Hebras y nodos

Tres noches de fiesta en agosto

Unas fiestas patronales. Foto J. Schez (CC).
Unas fiestas patronales. Foto J. Schez (CC).

Las fiestas del pueblo empiezan cuando todavía nadie quiere reconocerlo, unos días antes, con un camión aparcado donde no debe y dos hombres descargando vallas como si trajeran una frontera nueva para la plaza. Nadie mira mucho, pero todo el mundo mira. La puerta del bar se abre más de lo normal. Entran primos, hijos, novios recientes, divorciados con cara de haber dormido mal en una cama de noventa, niñas que hace tres veranos pedían monedas para la máquina y ahora fuman a escondidas detrás del frontón con una seriedad que casi da pena. El pueblo se va llenando sin ceremonia, por golpes, por coches que suben despacio, por maleteros abiertos, por bolsas de supermercado, por saludos dados a gritos desde la otra acera. Ya estás aquí. Pues ya ves. Otro año.

La comisión lleva días con ojeras. Permisos, generadores, tickets, una nevera que no enfría, la discusión de siempre sobre si la orquesta cobra una barbaridad para lo que luego hace. En alguna casa se fríen pimientos desde por la mañana y el olor baja por la calle como un recuerdo antiguo. Las persianas de las viviendas cerradas se levantan con un crujido. Alguien barre una entrada que lleva meses limpia de puro abandonada. El pueblo, durante casi todo el año, parece ocupado en encogerse, pero en agosto se estira un poco, se recoloca la camisa, finge que aún le cabe todo el mundo dentro.

A los que vuelven les gusta decir que nada ha cambiado. Lo dicen delante de una tienda cerrada, de una fuente sin agua, de una fachada vendida a gente que viene en puentes y apenas saluda. Esto está igual. La frase sale sola, como salen todas las mentiras dichas por cariño. Los que se quedaron la escuchan y sonríen con paciencia. Saben que el pueblo no está igual, que cada año falta alguien en la silla de plástico, que cada año aparece una casa más con alarma, que los niños corren menos por las calles porque sus padres prefieren tenerlos localizados, como paquetes. Pero también saben que corregir esa frase sería una grosería. Para eso están las fiestas, para consentir durante tres noches una versión más soportable de lo que se ha ido perdiendo.

La orquesta prueba sonido al caer la tarde y lo hace con esa crueldad técnica de quien desmonta canciones delante de sus dueños. Un golpe de batería, una línea de bajo, la voz de la cantante diciendo sí, sí, prueba, prueba. Todavía no hay verbena y ya se ha declarado una especie de estado de excepción. Los chavales de la peña cruzan la plaza con camisetas iguales, inflamados de pertenencia, oliendo a colonia barata y a lata de cerveza abierta. Las madres los ven pasar y calculan peligros sin mover la cara. Los viejos ocupan los bancos con la autoridad de quienes asistieron a todas las versiones anteriores del desastre. Si el pueblo pudiera hablar, pediría otra ronda.

La primera noche arranca de manera torpe, como arrancan casi todas las cosas verdaderas. Se tarda en bailar. Se tarda en beber sin mirar quién mira. La música va empujando, con paciencia de ganado, hasta que alguien rompe el hielo y detrás cae el resto. Un pasodoble que nadie había pedido, una rumba superviviente, una canción del verano ya algo podrida por dentro. Da igual. El cuerpo obedece antes de que el gusto pueda protestar. Mujeres que durante el año se mueven con una prudencia aprendida giran ahora el vaso por encima de la cabeza. Hombres que jamás bailarían en una boda dan dos pasos laterales, se ríen de sí mismos, regresan al borde de la pista como quien ha cometido una imprudencia menor. Los niños atraviesan la plaza con juguetes luminosos y dejan rayas verdes en el aire, pequeñas bengalas de plástico contra la oscuridad.

