junto con otros desconocidos, todos hermanos en la adversidad y camaradas en la aventura, y nos fuimos… Y llegué a Utiel. Mientras tanto mis alumnos habían desaparecido, se habían esfumado como por arte de magia —no me extraña, son expertos en fugas—, y el tren seguía en el andén… Y no sé qué triste destino les esperaba a los que no habían tenido más remedio que quedarse dentro. No quise saberlo… La vida es así, unos se van y otros se quedan. No se puede hacer nada…
El lunes, en mis clases, hubo bastante cachondeo. Nos contamos las hazañas mutuamente. Pero decidí que ya estaba bien de deportes de riesgo. Uno se hace mayor.






