
¡Qué difícil el oficio de conquistador! Las cosas no siempre salen como las tienes pensadas y la vida se te va sin conquistar lo que creías tuyo por derecho divino, por mandato real, porque las circunstancias son —o parecen— las propicias, porque has nacido en el lugar correcto (las Españas), eres un hombre del nuevo siglo (el XVI) que se abalanza sobre un territorio (las Indias) que es pura potencia. Sientes que el tuyo es un destino de riqueza y gloria. Todo está allí, disponible para quien quiera tomarlo. Y, sin embargo, ¡ay!
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27 de marzo de 1513. Juan Ponce de León divisa desde cubierta una costa desconocida que se extiende sobre el horizonte, una franja de tierra que, a la vista de los españoles, se hace interminable. Todo verdor y exuberancia. Esto no se parece en nada a las pequeñas islas del Caribe que han explorado, asaltado y tomado durante los últimos veinte años; esta es la puerta de entrada a un territorio vasto que pronto revelará su verdadera naturaleza. Ponce de León está inaugurando un derrotero de derrotas: esta tierra no perdona errores.
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Claro que mereces más de lo que tienes. Eres un veterano de la conquista, has viajado con el mismísimo Cristóbal Colón en 1493, te has embarcado en aquel prometedor segundo viaje donde estaba todo por tomar. Eras uno entre miles. Pero, claro, tú no eres uno entre tantos; veinte años después ya eres un hombre maduro que ha pasado la mitad de su vida en el extremo oeste del imperio donde nunca se pone el sol. Tu Valladolid natal, sin linaje, títulos ni fortuna, quedó atrás; eres un hombre de isla y lo que conseguiste fue a fuerza de riesgo, determinación y espada. Eres un soldado profesional con lealtades simples: hacia tu monarca y hacia tus propias ambiciones. Irás en busca de otra cosa, te lo has ganado. La ambición no te deja descansar y por eso invertirás la riqueza acumulada con tu hacienda caribeña e irás por más. Solo te falta el aval oficial y un viaje a la península bastará. Llegas a Castilla en el momento propicio: la corona está creciendo más allá de lo soñado y cada nuevo punto en el mapa redunda en poder, tierras, metales y esclavos a costo cero para el tesoro real. Total, el riesgo lo asumen hombres como tú. Claro que te has ganado la firma del rey Fernando en la capitulación con derecho de conquista de lo que decidas explorar. Invertirás lo que tengas para comprar barcos, armas, equipamiento; contratarás tripulación y soldados; a cambio, obtendrás el título de adelantado de todos los territorios que descubras, recibirás un quinto de las riquezas encontradas, repartirás encomiendas entre tus hombres, fundarás ciudades y nombrarás a los funcionarios coloniales. Todo para ti, por derecho real y divino. ¡Pero es tan ingrato el trabajo del conquistador!
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Los barcos de Ponce de León divisan un contorno de tierra inmenso; la vegetación es extraordinariamente exuberante, con árboles que cubren la costa hasta donde alcanza la vista. Definitivamente no son las palmeras del Caribe: son bosques densos y flores silvestres que sugieren una geografía y un clima diferentes. El aire trae aromas desconocidos; las aguas, de un turquesa de ensueño, son poco profundas a lo largo de kilómetros; hay bancos de arena, arrecifes de coral tan hermosos como mortales; las corrientes oceánicas son más fuertes que cualquier otra que hubiesen navegado. Con todas las velas desplegadas, aunque intentan avanzar, los barcos navegan hacia atrás; nada que los marineros españoles hayan experimentado en las aguas del Caribe se parece a esto. Pronto descubrirán que no serán solo las aguas: esta tierra a la que llamarán Florida es diferente a todo.
