Sociedad

Todo está escrito. Y te aguantas… o no.

francis picabia love parade 1917
Parade amoureuse (1917), de Francis Picabia

Salí de la tienda con tres botellas de vino bajo la solapa de mi abrigo. No necesito robarlas y tengo vino de sobra en casa, pero lo hice. Cuando la policía me preguntó en qué estaba pensando no supe qué decir. Lo cierto es que llevaba días durmiendo mal, que tengo comportamientos impulsivos y que recibo continuamente publicidad de vinos en el teléfono. Las botellas lucían perfectas en la estantería, a la altura de mis ojos y tenían una puntuación muy alta, otorgada por la encargada de la propia tienda, que me pareció muy sugerente (la puntuación y ella).

En realidad, nada de esto ha sucedido. Pero podría haber pasado en determinados contextos. Y lo interesante no sería el robo o el vino o cómo la estrategia comercial de la tienda se volvió irresistible atracción. Lo verdaderamente interesante es que, de ser verdad, creo que me hubiera quedado con la sensación de no haber sido capaz de hacer otra cosa o, al menos, de explicar por qué lo hice. Saber el motivo es lo más complicado de todo.

Esta situación entre el absurdo y la confusión me vino a la mente mientras compraba (y pagaba) vino y en la radio escuchaba un programa en el que se comentaba que Nature ha publicado el mayor estudio realizado hasta ahora sobre la genética de la personalidad. Los autores, encabezados por Tim Schwaba, han analizado información de 1,14 millones de personas para estudiar los llamados cinco rasgos principales de la personalidad (los big five): extraversión, amabilidad, responsabilidad, neuroticismo y apertura a la experiencia. Primero identificaron 1.260 variantes genéticas asociadas con esos rasgos, 824 de ellas no identificadas anteriormente (Schwaba et al., 2026). Estamos hablando de una relación entre los genes y los rasgos de comportamiento y lo primero que uno piensa es que un análisis genético podría ahorrarnos muchos problemas (compatibilidad de pareja, terapia más certera, contrataciones laborales más ajustadas al perfil que más vende…).

Sin embargo, no existe un gen de la simpatía, ni otro que determine por qué llegamos tarde —lo que, por cierto, parece sencillo de determinar y no lo es en absoluto— ni tampoco hay una configuración genética exacta que predisponga a discutir con camareros. La cuestión es que, según el estudio, las variantes genéticas comunes identificadas explican aproximadamente entre un 4,8 y un 9,3 por ciento de la variación observada en esos cinco grandes rasgos de personalidad. Cuando se tienen en cuenta determinados problemas de fiabilidad en su medición, las estimaciones aumentan. Los estudios tradicionales con gemelos —donde la similitud genética permite observar mejor estas cuestiones— llevan décadas encontrando heredabilidades bastante mayores, generalmente en el entorno del 40 al 60 por ciento. Nada de esto significa que el 8% de mi personalidad pertenezca a mis padres y el 92% sea «originalmente» mío. La heredabilidad no funciona así. Es una medida de variación entre individuos dentro de una población y unas condiciones determinadas. No permite desmontarnos en piezas y descubrir que 7,3 kilos de nuestro carácter proceden del ADN.

Lo que el estudio ofrece es un resultado bastante más incómodo. Los investigadores pudieron comparar personas de las mismas familias. Utilizaron, entre otros datos, gemelos dicigóticos y muestras de padres e hijos. Dentro de una familia se puede separar mucho mejor lo que procede directamente de las variantes genéticas heredadas de aquello que simplemente acompaña a los genes porque padres e hijos comparten casa, educación, renta, barrio y una cantidad considerable de experiencias. El resultado es que aproximadamente el 96% de la capacidad predictiva de los genes analizados permanecía cuando se controlaban todos esos aspectos. Y, ojo, el ambiente familiar compartido explicaba sorprendentemente poco de aquellas asociaciones (Schwaba et al., 2026).

A cualquier padre esto puede resultarle ofensivo. Dedicamos años a educar (bien o mal) a un hijo, explicarle que pida las cosas por favor, que lea, que no coma con la boca abierta, que estudie antes del examen y que no meta los dedos en un enchufe para que finalmente llegue un genetista con un millón de observaciones y comunique que quizá su contribución a determinados rasgos estables de personalidad haya sido bastante menor de lo que imaginaba.

