De los mil seiscientos un niños que murieron en el largo asedio a Sarajevo (1992-1996) durante la guerra de Bosnia, sesenta fueron abatidos por disparos de francotiradores apostados en edificios y colinas que rodeaban la ciudad. Son parte de la necrológica más tenebrosa de entre el gran fardo de muertos que arrojó el cerco mantenido por el ejército serbobosnio: once mil cuatrocientos cincuenta y un fallecidos en total, más la propina de otros cincuenta mil heridos, todo como consecuencia de las cincuenta mil toneladas de proyectiles que fueron arrojadas sobre Sarajevo a lo largo de mil cuatrocientos veinticinco días (a trescientos veintinueve proyectiles por día).
Según el espeluznante relato que cuenta el periodista y escritor italiano Ezio Gavazzeni, autor de Safaris humanos, por alguno de estos sesenta niños abatidos con rifles de caza deportiva se pudieron pagar, al cambio actual, entre ochenta mil y cien mil euros. Eran las piezas más codiciadas por los cazadores extranjeros que supuestamente viajaron a Bosnia-Herzegovina durante la guerra para experimentar un safari humano de fin de semana. Adrenalina y abyección. Según parece, estos cazadores, amigos por lo común de las armas, los campos de tiro y los safaris en la sabana africana, habrían procedido mayormente de países occidentales. Serían italianos en su mayoría, pero podría haber cazadores («arqueros» en el argot) llegados de Estados Unidos, Rusia, Canadá, Francia, Alemania y algún que otro país europeo, incluida España. En el caso español, Gavazzeni habla en su libro de un tal Toni C., quien habría conocido la posible relación de su padre con un cazador multimillonario y un organizador catalán de safaris no solo con destino a África, sino también a la antigua Yugoslavia.
A finales de 2025 Gavazzeni denunció formalmente ante la Fiscalía de Milán, junto con el abogado Nicola Brigida y el reconocido exmagistrado Guido Salvini, la supuesta organización de estos viajes diseñados para ir a cazar carne humana desde las colinas de Sarajevo. En su libro, con las cautelas debidas (la investigación por parte de la fiscalía milanesa se halla en pleno curso), se pone el foco en el gran negocio que supuso esta aterradora variante del llamado «turismo de guerra»: pagar por disparar a civiles inermes y que el dinero repercutiera en el ejército serbobosnio y en los implicados en esta práctica. Parece ser que estos «arqueros» venidos desde Italia, según las pesquisas de Gavazzeni (su investigación la ha centrado en su país), partían de Trieste a través de viajes perfectamente organizados con destino, primero, a Belgrado, en la Serbia del por entonces presidente Slobodan Milošević. Después, acompañados por asistentes profesionales (vinculados al mercenarismo), se adentraban en Bosnia a partir de las fronteras del río Drina y en dirección a la sufrida Sarajevo.
Tras sortear las distintas líneas del frente en el caótico y atomizado mapa de la guerra (los cazadores más adinerados empleaban incluso helicópteros), la comitiva lograba llegar por ruta hasta Pale, la por entonces capital de la República Srpska de los serbios de Bosnia. Después, con la adrenalina a tono, se dirigían a la macabra balconada de Sarajevo para disparar a los «ciervos», el término dado a las personas que habrían de morir azarosamente para diversión de los «arqueros».
El perfil que se traza acerca de estos cazadores asesinos retrata a hombres en exclusiva, de altísimo poder adquisitivo, amigos de las armas y con una envidiable posición social que les servía para tamizar su perversión interior. Al final de Safaris humanos, la criminóloga Martina Radice, colaboradora de Gavazzeni, elabora un estudio que revela la abyecta personalidad de estos asesinos de fin de semana, para los que disparar en las colinas de Sarajevo a personas inocentes colmaba la sensación vertical de poder y dominio ególatra que había empezado a menguar con la experiencia ya vivida en los safaris africanos.
Las investigaciones de Gavazzeni han seguido su curso una vez escrito y publicado su libro en Italia, donde causó una total conmoción en los meandros de la conciencia nacional. A mediados de septiembre fue presentado en España por parte de la editorial Península. Aparte de la de Milán, las fiscalías de Berna, Sarajevo, Viena y Bruselas también investigan ahora el caso de los supuestos safaris humanos. La documentación aportada por el periodista italiano se basa en testimonios de testigos. Son los que aparecen en el libro con los nombres camuflados, algunos de los cuales sí han dado la cara ante la misma Fiscalía de Milán. No existen, sin embargo, documentos ni pruebas materiales (contratos, por ejemplo, de estos viajes) que certifiquen lo que se tomó en su día por una leyenda urbana y que hoy por hoy tiene visos de haber sido una realidad tan infecta como asombrosa.
