Destinos Ocio y Vicio

El hombre que le vigilaba el sueño al mar de Sálvora

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Imagen de cubierta de Sálvora, diario de un farero, Hoja de Lata.

El faro de Julio Viches no tiene puertas. De él se entra y se sale por una ventana. Como de todos los sitios que valen la pena. Bajo el quicio, todavía unos ojos arrugados de tanto mirar el mundo. A un lado, el Atlántico feroz. Sus inviernos. Su olor a salitre. Sus pájaros mojados. Adentro, la lumbre apagada. El poso de una taza de café. Lo que fue y, lo que es peor, lo que pudo haber sido.

Aquí la gente se revela como es. En una isla no se puede fingir.

Julio Viches no finge. Fue feliz aquí, en la isla que solo él habitaba. Tuvo dos hijas y tantos amores. Conquistó un reino, Bislandia del Norte, y fue testigo de mareas rubias y de náufragos secos. Tocó la guitarra hasta el amanecer, leyó libros que nadie leía y viajó. Viajó mucho. A Valencia. A Brasil. A Costa Rica. Pero sobre todo viajó sin salir de Sálvora. Hasta esta isla, tres kilómetros mar adentro en plena ría de Arousa, llegaba ese tipo de gente que llega siempre a los sitios donde nadie pregunta quién eres ni de dónde vienes. Sitios de los que se entra y se sale por una ventana.

A la isla de Sálvora ya no llegan aristócratas trasnochados. Tampoco yonquis apurados por el mono ni fardos de Winston de batea. Si acaso lo hacen ahora algunos marineros locales para limpiar el aparejo, excursiones escolares y pequeñas hordas de turistas en verano. En unas semanas Julio Viches dejará Sálvora y con él se irá el último de los fareros de la isla. Bajo el quicio de la ventana, Julio paladea esos primeros segundos en los que nace la nostalgia. De los libros leídos. Del atardecer. De lo que ya no será.

—Julio, ¿para ti qué es la soledad?

***

Hoy

Lo primero que Pablo Mallo, marinero del Elvira II una semana, vigilante en Sálvora la otra, hace cada mañana es asomarse a las mismas rocas en las que un día se rompió el peroné. Lleva casi seis años en la isla, y estuvo casi otros seis en Ons, en Bislandia del Sur. Allí la vida es solitaria, pero todavía hay una familia que reside permanentemente y un bar, casa Checho, donde los marineros paran a jugar la partida. «Aquí es distinto, hay semanas en las que no hablo con nadie». Desde que se jubiló Pepe, uno de los tres torreros que se encargaba del faro desde los años ochenta, se acabaron las cenas de los martes, Pepe con su chupito de Santa Teresa, Pablo con una copa de vino. «Antes teníamos el cambio de turno los miércoles, entonces el martes ya dejábamos la cocina limpia para el que entraba. Pepe nos invitaba a cenar siempre los martes para que comiésemos caliente». «Con Julio», continúa Pablo, «también comemos. ¡Prepara unas paellas estupendas!».

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4 comentarios

  1. Gran texto. Me han entrado ganas de leer libro y, especialmente, de irme a vivir a Sálvora. Saludos.

  2. Fantástico relato, me emocionó muchísimo la historia y la forma en que esta escrita. Me dieron ganas de conocer Sálvora, porque lo que ví a través de los ojos del autor me encanó.

  3. Increíble y emotivo texto. Todas las islas atlánticas tienen un halo especial.

  4. Precioso texto, que complementa al libro.

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