Conviene insistir en la importancia de interpretar estos estudios con cautela en tiempos en los que los mayores patanes de las esferas de decisión tienen sospechosa tendencia al determinismo ideológico e incluso racial. Incluso en el programa de radio de sábado por la mañana que escuchaba en la tienda, el científico divulgador que contaba los resultados se hacía un lío, a mi juicio. Que el ambiente familiar compartido explique poco de la varianza no significa que los padres no importen. Dos hermanos no viven realmente en el mismo ambiente aunque duerman separados por una pared. Tienen amigos distintos, profesores distintos, accidentes distintos y, sobre todo, padres distintos. Ningún padre trata exactamente igual a dos hijos que tampoco son exactamente iguales. El ambiente no compartido importa enormemente y los propios autores insisten en que personalidad no significa destino.

Pero hay mucha más miga. Supongamos que somos más predecibles de lo que nos gusta admitir. Pensemos en otro hombre. Ésta se llama Paula y el ejemplo es también ficticio. Paula entra en una aplicación a las once de la noche. Ha bebido dos copas de vino. Lleva un rato largo mirando el teléfono y haciendo scrolling. El sistema sabe que los domingos permanece conectada un 25% más de tiempo que otros días. También sabe que después de leer cotilleos, compra cosas que no necesita con mayor frecuencia y que abandona los vídeos de más de cuatro minutos salvo cuando aparecen mujeres más feas que ella, muebles o casas que jamás podrá comprar. Paula se da cuenta de que está perdiendo el tiempo. Pero la máquina no lo cree. Para la máquina, Paula está produciendo datos vendibles. Paula vuelve al móvil y compra algo y cree que ha sido una decisión libre. La máquina no necesita creer lo contrario. De hecho, no cree nada. Le basta con haber acertado.

Éste es el punto en el que una discusión antiquísima sobre el libre albedrío empieza a convertirse en un problema tecnológico. Durante siglos nos hemos preguntado si somos libres frente a Dios, frente a las leyes de la naturaleza, frente a nuestros deseos o frente a una cadena causal que comenzó mucho antes de nuestro nacimiento. El determinismo tiene un atractivo desagradable porque si conociéramos perfectamente el estado del universo y todas las leyes que lo gobiernan, quizá solo habría un futuro posible. El problema es que esa afirmación es extraordinariamente difícil de demostrar y probablemente también de refutar. Si esta mañana he elegido café en lugar de té, puedo decir que ejercí mi voluntad. Un determinista puede responder que mis genes, mis hábitos, mi sueño, mis recuerdos y el estado de unos cuantos miles de millones de neuronas hicieron inevitable el café. Si mañana, indignado por esta columna, decido tomar té para demostrarle que se equivoca, contestará que también estaba determinado que leyera la columna, me indignara y pidiera té. El determinista es un adversario formidable, pero siempre gana después del partido.

Y el azar tampoco nos salva. Si una indeterminación cuántica en alguna parte de mi cerebro decide que tome té, eso no convierte la decisión en más mía. Una ruleta es impredecible y nadie le ha concedido todavía derechos políticos. Por eso quizá hemos planteado mal durante mucho tiempo la cuestión de la voluntad. Tal vez la pregunta interesante no sea si nuestros actos tienen causas. Evidentemente las tienen. La pregunta es si existe en algún punto de la cadena algo que podamos llamar agencia: la capacidad de representarnos alternativas, anticipar sus consecuencias, someter nuestros impulsos a razones y, en ocasiones, actuar contra aquello que estábamos más predispuestos a hacer. No sabemos si eso constituye libre albedrío en sentido metafísico. Pero ahora tenemos un motivo nuevo para esperar que sí. Los algoritmos.

Un algoritmo no necesita resolver el problema de la libertad humana. Ni siquiera necesita leer a Spinoza. Tiene una ambición bastante más modesta: acertar. No necesita saber por qué compro un libro. Necesita calcular qué libro tiene mayor probabilidad de que compre. No necesita comprender por qué voto. Le basta con identificar qué mensaje aumenta marginalmente la probabilidad de que vote. No necesita conocerme. Le basta con conocer determinadas regularidades de mi conducta mejor de lo que yo las conozco.

Y aquí el determinismo deja de ser una entretenida conversación después de cenar. Porque si nuestra conducta está completamente determinada por estados anteriores y esos estados son progresivamente observables, el límite de la predicción humana deja de ser filosófico y se convierte en tecnológico. Más datos. Mejores sensores. Más historia. Más capacidad de cómputo. No sería necesario que una inteligencia artificial supiera qué vamos a hacer con certeza. Los seres humanos hemos construido imperios enteros con probabilidades mucho menores. Bastaría con que acertara un poco más que nosotros. Imaginemos que una plataforma puede predecir con un 61 por ciento de acierto cuál de dos mensajes políticos modificará mi opinión. Parece mediocre. Pero puede hacer la operación con tres mil millones de personas, veinte veces al día y sin aburrirse. El resultado agregado deja de ser mediocre.

