20 años después, Sarajevo

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Coches amontonados; niño que camina, Sarajevo, 1996 – Fotografía de Nico Polato

En el Teatro Nacional de Sarajevo, un 3 de noviembre normal, se representa la ópera Alma, una especie de versión art decó que dirige Dario Vucic. Ese mismo día los dos equipos de la ciudad, el Sarajevo y el Zeljeznicar, disputan el derby número 100 de su historia. En el estadio Asim Ferhatovic Hase los locales se lo acabarán llevando con un gol de Nuhanovic en el minuto 66. Antes del encuentro, casi tres mil hooligans encienden bengalas y marchan en una proclama conjunta —atávica— en el barrio de Dvor. Durante la expedición al estadio los agentes de policía que acompañan la marcha y su humareda conversan sin perder la calma. Uno de ellos, incluso, presencia la algarada mientras se come un racimo de uvas. Todo siempre suele ser tan raro. Entretanto, comienzan los cantos islámicos desde las mezquitas que se dispersan en la ciudad. Cuando se mezclan esos cantos dispares se produce una banda sonora épica. Sin embargo, pese a todo, Sarajevo sigue pareciendo una ciudad silenciosa, incluso cuando está sometida a tanto llamamiento, a tantos tambores diferentes; con todo y con eso, en un día común y extraño, Sarajevo sigue pareciendo el interludio de un concierto.

En la plaza Oslobodjenja hay un busto sencillo que conmemora a Ivo Andric, Premio Nobel de Literatura en 1961. Los viejos siguen jugando al ajedrez en un gran tablero y son ajenos al ruido descrito. Son anónimos, pero heroicos, como los propios personajes de Andric. Son una estampa coral conmovedora, un mecano dentro del costumbrismo local. En esa misma plaza, en toda la ciudad, los perros tienen cara de prófugos y caminan como podencos huyendo del hambre. En las calles comerciales aledañas —Tita Marsala, en Ferhadija— los viandantes caminan a lo largo de los escaparates camino de Bascarsija pensando en otra cosa. Los castañeros en las esquinas arriman sus manos a la yesca, y eso es la placidez se mire por dónde se mire.

El centro histórico de la ciudad está empedrado, mientras que el centro reconstruido está embaldosado: el ritmo de la ciudad cambia según qué tipo de suelo se pisa. En toda la ciudad aparece el olor antiguo de las estufas y de las chimeneas de leña. Podría ser Sarajevo un tremendo barco de vapor varado. Hay pocos turistas, pero los que hay caminan buscando metrallas en los edificios o negociando la compra de vasijas y de cueros. Las tiendas de ultramarinos tienen el género en la calle y las frutas parecen figuras de un bodegón dibujado sin mucho detalle. Es sábado, repito. Y hace más de veinte años —el 5 de abril de 1992— comenzó el cerco más largo a una ciudad en el siglo XX, triplicando en tiempo al que sufrió la ciudad de Leningrado durante la II Guerra Mundial.

Sarajevo, al menos en apariencia, es una ciudad donde la vida respeta su guión. No cesa esa sensación de días repetidos. Tal vez porque el tiempo ha pasado muy deprisa: la década de los 90 y la primera década del milenio han sido la centella digital que todo ha expuesto y que todo ha emborronado. Nico Polato, fotógrafo y activista por la Paz, entró en Sarajevo tres meses después de que se firmara el Tratado de Dayton en 1995 y fotografió a quemarropa la ciudad después del cerco. Sus fotografías tienen el grano de la diapositiva aún y muestran una ciudad destruida por el éxtasis de la guerra.

Huellas de la guerra, Sarajevo, 1996 – Fotografía de Nico Polato

Sus imágenes representan la desnudez absoluta de la guerra: el páramo, la metralla y el frío. Los carros de combate abandonados en las aceras, los niños jugando con las granadas, los sacos de arena reforzando las barricadas de los edificios y los habitantes de la ciudad recuperando el pulso de la vida, como un animal cuando sale de la madriguera después de hibernar. Los supervivientes caminaban por las calles buscando tal vez una vieja ruta hacia la rutina, delgadísimos y dignos, con la ropa de siempre, aceptando que las fachadas de los edificios de la ciudad sufrían una rubeola duradera, masacradas con más de dos millones de bombas en tres años.

