Deportes

Historias olímpicas: Auge y caída de Ben Johnson

Ben Johnson entrando primero en la meta durante la final de los 100 metros lisos de los Juegos Olímpicos de Seúl (Foto: Corbis)
Ben Johnson entrando primero en la meta durante la final de los 100 metros lisos de los Juegos Olímpicos de Seúl (Foto: Corbis)

El 24 de septiembre de 1988 se disputó la carrera de todas las carreras. Nunca semejante plantel de velocistas se había citado sobre una pista para disputarse la corona en la competición deportiva más importante del planeta, pero sobre todo se escenificaba el choque de sables entre Carl Lewis, antiguo rey de la velocidad olímpica, por entonces la mayor estrella en la historia del atletismo, y Ben Johnson, el incómodo aspirante que llevaba dos años asediando su trono y que de hecho ya se había convertido oficialmente en el hombre más rápido sobre la faz de la Tierra. Era con mucha diferencia el momento más esperado de los Juegos Olímpicos de 1988 y no decepcionó. Al contrario, sucedieron cosas que antes hubiesen resultado impensables. Por ejemplo, que el estadounidense Calvin Smith, antiguo plusmarquista mundial, cruzase la meta marcando 9,99 segundos en el reloj pero tuviese que conformarse con la cuarta plaza, cuando cuatro años antes hubiese obtenido la medalla de oro con ese mismo registro. Todavía más: era la primera vez en la historia del atletismo que un velocista bajaba de los diez segundos y no conseguía siquiera subir al podio. Pero lo más relevante de aquel 24 de septiembre fue que Carl quedase definitivamente destronado por Ben Johnson, quien hizo la carrera de su vida, barriendo la plusmarca mundial, sacando varios cuerpos de distancia a Lewis y permitiéndose el lujo de levantar el brazo en señal de victoria antes de cruzar la meta, gesto que le impidió conseguir una marca todavía más impresionante. Johnson rubricó una supremacía mayestática que los cien metros no volvieron a contemplar hasta la aparición de Usain Bolt. Había destrozado a todos sus rivales, había humillado al antaño invencible Lewis ante la mirada atónita del mundo entero y por unas horas estuvo a punto de convertirse en el hombre cuya fotografía colgase en las habitaciones de millones de chavales de todo el mundo. Sí, parecía que él iba a ser el nuevo gran icono del deporte. Pero su gloria duró menos de cuarenta y ocho horas. El dopaje, la ponzoña que llevaba años ensombreciendo la trastienda del atletismo, saltó a las primeras planas cuando las pruebas de Ben Johnson lo delataron ante el mundo. El triunfante canadiense se convirtió en el símbolo de la infamia deportiva; ningún otro campeón había caído desde tales alturas en tan brevísimo tiempo mientras el mundo contemplaba con asombro su despeñamiento. Era el precipitado final de una rivalidad feroz y Johnson quedó retratado como el malvado. Pero había mucho más detrás de aquella historia. Hoy pocos piensan que Ben Johnson fuese realmente el único tramposo en aquella partida de póquer.

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17 comentarios

  1. Estupendo artículo. Me ha sumergido completamente en el ambiente del atletismo de aquella época, como espectador de entonces, pero también como testigo de lujo desde la actualidad. Era un niño cuando aquéllo. Gracias por traerlo al hoy.

  2. Enhorabuena por el artículo, me ha parecido magnífico..Yo vi «9.79» hace un par de años, cundo lo emitieron en Canal + y recuerdo que la sensación que me quedó no fue que Ben Johnson fuera un tramposo, supongo que porque ya contaba con ello, sino que acabó y pensé que a nadie (quien dice nadie dice USA) le convenía que Carl Lewis fuera un tramposo pero que, en realidad, lo fue como el que más..Aunque suene un poco demagógico, supongo que si hubiera sido de otro país, otro gallo hubiera cantado

  3. Jerónimo Vargas

    «El único misterio es por qué pillaron a Ben Johnson». Bueno, no el único. Es un misterio (vale, llamémoslo así) que Ben Johnson, en un momento en que los controles de dopaje se encontraban a años luz de los métodos de dopaje, fuera el único atleta destacado en dar positivo en los Juegos. Precisamente Ben Johnson, el campeón mundial y olímpico de 100 metros con menos tirón publicitario de la Historia, competidor de «El Hijo del Viento». Positivo por consumir lo mismo que en Roma el año anterior, donde dio negativo. Positivo no en una reunión aislada, en un despiste, sino en los Juegos Olímpicos, donde todo debía estar atado y bien atado. El único positivo de una final de 100 metros «limpia» como la patena. Yo pienso lo mismo que en 1988: Ben Johnson ganó la final porque era el mejor de la final.