Y hay una diferencia decisiva entre el viejo predictor y el nuevo. El meteorólogo predice la lluvia pero, por ahora, no puede provocarla. El algoritmo que predice nuestra conducta puede modificar simultáneamente las condiciones que la producen. Predice y actúa. Observa que A aumenta la probabilidad de B y entonces nos suministra A. Eso se parece bastante menos a conocer el futuro que a fabricarlo.

Volvamos un instante a Paula. La máquina ya sabe qué vídeo conseguirá tenerla enganchada otros doce minutos. Media hora más tarde, Paula sigue errando por la red social. A medianoche se frustra y cierra la aplicación porque trabaja al día siguiente. Podemos imaginar al algoritmo decepcionado. O podemos imaginarlo satisfecho porque había calculado que Paula aguantaría hasta medianoche. La forma perfecta de dominación no consistiría entonces en obligarnos a hacer algo contra nuestra voluntad. Sería mucho más elegante. Consistiría en conseguir que quisiéramos hacer aquello que alguien había previsto que querríamos hacer.

Hay, afortunadamente, una complicación. Le puedo contar todo esto a Paula para que sea consciente. Puede saber que la están observando. Puede entender que el tercer vídeo no apareció allí por casualidad. Puede cerrar la aplicación precisamente porque sabe que alguien ha calculado que no lo hará. ¿Un acto de rebeldía? Se introduce un problema precioso en cualquier sueño de predicción perfecta. Si me dicen lo que voy a hacer, esa información pasa a formar parte de las causas de lo que haré después. El algoritmo predice A. Yo descubro la predicción y hago B. El algoritmo aprende que cuando me predice A hago B y empieza a predecir B. Yo, que ya lo conozco, hago C. Podemos continuar hasta que uno de los dos se canse. Tengo malas noticias: probablemente sea yo.

Por lo tanto, la última defensa de la libertad no es demostrar que somos seres misteriosamente separados de la causalidad. Es algo mucho más humilde, que es ser capaces de conocer las fuerzas que intentan determinarnos. Y esta es la gran ironía contracultural. Supongamos que los deterministas (a mi pesar) tienen razón. Supongamos que nuestra fascinación por las máquinas estaba determinada. Que estaba determinado que inventáramos ordenadores, después Internet, después las redes sociales y finalmente inteligencias capaces de acumular cantidades de información sobre nuestra conducta que ningún ser humano había poseído jamás. Supongamos también que estaba escrito que entregaríamos voluntariamente esos datos a cambio de vídeos de farmear aura, indicaciones para llegar a un restaurante y la posibilidad de saber qué fue de un compañero de colegio al que llevábamos treinta años intentando olvidar. Las máquinas aprenderían. Nosotros seguiríamos alimentándolas. Llegaría un momento en que empezarían a predecirnos mejor de lo que nosotros nos predecimos. Y, utilizando esas predicciones, comenzarían a organizar el entorno en el que tomamos nuestras decisiones. Si finalmente eso terminara muy mal, tampoco podríamos reprochárnoslo. Estaba escrito.

Lo verdaderamente irónico sería que el ser humano utilizara su inteligencia para construir la máquina que demostrase que nunca había sido libre de construir otra cosa. Y todavía quedaría una última pregunta. Si después de leer esto decide usted apagar el teléfono, ¿quién lo ha decidido? No se preocupe. Probablemente el teléfono ya lo sabía.

Todo esto me hace, paradójicamente, creer más que nunca en la voluntad; que podemos decidir y que pueden decidir sobre nosotros. Incluso aquellos que sufren trastornos de personalidad, eligen voluntariamente hacer buena parte del daño que causan. Es más, en la vida, con la edad, cada vez tiene más valor ese instante fundamental que transcurre entre procesar algo y hacerlo, como el beso o la caricia que están aún lejos del algoritmo.

REFERENCIAS

Schwaba, T., et al. (2026). Robust inference and correlates from genetic associations with personality. Nature. https://doi.org/10.1038/s41586-026-10992-9
Polderman, T. J. C., et al. (2015). Meta-analysis of the heritability of human traits based on fifty years of twin studies. Nature Genetics, 47, 702–709.
Dennett, D. C. (2003). Freedom Evolves. Viking.
Sapolsky, R. M. (2023). Determined: A Science of Life Without Free Will. Penguin Press.
Hume, D. (1748). An Enquiry Concerning Human Understanding.
Laplace, P.-S. (1814). Essai philosophique sur les probabilités.

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