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Llevas varios días de exploración por las costas. Ya es hora de ordenar el desembarco. Nadie sabe actualmente dónde lo has hecho, si en la llamada Melbourne Beach o en Saint Augustine o más al norte, cerca del río Saint Johns. Entonces, desembarcas. Lo haces con la pompa y ceremonia de costumbre, con toma de posesión, misa y lectura del requerimiento (necesitas del acto performático, es la justificación legal y moral de la conquista). Pronto encuentras indicios de presencia humana en la región: senderos, cultivos, aldeas, templos, tributos, múltiples naciones y lenguas, cientos de miles de hombres, mujeres y niños que habitan esta tierra. Tú no lo sabes, pero algunos de ellos, ocultos en la vegetación, asistieron a tu tonta ceremonia en la playa. La tierra de tu isla —claro que no es una isla, es uno de los extremos de un continente imprevisiblemente inmenso— es rica y fértil; los ríos y los bosques son abundantes. Cualquiera creería estar en el paraíso, pero tú no has venido de vacaciones: no encuentras oro ni plata ni perlas y has invertido lo que tenías en esta expedición. Será mejor que navegues hacia el sur; necesitas dar con puertos naturales y protegidos, imprescindibles para garantizar la línea de suministro de las colonias con la península española. Si todo sigue así, el rey habrá hecho muy mal en confiar en ti. Navegas y no encuentras más que manglares, cayos, arena; llegas al extremo sur y comienzas a subir por la costa oeste. Todo parece más fácil de este lado y, sin embargo, ¡ay!, estos indios no son lo que creías. Son muchos, esquivos, feroces. Están organizados y preparados, ya saben de gente como tú; trafican información, tienen métodos para alejarte y, sobre todo, manejan armas sofisticadas con una maestría que jamás imaginaste. Si hubieras prestado atención, si hubieras dudado un instante de tus habilidades, habrías previsto que la aparente naturaleza virgen puede esconder pueblos enteros dispuestos a defenderse; si hubieras aguzado la vista y el oído, habrías detectado las señales. Pero no has hecho nada de eso. Intentaste desembarcar y ahí sí escuchaste el silbido de las flechas, ahí sí las viste volar con precisión inquietante y atravesar armaduras. Tus armas son contundentes: el ruido de la explosión de la pólvora entre los árboles es atroz; un arcabuz es capaz de herir o matar a un hombre a más de cien metros; las ballestas pueden atravesar varios cuerpos con un solo virote. Son devastadoras, pero ellos no se intimidan. Se retiran, se esconden, te observan. Esperan. Tienen toda una vida aquí y tú tienes urgencias. En cuanto bajes la guardia te atacarán desde todos los ángulos; será un enfrentamiento extenso y pertinaz, uno completamente diferente a los que has vivido —tú y cualquier español— en este mundo nuevo. ¿Dónde han quedado esos tiempos en los que todo se resolvía en una única batalla? ¿Qué no darías por aquellos indios a los que te imponías rápidamente con tu superioridad tecnológica?
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Ponce de León descubre muy pronto que allí sería imposible instalar una colonia española (los habitantes son demasiado numerosos, demasiado organizados, demasiado determinados a luchar) y decide continuar la exploración navegando más al norte por la costa del golfo. En cada lugar, el patrón se repite: busca un puerto natural que pueda servir como base colonial, busca oro o lo que sea que la tierra pueda dar, rápido y sin demasiado esfuerzo; encuentra ríos navegables y tierras fértiles. Pero eso es apenas una promesa de riqueza a futuro, y quién la necesita si existe la posibilidad de forrarse de un plumazo. Florida es rica en una riqueza que no les interesa a estos hombres del siglo XVI.
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¿Cuántos desembarcos más tendrás que realizar para conseguir tu objetivo? ¿Cuántas ceremonias has hecho en los últimos meses? ¿Cuántas veces más buscarás el favor divino para confirmar que esta tierra te pertenece?
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Después de cinco meses de circunnavegación y un puñado de actos protocolares clamando al cielo y al aire que aquel territorio es español sin un solo hecho que venga a ratificar lo que se dijo con pompa, Ponce de León emprende la vuelta a su isla caribeña más pobre de lo que era cuando partió. Todo lo que ha conseguido es un punto más en el mapa de la corona, una marca en el papel sin riquezas ni beneficios ni colonias ni encomiendas; por eso viaja a España para conseguir un nuevo permiso: volverá con el título de gobernador de Florida. Para serlo más allá del documento, deberá conquistarla. Durante los años siguientes se dedica a preparar, ya no una modesta expedición exploratoria sino una empresa de colonización permanente capaz de resistir cualquier embate. Tiene todo planeado meticulosamente. Recluta exploradores y navegantes, también civiles para garantizar el futuro de la colonia: artesanos, carpinteros, herreros, albañiles, mujeres y niños, familias enteras. Todos ellos harán la ciudad de la que él será gobernador. Lleva herramientas y materiales para construir lo que haga falta: arados de hierro, cinceles, guadañas, martillos, sierras, clavos de hierro fabricados en las fraguas españolas. Lleva animales domésticos, semillas y vegetales europeos: trigo, cebada, coles, cebollas, zanahorias. Además acarrea armas, muchas y variadas armas, porque las ciudades no se construyen solo con artesanos y martillos. Ganará ese territorio con todo lo que tiene: arcabuces, ballestas, espadas, picas, armaduras, pólvora suficiente para meses de combate contra un pueblo bravo. Sabe que no será fácil, los ha conocido hace ocho años. En 1521 zarpa al mando de tres barcos con dirección a la costa sudoeste de Florida.
