
En plena época victoriana, una señora podía llegar a una playa inglesa, pagar a un encargado y desaparecer dentro de una caseta de madera con ruedas. Un caballo esperaba delante. Cerrada la puerta, el animal echaba a andar y arrastraba el habitáculo hacia el agua mientras la ocupante se desprendía de la ropa, procurando mantener el equilibrio sobre un suelo que daba tumbos por la arena. Alcanzada la profundidad conveniente, el cochero detenía el carro y desde la parte posterior descendía una capota de lona que formaba un pasadizo cubierto. La bañista bajaba entonces por unos peldaños y se entregaba al mar, protegida de cualquier ojo que hubiese acudido a la costa para contemplar el horizonte y encontrase de pronto un objeto de estudio más cercano. Terminado el baño, regresaba a la caseta, se vestía durante el viaje de vuelta y pisaba de nuevo la playa con la reputación seca.
El artefacto recibía el nombre de bathing machine, máquina de baño, y su mecanismo principal consistía en un caballo dispuesto a colaborar con las aprensiones humanas.
La idea que aquel animal arrastraba llevaba más de un siglo rodando por las costas británicas. A comienzos del XVIII, el mar empezó a figurar entre los remedios recomendados por ciertos médicos. Las olas podían aliviar una variedad de padecimientos suficientemente amplia para que cualquier paciente encontrase el suyo, y el tratamiento exigía madrugar, soportar varias inmersiones y, en algunas recetas, beber agua salada. Europa estaba aprendiendo a acudir voluntariamente a un lugar que hasta entonces había servido para pescar, combatir y desaparecer. Scarborough se encontraba entre las localidades pioneras. Un grabado de 1735 muestra allí una pequeña caseta sobre ruedas, todavía rudimentaria, que podía acercarse a la orilla con el bañista dentro.
En Margate, hacia 1750, Benjamin Beale añadió una cubierta abatible que prolongaba la intimidad desde la puerta de la caseta hasta el agua. La llamaron modesty hood, capota de modestia. Bajaba mediante poleas y creaba una tienda sobre las olas, resguardada de quienes paseaban por tierra. Beale había encontrado una forma de plegar el pudor y guardarlo junto al bañador.
El funcionamiento requería cierta pericia. Había que calcular la marea y detener el carro antes de que la máquina empezase a parecerse a un naufragio. Dentro viajaban la ropa del cliente y sus objetos personales; fuera aguardaba a menudo un asistente que conocía el fondo y sabía sostener a una persona asustada. La natación ocupaba poco espacio en aquellos tratamientos. El paciente recibía el número de zambullidas indicado y era devuelto a la escalera con los pulmones en su sitio, un resultado cuya obtención dependía bastante más del bañero que del facultativo que había extendido la receta lejos de allí.
Brighton contó con varios de aquellos especialistas, conocidos como dippers. Pasaban horas dentro de un agua fría, sujetando cuerpos torpes y procurando que la mejoría prescrita no adquiriese una gravedad irreversible. Entre ellos sobresalió Martha Gunn, nacida en 1726 dentro de una familia pobre de pescadores. En el retrato que conserva el museo de la ciudad aparece con vestido gris, cofia roja y un paño apretado en la mano. Mira al pintor con la impaciencia de quien ha dejado trabajo pendiente en la playa. Su lápida afirma que ejerció durante cerca de setenta años.
Las bañistas confiaban en Martha porque sabía leer el oleaje de Brighton y sacarlas de él. Con las ganancias compró varias máquinas, empleó a otros vecinos y adquirió una casa. El oficio que la obligaba a entrar en el mar cada mañana terminó convirtiéndola en empresaria y celebridad. Una estampa satírica de 1796 la representó repeliendo una invasión francesa y levantando a un soldado enemigo con una sola mano, licencia que habría resultado menos convincente aplicada a cualquiera de sus clientes. Martha Gunn había pasado media vida manejando aristócratas empapados.
A su alrededor, la playa se llenaba de casetas y empleados. Los hombres se bañaron desnudos durante buena parte del siglo XVIII, mientras las mujeres descendían al agua con prendas de lino que se pegaban al cuerpo y entorpecían los movimientos. El recato administraba sus exigencias según el sexo y la posición social. Más adelante aparecieron trajes masculinos y reglamentos detallados, con zonas separadas y horarios que impedían encuentros inconvenientes. La máquina trasladaba al bañista desde el mundo vestido hasta la parte sumergida de su intimidad, ahorrándole los pocos metros en que podía quedar expuesto a la mirada ajena.
También ponía precio a esos metros. El alquiler incluía el carro y la asistencia; alrededor trabajaban cocheros, bañeros y propietarios de establecimientos. Quien acudía a tomar las aguas necesitaba alojamiento y algún lugar donde dejarse ver después de haber sido curado. Los pueblos costeros levantaron salones y paseos. El paciente pasaba la mañana sometido al oleaje y disponía del resto del día para relacionarse con otros pacientes, bailar con ellos y agravar por la noche cualquier dolencia que hubiese mejorado al amanecer.
El ferrocarril llevó hasta la costa a un público más numeroso. Las playas se cubrieron de máquinas que aguardaban la marea formando hileras desiguales, cada una con su propietario y su pequeño territorio. En algunas fotografías parecen una aldea cuyo vecindario hubiese decidido caminar unido hacia el agua. Detrás crecían los hoteles; delante, los caballos trabajaban entre bañistas que todavía hablaban de salud mientras empezaban a descubrir las ventajas de estar de vacaciones.
El ritual viajó por los balnearios europeos y encontró sus variantes en la costa española. En agosto de 1846, la prensa madrileña hablaba de los efectos maravillosos de las aguas de Santander. El Sardinero fue poblando su orilla con casas de baños y carruajes destinados a trasladar visitantes. En 1857, César y Arturo Pombo recibieron permiso municipal para construir un establecimiento permanente, y la llegada de Isabel II en 1861 convirtió los baños de ola en una práctica bendecida por la corte. Los veraneantes acudieron por millares. Algunos llevarían enfermedades verdaderas; otros podían permitirse contraerlas durante la temporada.
A ambos lados del canal de la Mancha, el baño médico iba quedando rodeado por una industria que vendía estancias y diversiones. Los trajes se aligeraron y la presencia simultánea de hombres y mujeres perdió parte de su antigua capacidad para provocar alarmas. Las máquinas continuaron prestando servicio durante los primeros años del siglo XX, cada vez más varadas en la arena. Tras la Primera Guerra Mundial desaparecieron muchas. A otras les quitaron las ruedas y las dejaron frente al mar como vestuarios. De ellas desciende, al menos en parte, la caseta de playa, ese refugio pintado de colores donde guardamos hoy sillas plegables y objetos que nunca recordamos haber comprado.
Las viejas fotografías conservan el momento anterior a esa inmovilización. Se ven ruedas hundidas, caballos pacientes y mujeres que esperan su turno junto a la orilla. La escena parece remota hasta que alguien intenta cambiarse un bañador entre dos puertas de coche, con una toalla anudada alrededor de la cintura y la familia desplegada para impedir que pase ningún curioso. La máquina victoriana habría resuelto el trance con mayor dignidad, a cambio de llevarse el coche entero mar adentro.
Dentro de la caseta, la bañista termina de vestirse y golpea la pared. El cochero da la orden y el caballo emprende el regreso. Ha entrado en el agua, ha salido de ella y continuará haciéndolo mientras queden clientes en la playa. De cuantos participan en la ceremonia, es el único que ignora que transporta una reputación.





