
El GPS ha conseguido que millones de personas caminen por ciudades que desconocen con la seguridad de un conquistador y la obediencia motriz de una Roomba. Es una combinación nueva. Antes uno se perdía con dignidad, preguntaba a un señor que tampoco sabía nada, desconfiaba de una esquina, repetía una calle por orgullo y acababa llegando tarde con una historia. Ahora llega tarde igual, pero después de haber discutido con una flecha azul que nunca levanta la voz, lo cual resulta más humillante.
La flecha tiene algo de animal doméstico y algo de jefe. Gire a la derecha. Continúe recto. En cien metros, incorpórese al carril. Si te equivocas, recalcula con esa paciencia pasivoagresiva de quien te perdona porque ya sabía que ibas a fallar. Uno puede pasarse media vida presumiendo de criterio, pero basta una tarde en un barrio desconocido para descubrir que su voluntad cabe en una pantalla de seis pulgadas y que la frase «vamos por aquí, que atajamos» ha sido sustituida por una fe absoluta en una aplicación que, de vez en cuando, te manda a besar una tapia.
Los mapas digitales han domesticado el extravío. La ciudad se convierte en una sucesión de instrucciones, el paseo en trámite, la esquina en decisión delegada. La cabeza descansa, claro, y eso tiene sus ventajas, porque nadie necesita hacer una épica del plano de carreteras ni de aquel cuñado que decía conocer un camino buenísimo para evitar Despeñaperros y terminaba abriendo una vía comercial con Portugal. Pero algo raro sucede cuando dejamos de mirar el territorio para mirar su miniatura, cuando una calle deja de ser una calle y pasa a ser el tramo gris que une dos puntos de interés.
La expresión «punto de interés» ya merecería una denuncia por daños al idioma. Un bar con tres mesas al sol, una tienda de ultramarinos donde todavía venden lejía junto a los garbanzos, un portal con un perro vigilando como si fuese socio fundador de la comunidad, todo eso desaparece bajo una taxonomía de oficinista. Restaurante. Atracción. Servicio. Monumento. El mapa reduce el mundo a una colección de utilidades. Lo que no tiene reseña, horario o chincheta empieza a existir un poco menos. Un sitio sin estrellas queda en ese limbo moderno de las cosas que todavía no han sido convertidas en recomendación.
La ciudad, mirada así, se vuelve obediente y algo imbécil. Entras en un barrio y el móvil ya te ha dicho dónde desayunar, qué calle evitar, qué fachada fotografiar, cuánto tardarás en llegar y qué opinan de todo ello doscientas personas con nombres como Raquel G. o FoodLover_83, que para el caso funcionan como un Senado romano del bocadillo. Viajar se parece cada vez más a cumplir una ruta que otro ha calentado en el microondas. Uno puede plantarse en una plaza de Lisboa, Nápoles o Cuenca y sentir el impulso inmediato de comprobar si está en el sitio correcto, como si la belleza necesitara permiso de ventanilla antes de hacer efecto.
La mentira del GPS es más profunda en coche, donde la flecha adquiere poder teológico porque el conductor conduce hacia una promesa de llegada. Veintidós minutos. Treinta y uno con tráfico. Una hora y doce si hay atasco. La aplicación entrega el futuro en porciones digeribles, y uno, que hace cinco minutos ignoraba hasta la dirección del viento, empieza a indignarse porque la estimación ha cambiado en cuatro minutos. El tráfico deja de ser una condición material y se transforma en ofensa personal. Hay adultos que aceptan la muerte y el deterioro de las articulaciones con más serenidad que un cambio de ruta sugerido por Google Maps.
Todo se vuelve más gracioso, y más triste, cuando el mapa nos conoce mejor que nosotros mismos en lo que tiene de rebaño. Si muchas personas hacen un camino, el camino gana autoridad. Si muchas personas puntúan un sitio, el sitio adquiere prestigio. Si muchas personas evitan una calle, esa calle se oscurece. La multitud se filtra en la decisión privada con aspecto de recomendación técnica. Nadie te obliga, desde luego. Solo te enseña, con colores y pequeñas advertencias, cuál es la conducta sensata. Luego uno presume de espontaneidad porque ha elegido el segundo café mejor valorado y no el primero, una rebeldía que habría emocionado a Durruti si Durruti hubiera tenido brunch.
También hemos perdido una forma menor de responsabilidad. Preguntar una dirección implicaba exponerse a un desconocido, confiar en su memoria, interpretar su gesto, aceptar que «tiras todo recto y luego ya lo ves» significaba cosas distintas según la región, la edad y la capacidad de autoengaño del informante. Era incómodo, y por eso tenía algo de humano. El GPS ha cambiado esa fricción por una relación privada con una autoridad sin cara. La máquina se equivoca y no pasa nada. El señor del bar se equivocaba y quedaba para siempre marcado en nuestra biografía como un inútil bigotudo.
Nada de esto obliga a tirar el móvil al río ni a recuperar la brújula, que es una solución de boy scout con sobredosis de solemnidad. El mapa digital nos salva a diario de pérdidas, vueltas tontas y taxistas con vocación de dramaturgo. El problema empieza cuando la herramienta deja de ayudarnos a atravesar el mundo y empieza a sustituirlo por una versión manejable, donde cada decisión llega amortiguada por la opinión de otros y por una flecha que nos evita el bochorno de elegir mal.
Perderse un poco no mejora a nadie, pero cura de soberbia. Permite descubrir una calle fea, un bar mediocre con una tortilla decente, una tienda que no necesitaba existir para nosotros y aun así seguía allí, tan tranquila, antes de que llegásemos con nuestro móvil a concederle realidad. La flecha azul seguirá sabiendo más que nosotros, porque para eso la alimentamos entre todos con nuestra docilidad. De vez en cuando, sin montar una filosofía de senderista intenso, estaría bien dejarla hablar sola durante un rato y comprobar qué queda de la ciudad cuando nadie nos dice por dónde se sale.





