Arte y Letras Historia

Banderas negras en la estepa

Néstor Ivánovich Majnó
Néstor Ivánovich Majnó. (DP)

A mediados de los años treinta del siglo XX, cualquiera que terminara con sus huesos en París, una ciudad que con indiferencia recibía a toda suerte de artistas, marqueses, revolucionarios e incluso algún que otro poeta, una ciudad que los acogía a todos para que abonaran con las miserias de sus últimos días sus calles, plazas y monumentos, podría, si tuviera un cierto interés en la historia reciente de Europa y de las ideas, acercarse a tomar un kir royale o un vishniak al Club Autodidacta Judío y, a la manera de una señorona del barrio de Salamanca, pasar un par de horas observando a la concurrencia mientras intentaba localizar amenazas a la reacción. El año 1934 fue muy convulso. Y allí acurrucado, ignorado por todos salvo por un grupo de estudiantes chinos —que es posible que se hubieran equivocado de persona— y a veces por un par de caballeros de semblante huraño que bajo el epígrafe «Nombre» de sus pasaportes españoles mostraban con orgullo los apellidos Durruti y Ascaso (1), pasaba sus últimos días el más conspicuo exponente de la libertad y de la igualdad según unos, y del terrorismo y la contrarrevolución según todos los demás. Un campesino que durante dos años dirigió los destinos de gran parte de Ucrania en lo que supone el periodo más largo de la historia reciente en el que se pudo poner en práctica un modelo de sociedad anarquista.

¿Quién es este tal Néstor Ivánovich Majnó a quien con tanta veneración piden consejo los cachorros de la libertad?, podríamos preguntar sentados a una de las mesas siempre mal niveladas del club, mientras un camarero al que todos los demás llaman tovarich —y a alguien se le escapa un «¡eh, komissar!» que provoca salidas mal disimuladas por la vía de escape más cercana— entrecierra los ojos cuando escucha el adjetivo regio que le concedemos al aperitivo que hemos elegido. Finalmente nos sirve con gran pompa y aparato un kir libertarian en el que han sustituido el champán por vodka y, aunque haya tomado nota e informado a la autoridad pertinente, nos da la oportunidad de seguir con nuestras pesquisas. ¿Es aquel individuo un trabajador más, sin ni siquiera alcanzar la categoría de especialista, de la fábrica de coches vecina? Sí, ahora mismo es eso y nada más. ¿Y antes de eso? ¿Fue un dictador militar? ¿Un bandido y un contrarrevolucionario? (2) ¿Un rebelde primitivo? (3) ¿Un borracho, un azote de intelectuales, un antisemita? En resumen, ¿estamos aquí y ahora al alcance de las garras de un rojo peligroso? Al escuchar esta definición, a nuestro hombrecillo se le erizan los bigotes, se le enciende la mirada, saliva burbujas de rabia y, por fin, salta con una energía vital de la que ya nadie le creía capaz al mismo tiempo que agita los puños y emite amenazas nada veladas. Porque odia a los rojos. Odia a los blancos. Odia a los zaristas, a los bolcheviques, a los mencheviques, a los socialistas revolucionarios. Odia a todos. Su color es el negro, y su bandera es negra.

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7 comentarios

  1. Pingback: Banderas negras en la estepa – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. Antuán Labei

    Madre mía, tanta cháchara para dejarse fuera del articulillo toda la parte del métal alemán.

  3. Para más información sobre Makhno, hay bastantes materiales editados.
    Uno de los más interesantes es «Historia del movimiento Makhnovista» de Piotr Archinov ( http://www.fondation-besnard.org/IMG/pdf/Archinov_movimiento_Makhnovista_libro_PDF.pdf )

    Y sobre el papel de las anarquistas en la Revolución y Guerra Civil Rusa, este año se han publicado dos libros en castellano: «Por el pan, la tierra y la libertad
    El anarquismo en la Revolución rusa» de Julián Vadillo Muñoz; y «Anarquismo y revolución en Rusia (1917-1921)» de Carlos Taibo

  4. Olalquiaga, gran amante de las oraciones subordinadas.

  5. ¡Gracias!

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