Fue el cineasta esloveno Miran Zupanič, con su documental Safari Sarajevo (2023), el que puso en la pista a Gavazzeni para ahondar en este asunto del que se habló en su día, en el lejano 1995, en algún que otro rotativo italiano sin que despertara mayor interés la truculenta noticia. En el documental, no estrenado sospechosamente ni en Italia ni —que se sepa— en ninguna sala de cine europea ni en plataforma alguna, aparece el testimonio crucial de Edin Subašić, antiguo miembro del Servicio de Inteligencia Militar del ejército bosnio. Subašić da cuenta de que tales safaris humanos existieron, sobre todo a partir del testimonio de un soldado serbobosnio que fue capturado por la Armija bosnia y que dijo haber visto a cazadores de aspecto extranjero que le dijeron que iban a Sarajevo a cazar personas.
Treinta años después del asedio y de la guerra de Bosnia-Herzegovina (muchos o pocos años, según se mire), quien visita Sarajevo puede recorrer aún hoy gran parte de las colinas desde las que dispararon las baterías serbobosnias y los francotiradores. Entre estos lugares se encontraba el hoy bucólico cementerio judío de Sarajevo, al que el premio Nobel yugoslavo Ivo Andrić dedica su relato «En el cementerio judío de Sarajevo», en el que rescata la huella sefardí de los hebreos aquí enterrados con sus inscripciones escritas en ladino. En algunas lápidas todavía se observan boquetes e impactos de metralla. El cementerio cae en cuesta entre multitud de viejas y pétreas lápidas que brotan entre el pasto verde. Al fondo, a un lado del río Miljacka, se observan los heridos y a la vez repuestos contornos de Sarajevo, con su skyline en la parte comercial y financiera y el Holiday Inn de color amarillo huevo, aquel hotel que sirviera de cobijo para los corresponsales de guerra que cubrieron el primer conflicto televisado de la historia en horas de telediario.
Desde este promontorio el ejército serbobosnio apisonaba la ciudad con salvas de morteros y silbidos de disparos de francotiradores. Slavko Aleksić, líder por entonces de una unidad paramilitar de los sitiadores, controlaba las baterías apostadas en el viejo cementerio judío. Curiosamente, en diciembre de 2025, cuando la Fiscalía de Milán había abierto ya su investigación sobre los safaris humanos, el exmilitar murió repentinamente a los sesenta y nueve años en la ciudad de Trebinje, en Herzegovina. No se le conocía enfermedad ni dolencia patológica alguna. La muerte de este posible testigo en la causa abierta en Milán resultó harto sospechosa. El controvertido periodista croata Domagoj Margetić dijo a finales de noviembre del pasado año que había enviado documentación a la Fiscalía milanesa que probaría la presunta participación del hoy presidente de Serbia y candidato a primer ministro en las próximas elecciones generales, Aleksandar Vučić, como voluntario en el escuadrón paramilitar de Slavko Aleksić. Dicho escuadrón estaba por entonces controlado por el otrora Partido Radical Serbio (SRS), al que Vučić perteneció y del que sería su secretario general años después de la guerra. Según Margetić, Vučić habría participado también en la supuesta caza deportiva, acusación que el actual mandatario serbio niega con rotundidad y amenaza con demandar a los medios que lo relacionen con esta actividad criminal.
Conoce el propio Gavazzeni que Margetić, acusado varias veces de sensacionalismo, tendría documentación perteneciente a batallones de chetniks (milicias paramilitares serbobosnias que actuaron en la guerra) en la que estarían fijadas las tarifas aplicadas por matar a niños, mujeres y hombres y que, según el autor de Safaris humanos, podrían coincidir con las tarifas que él ha podido confirmar por los testigos que aparecen en su libro. Cada pieza abatida por los «arqueros» extranjeros traía consigo un trofeo propio. El color de las balas con las que eran obsequiados era la prueba palmaria de que la persona abatida respondía a un niño (bala de color azul), una niña o adolescente (rosa), hombres (roja), militares bosnios (roja y verde), mujeres del ejército bosnio (verde y amarilla), ancianos (negra y azul) y ancianas (negra y rosa). Como queda dicho, la tarifa más alta —en torno a los cien mil euros— se pagaba por abatir a niños en lo que sería el no va más de la crueldad y la sevicia.
