
La retromodernidad que enaltece los ochenta y los primeros noventa ha comenzado poco a poco a convertirse en un género propio y la culpa de ello probablemente no sea solo una mera adscripción a la moda, sino un asunto generacional: los que fueron niños durante aquellos años han crecido, se han convertido en adultos y han empezado a ganar el pan a base de colocarse tras una cámara y contar historias. También han decidido proyectar en esas historias los universos que imaginaban, veían o temían de pequeños, mundos que pertenecen a esa idea romántica y pervertida de la década ochentera, recreaciones actuales dominadas por el imaginario pop en lugar de por la realidad de la época. Por eso mismo películas como Drive, videojuegos como Hotline Miami y capítulos como el celebrado «San Junipero» de Black Mirror han encandilado tanto, porque son las portadas en las que unos cuantos querían haber vivido.
Los benditos ochenta dibujaron una era donde no faltaban las explotation descaradas y las segundas partes interesadas. Este artículo es eso mismo: una secuela oportunista del texto «Malditos ochenta».
Weegee fue el apodo con el que se dio a conocer el ucraniano Arthur Felling, un famoso fotógrafo de sucesos que ejerció en la Norteamérica de los años treinta y cuarenta. Un alias de guerra que pretendía ser la versión fonética de la palabra «ouija», debido a la inexplicable habilidad del hombre para aparecer de manera repentina en la escena del crimen (o del accidente) pocos minutos después de que la desgracia hubiese acontecido, en ocasiones adelantándose a la propia policía. Además de veloz, Weegee era muy ducho en lo suyo y sus fotografías publicadas en prensa —unas instantáneas que retrataban en rotundo blanco y negro las vísceras de los callejones neoyorkinos— le encumbraron como una de las leyendas de la época. Bastantes años después, a finales de los ochenta, un guionista llamado Dan Gilroy, responsable de cosas tan dispares como Freejack, Apostando al límite, The fall o El legado de Bourne, se enamoró del libro Naked City, que recopilaba una parte de la obra de Weegee, y comenzó a escribir un manuscrito para una posible película utilizando el trabajo del fotógrafo como inspiración. Desafortunadamente, el escritor acabó suspendiendo el proyecto tras descubrir que otra cinta de similar temática se encontraba en producción en aquellos momentos: se trataba de El ojo público de Howard Franklin, un estupendo neo-noir del 92 donde Joe Pesci interpretaba a un clon espiritual de Weegeer, una película que homenajeaba al ucraniano directamente a utilizar instantáneas del propio Felling en su metraje.
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Echo en falta una pequeña joya como «Turbo Kid»
Buenas Félix.
La echas en falta aquí porque ya pasó por otro artículo antes y no era cuestión de repetirse demasiado:
http://www.jotdown.es/2016/01/malditos-ochenta/
Viva Apple. La chavala del gnome-stick, no la marca.
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Lo irónico es que algunas de las películas de los 80 no eran una maravilla, pero es que son mejores que el cine español presente y pretérito.
No sólo que el cine español. También que el cine americano….
También eran mejores que las revistas con coristas, no lo olvidemos. Menuda tirría les tengo a las revistas, y a las chirigotas.
Comento esto porque me parece muy oportuno y relacionado.
Tampoco me gusta el color naranja.
Saca el güisqui cheli y el radiocasete. Yo de momento me conformo con Doña Clara y de paso piso por el paseo de la fama del cine español…que desde Edificio España no ha levantado cabeza…
nos hacemos viejos, eso es todo.
¿No una mención a esa joya llamada Kung Fury? Lamentable…
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