
El paso de una página siempre cambia el curso de, al menos, una historia: al margen de la mayúscula están las de los protagonistas de papel y también las nuestras. Porque la palabra impresa ha sido, desde siempre, no solo transmisión escrita de tramas y moralejas, de filigranas silábicas o instruidas divulgaciones. Ha actuado, también, como un oráculo para quienes se encontraban ansiosos de futuro y creían —creen— que la fuerza de un tal azar puede resolverlo.
Imaginemos entonces, seguro que no con mucho esfuerzo, que una tediosa tarde de domingo alguien ordena su biblioteca, tal vez obedeciendo a un TOC descontrolado: por orden alfabético, cronológico, cromático, tipográfico, geográfico… Uno de los libros cae de la estantería al suelo con ese dolor de lomos que, normalmente, repercute en otra parte más sensible de su bibliófilo dueño. Se queda abierto, boca abajo y desde la cubierta observa, pongamos, un severo Miguel de Unamuno a través de esas gafas que no podían enmarcar más que una pequeña circunferencia del mundo (pero qué bien vista, desde luego). El dueño lo toma del suelo y le da la vuelta, aún abierto. Hace mucho que no (h)ojea ese ejemplar y ahora es una buena ocasión. Su mirada se fija en uno de los párrafos de la página marcada por el azar de la caída: «Casi todos los hombres nos aburrimos inconscientemente. El aburrimiento es el fondo de la vida y el aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor». Así lo lee, como si el libro fuese un reloj parado que un par de veces al día da la hora correcta. Quizá a partir de entonces y accidentalmente, una sucesión de libros comienza a caer tras el primero y las frases surgen del suelo como brotes de una cosecha mágica.
Esta comunión —la del texto, las inquietudes del lector y la casualidad que da con su dardo en el centro de la diana— tiene, como toda extravagancia, un nombre, una historia y una metodología.
Su nombre es bibliomancia y no precisamos de mucho rodeo etimológico para desenmascarar el significado más básico que guarda: adivinación a través de los libros. Consiste en abrir al azar un libro determinado, leer una de sus partes e interpretar el fragmento como un mensaje críptico, una respuesta a la pregunta que se haya formulado previamente. Las variables, como es de suponer, son numerosas: desde la elección del libro hasta la del párrafo a interpretar, pasando por la capacidad de uno u otro sujeto bibliomante a la hora de llevar a cabo, satisfactoriamente, el rito.
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falta el IKING de los chinos
Dentro de 500 años o quizá mucho antes, (casi) nadie leerá libros le pese a quien le pese. Adquiriremos cultura pero será a través de otros soportes, algo que ya viene ocurriendo desde hace bastante tiempo. Y no pasará nada. La humanidad seguirá adelante hasta su inevitable destrucción final.
Si hay algo absolutamente cierto en este mundo, es la dupla que forman nuestra incapacidad para adivinar el futuro y nuestra obstinación —su comentario así lo escenifica— de intentar predecirlo.
¡Rabia, rablña…! ¡En 500 años ni un libro! ¡¡A chincharse!!
Dentro de 500 años quizá haya libros. Lo que no habrá es personas.
Pues podrías tener razón. Y añadiría que «por desgracia» pero no estoy muy seguro… En el fondo, me es indiferente¿Qué más da morir atragantado por un hueso de aceituna que calcinado en compañía de toda la humanidad? ¡Miento! Creo que es mucho más épica la segunda opción. ¡¡Meteoritos a mí!!
¿ Piensas vivir para comprobarlo ?
Vaya, me he equivocado, mi comentario era en repuesta al del Profesor Cito, el de… en 500 años no habrá libros.