
«Silba el viento solitario de la puna, el ichu se doblega con majestuosidad y orgullo incaicos. La nieve conmovida deja correr libremente gruesas lágrimas de cholo. En la profunda lejanía de la cordillera retumban los pasos simplemente alegres del chasqui».
Un 12 de octubre de 1924, el presidente Augusto Leguía anhelaba frente al Congreso Nacional de Perú «una vez terminada la carretera a Ayacucho, continuarla, con la mayor actividad, hasta llegar a la ciudad del Cuzco, que, en día no remoto, debe volver a comunicarse por un camino, como sucedía en tiempo del Inca, con Cajamarca». Comunicarse, romper el aislamiento de las barrancas, llevar y traer mensajes y bienes, resolver la brecha entre un Perú indígena y otro urbano.
Porque la historia del país, la de todos esos que cruzaron o asomaron por los Andes, es una historia de anhelos.
Varios siglos más atrás, un paso más allá del anhelo, lo de los colonizadores hispánicos con el oro incaico alcanzó un mucho de obsesión, de carrera de redención vestida de épica conquistadora. Hay que entenderlo: les prometieron una cuenta de resultados imposible que asombraba a quienes veían atracar en el siglo XVI aquellos galeones cargados de historias alucinantes y con objetos y seres de fantasía en los puertos del Orinoco, de la costa atlántica, de la puerta de entrada a Europa, en Sevilla. Esa carrera loca enfrentó un anhelo primitivo: para unos, era encontrar sentido a epopeyas expedicionarias en las que un joven castellano podría emplear media vida. Y la resistencia, para los de enfrente, de unos habitantes a quienes el oro no les representaba una herramienta de intercambio sino «el sudor del sol, las lágrimas de la luna»; una señal de conexión con las divinidades.
Una carrera (el ser humano, siempre viviendo al trote) que se inició para el Perú por su norte costeño, en la hoy ecuatoriana Machala/Puerto Bolívar, cuando atracó el contingente del trujillano Francisco Pizarro. Corría (y dale) 1531 cuando se desató el infierno para el Tahuantinsuyo, el imperio de las cuatro partes de la civilización inca.
Nada sería lo mismo tras la llegada de aquellos hombres blancos, protegidos por corazas y montados a caballo.
Cuatrocientos años después, la brecha que anhelaba suturar el presidente Leguía seguía sangrando. Como un contumaz martillo, se sucedieron décadas en las que romper con el colonialismo español llevaba a caer en otro colonialismo corporativo. Una maldición milenaria, bruta como ella misma. La huida de la escasez pedregosa de las barrancas llenó las ciudades de apreturas, miserias y tensiones humanas —que son anhelos pero al revés— entre los diferentes Perús, que Vargas Llosa tan magníficamente describió en La ciudad y los perros.
Barranco arriba, barranco abajo
Hasta los experimentos de colores tuvieron su turno en la historia. Dicen los libros que la gota que colmó el vaso fue la venta de los activos energéticos del país a una filial de la compañía petrolera Standard Oil. En esas, el general Juan Velasco encabezó un golpe militar en agosto del lisérgico 1968. Su sana intención, alegaba, era aportar su granito de arena a la reforma del país desde un ideario nacionalizador. Se diría adiós a la desunión entre peruanos y al subdesarrollo, se dijo de un modo revolucionario. Anhelos, de nuevo, espolvoreados como la nieve sobre las cumbres de un territorio gigantesco a lo largo, ancho y vertical de las tres coordenadas andinas.
Sí, militarismo vertical y una despersonalización casi maoista; pero de la misma forma el conocido como velascato (vigente de 1968 a 1975) se sacó la chorra dando un reconocimiento escrito a un progreso robado durante siglos a la población indígena y al mundo rural; algo totalmente avant-garde. Una de las herramientas inventadas fueron —cojan aire: hoy vamos fuerte— los Sistemas de Apoyo a la Movilización Social, los SINAMOS. Y en 1974, el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas Peruanas (GRFA) creó el Instituto Nacional de Recreación, Educación Física y Deportes (INRED). Bajo la vigencia de este guiso de siglas, un grupo de artistas y agitadores culturales peruanos, con Luis Arias Vera, Jesús Ruiz Durand o Francisco Mariotti a la cabeza, puso en marcha unas manifestaciones culturales populares sin par.
En tal entorno revolucionario, durante el mes de octubre del citado 1974, se celebraron los primeros Juegos Deportivo-Recreativos Túpac Amaru para Organizaciones Agrarias. En paralelo, Arias Vera andaba de cabeza con la posibilidad de revivir aquella imposible red de correos a pie que igual llevaban noticias que transportaban como relámpagos pescado y caracoles frescos hasta la corte del emperador inca durante los siglos XV y XVI. Arias quería homenajear a los chasquis, funcionarios del imperio, corazones, pulmones y piernas de élite entre las élites, mensajeros corredores a los que se encomendaba la comunicación de un territorio usando una red de caminos que ya estaba bastante desarrollada en el tiempo precolonial y que se estima que llegó a medir sesenta mil kilómetros llenos de ramificaciones.
