
Elijamos pues qué le enviaremos
a los seres ignotos de otros astros
para decirles algo de nosotros.
Si queremos que vengan cualquier cuadro
de Vermeer y si no, cualquiera de
Cy Twombly
MISION A LAS ESTRELLAS
Juan Bonilla
Aviso al lector: este es un artículo de humor, si eres un hombre deconstruido, una nativa digital de cutis delicado o formas parte de la generación Z no leas este artículo.
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Un sacacorchos de siete milímetros tatuado en la muñeca de una adolescente. Vi unos espetos al calor de la hoguera impresos en el pectoral de un treintañero y un ojo de la providencia dibujado en la escápula de una señora de mi gimnasio. Todos esas imágenes horrendas y desperdigadas por los cuerpos se replican entre quienes me rodean como lágrimas en la lluvia. Hora de morir.
Pero antes de desaparecer de este mundo, quiero dejar claro que la historia del arte no pasó un siglo liberando al signo de la obligación de formar una escena para que acabáramos tatuándonos una aceituna, un mechero Bic y un muñeco de Keith Haring con la misma coherencia narrativa que el Finnegans Wake.
No se sabe en qué momento alguien de la generación Z descubrió las calcomanías y pensó que llenar su cuerpo con ellas, sustanciadas como «tattos», daría aura en las playas de Gandía. La cuestión es que ante la falta de propósito vital sembrar la piel de dibujitos minúsculos que no guardan relación alguna ni de tamaño ni de tema ni de estilo ni de sitio, se ha convertido en una suerte de autobiografía retarded.
Una cerilla en el codo, una llave en el tobillo, una coordenada de Google Maps que marca una playa de Conil, un cohete del calibre de una lenteja bajo el ombligo, un kanji que significa «almóndiga» en japonés encima de la cadera y, en el gemelo, una cosa que puede ser un perro, una nube, un pulpo o el mapa de Portugal, todo ello distribuido con la lógica con la que un pájaro decora un coche recién lavado. Ellos lo llaman libertad creativa. Yo lo llamo lo que se ve en un cuadro de Cy Twombly tras ser picoteado por cien gaviotas en celo.
¿Me puedes explicar el concepto? —le he pedido a más de uno este verano—. Y lo que me han contestado habitualmente, con esa paciencia que se reservan los jóvenes para los boomers y para los perros, dicen que consiste en que cada dibujo lo hizo un amigo distinto en una tarde distinta, que ninguno tiene que significar nada y que el conjunto es «su vida». He mirado el conjunto. He mirado la sardina, la luna menguante, el número cuatro y aquello que parecía un huevo frito que he preferido no preguntar qué es. Si eso es su vida, ahora entiendo la epidemia de trastornos de la personalidad que han provocado las redes sociales en esta sociedad narcisista.
Antes, los tatuajes tenían un significado conectado con experiencias vitales; había una historia detrás, desde el amor perdido de un marinero alcohólico, al arcabuz de un legionario que hermanaba en silencio con otros «lejías» que las habían pasado canutas en el Sáhara, en Ifni o simplemente en un cuartel donde el aburrimiento también dejaba cicatrices. El tatuaje era una medalla privada. A veces cursi, a veces brutal, a veces directamente espantosa, pero casi siempre remitía a algo que había ocurrido fuera de la piel.
No hay que olvidar de dónde vienen los tatuajes. Antes de las calcomanías entintadas hubo hombres que soportaron catorce horas de aguja para llevar en la espalda un dragón que parecía un dragón, y mujeres que se llevaron al brazo la cara de la abuela con la misma fidelidad fotográfica del Ecce Homo de Borja. Hubo cristos coronados de espinas, rosas con rocío y lobos aullándole a una luna que según el ángulo era un balón de reglamento o la tapa de una alcantarilla. Eran horripilantes, sí. Eran, también, un trabajo, y se enseñaban en la playa o en los campos de futbito como quien enseña una cicatriz de guerra, con esa dignidad del que ha pagado un precio por una imagen que, aunque fuera espantosa, homenajeaba a algo. Luego vino el tribal, que fue el primer paso de la decadencia porque permitió tatuarse sin decidir nada y dotó a cientos de miles de vendedores de seguros del extrarradio de Madrid de una fiereza polinesia que se activaba en las pistas de pádel y en la piscina municipal. El tribal no representaba, sugería. El tatuaje patchwork ha dado un paso más, al vacío, como lo que representa. Está ahí como representante de la estética de una época que ha sustituido la biografía por el «feed».