Sin embargo, sobre todas ellas, hay dos imágenes que representan la crueldad del asedio de una manera más elocuente. Una de ella es un icono común que Nico Polato también inmortalizó: las vértebras o la silueta del edificio del diario Oslobodjenje, que siguió saliendo cuando podía para informar a la población, ya que sus periodistas trabajaban en los sótanos. En principio se pensó que el edificio se iba a quedar así, como testigo indeleble de la destrucción, pero finalmente fue echado abajo. La otra es más íntima, pero igualmente desgarradora: un Citroën Dos Caballos rojo, humilde, utilitario, sin más ni más, yace acribillado hasta la extenuación en un descampado con casas sin tejado al fondo. Y en esa imagen, otra vez, extrañamente, vuelve a vibrar el silencio.

La noche de las confidencias

La generación que nacimos y crecimos en los años 80 descubrió que la crueldad no era una periferia en las crónicas televisivas de la Guerra de los Balcanes. La guerra de Bosnia, siempre invernal, fue retratada de una manera seca por los medios de comunicación. Aprendimos acaso en esas crónicas a convivir con el dolor ajeno desde el salón de nuestra casa. En parte el periodismo se convirtió en eso: en una serie de postales desgarradoras, peligrosísimas, que se servían con el almuerzo.

Sin embargo, la guerra, como cualquier expresión extrema, también tiene sus contrapuntos más elevados de esperanza y de compasión. Eso me lo cuenta Zana Zecevic, que de muy niña tuvo que abandonar su ciudad para vivir el periodo del cerco en Italia. En sus palabras aparecen las familias compartiendo la cena en las trincheras, los soldados de otros bandos que arriesgaban su vida por salvar a amigos y familiares alertándoles de ataques, también las estrechas líneas que separaban las fronteras de ocupación donde en el interludio de la batalla muchos soldados rivales comenzaban a departir, así, como si nada, con nostalgia resignada, evocando la vieja Yugoslavia de Tito (que siempre ponía a Bosnia como ejemplo de la variedad étnica del país antes de su desintegración), invocando su juventud y su pervertida inocencia. Después se saludaban, mandaban recuerdos, y cada uno volvía a su trinchera.

¿Cómo reconocer esa guerra? ¿Cómo comprender ese mapa étnico que es Sarajevo, ciudad donde la historia siempre ha descrito páginas agresivas? ¿Cómo hacerlo 20 años después? “No quieras venir aquí en tres días a intentar comprender esto”, me dice Zana. Yo entiendo lo que me quiere comunicar e intento formular un discurso sobre la humildad del observador, sobre lo que decía antes de la guerra en nuestra infancia, sobre un montón de banalidades que me hacen expresarme como un comercial. Aunque puede que me haya emborrachado ya un poco en la cena en Ferhatovic, porque siento cómo intento decir un montón de cosas al mismo tiempo sin decir nada. Menos mal que ella me salva de mi propio desvarío, pidiendo otra grappa en una de esas probetas congeladas de alquimista donde la sirven en Barhana. Luego se enciende un cigarro y cambia de tema.

Edificio del diario Oslobodjenje, Sarajevo, 1996 – Fotografía de Nico Polato

Bosnia siempre fue una encrucijada, intersección de caminos, punto de fuga de culturas. El propio rostro de Zana Zecevic representa eso. Pero no sólo su rostro, también su historia. El padre de Zana es musulmán y su madre es ortodoxa. Se criaron en la misma calle y llevan juntos 40 años. “Esto es Bosnia”, me dice, “esta normalidad”. Parece casi un contrasentido expresarse así después de una guerra que enfrentó a las diferentes etnias, pero Zana pertenece a esta generación de jóvenes a la cual le aburre hablar de la guerra y más cuando el país vive ahora sus particulares retos en mitad de esta crisis, de esta crisis toda la vida.

Me explica que sus padres se aman y punto, que cada uno cree en lo que ha cultivado en su infancia, pero que su familia tiene como punto común el código del arraigo.

— ¿Y en qué crees tú?

— ¿Yo? —me mira otra vez con esa sonrisa fatigada, pero finalmente se acaba expresando con solemnidad— Yo soy bosniaca. Y agnóstica.

