
Girar la muñeca. Mover el pomo. Abrir la puerta. Cerrarla. El gesto cotidiano de atravesar el umbral. El movimiento que repetimos todos los días con la naturalidad de quien pone un pie tras otro para caminar. Sin pensarlo. Sin caer en que una bisagra puede cambiar el curso de la vida. Tendría que llegar el cine para confirmar lo que el teatro había apuntado: que una puerta puede ser protagonista, que puede impulsar la acción, reventar la trama, mostrar otro mundo, dejarnos atrapados en este, protegernos, liberarnos. Cerrarse para dejar abierto el final.
Ya lo había hecho Ibsen permitiendo que Nora se marchara sin que supiéramos cuál era su destino. Un anticipo de la puerta por la que desaparece Rhett Butler antes de que llegue ese mañana en el que Scarlett pensará qué hacer. Esa puerta lo cambia todo. Rompe la línea que unía a la pareja a través de una década de amor imposible. Cierra el capítulo que parecía que nunca iba a acabar.
Son las puertas las que a veces llevan el peso de la última palabra. Las que marcan el lugar de los personajes y del espectador. No se abren ni se cierran como en la vida real. Su mole inerte tiene algo que decir.
La puerta en la pantalla es un filo. El sortilegio definitivo que muestra lo que no veríamos de otro modo. La frontera de otro mundo que se cuela convertido en luz por la cerradura en la casa de Encuentros en la tercera fase. Un niño hipnotizado con alma de polilla. Alza el brazo para descubrir. La puerta se abre ante el porche conocido, pero lo que aparece no es de aquí. Son los visitantes que vienen del más allá, y que, educados, han elegido el método tradicional para entrar. Toc, toc.
La película de Spielberg abre una puerta tras otra. Hasta que se abre la definitiva, la de la nave en la que llegan los alienígenas. Comprendemos entonces que el otro mundo es el nuestro. Con nuestras antenas ridículas y nuestra tecnología que revienta ante una hermosa secuencia de notas. Nos arrolla la luz rectangular de otra galaxia, el portal casi metafísico que el protagonista decide traspasar.
El camino al otro mundo no siempre es tan espectacular. El de Dorothy es la triste puerta monocroma de su casa que la conduce a un glorioso universo en tecnicolor. La cámara gira entre las flores lisérgicas de Oz. A Judy Garland le faltan ojos para comprender. Y Kansas ya no es Kansas. Todo es mucho mejor.
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Muy buen artículo.
Felicidades.
Sugiero que falta una puerta fundamental: la de «El show de Truman» . La puerta q divide la ficción de la realidad, nada menos….
Marta no nos quiere contar qué hay detrás de la puerta verde.
Qué buen artículo, señora! Mis felicitaciones. Me ha traido todas esas puertas que esperábamos que se abrieran o no, manteniendo el respiro, con las palomitas a la altura de la boca. Hay una puerta en especial que recuerdo, aquella dentro de un bunker claustrofóbico. Esperaba ver aparecer a un Hitler (El hundimiento) feroz, y en su lugar sale un Hitler-Ganz incomparable, un Hitler amable, dulce, educado y tolerante. Todas las puertas eran de acero. Brrr…Muchas gracias.
que hermoso articulo, me ha encantado !.. no habia prestado atencion al protagonismo de las puertas,
Jean Cocteau, en Orphée, transforma el espejo en una puerta que permite acceder al más allá. Para recuperar a Eurídice, Orfeo tiene que atravesar el espejo-puerta que le llevará al mundo de los muertes. Y para cruzar esta puerta, «il ne s’agit pas de comprendre: il s’agit de croire».
https://www.youtube.com/watch?v=wxsvEgOTaxA