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Cinco días en Cracovia y sin salir de mi mundo

Andén, vías y puerta de entrada de Auschwitz II-Birkenau. Ingo Mehling / Wikimedia Commons. (CC) cracovia
Andén, vías y puerta de entrada de Auschwitz II-Birkenau. Ingo Mehling / Wikimedia Commons. (CC)

Fui a Cracovia y me gustó la ciudad. Aunque volví de allí hace poco, los asturianos hablamos así: cuando algo terminó, incluso aunque acabe de hacerlo, usamos un pasado perfecto, absoluto. Así que fui, vi y volví, y tanto a la ida como a la vuelta llevé conmigo mi propia mirada, una forma de hablar y de pensar las cosas. Estuve unos días en Polonia, que está bastante lejos, y el viaje no me alcanzó para salir de mi mundo; porque siempre lo llevamos con nosotros y ahora, incluso cuando queremos olvidarnos de él, nos persigue agarrado al bolsillo de nuestro pantalón.

Por eso, aunque Cracovia me pareció tener algo de San Petersburgo, algo alemán o austriaco e incluso algo italiano, yo me la figuré desde mi península, a la que se parece bien poco: como fue capital, pero ya no lo es, pensé en Toledo; como es universitaria y monumental, en Salamanca; y como es cosmopolita y está bien conectada al mundo (abierta a la gran llanura europea y con ese río que la lleva hasta el Báltico), salvando mucho las distancias también pensé en Barcelona. De todas formas, como a la hora de comparar los parecidos son lo de menos, me acordé sobre todo de mi propia ciudad. Así, pasé unos días en Cracovia observándolo todo como un gijonés que entra en la sala de espera de un hospital, se sienta junto a un tipo con mala cara y piensa: «No sé qué le pasa a este tío, pero se parece a lo que me pasa a mí».

Y no hablo solo de gentrificación, que por supuesto cabalga desbocada por la otra Galicia (la que separa Centroeuropa del Este y se escribe con tz). A encontrar en todas partes las mismas franquicias, e incluso a escuchar al otro lado de la ventana a un hombre que toca dos veces al día «Despacito» y «Bailando» con su guitarra acústica, ya estamos acostumbrados. Lo que me sorprendió del viaje fue que ya ni siquiera el encuentro con lo foráneo provoca extrañeza o asombro: comida polaca ya puede uno conseguir por aquí (siendo mi aquí, insisto, Asturias); ni siquiera las huellas físicas del nazismo, esa especie de patrimonio inmaterial y negativo de toda la humanidad, resultan exóticas. Hoy, todo parece posible.

Me dirán que viajar siempre consistió, en buena medida, en explicarse las cosas de fuera a partir de las que uno conoció en casa. Pero es que ahora llevamos la casa con nosotros y dentro de ella cabe el mundo entero. Con nosotros viajan mensajes, titulares, discusiones, el agenda setting, las cookies y los datos; un cordón umbilical nos conecta todo el rato al lugar del que venimos y, al mismo tiempo, ese lugar ya no está en ninguna parte. Así que no pretendo (esta vez) escribir un alegato contra el turismo; eso hay que dejarlo para cuando llevas una temporada sin practicarlo. Sencillamente, estos días pensé, he pensado, que ya solo tiene sentido hablar de un viaje contando también lo que sucede dentro de la cáscara del caracol, con antena parabólica, que arrastramos en todos nuestros desplazamientos.

El primer día llegamos con algo de prisa y pagamos la novatada: era tarde para comer en Polonia, dejamos las maletas y entramos en el primer sitio que parecía un restaurante. El resultado fue una comida italiana de calidad y precio promedio que, luego descubrimos, era de peor calidad y más cara de lo habitual en la ciudad. Se me ocurrió entonces que quizá el abuso de la comida italiana sea un paso necesario en el desarrollo de la industria turística de un lugar, igual que se necesita refinar el pensamiento mítico antes del paso al logos. Pero pronto me fijé en otra cosa: los camareros de todos los establecimientos de aquella enorme plaza eran jóvenes y locales. Durante cinco días, aquellos chicos sostuvieron a nuestro alrededor el sector servicios de una ciudad fuertemente terciarizada. Ahí encontré una diferencia que, por supuesto, no me impidió profundizar en mi comparativa, sino que tomé como la excepción que confirma la regla y como base para desarrollar un complejo sistema de etapas y estadios evolutivos. Rigor y método hasta que las mediciones confirmen la hipótesis de partida, amigos.

En cuanto terminamos fuimos al primero de los dos recorridos gratuitos que habíamos reservado. Ya me perdonarán, pero viajaba con mis padres y gestionar su comunicación con el entorno iba a consumir toda mi energía como guía familiar. Juan, un agradable muchacho colombiano, me proporcionó un rato de paz mientras el paseo nos ponía en situación y él nos contaba lo básico de la ciudad. Como hablaba español, mi padre liberó toda la energía contenida durante hora y media de aislamiento y averiguó que Juan había llegado a Polonia poco antes de la pandemia. Se quedó allí varado, así que tuvo que espabilarse con el idioma y encontró trabajo como guía. Se había casado con una local y se movía como pez en el agua bajo los casi cuarenta grados del verano de Cracovia. Por la noche llegamos a casa fundidos, escuchamos un par de veces «Bailando» y «Despacito» y para la cama.

