Arte y Letras

¿Cuánto nos queda de mundo? Cinco maneras de responder en Pamplona

Nash Paul We are Making a New World Google Art Project
We Are Making a New World (1918), de Paul Nash

En el Critias, diálogo que Platón dejó a medias, el ya anciano filósofo describe el Ática de nueve mil años atrás y la compara con lo que queda del país. En sus palabras esos restos son «el esqueleto de un cuerpo consumido por la enfermedad». La tierra grasa ha resbalado hacia el mar, las montañas que criaban bosques capaces de dar vigas a los mayores edificios apenas alimentan ya colmenas, y la lluvia que antes se retenía en el suelo corre sin provecho por laderas desnudas hasta perderse. Estamos en el siglo IV antes de Cristo y un filósofo que en teoría tenía asuntos más elevados de los que ocuparse antes de morir hace inventario de lo que el viento se llevó. Algunos dirán que Gilgamesh ya había talado los cedros de Humbaba dos milenios antes, o que Plinio el Viejo se escandalizará luego de que hurguemos con avaricia en las entrañas de la tierra para conseguir oro, plata y piedras preciosas. Platón fue, con todo, el primero que miró el paisaje como un contable riguroso para hacer el balance de sumas y saldos.

Los Encuentros de Pamplona, en su edición de 2026, han tomado esa misma pregunta —«¿Cuánto nos queda de mundo?»— como uno de los itinerarios a recorrer. Del 2 al 12 de octubre explorarán de forma multidisciplinar cuánto hemos gastado ya del planeta, cuánto de ese desgaste es reversible y, sobre todo, qué hacemos con los recursos y el margen de maniobra que todavía nos quedan. El planteamiento oficial pregunta por el estado de las reservas naturales, la erosión, las estrategias de preservación, el papel de la ciencia y la tecnología, la depredación económica, el militarismo y el cambio climático, para desembocar en una pregunta bastante más incómoda: si todavía es posible construir un mundo y un futuro deseables. No se trata tanto de poner fecha de caducidad al mundo como de averiguar en qué mundo queremos seguir viviendo. Los Encuentros, que nacieron en 1972 como un formidable experimento de vanguardia, con once cúpulas neumáticas levantadas frente a la Ciudadela, más de trescientos artistas, vigilancia policial y dos atentados de ETA en una España que todavía vivía bajo Franco, regresaron medio siglo después convertidos en bienal.

Cuando los Encuentros fueron recuperados en 2022, se quiso mantener la esencia de aquel espíritu original en el que se cruzaban disciplinas en lugar de compartimentarlas. Por ello, Ramón Andrés y Berta Ares han establecido un programa organizado en itinerarios, no tanto por géneros como por preguntas capaces de atravesarlos. «¿Cuánto nos queda de mundo?» parte de una inquietud que viene de tiempos pretéritos para internarse enseguida en los asuntos complejos que nos preocupan: si la ciencia y la técnica sirven todavía para protegernos de ese deterioro, qué lugar le queda al ser humano en un proceso del que es al mismo tiempo causante, víctima y testigo, y si aún somos capaces de imaginar un futuro que merezca, sin demasiada ironía, el adjetivo de deseable. Cinco propuestas ensayan cinco respuestas distintas. Una instalación que ocupará el Palacio del Condestable durante todos los Encuentros, un diálogo, un espectáculo de danza, una conferencia y un concierto que no es exactamente un concierto. Cada una aborda la misma pregunta desde una mirada distinta para conformar un pequeño atlas de respuestas posibles.

El eje intelectual del itinerario se lo podemos asignar a la conferencia de Sonia Contera el domingo 11 de octubre en la Sala de Cámara de Baluarte, titulada con una ironía: «Elogio de una ciencia sin tanta ficción». Contera es catedrática de Física en Oxford, nanotecnóloga, y ha publicado recientemente el libro de divulgación Seis problemas que la ciencia no puede resolver; un libro cuya tesis conecta de forma natural con el itinerario mejor que cualquier texto de programa. La paradoja que lo abre nos habla de que los sueños que más nos exaltan —viajar por el espacio, prolongar la vida, construir máquinas inteligentes, hallar vida en otros mundos— reposan sobre seis preguntas que la ciencia lleva un siglo sin cerrar: la interpretación de la mecánica cuántica, la teoría del todo, el origen de la vida, el envejecimiento, la inteligencia artificial y la conciencia. Lo interesante es la genealogía que Contera traza de por qué se detuvieron: cómo tras Hiroshima la ciencia salió de los escombros «no como pregunta, sino como promesa», cómo el pacto que Vannevar Bush selló en 1945 entre el Estado y el laboratorio convirtió la sinfonía libre del pensamiento en partitura industrial, cómo la biología molecular olvidó su herencia cuántica para reescribir la vida como código optimizable, y cómo los oligarcas de la tecnología han aprendido a vestirse con los ropajes de la contracultura que en su día reavivó las grandes preguntas, anunciando en camiseta la superación de la muerte y la migración de la conciencia al circuito. Su libro termina con una propuesta que no es tecnófoba ni nostálgica: una ciencia que no solo descubra sino que cuide, capaz de acompañar la vida en vez de someterla, porque «cuánto nos queda de mundo dependerá de las preguntas que nos hagamos». Le acompañará en la conversación Eduardo Sáenz de Cabezón, matemático y divulgador.

