El futuro está en los libros

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Foto: Pixabay (CC)
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El paso de una página siempre cambia el curso de, al menos, una historia: al margen de la mayúscula están las de los protagonistas de papel y también las nuestras. Porque la palabra impresa ha sido, desde siempre, no solo transmisión escrita de tramas y moralejas, de filigranas silábicas o instruidas divulgaciones. Ha actuado, también, como un oráculo para quienes se encontraban ansiosos de futuro y creían —creen que la fuerza de un tal azar puede resolverlo.

Imaginemos entonces, seguro que no con mucho esfuerzo, que una tediosa tarde de domingo alguien ordena su biblioteca, tal vez obedeciendo a un TOC descontrolado: por orden alfabético, cronológico, cromático, tipográfico, geográfico… Uno de los libros cae de la estantería al suelo con ese dolor de lomos que, normalmente, repercute en otra parte más sensible de su bibliófilo dueño. Se queda abierto, boca abajo y desde la cubierta observa, pongamos, un severo Miguel de Unamuno a través de esas gafas que no podían enmarcar más que una pequeña circunferencia del mundo (pero qué bien vista, desde luego). El dueño lo toma del suelo y le da la vuelta, aún abierto. Hace mucho que no (h)ojea ese ejemplar y ahora es una buena ocasión. Su mirada se fija en uno de los párrafos de la página marcada por el azar de la caída: «Casi todos los hombres nos aburrimos inconscientemente. El aburrimiento es el fondo de la vida y el aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor». Así lo lee, como si el libro fuese un reloj parado que un par de veces al día da la hora correcta. Quizá a partir de entonces y accidentalmente, una sucesión de libros comienza a caer tras el primero y las frases surgen del suelo como brotes de una cosecha mágica.

Esta comunión la del texto, las inquietudes del lector y la casualidad que da con su dardo en el centro de la diana tiene, como toda extravagancia, un nombre, una historia y una metodología.

Su nombre es bibliomancia y no precisamos de mucho rodeo etimológico para desenmascarar el significado más básico que guarda: adivinación a través de los libros. Consiste en abrir al azar un libro determinado, leer una de sus partes e interpretar el fragmento como un mensaje críptico, una respuesta a la pregunta que se haya formulado previamente. Las variables, como es de suponer, son numerosas: desde la elección del libro hasta la del párrafo a interpretar, pasando por la capacidad de uno u otro sujeto bibliomante a la hora de llevar a cabo, satisfactoriamente, el rito.

La historia de la bibliomancia nos lleva al Imperio romano en los primeros años de nuestra era, con bibliomantes ya míticos como Adriano o Claudio II. Sin embargo, no es hasta la Edad Media cuando este peculiar como todos, no nos engañemos método de adivinación comenzó su andadura hacia un anacrónico mainstream. Uno de los libros más empleados durante siglos para ejecutar la ceremonia ha sido la Eneida. Esta preferencia se debía fundamentalmente al prestigio y autoridad intelectual de las que gozaba su autor, Virgilio. A tal punto llegaba la antonomasia que, durante un tiempo, la bibliomancia llevó el más específico nombre de Sortes Virgilianae.

En Occidente, el otro libro de oro de esta práctica es la Biblia, por supuesto. El texto sagrado de la tradición cristiana responde a las dosis necesarias de esoterismo, simbolismo, hermetismo y otros –ismos que, junto a su carácter sacro, satisfacen las expectativas de credibilidad de los usuarios.

Sin embargo, en los últimos tiempos muchos otros libros tienen cabida en la bibliomancia. Así, suelen utilizarse los preferidos de los interesados o títulos que mantienen una relación directa con el enigma que estos quieren resolver. Se acota de esta manera el campo de posibles respuestas y se facilita la familiaridad temática y, por tanto, interpretativa.

En cuanto a la metodología, son muchas y muy diversas las opiniones acerca de la correcta forma de llevar a buen término el protocolo de la bibliomancia. Para elegir la página que proporcionará las claves de un hipotético futuro (o que, en todo caso, complacerá relativamente a su indagador) hay quien recomienda dejar caer el libro al suelo y tomarlo por la página que queda marcada, tal como se veía en el ejemplo del inicio. En cambio, hay también quien considera que las fuerzas naturales tienen mucho que aportar y que, por ello, lo suyo sería situar el libro en un espacio al aire libre, depositarlo abierto por la mitad en el suelo y dejar que el viento, en los minutos siguientes, decida en qué página se queda parado. ¿Cuánto esperar? No se sabe. No hay, precisamente, nada escrito desde un canon acerca de esto. Una vez elegida la página, se aconseja leer el primer párrafo, pero también parece que lo adecuado es elegirlo con el dedo índice al tiempo que se mantienen los ojos cerrados. ¿Y quién ejecuta la solemne ceremonia? Puede hacerlo uno mismo, llevado por el deseo de descubrir una respuesta a las cuestiones que le atenazan. O, como muchos consideran, nada mejor que depositar la confianza en un profesional de la materia, experimentado en las fuerzas de lo desconocido, que abra camino en la espesa maleza de los indicios del futuro. Así lo defienden los bibliomantes: a menor intervención del sujeto interesado, mayor eficacia en los resultados de la práctica. (Y en los beneficios económicos de quienes la ofertan, claro).