El tatuaje de garabatos no exige nada. Bastan quince minutos, un cliente que a falta de una vida tenga una tarde libre y un tatuador capaz de dibujar un ictiosaurio en miniatura sin que parezca un espermatozoide con escoliosis. Ni siquiera hace falta decidir dónde ponerla: cualquier hueco sirve. El cuerpo se ha convertido en un espacio de «coworking» iconográfico donde cada símbolo alquila tres centímetros cuadrados y ninguno conoce al vecino. Una especie de «still life» publicitario para exponer ante sus iguales lo interesante que es uno.
Dentro de diez años, cuando se miren los brazos, las piernas y los mondongos y vean esa constelación de pequeñas cosas inconexas, sentirán exactamente lo que sienten hoy los cuarentones con el tribal, esa mezcla de ternura y vergüenza con la que uno contempla una fotografía suya llevando hombreras, una camiseta de Kukuxumusu o unas gafas Oakley de cristales amarillos. La diferencia es que las hombreras las dejaste, junto a la chaqueta en la que estaban cosidas, en un contenedor de reciclaje, la camiseta acabó como trapo para limpiar cristales y las gafas desaparecieron en alguna mudanza. El pequeño croissant seguirá allí, flotando encima de la rodilla como un pecio de 2026.








Brillante disección de la mayor plaga que afecta a la sociedad desde la eclosión del postureo derivado de las redes (a)sociales, junto con otra de la que espero un artículo similar en ironía y mordacidad: la proliferación de mascotas en entornos urbanos.
Es que hoy si no tienes un tatuaje o un perro o dos gatos no eres nadie…
Yo es que estaba leyendo el artículo y acordandome de algún allegado y me estaba descojonando vivo.
me quise tatuar un zappelin en el nabo, con una buena provisión de viagras para mantener enhiesto el soporte durante toda la sesión… la tatuadora me convenció a la vista de mi «marco de incomparable belleza» y acabó punzándome un pictolín
Estaba follando al estilo perro y no sabía si estaba practicando el sexo o grapando un tebeo.
Al contrario, el tatuaje es utilísimo
Como detector de estupidez
Como indicativo de falta de carácter
Como señal de falta de talento para la vida..
Antaño, los comerciales vendehumos debían estar atentos a un montón de detalles indicativos: la suscripción al marca, la camiseta con el estampado, la copia pirata del XxxMix… Ahora basta con ver el catálogo de tatuajes para identificar al más tonto, el que te va a comprar la póliza antiocupación, la suscripción con penalizaciones o el carnet del gimnasio
Totalmente de acuerdo.
Yo he pensado lo mismo toda mi vida.
todos tontos, menos usted.
Hombre , tampoco es cosa de insultar por llevar un simple tatuaje. Es pasarse un poco. Creo. Los insultos no sirven para hacer pensamiento. Creo.
Ah, pues a mí me han ido de coña los tatuajes que me he puesto en las pantorrillas y que me tapan las varices una cosa de escándalo. Lo malo es que también me disimulan algo unos gemelos de campeonato que ya los hubiera querido tener Schwarzenneger.
Los tatuajes son, sencillamente, moda.
Podrán ser anti estéticos, absurdos, incluso ofensivos… pero no califican a quienes los llevan como dicen los odiadores que comentan más arriba.
No sé qué tiene alguno contra los animales de compañía.
Y qué decir de los comentarios obscenos, a ellos si se les puede aplicar una categoría intelectual muy baja.
Y lo dice uno de los odiadores de Netflix…
No, que no me guste no significa que lo odie.
Simplemente no aprecio esa oferta de cine por su baja calidad, que hace que muchos, como yo mismo, se hayan dado de baja.
Lo más seguro es que sea usted un asalariado de la competencia de Netflix, pagado para difundir tonterías como que TODO lo que hace es una basura, cuando Netflix es como todas las plataformas y productoras de cine y televisión de toda la vida. Es decir, que tienen cosas buenas y luego tendrán morralla como ha sucedido siempre desde que se inventó el cine.
