
De vencedores y perdedores, de eso trata la vida y las series de televisión. Detrás de todo héroe existe un villano y por cada galán de telenovela encontramos al eterno amigo pagafantas más solo que la una. La ley del más fuerte también se impone en televisión, que nos enseña desde la más tierna infancia que los losers son algo necesario, siempre y cuando no resulte fácil identificarse con ellos.
Pongamos algunos ejemplos. Carlton Banks era entrañable y su peripatético baile transmitía esa alegría inconsciente del típico tontorrón que no rasca bola. Y qué me decís de Screech Powers, primer gran nerd televisivo, o Steve Urkel. Exageraciones cómicas que mantienen a raya a la versión loser que todos llevamos dentro.
Perder son amores no correspondidos, son ridículos de esos de «tierra, trágame» o simplemente cosas que no salen bien. Y no pasa nada porque siempre habrá ese personajillo televisivo con el que reírse y recobrar la confianza en uno mismo. Los perdedores cumplen con esa función social. Nos tranquilizan y recuerdan que las cosas siempre podrían ser peor. Es un hecho contrastado que funciona, siempre y cuando esa gente algo raruna no se parezca demasiado a nosotros.
Entonces, llega el cese de la ternura y empiezan las hostilidades. Nuestra mirada indulgente se enturbia hasta generar un rechazo muchas veces superior al que sentíamos desde el primer momento por el malo malísimo o, en su defecto, por la chica perfecta o el «mazao» capitán del equipo. Esa transición casi tan imposible como el tupé del guaperas del grupo se produce ante la aparición de los llamados perdedores discretos. Lo es, por ejemplo, Jack Shephard, el líder atormentado de Perdidos. Personajes capaces de despertar las fobias (y miedos) del espectador. Diréis, «pero si el doctor Shepard era el líder de los supervivientes». Cierto, pero todos sabemos que el guay en esa selva de osos polares no era otro que Sawyer, si no de qué Kate iba a esperar hasta estar muerta para irse con Jack. ¿Existe algo más loser que eso? Sí, Dawson Leery y aquí, ¡equilicuá!, llegamos al quid de la cuestión y a la excusa perfecta para denunciar lo injusto que se ha sido con una serie tan transgresora como fue Dawson crece.
No es broma. Las series juveniles suelen ser benevolentes con sus protagonistas por más dramas que surjan. Nos gustan los finales felices y los problemas se reparten entre todos como buenos hermanos, salvo que te llames Dawson y luzcas una melena que pretende imitar a la de Brad Pitt. Ese ya es un mal comienzo. Quedarse compuesto, sin novia y sin éxito profesional está más que justificado. Incluso que tu padre fallezca al caérsele el helado que se estaba comiendo mientras conducía. De acuerdo, eso no. Excesiva crueldad para un muchacho que ya tenía suficiente con hablar como hablaba y tener tan poca gracia que hasta las seguidoras de la serie pedían a gritos que no, que por favor Joey no acabara con su amigo del alma. Y Kevin Williamson, valiente, les hizo caso y no dudó en agitar un género demasiado encasillado.
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