Después de las confesiones y las probetas de grappa llega un glosario de garitos. Kriterion es un cine y una sala de exposiciones durante el día y un enclave techno durante la noche. Suena el grupo Dubioza Kolektiv, que comenzó en 2004 y han publicado seis discos hasta la fecha. El último, Wild Wild East, suena en inglés. En el Hag Bar hacen una fiesta de Halloween particular basada en la iconografía mexicana. Se bebe cerveza y se sirven frijoles, que han sido cocinados por Selena, una mujer de Puebla que lleva nueve años viviendo en Sarajevo. Conoció a su marido en un chat y acabó mudándose al otro lado del mundo y del clima. Aprendió a hablar bosnio leyendo el periódico “con mucha paciencia”. No tolera el invierno “intolerante” de Sarajevo. No dejo de preguntarme qué tipo chat puede cambiar tan radicalmente la vida de una mujer de Puebla y de un hombre de Sarajevo. Me acabo tomando otra en Mesh, qué le voy a hacer. Y termino en Sloga, que está hasta arriba y hay música en directo. Zana habla con unos y con otros, me presenta a gente, sonrío y pregunto mucho, no entiendo nada.

A esas alturas me he fumado ya casi un paquete de tabaco, casi el mismo número de cigarrillos que en el resto de mi vida. No sé por qué me da por fumar en Sarajevo. Tal vez es porque echo de menos el olor de tabaco de los garitos. O, en parte, porque siento que me sujeta a la conversación relajada, a la pausa y a algo parecido a la memoria. “¿Por qué se fuma tanto aquí?”, le pregunto a Amina, que escribe un libro que llama Ciganska Ausa (Una historia de gitanos) y tiene unos ojos levíticos que parecen lentillas de colores. “Porque aquí la vida es dura”, me responde, evasiva y educada. En ese momento no sé si lo dice para dar pie a una conversación o para que me calle y siga fumando. Me decanto por lo segundo, pero resulta que es lo primero.

En mi cuaderno comienza a dibujar la ciudad donde nació al sur de Bosnia: Kljuc. Dibuja un camino que lleva a una fortaleza y me dice que la fortaleza fue destruida en la guerra. Por ese camino que ha dibujado en mi cuaderno huyó con su madre y con su abuelo, con seis años. Me asegura que recuerda todo ese tránsito. Yo intento, en ese momento, rescatar memorias tan tempranas y solo me viene a la cabeza un Adidas Etrusco que me regaló mi padre. Me cuenta Amina el valor de su madre, una periodista que estuvo censando muertos. Me cuenta como una noche espantó a los soldados serbios apelando a su dignidad de hombres y de militares, después de haber sellado la puerta de su refugio con sacos de harina. “Nunca mostró miedo ni alarma mi madre delante de mí, aunque yo a veces me daba cuenta que temblaba un poco su mano izquierda. Me enseñó a no mirar a la cara a los soldados, pero a no agachar la cabeza todo el tiempo. A nadie en el mundo admiro más”.

Calle céntrica de Sarajevo, tres meses después del Tratado de Dayton – Fotografía de Nico Polato

El 5 de abril de 1992

La historia siempre es un relato interesado, pero las fechas son indelebles. El 3 de marzo de 1992 Bosnia Herzegovina había proclamado su independencia, como antes lo hubiera hecho Eslovenia y Croacia. Pero Bosnia, la representación étnica de la que hablaba Tito, iba a convertirse en el epicentro de la Guerra de los Balcanes. El simbolismo de la vieja Yugoslavia, se convertiría así en el dramático icono de su desintegración.

Fue el 5 de abril de 1992 cuando un francotirador apostado en la habitación 409 del hotel Holyday Inn mató a Suada Dilberovic y a Olga Sucic. Una placa sobre uno de los puentes del río Miljacka lo recuerda. En esa fecha comenzó el asedio, justo el día que Amir Telibechirowich, periodista y guía en la ciudad de Sarajevo, cumplía 19 años.

