
Primero estaba Paul Newman, siempre. Pregunten a su abuela. Después, quizá James Stewart, por aquello de que su aura paternal empatizaba con el ánimo de la posguerra. Y dado que el magnetismo animal de Marlon Brando era digno de descocadas, el tercero en la lista era él: metro noventa, viril, protector, un atractivo sexual por encima de la media y la ingenuidad de un muchacho de campo. Sí, tenía que ser él. Rock Hudson era lo apropiado para una chica de la época.
Así que figúrense la conmoción de su abuela cuando hace treinta años el mundo supo que el apropiado no solo gustaba de acostarse con hombres, sino que se moría de sida. La muerte de Rock Hudson en octubre de 1985, apenas dos meses después de haber confesado su enfermedad en un atropellado episodio en París —la ciudad a la que los enfermos más pudientes viajaban para tratarse con el experimental HPA-23—, fue determinante a la hora de cambiar la percepción que la sociedad occidental tenía del VIH/sida y el colectivo LGTB. Para millones de personas, Rock Hudson fue el primer paciente con sida del que oyeron hablar. Para millones de personas, Rock Hudson también fue la primera celebridad públicamente homosexual.
En 1985, más de seis mil personas en Estados Unidos murieron a causa de la enfermedad, pero como afectaba a grupos de población de los que, bueno, sencillamente no había que preocuparse demasiado, el problema del cáncer gay, la peste rosa o el GRID (Gay-related immune deficiency), término peyorativo con el que la comunidad científica estudió denominar a la enfermedad antes de decantarse por AIDS, no era tan trascendente. Cabe preguntarse qué habría ocurrido si el paciente Rock Hudson no hubiera saltado a los medios de comunicación y, con él, su vida privada en uno de los primeros casos de outing que se recuerdan. Quizá sin aquel inaudito impacto mediático, el devenir de la epidemia no hubiera sido el que fue sino otro mucho más infausto.
Icono gay, a su pesar
Hasta finales de los sesenta, la mayoría de la prensa estadounidense respetaba el acuerdo tácito que mantenía a Rock Hudson en el «armario de cristal», una expresión utilizada para designar a aquellos actores gais que no han hecho pública su condición, pero que es consabida por el gremio. En los setenta, el cine invirtió la tendencia del romanticismo al realismo, dejando de lado el tipo de papel que había convertido a Hudson en un mito durante las dos décadas anteriores. Y para cuando bien entrados los ochenta los medios inauguraron una era en la que el escrutinio de la vida privada daba sus primeros y más feroces pasos, la decadencia física de Rock Hudson fue un tema estrella que quedaría registrado en televisión.
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En las dos versiones de Obsesión, así como en la novela en que se basan, el personaje YA es médico. Se especializa en oftalmología para curar la ceguera, como lo hace Robert Taylor en la primera versión (también dirigida por Douglas Sirk).
No entiendo, en el contexto del artículo, ni la referencia ni el énfasis puesto en ella. ¿Puede aclararmela?
Es evidente, de esta manera parece «más bueno»
La primera versión de «Magnificent Obsessión», que aquí fue titulada «Sublime obsesión», la dirigió John M. Stahl, no Douglas Sirk.
Pingback: El hombre que no quiso ser Rock Hudson (pero que terminó siendo)
es un estudio brillante
Pingback: Rock Hudson | Pablo Giraldo
Un texto ejemplar.
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