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El decorado del deseo: El gran Gatsby y la trampa del lujo

El gran Gatsby
Buz Luhrmann, Tobey McGuire y Leonardo DiCaprio durante el rodaje de The Great Gatsby, 2013. Fotografía: Warner Bros.

Aristóteles Onassis tenía, según se cuenta, los taburetes del bar de su yate tapizados con piel de prepucio de ballena y los reposapiés hechos con los dientes del animal. Cierto o no, le gustaba entretener a sus invitados contándolo. Lo hacía solo para jactarse de que estaban sentados sobre el falo más grande del mundo, mientras ellos, supuestamente, se divertían y lo contemplaban admirados. La anécdota circuló durante años como símbolo del lujo más obsceno: un dato incómodo, difícil de olvidar.

Onassis disfrutaba de este tipo de relatos. No solo porque fueran ciertos, sino porque le funcionaban. Cada una de sus llamativas posesiones —el yate, la isla privada, los rascacielos en Manhattan…— servía para lo mismo: convertir su vida en espectáculo. No le bastaba con ser rico; necesitaba hacer de la riqueza escenario, relato, mensaje.

La escena no es tan original como parece. El hombre que nada en la abundancia, el espacio convertido en decorado, los invitados imprescindibles para crear la ilusión: todo eso ya lo hemos leído antes. Antes de los yates por el Egeo y la isla privada de Onassis, un novelista estadounidense imaginó a un hombre que creyó que bastaba con convertir su mundo en el escenario ideal para lograr la perfección. Se llamaba Jay Gatsby, y su historia la contó F. Scott Fitzgerald en 1925.

Gatsby es, desde el principio, una figura construida con símbolos. Habita una mansión en West Egg, el barrio de los nuevos ricos en Long Island, Nueva York. Organiza fiestas multitudinarias con gente que apenas conoce y observa cómo sus invitados disfrutan de un lujo concebido en realidad para una sola persona, Daisy, la gran ausente. Su casa no es un hogar, sino un escenario; sus fiestas no celebran nada, son solo una espera: la espera de Daisy.

Gatsby no es frívolo, es literal. Cree, con una fe casi infantil, que las posesiones transmiten un mensaje simple y acumula sin medida porque ha aprendido que tanto tienes, tanto vales. Eso es precisamente lo que lo condena: no entiende el dinero como lo entienden los ricos de toda la vida, sino como lenguaje. La mansión frente al mar es la mejor casa posible para Daisy; las fiestas, el decorado previsto para cuando ella haga su aparición estelar. Y la luz verde, al otro lado de la bahía, no simboliza un deseo abstracto, sino la idea de que el pasado puede corregirse si la luz alcanza.

Nada de esto es casual en Fitzgerald. El gran Gatsby no nace de una fascinación ingenua por el dinero, sino de una incomodidad más profunda con la relación entre posición económica y estatus social. Esa incomodidad se filtra desde la primera página a través de la voz del narrador, Nick Carraway, que pide al lector que no tenga prejuicios y le recuerda que no todos venimos del mismo sitio ni hemos tenido las mismas oportunidades: «Whenever you feel like criticizing anyone, just remember that all the people in this world haven’t had the advantages that you’ve had» (F. Scott Fitzgerald). Esa cautela es la lente desde la que se nos pide mirar a Gatsby.

Y Gatsby, en ese sentido, no es tanto un hombre como una proyección cuidadosamente sostenida. No nace: se inventa; y no hereda una identidad: la construye. «The truth was that Jay Gatsby of West Egg, Long Island, sprang from his Platonic conception of himself» (F. Scott Fitzgerald). Su creencia en esa ingeniería social, en la convicción de que una vida puede diseñarse con la precisión de un sistema, lo acerca a una figura contemporánea: alguien que cree que el yo es optimizable, que basta con aplicarse la regla del 80/20 para producir el resultado esperado.

Su tragedia es creer en la eficacia de ese sistema, no entender que querer no siempre es poder. Sin embargo, hay un fondo en Gatsby que Fitzgerald se resiste a ridiculizar. Su sonrisa, por ejemplo, lo demuestra humano: tranquiliza a los demás a la vez que muestra su generosidad; «one of those rare smiles with a quality of eternal reassurance in it» (F. Scott Fitzgerald). Gatsby quiere ser admirado pero también quiere que los otros se sientan a salvo dentro de su mundo.

Daisy encarna el núcleo del malentendido en más de un sentido. En primer lugar, porque de algún modo hizo creer a Gatsby que hacerse rico podría devolverle su afecto; en segundo lugar, porque Gatsby no la ama solo a ella: desea lo que su voz promete sin expresarlo; «her voice is full of money» (F. Scott Fitzgerald). La escena de las camisas, aparentemente banal, condensa esa confusión con precisión casi cruel: Daisy llora ante la acumulación, pero no por Gatsby, sino por la materialización tardía de lo que no eligió; «It makes me sad because I have never seen such — such beautiful shirts before» (F. Scott Fitzgerald). Su voz, llena de dinero, no podría haberlo expresado mejor.

Es desde ahí, desde ese malentendido entre deseo, dinero y pertenencia, desde donde Nick Carraway mira a Gatsby. Nick, el narrador, no pertenece del todo a ese mundo, pero sabe leerlo: distingue entre riqueza y linaje, entre apariencia y posición real. Por eso entiende algo que Gatsby no alcanza a ver: que Daisy no es recuperable.

