Arte y Letras Literatura

Las últimas palabras de Nikolái Gógol

Nikolái Gógol
Nikolái Gógol.

La desaparición de algunos escritores resulta más novelesca que sus propias novelas. Robert Walser se pasó las dos últimas décadas de su vida en un sanatorio. Allí no escribió ni una palabra —al fin y al cabo, como le contó a Carl Seelig, estaba allí para estar loco, no para escribir—. Antes, su escritura había ido menguando hasta desaparecer prácticamente por completo. A Nikolái Gógol no le llevó tanto tiempo extinguir su escritura. La noche del 24 de febrero de 1852 arrojó a las llamas la que iba a ser la segunda parte de Almas muertas. Con ese acto renegaba de su obra literaria… O tal vez se trató de un simple accidente. Según el biógrafo Vasili Vasilievich Gippius, es posible que Gógol quemase por error el manuscrito por el que quería ser recordado. Al darse cuenta, habría intentado sacarlo, pero solo pudo salvar una pequeña parte, presumiblemente los capítulos que nos han llegado. Fuera como fuese, después se encerró en su habitación decidido a morir de hambre. Tardó nueve días en conseguirlo. 

Se dice que poco antes de fallecer pidió una escalera. Dadas sus fuertes convicciones religiosas, es de suponer que se refería a la escalera de Jacob, que lo llevaría directamente al cielo. No sabemos si esas fueron las últimas palabras de Nikolái Gógol. Lo cierto es que la escalera no le hacía ninguna falta. Ya había ascendido al olimpo literario unos años antes. Lo hizo en la calesa que se eleva por los aires movida por el hálito divino en el último párrafo de Almas muertas.

Pese a ocupar un lugar primordial en la historia de la literatura, Gógol se fue al otro mundo pensando que había fracasado. En el prólogo de la segunda edición de Almas muertas, sorprendió a sus lectores con una inusual confesión. En él afirmaba que muchas de las cosas que se decían en el libro eran incorrectas, que la vida en Rusia no era realmente así. Según dijo, no había página que no tuviera algún error. Le echó la culpa a su inmadurez y a las prisas, aunque en su descargo admitió que nadie podría tener un conocimiento total de Rusia. Después hizo un llamamiento a sus lectores para que le indicaran si detectaban algo erróneo. (Nadie debió de hacerlo, pues más tarde se quejó de su falta de cooperación). 

El fracaso de Gógol era más percibido que real. Aunque los críticos más conservadores consideraron que Almas muertas era una vulgar caricatura de Rusia, otros, como Visarión Belinski, uno de los más influyentes del país, se mostraron entusiastas. Paradójicamente, la opinión de este último fue la que más le turbó. El crítico puso la novela en un altar por atreverse a encarar la realidad rusa y por su impacto social —según él, Almas muertas abogaba claramente por la emancipación de los siervos—. Pero a Gógol el hecho de que alguien relacionara su novela con la abolición de la servidumbre, aunque fuese como halago, le ponía los pelos de punta, ya que era un prozarista convencido.

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3 comentarios

  1. Agustín Serrano

    En lo puramente literario, Gógol fue tal vez la más talentosa pluma de la Rusia zarista.

    El artículo de García Nieto es brillante.

  2. Muy bueno Gogol y también buen artículo.

  3. O se ha aburrido usted o pasa por una época de “spleen”, porque Gogol no es un desconocido y si por algo se caracteriza el estilo de Rebeca García Nieto es por proponer una serie de autores marginales al menos en Ehpaña, caladero de idiotas orgullosos de no leer un libro. Aprovecho la oportunidad para hablarle sobre alguien del que sigue siendo comprometido decir algo (al menos en nuestra pequeño estado centroafricano) salvo desde el anonimato: Karlheinz Deschner. Así, por una vez, será usted quien reciba la sorpresa.
    La obra de KD sigue hoy viva gracias a internet. Si no fuera por las tiendas virtuales como iberlibro y sobre todo, por los repositorios digitales piratas como libgen.li y el anna’s archive (gloria a ambos) no tendríamos diez años después de su muerte noticia alguna de su existencia.
    Deschner escribe en contra del clericalismo, la iglesia y el Vaticano, pero no desde el punto de vista del ensayista, sino como un historiador de la religión. Se le nota muy cabreado con una fe que en algún momento sintió (hasta el punto de estar como seminarista franciscano), pero de la que abjuró gracias a los estudios históricos y a la excomunión que le cayó encima por haberse casado con una mujer separada, Elfi Tuch.
    Como viene siendo habitual, el parásito de Roma ubica en cada país sus huestes y mediante asociaciones de abogados a las que paga sus minutas mediante donaciones (que, vaya vaya, obtiene del irpf de los respectivos estados). Ejerce así su acción inquisitorial al margen de la parafernalia del santo oficio. La misma mierda, pero de un modo más cercano al derecho penal, en virtud del delito de calumnias o de la ofensa a los sentimientos religiosos. Si alguien cree que la Inquisición dejó de existir en España en 1838 (fuimos plusmarquistas de su vigencia) lo mismo hasta se sorprende.
    Del proceso de difamación incoado en contra de Deschner por la iglesia (originado por su obra inconcluso “Historia criminal del cristianismo”, plagada de anotaciones) salió indemne gracias sobre todo al peso de la prensa en la RFA de los años 70 (Alemania debía mostrar su aconfesionalidad jurídica), cosa que dudamos que acontezca en la patria del juez García Castellón (donde los medios de comunicación y la presión de la iglesia católica suelen danzar al mismo son y a estar en manos afines). No obstante, salió libre del tribunal, mas del ostracismo quedó indemne. Logró sobrevivir escribiendo pensionado por las aportaciones de otros muchos damnificados particulares alemanes por las iglesias católica o protestante y la Wehrmacht, a los que cita cumplidamente al inicio de cada una de sus obras.
    En cualquier caso, el alcance de su obra ha sido discreto (sobre todo, porque los grupos mediáticos han ido haciéndose con los sellos editoriales menores, en donde él publicaba, lo que ha significado regresar al silencio; un ejemplo, Martínez Roca, canibalizada por editorial Planeta).
    Escribió una obra corta con ánimo pedagógico, para despertar a bachilleres del sueño dogmático, “El credo falsificado”, medio secuestrada en los países hispano parlantes. No creo que haya sido lectura recomendada en centro de secundaria alguno. Así nos va. Y, como cabría esperar, algunas sus obras más incisivas nunca se tradujeron al castellano, por el bien del rebaño de la reserva espiritual de Occidente, como “Dios y los fascistas”, que animo a leer a quien tenga ganas y sepa inglés o empeño en usar el google translator.
    Muchas gracias Rebeca por sus periódicas irrupciones. Entro en su página una vez cada trimestre únicamente con la ilusión de leer su columna. No sé el porqué de su cambio de rumbo hacia un autor trillado. En cualquier caso, haga como mejor le parezca. No tiene el deber de sorprendernos continuamente.

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