  4. La pregunta que siempre me hago, tanto en atletismo como en ciclismo, a ese nivel, ¿existe alguno que no se dope?

  5. Fantástico artículo, un incunable de jot down.

  6. Carl Lewis al igual que Marion Jones estuvieron fuertemente apoyados desde el inicio de sus carreras por los labotarios Balco, eso esta mas que demostrado. Los 70 y 80 fueron las decadas doradas del dopaje en todos los deportes. La diferencia entre Europa del este y USA fue que estos ultimos controlaban el 90% de los estamentos deportivos y por ende manejaban a todos los controladores.

  7. Y no nos olvidemos que Johnson tambien fue entrenador personal de … Maradona!

  8. «… y cuya hermana fue también medallista olímpica» (sic).

  9. que maravilla de artículo, enhorabuena! Aunque parece que Carl Lewis y los demás tenían sus «fórmulas secretas», desde luego es innegable que Ben Johnson ha hecho un carrerón con Maradona, Gadafi……..

  10. Un artículo genial.

  11. El artículo es excelente porque describe perfectamente cómo se veía el mundo del dopaje antes y después de Seúl 88. Al menos así lo recordamos los que vivimos como superaficionados al atletismo aquella época. La noticia del positivo de Johnson fue como la de quien te dijo en la niñez la verdadera identidad de los Reyes Magos. Desde entonces nunca nada volvió a ser igual, y la sensación de escepticismo con las proezas atléticas de hoy en día (y en otros deportes también, claro) ha hecho que ya no compense tirarte horas y horas delante del televisor para ver Juegos, Mundiales y demás parafernalias a mayor gloria de las multinacionales y patrocinadores del deporte. Aquellos días en Seúl si que fueron el final de la inocencia.