Al día siguiente conocimos a Mariano. Era argentino y empezó haciendo un par de comentarios sobre la final del mundial, supongo que para quitarse el asunto de delante antes de ponerse manos a la obra con el barrio y la cuestión judía. Fue menos majo que Juan. O quizá no, y es que yo soy un poco tiquismiquis y me molestó más de lo debido un detalle: al explicar la historia del gueto y el exterminio empezó equiparando la persecución sufrida por los judíos durante el régimen comunista con el exterminio nazi. Tachán. Y yo entiendo que en Polonia le metan caña al comunismo. Lo hacen en todos los países de la zona (y por algo será), pero también en todos los que están al otro lado del continente e incluso en los que quedan al otro lado del Atlántico. Entonces, ¿cuál es el motivo? Mientras Mariano se quedaba a gusto, los riders, jóvenes y locales, con bici eléctrica en lugar de patinete pero con la misma cara de tedio, revoloteaban a nuestro alrededor. El muro cayó hace casi cuatro décadas y el relato común hace que uno se sienta en todas partes como en casa.

El paseo, en cualquier caso, mereció la pena. Además de la información trucha que recibimos (los casos de éxito de personas que escaparon al infierno se centraron en empresarios que triunfaron en Norteamérica), fue una buena ocasión para observar que, aunque intramuros la gentrificación ya ha terminado su trabajo y apenas se le ven las costuras, el barrio de Kazimierz está todavía en plena malasañización. Las sinagogas, los patios y la memoria judía se mezclan a la perfección con el terraceo y los restaurantes con decoración vintage. Está pasando, esta vez en presente continuo, pero nosotros conocemos el final: los fondos de inversión y los grandes grupos hosteleros van comprándolo todo «Despacito» y, «Bailando», otra vez todos fundidos para la cama.

Quizá por eso, aunque a la mañana siguiente supimos que había un asalto a la valla de Ceuta, todavía no se conocía su alcance y a mí me llamó más la atención otra noticia: mi querida alcaldesa se había mostrado dispuesta a combatir la declaración de Gijón como zona de mercado residencial tensionado. Mientras me lavaba los dientes pensé que «luchar contra la declaración como zona de mercado residencial tensionado» significa algo muy parecido a «quiero que unos trabajen para pagar mucho dinero a otros que lo cobrarán sin trabajar». Esto siempre fue más fácil defenderlo desde los grandes ministerios macroeconómicos o incluso en tratados abstractos donde se pueden soltar lemas con gancho como laissez faire, laissez passer. Que lo diga una alcaldesa, en una ciudad que fue obrera, es el enésimo signo de su evidente decrepitud. Me refiero, por supuesto, a la ciudad.

En la víspera de nuestra visita a Auschwitz fuimos a las minas de Wieliczka. Aquí la conexión, cambiando el negro carbón por el blanco de la sal, era más evidente. De todas las minas que he visitado, hasta entonces solo me había impresionado una de la tierrina asturiana, y porque se conserva casi como cuando estaba en funcionamiento. Esta otra, a menos de media hora de Cracovia, se ha convertido por derecho propio en uno de los monumentos más visitados de Polonia: en los enormes huecos dejados por la sal extraída hay estatuas, recreaciones animatrónicas e incluso varias capillas, una de las cuales merecería por su tamaño el título de catedral. Todo un espectáculo sometido, sin embargo, a un funcionamiento que volveríamos a encontrar en nuestra siguiente visita de una manera mucho más perturbadora: dos millones de personas desfilan cada año en fila india por las galerías infinitas de Wieliczka. Justo detrás del último miembro de un grupo polaco camina el guía que hace la visita en español; tras el último compatriota se oye a una muchacha contando la película en italiano. Por la noche agotamos los comentarios sobre la organización prusiana del recinto, porque al día siguiente no íbamos a poder (ni querer) hacerlos.

Visitar el mayor campo de concentración y exterminio nazi es algo, creo, imposible de olvidar. Personalmente, me sorprendió la austeridad del complejo y la musealización de Auschwitz: más allá de las conocidas vitrinas llenas de pelo, gafas, zapatos o latas de Zyklon B, el lugar habla a través de su arquitectura y por boca de unos guías que, diría, tienen la instrucción de explicar su funcionamiento con un tono solemne pero mecánico. A casi todo el mundo le fue llegando, antes o después, un momento duro: para algunos, fue con la referencia a los niños; para otros, con las celdas de castigo o el experimento de la primera cámara de gas, que luego se trasladó a Auschwitz II-Birkenau. A mí la congoja se me fue acumulando poco a poco, porque, en ausencia de fotografías o recreaciones explícitas, el recuerdo de las imágenes de muchos documentales resultaba más duro que los muros que me rodeaban. Sin embargo, el lugar se te va metiendo por los poros.