Con esas dos muertes comenzaría oficialmente un cerco que había sido trabajado previamente por el ejército serbio, previendo la proclamación de independencia de Bosnia. Amir relata que el pueblo bosnio nunca se imaginaba que en las postrimerías del siglo XX, en un país europeo, pudiera surgir un enfrentamiento violento de tal magnitud y, sobre todo, tan prolongado. Esa —cómo decirlo— ingenuidad permitió que el ejército serbio fuera conectando militarmente las colinas que rodean Sarajevo para comenzar su cerco. Así, las montañas que habían sido escenario de los Juegos de Invierno de 1984 (Trebević, Jahorina, Romanija, Bukovik, Treskavica, Bjelašnica) se convirtieron en el campo de tiro de los ultranacionalistas serbios, dirigidos por el psiquiatra Radovan Karadzic. Solo el norte, la colina de Igman, fue territorio bosnio, cerca del aeropuerto, donde se construyó el único túnel que fue un salvoconducto de los habitantes de la ciudad, algún recodo de esperanza.

Amir me lleva a pasear por uno de los cementerios de la ciudad, en Kovaci. Asegura que en Sarajevo los cementerios están integrados con la rutina de los barrios. Y no únicamente por la gran proliferación de los mismos, sino también por una costumbre cultural que viene de la época de presencia otomana en la ciudad. Decenas y decenas de esbeltos monolitos blancos apuntan al cielo y saturan la colina. “Los muertos eran tantos que no había tiempo para todas estas liturgias, en los primeros meses de la guerra lo único que se hacía era clavar un tablón de manera al suelo con el nombre del fallecido… poco a poco se fue reemplazando”.

— ¿Cómo resistió emocionalmente la ciudad ante el asedio?

— El humor negro era muy importante, ¿sabes? En Sarajevo somos expertos en reírnos de todo, incluso de lo que parece imposible reírse —Amir ha escrito para The Stranger una recopilación de los chistes populares sobre el cerco a Sarajevo.

Esa actitud frente al dolor, esa evasión necesaria, se representa de una manera muy especial en el hecho de que una radio underground de la ciudad, que emitía desde uno de los múltiples sótanos donde se hacían conciertos enchufando las guitarras a generadores industriales, abriera su programación con el We are the champions de Queen el día que Sarajevo superó a Leningrado como el cerco más largo del siglo.

Me cuenta la historia de su particular cerco y de cómo la amistad de su madre con un serbio les mantuvo a salvo. Paseamos por Obala Kulina Bana, la avenida que acompaña en curso del río. Vamos desde la mitológica biblioteca de Vijenica, destrozada por los morteros, hasta el puente donde Gavrilo Princip asesinó a Franz Ferdinand en 1914 desencadenando la I Guerra Mundial. Es un paseo por el Risk del siglo XX escuchando las aguas reacias del río Miljacka. Por algo Sarajevo es denominado en las crónicas históricas más antiguas como «Rayo entre las Montañas».

Vijenica ya se ha restaurado, principalmente con presupuesto de la UE. Austria ha sido el país miembro que más ha aportado, porque en parte considera que la biblioteca es su legado en la ciudad. Amir me cuenta que, pese a la estética mozárabe de Vijenica, no fue construida por los otomanos durante su asentamiento en Sarajevo, sino por los austro-húngaros, que no quisieron que ciertos puntos de la ciudad perdieran su fisonomía y estética otomana después de su conquista. Para Amir este hecho explica la capacidad histórica de convivencia de culturas diferentes en Sarajevo, se diga lo que se diga y haya pasado lo que haya pasado. Y de nuevo vuelvo a escuchar uno de los eslóganes de la ciudad: en Sarajevo se puede encontrar una mezquita, una sinagoga, una iglesia católica y una iglesia ortodoxa en menos de un kilómetro cuadrado.

Me despido con Amir tomando un té en un local del centro. Me cuenta que el pasado 6 de abril 11.541 sillas rojas y vacías ocuparon 800 metros de la calle principal para recordar a los muertos. La línea de sangre, así se llamó. 600 de esas sillas eran pequeñas, porque esas sillas pequeñas conmemoraban a los niños muertos. El violoncelista Vedran Smailovic, celebre por tocar bajo las bombas durante el asedio, volvió a tocar en su ciudad.

Antes de despedirnos, Amir me señala una de las lejanas colinas del este: “desde esa colina, en la época del asedio, te podría alcanzar un francotirador”. Después de esta última revelación, la colina Ozren ya no me parece el paisaje perfecto para pasar un domingo de primavera.

Perspectiva del río Miljacka, Sarajevo, 2012 – Fotografía de Nico Polato

Un mapa y un cordón umbilical

En Tita Marsala se encuentra el Fuego Eterno, la llama que recuerda a los partisanos caídos desde 1945. La llama ha prevalecido siempre encendida, menos algunos días en enero de 2009, cuando Gazprom cortó el grifo a algunos países del Este en la recordada Crisis del Gas. Todo símbolo es vulnerable ante un mercado desajustado.