Para rememorar su legado, no se le ocurrió otra cosa que organizar una especie de vuelta ciclista que alcanzó prácticamente los tres mil kilómetros de duración, que se celebró a lo largo de treinta y seis etapas y a la que una millonada de personas acudió como público, llenando caminos, cunetas y plazas de novecientos setenta pueblos.
Pero sin bicicletas.
Y tres equipos infinitos, compuestos de modernos chasquis, compitieron a lo largo de una serpenteante ruta, corriendo a pie y por relevos, portando en su dorsal las tres iniciales de Recreación, Educación y Deporte. La locura de embarcarse en esa carrera suena hoy a la inconsciencia y a la efervescencia revolucionarias de la década de los setenta.
Y nada defrauda. No es difícil leer en la literatura del proyecto que no eran simples equipos de corredores, sino mensajeros victoriosos, portadores del anhelo «del Perú profundo que emerge victorioso de la Revolución». Ese «Perú silencioso, que de repente se descubría a sí mismo valeroso y vibrante».
Conociendo lo que representaba cada kilómetro de senda para los organizadores, no se les iba a poner por delante la gigantesca distancia que separaba Yanaoca y Tinta, en el Cuzco, de Chiclayo, en Lambayeque, ni coordinar durante un mes y pico a los cuatro mil doscientos corredores que se lo tiraron subiendo y bajando desde los valles hasta los collados en los que el hombre blanco sufrió náuseas y ahogos. Los modernos chasquis compitieron corriendo miles de kilómetros por alturas inhumanas como la del Abra de Yanashalla, a cuatro mil setecientos veinte metros sobre el nivel del mar, y «desafiaron el frío, el viento, la nieve, el sol quemante que se filtra entre las cañas del norte», como detalló el libreto conmemorativo.
No había medallas por medio, ni plata ni oro conmemorativo, aunque la competición sí existió y dejó para los anuarios del olvido cifras que producen escalofrío: ganó el equipo de la R con más de ciento noventa y dos horas de tiempo neto. Por encima del gran tour deportivo, en el ciclópeo proyecto se transportaba un mensaje desde las faldas del Nevado Ausangate hasta la arenisca amarillenta del seco llano costero: nos tememos que los colonizadores llevan siglos robándonos, por suerte, las riquezas equivocadas. Quizá era solamente otro anhelo más: el habitante andino quería sentirse depositario eterno de un encargo mítico de las huacas, a las que se rinde culto por cobijar el «sudor del sol» que el hombre tenía que reunir.
Qhapaq Ñan showtime
Los caminos y los corredores que los circularon también representaban una conexión entre territorio y poder. En la loca prueba de relevos del siglo XX, los modernos correos a pie volvían a desatascar las arterias de un sistema circulatorio que no tenía equivalente planetario. Un show de un poderío efímero, porque lo cierto es que el llamado imperio incaico apenas tuvo entidad como gran unidad territorial hasta que Pachacútec sometió al pueblo chanca en 1438, y fue un dominio que duró apenas noventa y cuatro años, cuando Pizarro ejecutó al inca Atahualpa. Pero aquel sistema de sendas y escalinatas era la escenografía de la expansión del poder imperial del Tahuantinsuyo sobre un ramillete disperso de dominios y cosmogonías, al fin y al cabo.
Lo dicho: ¿y si los españoles no hubieran entendido nada, poniendo el ojo en lo accesorio? ¿El oro?, ¿la plata? ¿El petróleo moderno de los años sesenta? ¿Sobrevivió el camino gigantesco a la llegada de un nuevo propietario al que solamente le interesaba el valor monetario a corto plazo?
Hay una interesante interpretación reciente: los casi tres mil kilómetros del Qhapaq Ñan, la vía principal entre Cuzco y el norte, fueron de manera foucaultiana una forma de tecnología del poder; un escenario en sí mismo, diseñado expresamente para la representación de modos itinerantes de performance teatral. Tengamos en cuenta la perspectiva de la época. Mostrar al resto de los Andes una obra tal, mantenida con aquel esfuerzo ingenieril y cubierta por veloces mensajeros, era la auténtica demostración de poder de aquel imperio, que resistía encaramado donde Cristo dio tres voces.
Siguiendo la misma interpretación y como consecuencia, los chasquis serían un ejército ritual de luciérnagas que iluminaban el lustre del poder incaico. Volaban sobre escalinatas y se tiraban barranco abajo. Mientras, las tropas españolas renegaban, en su lento progreso conquistador entre 1531 y 1535, circulando por caminos no diseñados para caballos, y por donde chasquis, pastores de llamas y guanacos sí deslumbraban trepando en vertical por las pendientes.