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¿Por qué regresar al lugar donde encontraste la peor hostilidad? ¿No ha sido suficiente aquella derrota? ¿Acaso crees que tus razones prácticas (acceso a agua dulce abundante, tierra fértil, recursos marinos, puerto natural) pesan más que tu experiencia? Obstinado, confías en tu plan, tienes fe ciega en los papeles que te ha firmado tu rey a miles de kilómetros. Calculas que doscientos hombres armados y cincuenta caballos son suficientes para el primer desembarco y la construcción de una primera colonia defendible. Desembarcas (es algún punto no determinado de la bahía de Charlotte: la ubicación exacta se perdió en el tiempo; fue tan efímera como la colonia que fundaste). Comienzan las tareas de construcción: ordenas el asentamiento de viviendas temporales de madera mientras se construyen las permanentes, mandas a trazar calles (sigues el patrón de damero reticular que tan obsesivamente hacen los tuyos para sus ciudades coloniales: la racionalidad geométrica sobre el caos salvaje), haces construir la base de la iglesia (la sueñas de persistente piedra) mientras los frailes celebran misa en una capilla temporaria. Asistes cada día a la liturgia con devoción inalterable. No te olvidas de los sufrimientos pasados, sabes que hay peligros y amenazas; harías bien si encomiendas alzar fortificaciones y agregar unos puestos de vigilancia. Debes estar seguro. Mientras tanto, los artesanos arman sus talleres y los agricultores empiezan a preparar el terreno: queman vegetación, talan árboles, aran la tierra (es el típico trajín febril que se repite en cada colonia). No dejes que te engañe esta sucesión de días en calma; deberías pensar con lucidez. No pareces advertir lo evidente: los que te corrieron hace ocho años siguen aquí. Presta atención. Piensa. Si miraras más allá de tus narices, serías capaz de ver que están ahí, escondidos entre la vegetación. Te observan. Cuentan los puestos de vigilancia, los hombres, las armas. Evalúan. Están esperando el momento propicio. ¿Qué creías? No son un pueblo que vaya a aceptar una invasión así como así: están organizados militarmente, con guerreros entrenados desde la infancia; conocen tácticas de emboscadas, ataques sorpresa, retiradas estratégicas. Y tienen una ventaja que no deberías pasar por alto: conocen su lugar. Conocen cada sendero, cada río, cada pantano en el que verán hundirse a tus hombres con sus armaduras pesadas, inútiles. No te voy a contar lo que sucedió. Ya sabes del sonido sibilante de cientos de flechas dirigiéndose hacia ti. Sabes, porque lo has vivido en tu carne, el dolor que produce una flecha envenenada cuando te atraviesa el muslo. Sabes que es imposible sobrevivir a una herida así con este calor, con semejante infección, con tanta fiebre. Deberías ordenar la retirada. Herido y humillado, te vas con la estúpida certeza de que el primer adelantado en Florida será el primer fracasado de la corona española. ¿Por qué esta suerte?, pensarás. ¿Por qué, si Hernán Cortés se ha impuesto contra todo un imperio, yo no puedo con esto: cielo, tierra, vegetación? ¿Por qué se me niega este lugar indómito? No lo sabes, no puedes siquiera intuirlo en estas horas, pero eres el primero de una estirpe vergonzante. Detrás de ti fracasará el infructuoso Pánfilo de Narváez; lo hará también Álvar Núñez Cabeza de Vaca, pobre desgraciado, y abundará después Hernando de Soto, el soberbio conquistador de las tres Américas que fue por oro y no encontró más que mosquitos. No culpes a tu suerte. ¡Ay! Morirás en unos días y serás uno más entre tantos que intentaron, con insistencia y estruendo, doblegar el extremo más indócil del continente.