Pero la casualidad es una cosa muy particular y cuando los bibliomantes son inquiridos por lo racional y lo razonable de su –mancia, suelen invocar al concepto de sincronicidad, tan recurrente en los últimos tiempos. El término, acuñado por Carl Gustav Jung, apunta a la coincidencia significativa de varios sucesos al margen de la causalidad. Otra de las explicaciones posibles que su gurús ofrecen es la ley de la atracción, es decir, la creencia en que el pensamiento de una persona puede generar una influencia «energética» en su entorno. En ambos casos, se trata de un revestimiento del azar fundado en florituras cuasi teóricas, un traje demasiado amplio que nos remite a los mismos vacíos de otras adivinaciones.

Foto: Pixabay (CC)
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Bibliomancia mainstream

Instalados en cierta candidez, todos hemos caído en mayor o menor medida en los envites de la bibliomancia. Quién puede olvidar por completo aquellos test adolescentes que invitaban a un conjuro parecido: «Toma el primer libro que encuentres en la mesa en la que estás y ábrelo por la página 41. Ahora lee el tercer párrafo y compártelo». Los más osados sugerían aplicarla al futuro. Algo parecido se vio en redes sociales como Twitter o Facebook en épocas más recientes, cuando este efímero entretenimiento para amantes de los libros y otros clanes edulcoraba los ratos de conexión. No estaba mal descubrir cuáles eran los párrafos que iban a acabar con los estudios de los amigos, con su primer novio, o que les auguraban ganar la lotería en el caso de jugarla. Pero más interesante en esta práctica asociada únicamente a la diversión resultaba conocer cuáles eran los libros que los participantes tenían más a mano: que el más cercano fuese Déjame que te cuente, de Jorge Bucay, Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, Tokio Blues, de Haruki Murakami, Breve tratado de la ilusión, de Julián Marías o Historia de dos ciudades, de Charles Dickens era sin duda algo que revelaba más información de la que los participantes pretendían. Quizá no solo acerca su futuro, eso es cierto. Por eso algunos reestructuraban su escritorio dejando a mano títulos predilectos, un altar a las filias literarias que mejor visten.

Si alguien siente curiosidad, por cierto, junto al teclado que genera estas palabras está El oficio de vivir, de Cesare Pavese. El azar así lo ha querido. O la sinergia, ya se sabe. Siguiendo la invitación, el tercer párrafo de la página 41 dice: «Pero esto no es ya estética, son lamentos. Quería enumerar los buenos recuerdos y no recuerdo más que disgustos». La tarde de domingo es un estado de ánimo.

Un arma cargada de futuro

En definitiva, los libros están cargados de respuestas. De qué manera se presenten es otro asunto. Por eso aparece aquí y ahora Gabriel Celaya, que ya lo decía en el título de su poema: la poesía es un arma cargada de futuro. «Poesía para el pobre, poesía necesaria / como el pan de cada día, / como el aire que exigimos trece veces por minuto, / para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica». Y así toda la literatura, todas las necesidades rutinarias que codifican y alimentan el entendimiento. Cada buen libro contiene en sí mismo el conocimiento, la diversión en cualquiera de sus formas, incluso las padecidas y la identificación del lector con alguno de los personajes o con el autor mismo. Cada buen libro es entonces una encrucijada. En ellos laten demasiadas cosas. La dimensión proyectiva del que asiste al contenido y reflexiona, a veces sin quererlo, sobre el mismo. Ahí aparece la auténtica cosecha, la que se impone discretamente al paso, decíamos, de cada página.

El futuro está en los libros. ¿Quién puede dudarlo?

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9 Comentarios

  1. Dentro de 500 años o quizá mucho antes, (casi) nadie leerá libros le pese a quien le pese. Adquiriremos cultura pero será a través de otros soportes, algo que ya viene ocurriendo desde hace bastante tiempo. Y no pasará nada. La humanidad seguirá adelante hasta su inevitable destrucción final.

          • Pues podrías tener razón. Y añadiría que «por desgracia» pero no estoy muy seguro… En el fondo, me es indiferente¿Qué más da morir atragantado por un hueso de aceituna que calcinado en compañía de toda la humanidad? ¡Miento! Creo que es mucho más épica la segunda opción. ¡¡Meteoritos a mí!!

          • Vaya, me he equivocado, mi comentario era en repuesta al del Profesor Cito, el de… en 500 años no habrá libros.

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