Correo extranjero Opinión

Pablo Mediavilla Costa: El médico de Bukavu

Zarpaba solo al amanecer más bello del mundo, con una mochila sucia, el estómago como una lavadora vacía, una acreditación falsa y el ánimo a ras de suelo. En mi cinturón mágico guardaba trescientos y pico euros y como quiera que en el este de Congo no hay cajeros, pero sí una economía histérica y muchos sobornos cotidianos e imprescindibles, es como decir que viajaba sin blanca. Al llegar al puerto de Bukavu, a orillas del lago Kivu, con el sol de mediodía taladrando coronillas, me di cuenta de que, una vez más, nadie me esperaba en el muelle. Era un imposible pues yo no había anunciado mi llegada, pero estar solo en el mundo es algo que siempre me sobrecoge.

Salí a la calle por entre los porteadores, las familias y los niños del muelle y me dejé llevar como un corderito hacia el taxi por el primer chófer que me abordó. Le di la dirección en mi penoso francés, bajé la ventanilla y volví a preguntarme muy seriamente qué coño hacía yo allí, en Bukavu, en una ciudad como de pesadilla de rico, con sus mansiones colgadas sobre el lago y sus calles carcomidas por el tráfico de camiones con tropas, minerales y vidas. La Mónaco del otro lado del espejo.

En la puerta de la casa de Médicos Sin Fronteras di un nombre y la fortaleza se abrió. Un par de todoterrenos aparcados en el patio de hormigón donde me recibió una mujer joven —he olvidado cómo se llamaba y todos los demás nombres de esta historia—, una compañera de unos amigos míos de Kampala, también médicos, que me habían dado su contacto por si las moscas. Le conté mi situación y me dijo que podía quedarme con ellos unos días con la condición de no andar contándolo por ahí, en un blog o lo que fuera que estuviera haciendo con mi vida. Le dije que sí, que no se preocupara, que, de todas formas, nadie me leía.

En el salón me presentó al resto del equipo, gentes de varios países viviendo en la casa grande, en un régimen de convento de clausura, con sus tensiones soterradas y sus problemas de generadores, vacunas y llamadas de skype a la familia o novios lejanos que se cortaban siempre en el momento más inoportuno. Por orden de la empresa, no podían poner el pie en la calle y sus movimientos dependían de un intrincado sistema de walkie-talkies y los dos todoterrenos de arriba a abajo todo el día. De entre los habitantes de la casa destacaba un tipo de unos cuarenta y largos, perfectamente afeitado y peinado, vestido como si saliera de una tienda de mocasines de la calle Serrano y ajeno al trajín del lugar. Cuando hablaba lo hacía con autoridad y en las tres palabras que cruzó conmigo antes de comer fue un poco cortante. Era uno de los fundadores de MSF España o eso me dijo y estaba allí unos días para evaluar la labor de la jefa de la misión, una francesa (luego me contó que, en realidad, estaba allí para cargársela y ponerle un billete de ida en la mano). Un cabrón que va al centro de las cosas, pensé. Me gustó al instante.

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Un comentario

  1. Cuanta razón, los que hemos vivido en África algún tiempo sabemos que las apariencias allí no siempre son como las de aquí, y que casi siempre son al revés.

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