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Napoleón y el ajedrez

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Detalle de Napoleón cruzando los Alpes, Jacques-Louis David, 1801.

El mejor general de todos los tiempos, el genio de la estrategia, sentado ante un tablero y poniendo su prodigioso cerebro a funcionar… ¿acaso no suena temible? El celebérrimo emperador de Francia fue aficionado desde muy joven y dejó su impronta en la historia de los escaques, pues tiene a su nombre la apertura Napoleón y también una variante de la apertura escocesa. Si usted nunca ha jugado al ajedrez, estos hechos, por sí solos, podrían sugerirle que fue un buen ajedrecista. En los campos de batalla demostró poseer todas las habilidades tácticas concebibles, así que ¡bien podría pensarse que debió de jugar bien al ajedrez!

Napoleón amó los escaques desde muy joven. Siendo todavía un desconocido oficial de artillería, se dejaba ver con asiduidad en el Café de la Régence, club parisino donde solían reunirse los mejores jugadores de la ciudad y que estaba destinado a la leyenda, pues durante el siglo XIX acogería varios enfrentamientos míticos entre algunos de los más grandes ajedrecistas de todos los tiempos. Convertido ya en emperador, Napoleón continuó jugando siempre que hallaba ocasión, incluso mientras se encontraba enfrascado en la preparación de sus más célebres campañas militares. Tampoco dejó de jugar durante su penosa estancia final en la isla de Santa Elena, donde —como recordaría después el conde Emmanuel de Las Cases— el vencido Bonaparte solía disputar varias partidas cada noche, antes de cenar. A Santa Elena le enviaron un espléndido tablero artesanal con su correspondiente juego de piezas ornamentales, todas talladas con una «N» mayúscula y una corona imperial. Era regalo del hermano de un oficial británico al que Bonaparte había ofrecido un trato caballeroso durante las pasadas guerras. Napoleón quedó muy impresionado por el gesto, aunque al ver lo suntuoso del tablero comentó en tono jocoso: «necesitaría una carretilla para mover una de esas torres». En cualquier caso, la elección de aquel regalo demuestra que ya en vida su afición por el ajedrez era conocida en toda Europa.

Cosa distinta era su fama como jugador. Su indudable talento como estratega militar no se trasladaba con fortuna a los tableros de juego. Entre sus conocidos tuvo fama, incluso, de ser un ajedrecista mediocre. No son escasos los testimonios de contemporáneos sobre su escasa habilidad como ajedrecista. El propio conde De Las Cases rememoraba que, durante el viaje final hacia Santa Elena, Napoleón jugó con tripulantes del barco en el que viajaba, «perdiendo con unos y ganando a otros» pese a que «nadie en el barco era un buen jugador». Pero podría pensarse que las circunstancias del exilio le impedían concentrarse. Laure Junot, aristócrata y escritora, le vio jugar en momentos más felices y en sus memorias resumía sus impresiones con un escueto «el primer cónsul no era un ajedrecista demasiado bueno». Todavía más demoledor era el recuerdo del duque de Bassano, que durante algunas campañas militares disputó numerosas partidas con Napoleón, siendo además testigo de otras tantas. Nos proporcionó una reveladora descripción de su juego: «El emperador no era hábil en la apertura. Desde el principio, con frecuencia, perdía piezas y peones, aunque sus oponentes no se atrevían a aprovecharse de ello. Era solamente en el juego medio cuando se lo veía inspirado; la mêlée de piezas encendía su inteligencia; podía ver más de tres o cuatro movimientos en avance, y ponía en práctica bonitas y astutas combinaciones».

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13 comentarios

  1. Interesante artículo. Desconocía que Napoleón jugase al ajedrez. La historia del turco mecánico sí la conocía. De hecho da nombre a un servicio de Amazon: https://www.mturk.com/mturk/welcome en el que humanos hacen el trabajo que teóricamente haría un robot intentando ser humano.

  2. Ante todo, yo resaltaría que no hay nada más opuesto al ajedrez que la estrategia militar en el campo de batalla. Excepto para combates rituales en los que se pactan fuerzas y terreno, discurrir una estrategia contra un ejército enemigo no tiene nada que ver con un juego por turnos, con fuerzas igualadas que no hay que alimentar o que cuidar su moral, que se mueven por un terreno cambiante, conocido o no, y que enfrentan a un adversario del que desconoces las fuerzas exactas, o dónde está realmente.
    Las batallas reales nada tenían que ver con el ajedrez, que obviamente para Napoleón era un pasatiempo más, al que pudo dedicar tiempo más o menos tiempo que a los naipes, pero no interés o pasión.
    (O por lo menos ese es el consuelo de los que no sabemos jugar a eso de los esquaques. Ni falta que nos hace).

  3. Buen artículo, aunque eso de que Napoleón fuese el mejor general de la historia es muy discutible y el autor lo da por sentado de forma errónea.

  4. He leído ahora el artículo y me parece extravagante que se compare el talento en el ajedrez con el ser un buen general y estratega en el campo de batalla REAL (yo no lo discuto, EL MEJOR). Porque comparar un tablero con límites exteriores y cuadraditos con la realidad es absurdo. Porque una pieza de ajedrez siempre tiene que hacer los mismos movimientos, pero un ser humano, un jinete, un cuerpo de ejército, no. Porque a veces llueve y los cañones no funcionan, hay barro y los soldados avanzan más lento. Porque hay montañas, ríos y mares. Porque los suministros hay que conseguirlos. Porque hay seres humanos que se cansan o tienen hambre, y otros que aguantan mejor el frío que el calor, y viceversa. Porque el factor humano cuenta, siempre: somos más cobardes algunos, otros lo son menos. Porque no es lo mismo pelear por tu casa, tu familia, la gloria del emperador, por dinero… que por ganar una partida de ajedrez.
    Coño, hay tantas más variables que tener en cuenta en la realidad que en el ajedrez que me sorprende que alguien se plantee que ser buen estratega implique ser buen ajedrecista.
    Pero ahora hagamos otra cosa, que lo mismo nos reímos. Si esa relación que insinúa el autor existiese, ¿por qué coño Carlsen no ha conquistado Europa? Que le gana a las maquinitas. Ah no, que resulta que eso es INFINÍTAMENTE DISTINTO.

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