Me voy despidiendo de Sarajevo. El poeta Matías M. Clemente me ha escrito que lleva a cuestas la ciudad desde que la visitó. Ahora sé a lo que se refiere, pero no sé cómo explicarlo. Doy los últimos paseos buscando las últimas metrallas. Los morteros que socavaron algunas calles (marcas rellenadas por pintura roja por los artistas locales) parecen esculturas de llamas primitivas. Muchos de los edificios parecen un enjambre, una colmena. Llego a la Iglesia de St. Joseph, punto de inicio de Grbavica. Ahí comienza esa avenida inmemorial, donde sus edificios estaban atestados de francotiradores. Me dicen que a los ciudadanos de Sarajevo ya no les imponen respeto, pero a mí esas ventanas que parecen bocas bostezando me intranquilizan. Me fijo en la fachada de un bloque residencial, muy vapuleada, pero esta vez los agujeros de los proyectiles están rellenados con cemento, pero de un gris mucho más nuevo y oscuro. Otra forma diferente de rubeola en este caso.

Paso por el Parlamento que tiene un diez de banderas bosniacas en su frontispicio. Entre ellas hay una bandera blanca. Estoy seguro de que es una bandera de tregua, pero luego reparo en que tiene algo escrito, muy desteñido, y ya dudo. No indago, porque prefiero pensar que es una bandera de tregua. Cerca de allí —detrás del Museo Nacional, cerrado por falta de fondos— está el Café Tito. Tanques y escenografía bélica decoran su entrada. En su interior, está iluminado por una tenue luz roja, así el café parece una sala de revelado. Las fotos de Tito con todos los peces gordos del siglo XX —artistas, políticos y pensadores— y las portadas de Time y de otros medios con su rostro son su elemento decorativo. Me vienen dos ideas al respecto de Tito: era taimado y era un farandulero.

Antes de coger el autobús me he citado con Albino Bizzotto, en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad. Albino es un religioso de Padova, fundador del movimiento por la paz Beati Costruttori di Pace, que logró traspasar el cerco serbio para introducirse en la ciudad. A partir de ahí comenzó una hermosa tarea: enviar la correspondencia a los hogares de Sarajevo. Así, más de ochocientas mil cartas (tanto de entrada como de salida) fueron gestionadas por su asociación en los 1.425 días que duró el asedio. Albino se convirtió en uno de los pocos cordones umbilicales de la ciudad sitiada. El 8 de diciembre, veinte años después, van a comenzar una reconstrucción de la memoria a través de estas cartas, de esos misterios impresos, de esos relatos que cuentan la novela del asedio. Cartas donde se encontraban besos estampados por un pintalabios, la fotocopia de los pies de un bebé o incluso un sobre de crema hidratante. No se me viene a la cabeza una idea que exprese mejor el amor que alguien que se preocupa por la hidratación de la piel de un ser querido, mientras llueven las bombas.

Llego a la estación poco antes de que salga mi autobús para Ljublana. Me tomo un café mientras observo a unos obreros apilando ladrillos en la estación. Una chica en la mesa de al lado parece quejarse de migrañas. En estas, aparece un hombre delgado, vestido de revisor al que todo el mundo respeta. El camarero lo llaman Vlada y le aprieta la mano con afecto. Saluda a todos, también a mí, con una sonrisa en el rostro. Tiene más de cuarenta años y cuida su boina como quien cuida de su identidad. Se sienta en una mesa y enciende un cigarro. Su sonrisa, poco a poco, se va apagando. Y se pone a pensar en sus cosas.

Todavía se fuma en el interior de los bares de Bosnia, Sarajevo, 2012 – Fotografía de Nico Polato

Fotografía: Nico Polato

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22 Comentarios

  1. Brutal y silencioso retrato de esta ciudad tan gris y agrietada, pero que tanto esconde. Al leerlo me venían a la mente escenas de la película española Territorio Comanche, basada en la novela de Pérez-Reverte y rodada en espacios reales de una devastada Sarajevo.

    • Rectifico, el asesinato al archiduque Franz Ferdinand se produjo el 28 de julio de 1914. La I Guerra Mundial comenzó en ese año y terminó el 18. Gracias.