Al entrar en un pasillo con miles de rostros (más tarde dejarían de hacer aquellas fotografías y pasarían a identificar a los presos mediante los famosos tatuajes) me sentí especialmente afectado. Cada uno llevaba en el traje de rayas el distintivo de la categoría a la que los nazis lo habían reducido. Entre los semblantes desencajados aparecía alguna cita de los supervivientes, escogida, creo, con cierta sensibilidad. Una en concreto, no recuerdo de quién, me llamó la atención: «Un día era como un año. Un mes, como toda la eternidad». Bajo las fotografías había unos pocos nombres españoles, con el triángulo rojo invertido bordado en el pecho. Más tarde pensé que quizá en ningún otro lugar del mundo tantos ojos puedan devolver la mirada a los de un republicano asesinado por el fascismo.

Para trasladarse al segundo campo, uno de los lugares del mundo donde más seres humanos han sido asesinados, hay que coger un autobús. El trayecto y el paso previo por la cafetería relajaron un poco los ánimos, con lo que, al llegar a las famosas vías de tren de Birkenau, comenzaron los selfis. Afortunadamente, esa parte de la visita fue más breve y no dio tiempo a que el comportamiento del grupo degenerase más de la cuenta. De vuelta a Cracovia, las rimas de la historia nos tenían, sin embargo, una última prueba preparada.

En agosto se celebra en Polonia el Levantamiento de Varsovia contra la ocupación nazi; fue un intento por liberar la capital y quizá el país entero antes de la llegada de los soviéticos. Frente al acto solemne junto a la preciosa basílica de Santa María, vimos unos encapuchados que portaban bengalas y pasamontañas y lucían símbolos sospechosamente parecidos a esvásticas. Sostenían una pancarta y, aunque no entendimos lo que decía, era fácil imaginarlo.

Por la noche tuve un momento para comprobar que la cifra de muertos en las aguas de Ceuta seguía aumentando. Iban desgranándose las primeras reacciones políticas y mediáticas: las de unos, compungidos y preocupados por la vida de aquellas personas, pero al mismo tiempo empeñados en ofrecer la imagen de mandatarios responsables, guardianes firmes de la frontera (otro equilibrio imposible, como el de decir que la vivienda es, a la vez, un derecho y un bien de mercado); y las de otros, que se ahorraban los eufemismos y apostaban por deshumanizar a aquellos hombres, mujeres y niños que habían llegado nadando. Volvió a sonar la guitarra acústica y nada de lo que había visto o leído aquel día terminó de resultarme extraño: ni las noticias ni los encapuchados. Y quizá por culpa de ellas y ellos tampoco Auschwitz.

El último día fuimos al principal museo de la ciudad porque entre sus obras tiene La dama del armiño, de Leonardo, pero como había mucha gente delante del cuadro, acabamos viendo muchas otras cosas espectaculares y muy meritorias, aunque no recuerdo el nombre de ninguno de sus autores. Salíamos tarde, así que todavía tuvimos tiempo de dar un último paseo por el parque Planty, que sigue el trazado de la vieja muralla de la ciudad. Encontramos allí una exposición de fotografías de sintis y romaníes perseguidos por los nazis. Eran esa clase de retratos en primerísimo plano que muestran las arrugas que van dejando en los rostros el paso del tiempo y la vida. Podríamos haber pasado por delante de las imágenes sin fijarnos en ellas, pero teníamos tiempo y leímos atentamente los textos que las acompañaban. Uno de ellos recogía el testimonio de un gitano que había visto, con sus ojos de niño, cómo los SS fusilaban a su padre y arrojaban el cuerpo a una fosa común. A él lo llevaron a un campo de concentración para que trabajara hasta morir, pero no le dio tiempo a hacerlo. Allí le tatuaron un número en el antebrazo que debía sustituir cualquier rastro de su identidad y, muchos años después, quiso borrárselo. Pasaron todavía algunos años más y decidió recuperarlo. Al final del cartel había dos frases entrecomilladas. La primera decía: «Volví a ponérmelo porque mi memoria es mía». La segunda: «Daría todo lo que tengo por saber dónde está mi padre».

Hay cosas que, cuando suceden, no pueden gestionarse. Intentarlo, hacerlo como buenamente se pueda, es necesario y al mismo tiempo una obscenidad. No podemos administrar la memoria de Auschwitz ni sanar el dolor de quien vio cómo mataban a su padre. Pero una forma de respetar esas cosas es gestionar todas las demás, las que son manejables, atendiendo a ellas. Las ciudades, sus alquileres, las fronteras, las fosas, las palabras con las que hablamos de otros seres humanos… la vida entera de quienes todavía estamos aquí debería tenerlas en cuenta.

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