A medianoche el pueblo ya funciona con otra ley. La alcaldesa saluda mucho. El de la empresa de piensos paga una ronda y recibe gratitud pública. La prima que vive en Zaragoza abraza a una señora sin recordar su nombre. Dos adolescentes se buscan desde lejos y toda la historia del deseo, que es bastante antigua y bastante tonta, vuelve a empezar entre el escenario y la barra. Nadie necesita decir gran cosa. La verbena trabaja por debajo, removiendo parentescos, rencores, antiguos veranos, motes escolares que sobreviven mejor que los apellidos. Un hombre puede volver con coche nuevo y reloj caro, pero si a los doce años le llamaban Chispa, Chispa seguirá esperándole junto a la tómbola.

Esa memoria del pueblo no perdona porque tampoco sabe olvidar con delicadeza. Acaricia y araña en el mismo gesto. Te devuelve un sitio y te recuerda el precio. Tú creías haber salido, haber estudiado, haber cambiado de acento, haber aprendido a pedir vino sin mirar la etiqueta, y de pronto alguien te pregunta por tu madre, por tu hermano, por aquel verano en que te caíste en la acequia. No hace falta mala intención. La pertenencia también puede ser una forma de intemperie. En las fiestas se nota más, con las luces colgadas de lado a lado, con el olor a alcohol dulce, con esa felicidad áspera que deja el suelo pegado a las sandalias.

Después viene la hora mala. Siempre viene. Nadie la anuncia, pero se la reconoce enseguida. Un vaso cae. Una pareja discute junto a los baños. Un muchacho se pone gallito porque el grupo lo mira. Alguien llora sentada en un bordillo con el móvil en la mano, iluminada desde abajo como una santa de batería baja. La orquesta sigue, claro. La orquesta no se inmuta por la dignidad de nadie. Una canción alegre puede tapar una humillación pequeña, y a veces ese es todo el servicio público disponible. Mañana se contará de otra manera. Iban cargados. Se calentó la cosa. Bastante bien salió. El pueblo dispone de un talento extraordinario para meter la basura debajo de la alfombra y llamar a la alfombra convivencia.

Por la mañana, la plaza parece un campo de batalla abandonado. Vasos pisados, manchas oscuras, olor a vinazo y sangría. En el bar se reconstruye la noche, los niños quieren churros, los adultos piden café con cara de haber recibido una paliza. Alguien compra hielo. Alguien pregunta a qué hora son los hinchables. La maquinaria vuelve a ponerse en marcha porque nadie ha venido aquí a pensar demasiado, aunque pensar se piense todo el rato, por debajo, en esa forma turbia en que trabajan los pueblos. Uno piensa en quién falta, en quién ha envejecido de golpe, en quién no volverá a vivir aquí ni aunque diga que algún día, cuando se jubile, ya veremos.

La última noche trae fuegos artificiales. Baratos, seguramente. Un poco pobres. Suficientes. La gente levanta la cabeza y por unos segundos se calla, que es una manera de rezar sin comprometerse. Los perros ladran desde patios invisibles. Un bebé rompe a llorar. Los adolescentes graban el cielo con el móvil, como si la pólvora fuera a explicarse mejor después. Cada estallido abre un agujero blanco y lo cierra enseguida. Ahí cabe el verano entero, esa promesa de regreso que se va gastando desde el mismo momento en que se cumple. Luego tocará desmontar, aunque nadie quiera mirar esa parte. Las vallas al camión. Las barras limpias. Los carteles arrancados con desgana. Los que vinieron cargarán el coche y dirán nos vemos pronto, sabiendo que pronto significa Navidad para algunos, otro agosto para casi todos, nunca para más gente de la que se admite en voz alta. La plaza recuperará su tamaño de diario, tan pequeña de repente, tan civil. Durante meses parecerá imposible que allí hubiera cabido tanta gente, tanto ruido, tanta gana de seguir perteneciendo a algo. Pero debajo del silencio quedará una brasa, un resto de canción mal cantada, la sospecha de que el pueblo, pese a todo, aún sabe convocar a los suyos alrededor de una mentira buena. Tres noches. A veces con eso alcanza para no irse nunca del todo.

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