  12. Buen artículo. Vi en su día la famosa carrera y a día de hoy me sigue pareciendo pasmosa, por mucho que esas marcas estén más que superadas.
    Además, el caso de Ben Johnson me parece un ejemplo paradigmático de hipocresía. La gente se empeñó, y se sigue empeñando, en presentarlo como un tramposo, cuando, como señala el artículo, no era precisamente el único.
    Y esto no lo digo en plan de exculpar a nadie o como una especie de «mal de muchos, consuelo de tontos». No, simplemente lo digo porque ése es el estado natural de las cosas. Es decir, en la alta competición todo cristo, repito, todo cristo se dopa. ¿Por qué? ¿Por dinero, fama…? Sin duda, todo eso está ahí, pero se trata de algo tan básico como que, tal y como se ha puesto el rendimiento deportivo desde los 60 en adelante, la lección que le va quedando clara a todo el mundo es que o te dopas o no hay nada que hacer.
    Conste que no hablo de oídas: he hablado con gente que ha competido y con médicos y todos coinciden. Por supuesto, nadie hablará ni ante los micrófonos y, menos aún, en sede judicial. Pero esto es como la meigas, que no existen pero haberlas, haylas.
    El caso del atletismo es más llamativo que otros porque tiene eso que llaman impacto mediático, pero no es, ni mucho menos, el único. Dopaje, como sabemos, es tomar esteroides y otras sustancias que ayuden a ganar masa y potencia muscular, pero también lo es usar EPO, o usar sustancias que, según sea la disciplina a la que nos refiramos, ayuden a la concentración o a un cierto grado de relajación para eliminar los nervios (tiradores de pistola, por ejemplo).
    Lo del dopaje es como lo del elefante blanco en medio de la habitación, que está ahí pero todo el mundo hace como que no lo ve. Todos o la inmensa mayoría de los espectadores y aficionados quieren ver siempre, o al menos tener esa posibilidad, a los campeones arañando centésimas a las plusmarcas, añadiendo centímetros a los lanzamientos o aguantando diez meses jugando a fútbol o baloncesto al máximo nivel. Y por alguna extraña conjunción planetaria o cualquier otro fenómeno para-subnormal resulta que todo eso ha de conseguirse, según nos quiere hacer creer el discurso políticamente correcto para que no se corrompan nuestros infantes, entrenando duro, alimentándose bien y durmiendo ocho horas: y ya.
    Pero resulta que no, que las cosas ya hace tiempo que no funcionan así. Ni volverán a hacerlo. El dopaje llegó para quedarse. Y se va a quedar porque nadie, insisto, nadie renuncia a la ventaja competitiva que te da el dopaje y éstos ya no son los tiempos del Barón de Cubertain, en los que el deporte era una cosa entre caballeros aristócratas y en la que «lo importante es participar», como nos decían de niños. Sí, cierto, hasta ciertos niveles lo importante es participar, pero pasado ese umbral el ideal del «citius, altius, fortior» se lleva hasta sus últimas consecuencias.
    Por poner sólo un par de ejemplos: cuando hace ya unos años hubo toda aquella operación contra el dopaje en el Tour de Francia uno de los equipos involucrados fue, si mal no recuerdo (o corríjanme si me equivoco), el equipo ONCE, con el consiguiente escándalo por la expulsión de los corredores y demás. Y su vuelta a España todos los miembros tenían el consiguiente cabreo pero cuando un periodista, a su llegada al aeropuerto, le preguntó a uno de los corredores que qué tenía que decir sobre las acusaciones de dopaje, el corredor, en un ejemplo no se sabe si de honestidad o de ingenuidad, dijo, aproximadamente, ‘No, aquí no se ha dopado nadie, pero no pretenderán que nos hagamos 40.000 kilómetros al año sólo a base de comer pasta y dormir’. Traducido a román paladino: ‘Pero, compadre, ¿y qué te esperabas?’ Por eso siempre me pareció un despropósito lo que le hicieron a Lance Armstrong: él no hizo nada distinto de lo que hacían todos los demás, con el añadido de que se recuperó de un cáncer y llegó a ganar el Tour más veces que nadie y a un nivel que nadie ha igualado. Luego, si todos se dopan y, en igualdad de condiciones, Armstrong es claramente mejor que los demás, ¿dónde cojones está la trampa o la deshonestidad?
    En efecto, tal y como dice el artículo, Carl Lewis dio positivo por efedrina, que se considera sustancia dopante, y por alguna otra, que también había tomado Johnson, sólo que en el momento de tomarla aún no se consideraba dopante. Vamos a ver: al nivel de altísima competición del que estamos hablando, en el que los atletas saben perfectamente los pros y los contras de toda una serie de productos, porque para eso tienen a médicos especialistas a su servicio, ¿alguien se cree que Lewis no sabía qué se tomaba y para qué servía? Incluso cuando, al cabo de los años, se han ido conociendo los detalles de todo el sistema de dopaje masivo que practicaban los países del Este, los atletas decían que en muchos casos no se les informaba exactamente de qué tomaban sino que, simplemente, se les decía que se tomaran lo que les daban, que eran suplementos que necesitaban para el entrenamiento, los propios afectados decían que sí que sabían que ahí había gato encerrado, que los cambios de rendimiento y los cambios corporales, en especial en el caso de las mujeres, que experimentaban eran demasiado notorios como para ser «normales» pero que, bien por miedo a buscarse problemas, bien simplemente por no quedar fuera de la competición, nadie hacía demasiadas preguntas. Y si alguien se cree que, a medida que se iban sospechando o sabiendo en plan secreto a voces qué pasaba con los países del Este, los países occidentales no iban a empezar a hacer lo propio, bueno, entonces es que hay quien sigue creyendo en los Reyes Magos.
    El segundo ejemplo al que quería referirme lo publicó la revista Time hace ya unos años, justo a propósito de los escándalos del ciclismo. Entre otras cosas, ese artículo se refiere a un estudio que se había llevado a cabo nada menos que en el equipo de atletismo de los EEUU sobre el uso de sustancias dopantes. En la encuesta en cuestión se preguntaba, por un lado, a los atletas si habían tomado en algún momentos dichas sustancias. Como cabe esperar, ‘no, mami, yo no he hecho nada’. Un poco más adelante en la misma encuesta se les plantea a los atletas esta hipótesis: Supongamos que alguien te propone usar determinada sustancia que te permita mejorar significativamente el rendimiento, con la consiguiente garantía de éxito y todo lo que ello conlleva de mejores ingresos, contratos publicitarios sustanciosos, etc. Además, esa sustancia sería indetectable con las técnicas actuales. El único pero es que, por una serie de contraindicaciones, tu vida se vería seriamente acortada, no siendo descartable que murieras antes de cumplir 50. Sabiendo todo eso, ¿usarías esa sustancia? Algo así como el 90% o más de los encuestados respondió que sí… Que cada cual saque sus conclusiones… Ese mismo artículo también se hacía eco de lo comentado acerca del uso de aparatos bucales correctores por parte de los atletas estadounidenses, cuya proporción multiplica por mucho al de la media de la población: hay casualidades que, sencillamente, no existen.
    Luego, Carl Lewis, que años después llegó, por fin, a tener el récord mundial de los 100 metros lisos en 9.86, hizo lo que todos los demás en la élite de la velocidad, es decir, se dopó, pero supo hacerlo mejor que sus competidores y no lo pillaron, o tenía las influencias adecuadas y logró parar investigaciones incómodas, como hemos visto. Pero volvemos a lo referido a Armstrong: si todos, Lewis incluido, se dopaban y Johnson le dio el respaso que le dio, el mejor fue Johnson. Que también fue el que más se arriesgó.
    Porque un factor que no se menciona en el artículo es por qué Ben Johnson, si ya sabía que se estaban haciendo controles antidopaje, llevó las cosas a ese extremo en Seúl. Y la razón fue la siguiente: ese mismo año, preparándose para los Juegos Olímpicos, Johnson tuvo una lesión en un bíceps femoral, que para un velocista significa quedarse cojo, sin más. Como la idea de no competir ni se le pasaba por la cabeza y, por otro lado, tomarse el necesario descanso para recuperarse de forma natural significaría estar en dique seco mínimo dos meses, con la consiguiente desventaja frente a Lewis y el resto que sí que iban a estar entrenando a tope, decidió arriesgarse y usar esteroides justamente para lo que están indicados médicamente: para la regeneración muscular y de tejidos. Se recuperó pero, claro, no lo suficientemente a tiempo como para que no quedara rastro en su cuerpo en el momento de hacerle los análisis. Con los resultados que ya sabemos.
    Que, habiendo pasado lo que pasó, siguiera erre que erre, sabiendo que lo iban a controlar sí o sí, prueba que, además del más rápido, era también el más tonto.