No sea ridículo. A las opiniones de usuarios en Internet me remito (Reddit).
Descontento general, no solamente por la oferta cinematográfica.
Odiador a secas, estimado. O dador por culo, si no se le da importancia, que es lo que corresponde.
Quítame esa cruz de la vista, por favor, que me desintegra. Soy un vampiro.
†
Tú mismo, apreté el asterisco y salió la cruz (que me importa un bledo).
†
Pues vuelve a pulsar en el asterisco, torpe.
Solar, te falta tomar baños solares de ano con las piernas al cielo, cansino.
Como dijo aquella, «Chao pescado».
Jajaja
”Pescado”, no, petulante: ”pescao”.
El maldito corrector.
Qué cansino.
Ehara āku moko i te mea hei whakapaipai noa e ai ki ngā āhua o te wā; e tohu ana i a au me tōku iwi, e te taniwha o te moana!.
A mí me encanta Henehene Kou ʻAka,
una canción tradicional hawaiana popularizada por el gran Israel Kamakawiwoʻole, el inolvidable Brudda Iz:
Henehene kou ʻaka
Kou leʻaleʻa paha
He mea maʻa mau ia
For you and I
Kaʻa uila mākēneki
Hōʻonioni kou kino
He mea maʻa mau ia
For you and I
I Kakaʻako mākouʻ
Ai ana i ka pipi stew
He mea maʻa mau ia
For you and I
I Waikīkī mākouʻ
Au ana i ke kai
He mea maʻa mau ia
For you and I
I Kapahulu mākouʻ
Ai ana i ka līpoa
He mea maʻa mau ia
For you and I
No tiene nada que ver con el tema, pero…
俺のは、ギャングだということを隠すために伸ばしたんだ
La estética gráfica es afascinante, lo que significa en este caso no importa. Lo que me hace pensar lo extraño que es disfrutar de lo desconocido. Vaya uno a saber por qué.
Excelente.
He sido bendecido con un cuerpo robusto, fuerte y saludable.
Paralelamente, he sido bendecido con un cuerpo feo que pide a gritos no desperdiciar tinta en semejante erial, pocho y desangelado. Gracias a lo cual no hace falta explicarle a nadie por qué no llevo tatuajes.
Dan por hecho que se debe a que me quedarían fatal.
Así les ahorro el enfado de escuchar que considero los tatuajes una soberana gilipollez propia de imbéciles aburridos, con el ego de una oveja.
….-Ka mate, ka mate!.
KA ORA, KA ORA!.
-Ka mate, ka mate!
KA ORA, KA ORA!.
-Whiti te ra!.
HI!.
Te Rauparaha.
A mí me encanta Henehene Kou ʻAka,
una canción tradicional hawaiana popularizada por el gran Israel Kamakawiwoʻole, el inolvidable Brudda Iz:
Henehene kou ʻaka
Kou leʻaleʻa paha
He mea maʻa mau ia
For you and I
Kaʻa uila mākēneki
Hōʻonioni kou kino
He mea maʻa mau ia
For you and I
I Kakaʻako mākouʻ
Ai ana i ka pipi stew
He mea maʻa mau ia
For you and I
I Waikīkī mākouʻ
Au ana i ke kai
He mea maʻa mau ia
For you and I
I Kapahulu mākouʻ
Ai ana i ka līpoa
He mea maʻa mau ia
For you and I
No tiene nada que ver con el tema, pero…
Ten koe!.
Los tatuajes tradicionales hawaianos, representan la historia personal, el rango social y la protección espiritual de quien los lleva.
Si tiene relación.
A la gente le gusta lo que hace la mayoría en diferentes épocas: dejarse barba, beber fin tonic, bebe cerveza sin alcohol tostada, tener perro, gato, ir a festivales de música, escuchar reguetón o rap, tatuajes… Ya pasará, como ha pasado todo y todo volverá, como ha vuelto todo.
Me da Ud. la razón.
Gracias.
Quise hacerme tatuajes, pero en su momento no encontré el suficiente nivel de compromiso ni militancia con ninguna figura; luego, valoré la intempestividad, pero me pudieron el miedo a las agujas y la pereza, entonces me hice la vasectomía; ahora, los pelos de la cabeza se mudaron a la espalda y el resto del cuerpo y me digo que ya pa qué.