Gatsby no fracasa porque sueñe demasiado, sino porque sueña en el código equivocado. Cuando insiste en que puede repetir el pasado y volver al momento en que conoció a Daisy, habla como un romántico obstinado. Nick lo escucha con inquietud porque sabe lo que implica, que Gatsby no entiende la realidad, que ha construido un escenario para conseguir un imposible.

Fitzgerald sabía que creaba el personaje de Gatsby sobre un arquetipo: el del joven idealista y soñador que una vez fue. Había vivido lo suficiente como para entender que el esfuerzo no siempre tiene recompensa, y aun así imaginó a Gatsby dispuesto a luchar —tal y como él mismo había hecho hasta casarse con Zelda—. Pero quizá intuyó también que ese idealismo podía transformarse con los años: que el tiempo traería hombres capaces de manejar los mismos símbolos sin esperar de ellos gran cosa, sin pedirle al lujo nada más que eficacia.

Onassis pertenece a esa estirpe. A diferencia de Gatsby, no construye escenarios para corregir el pasado, sino para reafirmarse en el presente. Onassis parece creer en algo que Gatsby ni se plantea: que el mundo no responde a la coherencia del relato, sino a la contundencia del espectáculo.

Por eso la vida de Onassis no es una historia que progresa hacia un desenlace reparador o trágico, sino algo mucho más realista: una sucesión de imágenes grandiosas. Donde Gatsby monta fiestas para una mujer que no llega, Onassis ordena el mundo para que nadie dude de quién ocupa el centro del mismo. La mansión de Gatsby, frente a la bahía, está diseñada para ser vista desde fuera; no es un hogar, es solo un decorado. El yate de Onassis cumple exactamente la misma función: navega para ser visto, para ser contado, para que hablemos de sus taburetes.

El gran Gatsby
Bruce Dern, Sam Waterson, Mia Farrow, Robert Redford y Lois Chiles en The Great Gatsby, 1974. Fotografía: Paramount Pictures.

En todo caso, el espacio está pensado para el público como espectador accesorio. Los invitados de Gatsby consumen su tiempo y su espacio, pero no son importantes para el anfitrión. Algo similar ocurre con los acompañantes de Onassis: estrellas como Marilyn Monroe y políticos como Winston Churchill circulan por el yate como por un plató de televisión. Pero aquí hay una diferencia clave que evita el paralelismo fácil: Gatsby se queda al margen de su propia fiesta, atento a la posible llegada de Daisy; Onassis, en cambio, no espera a nadie: genera situaciones y vínculos estratégicos.

Y, sin embargo, el error de fondo es compartido. Ambos confían en que el espacio construido sirva como escudo de protección. Fitzgerald, más sabio, relató la trampa en la que cae Gatsby para contar que el mundo no premia al que más se sacrifica ni al que mejor maneja los signos. Ahí radica la injusticia que atraviesa la novela y que la realidad confirma una y otra vez: el mundo no responde al mérito, sino a las fuerzas que lo mueven y al azar.

Gatsby muere sin llegar a entender el mundo que lo rechaza. Onassis lo aprende de otra forma: constatando que ni siquiera el control absoluto del decorado evita la pérdida. La muerte de su hijo rompe la lógica sobre la que había construido su vida: nada de lo poseído le sirve entonces de escudo, y ese golpe anuncia el fin de su poderosa familia.

Cuando Fitzgerald escribió El gran Gatsby tenía poco más de treinta años y ya había probado tanto el éxito como el fracaso. Había ganado dinero escribiendo para revistas, había entrado en los círculos sociales que admiraba e incluso había alcanzado el estatus necesario para casarse con Zelda, pero seguía sin encajar. Su problema no era además de económico —no siempre la escritura le dio para mantener su tren de vida—, un problema de fondo: conocía las reglas del juego, pero no se las creía.

Fitzgerald intuía, como Nick Carraway, que el decorado no protege, que el esfuerzo no garantiza el éxito y que el control no inmuniza contra la caída. Por eso El gran Gatsby no es una novela sobre el éxito frustrado, sino sobre la fragilidad del sistema que promete sentido a cambio de sacrificio.

El final de Fitzgerald no tiene nada de romántico, no es gatsbyniano. Muere como un escritor exhausto que sigue trabajando cuando ya casi nadie lo lee y su nombre desaparece de las librerías. Pero no hay gesto de renuncia: hay continuidad, hay que pagar facturas, y acaba de firmar un contrato por el que va a cobrar semanalmente una importante suma. Muere demasiado pronto para ser canon, pero demasiado tarde para seguir siendo promesa.

Quizá por eso El gran Gatsby resulta una novela incómoda: no ofrece consuelo ni enseña a triunfar. Sin embargo, sí enseña a perder con elegancia: sin resentimiento, sin cinismo, sin renegar del deseo que nos hizo vivir. Gatsby muere fiel a su error; Fitzgerald, coherente consigo mismo. En ambos hay una forma de grandeza que no depende de la victoria, sino de la intensidad con que apostaron. Ahí, sobre el escenario ya vacío, la escritura sigue hablando.

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