  13. Como bien han apuntado varios, muchos de los que eramos niños en esa época, vimos caer un mundo idílico en el que todo era transparente y carente de malicia. Transpolando esa debacle atlética al deporte en general, me he quedado con el gusanillo de la duda, siendo incapaz muchas veces de disfrutar cualquier evento, por el sentimiento de desconfianza ante las hazañas de los campeones.

    Recuerdo haber visto aquella frenada de Prost para echar a Senna y pensar: «Prost llorón, menudo campeón», igual con aquel Toleman en MonteCarlo, y el francés histerico pidiendo pararan la carrera porque Senna lo adelantaria, inminente.

    En las artes marciales mixtas, hay mucho cobijo a los atletas de EEUU, mucho solapar a los nacionales, y mucho de exponer a los de fuera, en esa sensacional maquinaria propagandística en el deporte de elite de aquel país.

    Ben Johnson siempre me pareció un noble bruto, verlo arrastrado en el fango es toda una elegía, y si, por muchos años creí que era injusto culparlo solo a él y a nadie más.

    Hoy en día, no hay duda que las ayudas artificiales están en la inmensa mayoría de los deportes, no creo que pueda concebirse ya sin ellas, tristemente.

  14. granjefeindio

    Brillante artículo.

  15. Pepe Almeida

    Me ha encantando el articulo y ha tenido la virtud de llevarme a aquel final de los ochenta y como fui testigo de la carrera. Todo el grupo de amigos que lo contemplamos supimos, sin decirnos nada, que habíamos presenciado algo histórico, solamente comparable a lo que experimentaron los espectadores que vieron los 8,90 metros en la competición de salto de longitud en México-68. Cuando horas más tarde llego el mazazo, el mundo se volvió algo más oscuro y frió.
    Quiero destacar que documentales canadienses emitidos con motivo del 25 aniversario de aquella competición, han afirmado que se detectaron más de 20 positivos en atletas y que sólo a Ben Johnson se le aplico la maxima pena. El hecho de que la exclusiva de la retrasmisión televisiva fuese de la estadounidense CBS podria tener algo que ver, ya que hubiera sido un verdadero escandalo. Siempre me ha parecido que Ben Johnson fue un blanco fácil con el que todo el mundo pudo ensañarse sin consecuencias, haciendo bueno el viejo aforismo castellano de «hacer lanzada en moro muerto». Pues eso.

  16. Excelente artículo, felicitaciones.

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