Pasear también por el barrio sarajevita de Grbavica, donde se alza el coqueto estadio del club de fútbol Željezničar, es rememorar también —y siempre que uno quiera hacerlo treinta años después— el único barrio urbano que quedó en manos del ejército serbobosnio en pleno asedio y donde se produjeron violaciones de mujeres musulmanas (véase la excelente película Grbavica de Jasmila Žbanić). Sus edificios, en algunos de los cuales permanecen impactos de metralla, sirvieron de apostaderos a los francotiradores que disparaban, a solo un centenar de metros de la línea del frente, a los civiles y al enemigo apostado por igual en sus respectivas madrigueras.
Otro emplazamiento desde el que se apisonaba la ciudad estaba en lo alto de las colinas del barrio de Bistrik, más allá del cementerio de Alifakovac. Para el citado Ivo Andrić, el de Alifakovac era el camposanto más bello de todo Sarajevo, originario del siglo XV, y en el que fueron enterrados bosnios autóctonos y también extranjeros a los que la muerte sorprendió de visita en la capital. Es en este barrio donde el gran autor yugoslavo ambienta su novela corta La casa aislada, que es todo un caravasar de voces, sueños y fantasmas. Desde lo alto de Alifakovac y de la zona de Bistrik se divisa gran parte de la ciudad antigua, donde sobresale la traza neomorisca de la Biblioteca de Sarajevo, que sería bombardeada hasta su casi completa destrucción.
En el documental Serbian Epics, filmado en su día para la BBC por el cineasta Paweł Pawlikowski (se puede ver en Youtube), hay un pasaje en el que aparece el presidente por entonces de los serbios de Bosnia, Radovan Karadžić (hoy por hoy condenado a cadena perpetua por genocidio y crímenes de lesa humanidad), quien acompaña y agasaja a un ilustre invitado que ha llegado para conocer in situ cómo se dispara desde las colinas de Sarajevo. Se trata del inclasificable escritor ruso Eduard Limónov. En dicho pasaje se observa cómo Limónov dispara con una ametralladora al casco urbano de la ciudad desde Bistrik. En años posteriores, molesto por estas imágenes y las preguntas de los incordiantes periodistas, Limónov dirá que no disparó a ninguna persona en concreto.
Dicho lo dicho, lo cierto es que por lo general las crónicas sobre el asedio olvidan el papel que desempeñaron los miles de serbios que sí decidieron quedarse en la ciudad por voluntad propia, sobreviviendo y colaborando con sus convecinos en la logística de la ciudad cercada. En La piedra permanece el escritor y balcanólogo Marc Casals da voz a alguno de los serbios que quedaron atrapados entre el fuego y las bombas, al contrario que los otros autóctonos de su misma etnia que no padecieron el cerco en sentido estricto al residir en la parte urbana oeste, por la zona sobre todo de Grbavica e Ilidža, controlada por los sitiadores. De entre los once mil cuatrocientos cincuenta y un muertos provocados por el asedio, una cuota mortuoria la aportaron los serbios de Sarajevo, aunque no se tienen cifras exactas de víctimas. El general Ratko Mladić, recientemente fallecido (recibió honores en Belgrado), en sus visitas a las colinas de la ciudad, solía arengar a sus tropas para que dispararan a los barrios donde apenas quedaba población serbia, dado que otros miles de serbios sí huyeron hacia las posiciones que controlaban los suyos.
La enredadera étnica que trajo consigo la guerra de Bosnia tiene su máxima expresión en el hecho de que un comandante de origen serbio, Jovan Divjak, fuera uno de los militares de más alto rango en el seno del ejército bosnio (ARBiH). Había decidido permanecer fiel al gobierno legítimo de Bosnia presidido por Alija Izetbegović y en el curso de la guerra recayó sobre él la organización para la defensa de Sarajevo. Fallecido en 2021, es de suponer que pudo estar al tanto de la existencia de los safaris humanos dado que los servicios de inteligencia bosnios, a los que pertenecía el citado Edin Subašić, sí conocían esta práctica llevada a cabo por cazadores ricos y extranjeros. De sus supuestos crímenes, no prescritos al menos en Italia, podrían dar cuenta sus autores, en caso de que vivan todavía, en un tiempo razonable conforme avance la investigación por parte de la Fiscalía de Milán y las otras fiscalías implicadas. Para quienes hayan muerto, que al menos el peso de la vergüenza caiga sobre sus nombres.