Los corredores del Inca no huyeron para evitar que el oro ritual cayera en las manos de aquellos seres con barba y corazas brillantes. Después de ocultar la existencia de minas de metales preciosos, se incorporaron, claro, a sueldo, trabajando para la autoridad colonial de los Correos de la Nueva América en los siglos XVII y posteriores. Pero, aparte de congraciarse con el nuevo dueño territorial, la Corona Hispánica, que veía asombrada la eficiencia de aquel sistema al que podían incorporar a su maquinaria, los chasquis corrían para seguir trayendo y llevando mensajes sobre los itinerarios de antiguos seres míticos.
¿Cómo no hacerlo? La esfera celeste indígena seguía girando. Los pobladores andinos rezaban a sus cerros, a sus apus. Y sus cerros les decían qué huacas albergaban las mejores vetas a través de mensajes imaginarios (o no) dejados por deidades minúsculas. En la boca de la mina se depositaban coca y otras ofrendas a estas deidades. Porque la génesis de la mina era entendida desde una mítica. Era adorada y bautizada igual que se venía haciendo de manera sincrética en Europa —pregunten en su zona minera de proximidad—, así que ¿cómo no seguir corriendo, sintiéndose la savia de toda aquella única letanía religiosa?
Como afirma el arqueólogo Manuel Perales, quizá, por tal motivo, todo aquello resultase ininteligible para los europeos del Nuevo Reyno, a los que esa epopeya conquistadora les alucinaba en términos profanos, como las fabulosas obras de ingeniería ejecutadas a tanta altitud y pendiente, los veloces incas corredores, la seguridad durante el viaje, el avituallamiento o incluso el flujo veloz y óptimo de información militar y política.
Todo resulta tan cierto como que una veta de plata son las lágrimas de la luna. Como que la veta del oro es el sudor del sol, un brillo que aparece en el cerro como si fuera el caer de agua en una mejilla, que por partes aparece y por otras se pierde.
Todavía hoy, nuestros ojos europeos se van a las dimensiones ciclópeas de esa obra de ingeniería que luego se reutilizó para el primer sistema de correo occidental en América Latina. Se nos van a esos ágiles atletas, fieles al imperio y seleccionados de entre las familias nobles. Capaces de correr a la mayor velocidad posible de media legua a una legua y media, en un entorno superior a los tres mil metros de altitud. Quizá relatándole solo una parte de la historia, los describió el mestizo Felipe Guaman a Felipe III en 1615. Podemos leer: «y que no sean perezosos, y que vuelen como un gamo y como un gavilán, y han de tener remuda; y libres de mujer e hijos, porque de día y de noche no han de parar».
Pasarían décadas de expolio y de incomprensión de las deidades, sustituidas por un sometimiento colonial extractivo y un nuevo imaginario. La mezcla cultural adquirió cien versiones y, probablemente, la inmensa carrera de chasquis de 1974 fuera una de sus manifestaciones.
Hoy se compite en modernas pruebas de trail running que sostienen la legendaria estirpe de los mensajeros de las serranías, las barrancas y las punas. Para algunos pueblos andinos, unos gatos celestes todavía desatan granizadas de pepitas de oro.
Quizá todo no ha cambiado tanto, tras la llegada de aquellos hombres blancos, protegidos por corazas y montados a caballo.
Referencias
Bouysse-Cassagne, T. Las minas de oro de los incas, el Sol y las culturas del Collasuyu. Bulletin de l’Institut français d’études andines, 46 (1), 9-36, 2017.
González Martínez, N. «De los “chasquis” de Nueva España: la participación de los indios en la movilización de correo y la reforma del aparato postal novohispano (1764-1780)». Indiana, 34.2, 85-109, Ibero-Amerikanisches Institut, Stiftung Preußischer Kulturbesitz, 2017.
Guaman Poma de Ayala, Felipe. Nueva corónica y buen gobierno. Tres volúmenes. Edición de Franklin Pease García-Yrigoyen. Lima, Fondo de Cultura Económica, 1993 [1615].
Mitrovic, M. «Chasquis y triciclos: nuevas formas del deporte bajo el velasquismo». Revista Argumentos, n.º 2, año 13, 30-35, Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 2019.
Otero Luque, F. «La cultura chicha: entre el etnovaivén y el etnobúmeran: estrategias de resistencia y singularidad cultural del subalterno peruano». Argus-a, Artes & Humanidades, vol. VII, ed. n.º 27, 2018.
Perales Munguía, M. «El Qhapaq Ñan como tecnología del poder: reflexiones iniciales desde la región de Jauja». Cuadernos del Qhapaq Ñan, año 7, n.º 7, Ministerio de Cultura del Perú, 2021.