      • No rectifiques. Franz Ferdinand fue asesinado el 28 de junio. La fecha fue determinante en el atentado. El 28 de junio, día de San Vito, patrón de Serbia, es la fecha más importante de su calendario pues es el día en que tuvo lugar la batalla de Kosovo Polje (1389) que aunque marcó el inicio del declive de Serbia, para ella representa el momento en que estuvo más cerca de cumplir su sueño de predominio en los Balcanes, pues fue bajo la dirección del príncipe serbio Lazar que los reinos entonces
        existentes, fueron a la batalla. Que Franz Ferdinand decidiera visitar Sarajevo precisamente ese día, fue tomado como una afrenta por el nacionalismo serbio, que emergía con un fuerte vigor tras haberse liberado del dominio otomano, y que había recuperado ese viejo sueño de construir una Gran Serbia.

  2. Extraordinario artículo Eugenio, está magnificamente representado lo que pasó en Sarajevo, cada dia nos sorprendes más, lo dicho, enhorabuena y continúa por este camino. GRACIAS!!!!

  3. Buen articulo! A veces es dificil ser Sarajevita – en ocasiones, puede que no te guste o no estes de acuerdo con todas las cosas que se escriben. Tu has conseguido capturar la esencia. Pero si me preguntas por banderas bosniacas enfrente del parlamento… eso puede crear confusion, porque esas banderas son BOSNIAS, no bosniacas, que no es igual. Para acabar, si no me equivoco, Ključ esta en el noroeste, no en el sur.
    Una vez mas, buen trabajo, sigue asi!

  4. Una puntualización: el asedio de Leningrado (San Petersburgo) duró de 1941 a 1944. Es el de Stalingrado (Volgogrado) el que duró un tercio del de Sarajevo.

  5. Una autentica delicia,gracias por este gran articulo,si ya tenía ganas de visitar Sarajevo ahora ya ni te cuento,grande!!

  6. Enhorabuena !Es un obrón según mi modesta opinión. Has podido reflexionar con terquedad y lucidez accediendo a la vida interior de las personas y presentarnos,incluso un enorme abanico de informaciones históricas en aquellos días feroces…Sigue así,saludos desde Atenas..

  7. Me ha gustado mucho el artículo, yo estuve en Sarajevo el 2004, varias veces, y para mi punto de vista,la clavas, tanto en lo que respecta a la realidad de la ciudad como, por extensión, a la de Bosnia, en la que estuve cuatro meses. Enhorabuena también al señor Polato por las fotos, maravillosamente agudas.
    Un enorme y afectuoso abrazo, maestro.

  8. Excelente articulo . refleja perfectamente la mezquindad a la que nos llevan algunas ideas, llamadas políticas , religiosas , racismos , nacionalismos mal , pero que muy mal entendidoss. Que pena , en pleno siglo 21.
    Ojala aprendamos de una vez.

  9. Yo pude visitar Sarajevo allá por el 2002, aún con numerosas heridas de guerra. No sé ahora, pero la mayoría de la población tenía secuelas psicológicas de la guerra, podías estar hablando con alguien normalmente y de repente se te echaba a llorar desconsoladamante. A pesar de todo guardo un buen recuerdo de la ciudad, posiblemente la más cosmopolita de las capitales de las ex repúblicas soviéticas. Pasamos un mes por allí: Croacia, Eslovenia, Serbia y Bosnia. De hecho pasamos en autobús por la república serbia de Bosnia (Srpska) para llegar a Sarajevo. Te dejaban en la estación de autobuses serbia y desde allí te tenías que buscar un taxi de los que podía circular por ambas partes de la ciudad para que te llevase a la parte bosnia. Para quien no conoce Sarajevo es como una ciudad en el Pirineo, rodeada de montañas desde donde disparaban los serbios.

    Los soldados de la ONU que patrullaban por aquel tiempo decían todos lo mismo: esto no tiene solución a largo plazo. Espero que se equivocasen.

  10. Me ha encantado el texto, acabo de volver de Sarajevo y leerlo ha sido como volver a pasear por sus calles. Me gustaría saber más del fotógrafo Nico Polato, dónde puedo encontrar más fotos suyas? Las ha expuesto en algún sitio que se pueda visitar?
    Gracias!

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