El jueves 8 de octubre a las siete, también en la Sala de Cámara, tendrá lugar el diálogo «Entre especies compañeras», que toma el título de Donna Haraway, cuyo Manifiesto de las especies de compañía sostenía que perros y humanos se han hecho mutuamente. Participarán, por un lado, María Sánchez, veterinaria de campo en la Andalucía interior y poeta, autora de Cuaderno de campo, Tierra de mujeres y Almáciga, además de trabajar con razas autóctonas en peligro de extinción. Por otro, el tinerfeño Luis Arranz, biólogo que en 1980, recién terminada la carrera y ante las escasas perspectivas laborales que encontraba en España, se montó en un 2CV y cruzó Marruecos y el Sáhara hasta llegar a Guinea Ecuatorial casi dos meses después. Desde entonces ha dirigido espacios protegidos como Monte Alén, en Guinea Ecuatorial; Zakouma, en Chad, que llegó a albergar unos tres mil quinientos elefantes en 2007 antes de que el furtivismo redujera su población a unos cuatrocientos cincuenta en 2010; o Garamba, en el Congo, donde un ataque del Ejército de Resistencia del Señor mató a dieciocho personas en 2009 y donde Arranz perdió a veinte guardas durante sus siete años al frente. Mandaba sobre unos ciento ochenta hombres armados mientras él se negaba a llevar pistola. Una de sus frases más reveladoras, «en la facultad de Biología no te enseñan a disparar», resume una idea de la conservación que se parece poco a la de los documentales. Modera Hedoi Etxarte, poeta y editor pamplonés, y se proyectará Alas/Tierra, once minutos de Maddi Barber construidos sobre el poema de Sánchez «Esta es la mano que cuida», que es la pregunta que en realidad flota sobre la mesa: qué tienen en común la mano que sostiene un gato montés y la que reparte munición en la frontera con Sudán del Sur, y si ambas caben en la misma palabra.

Quien salga de Baluarte a las nueve puede cruzar hasta el Gayarre para encadenar el diálogo con Tierras raras, de Luz Arcas y La Phármaco. La obra, estrenada en 2025, toma su nombre de los diecisiete elementos que hoy agrupamos bajo la etiqueta de tierras raras, cuyo difícil acomodo en la tabla periódica dio quebraderos de cabeza a los químicos desde los tiempos de Dmitri Mendeléyev, sin que entonces nadie pudiera sospechar que algunos de ellos, como el neodimio o el disprosio, terminarían convertidos en piezas discretas pero decisivas de teléfonos, turbinas y tecnologías militares. La pieza parte de esa magia del nombrar para bajar al subsuelo y bailar lo que allí se acumula: basura doméstica y residuos mineros, herramientas prehistóricas y ordenadores obsoletos, escombros de templos e iconos sacrificados, con el hongo de Anna Tsing y los animales de Chernóbil como pruebas de que la belleza sobrevive a la destrucción con la fragilidad intacta. La dramaturgia la firma Arcas con Pedro G. Romero, el cante lo pone Tomás de Perrate y el sonido Xabier Erkizia, garantía de que el flamenco se manejará como material arqueológico y no como decorado. Plinio, que consideraba la minería una violación de la madre tierra, habría entendido el título.

El itinerario se cierra el lunes 12 a las siete y media, con un espectáculo difícil de clasificar. Pasolini, Petróleo. Una ficción documental es una adaptación de Asier Puga para el Grupo Enigma, con música de Carlos de Castellarnau, de la novela que Pier Paolo Pasolini dejó sin terminar cuando lo asesinaron en Ostia en noviembre de 1975 y que no se publicó hasta 1992. Lo conforman quinientas páginas de apuntes numerados sobre un ingeniero de la ENI escindido en dos cuerpos, sobre el poder de Enrico Mattei y de quienes lo sucedieron, sobre la Italia que el dinero fósil estaba reescribiendo desde dentro. Emanuele Trevi, que trabajó en el archivo del poeta, la define como una bestia salvaje y como una iniciación, y Puga la ha tomado en serio como obra híbrida, con narrador, actor, marionetas, vídeo y un quinteto instrumental, para situar el resultado en el umbral entre el concierto y la escena. No se recomienda a menores de dieciocho años y se advierte de que algunos materiales pueden herir la sensibilidad, lo cual, tratándose de Pasolini, es una forma de sinopsis. Que un itinerario sobre las reservas de la naturaleza termine con la novela más oscura que se ha escrito sobre el petróleo es una decisión curatorial que merece respeto.

Entre una cosa y otra, y durante los once días del festival, Laida Azkona y Txalo Toloza-Fernández —AzkonaToloza— mantienen abierto en el Condestable su Campamento Galáctico, un ágora para pensar la colonización del espacio como continuación de las colonizaciones de siempre, con taller el sábado 3 por la mañana. Platón calculaba que al Ática le habían bastado nueve mil años para quedarse en los huesos. Nosotros tenemos del 2 al 12 de octubre para comprobar cuánto nos queda, y Pamplona ha reunido en una sola semana a una física que desconfía de las promesas, a una veterinaria que escribe, a un guarda de elefantes, a una coreógrafa que baila escombros y a un poeta asesinado hace medio siglo que sigue siendo el más lúcido de todos. Las entradas están a la venta. La pregunta, todavía sin respuesta.

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