
Italia es luz y color, es brochazos sueltos de Tiziano y dibujos imponentes de Miguel Ángel. Italia es la pizza, los gelati, los mil vinos con tonos del sol escondiéndose tras suaves colinas en la Toscana. Y el Giro es Italia como ninguna otra carrera es una nación. Porque el Giro representa todo eso y más; el Giro es calidez, sonrisas, es orgullo por el pasado legendario, por las pequeñas iglesias barrocas, por las columnas o las vías romanas que surgen aquí y allá espolvoreando la ruta. También, claro, un punto de despreocupación, de «caos consentido», de tumulto, gomina y gafas de sol en las llegadas.
Pero Italia vive igualmente en sus montañas, en sus cumbres que clarean por la nieve hasta bien avanzada la primavera. Para Italia, las operaciones que se suceden en el Frente Alpino durante la Primera Guerra Mundial se llaman la Guerra Blanca (también, claro, Gebirgskrieg, porque tienen lugar en el Tirol), un nombre suficientemente gráfico que nos hace recordar, por ejemplo, una trinchera a 3850 metros, casi en la cima del Ortler.
Teniendo esto en cuenta, y pensando en las fechas en que se disputa, no es de extrañar que la historia del Giro, ya centenaria, esté cubierta por neveros, tempestades e hipotermias. Esta es una crónica del frío en la carrera más caliente del mundo.
Pioneros helados
No habrá que esperar mucho para ver nívea la Corsa Rosa. Será en 1914, en la considerada por muchos como la Gran Vuelta más dura jamás disputada. Una cuya media era de 395 kilómetros por etapa…
Ya el primer día se desencadenó el infierno. Helado, gélido, que apenas permitía a quienes lo vivieron (ciclistas, comisarios, un puñado de tifosi realmente locos) hablar, moverse o pensar. Esa jornada inaugural unía las localidades de Milán y Cuneo. Sobre el mapa, línea recta durante 200 kilómetros, siempre con tendencia a descender. En la realidad, los organizadores habían preparado un bucle diabólico que llevaría a los pedalistas hasta la cima de Sestriere, a más de 2000 metros. Acabarán recorriendo 468 kilómetros.
Solo esta etapa da para una novela. La tormenta que se desencadena nada más tomarse la salida, en plena noche milanesa. La protesta de los ganaderos cerca del lago Mayor, que siembran la ruta con clavos porque, cuentan, el estruendo de la caravana corta la leche a sus vacas. Los mil pinchazos que todos tienen que arreglarse personalmente. Y, después, el caos.
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Gran, gran artículo. No hay deporte tan endemoniado como el ciclismo. Ni de cola….
Fantástico artículo, fantástica carrera, deporte épico como ningún otro
Fantástico. Hace unos años estuve en una exposición fotográfica del Giro en Vignola, cerca de Florencia, y pude pulsar la emoción que suscita está prueba entre los aficionados italianos. Algún día veré una etapa allí, en directo.
que bonitas historias nos cuenta sobre aquel deporte llamado ciclismo sr.pereda, persista en ello para que no se borren de la memoria, por mucho que les interese a los desmemoriados del pinganillo.