
¿Está el arte amenazado por la inteligencia artificial? Nuestra actualidad vomita esta pregunta subrayada por la angustia de quienes creen proteger algo sagrado. Estos no dudan en responder con una afirmación rotunda; otros prefieren posturas más mesuradas. Lo que nadie parece dispuesto a afrontar es el sentido de la pregunta, no su pertinencia, sino su fondo semántico. ¿Cuál es ese «arte» amenazado por una tecnología a la que sus promotores llaman «inteligencia artificial»? ¿Y si fuera posible sostener que ni una cosa ni otra son lo que se pretende que sean? Si llevamos el análisis al viejo debate de la definición del arte, sin duda nos perderemos por sus tortuosos callejones sin salida. Pretender enfrentar la IA a términos ya de por sí poco claros como creatividad, sensibilidad, alma, humanidad o genio es otro falso debate. En primer lugar, porque la IA pierde en él su condición de herramienta tecnológica. Y, sobre todo, por la inconmensurabilidad de esos términos, sostenidos únicamente por su potencia como mitos románticos aún vigentes.
La tecnología opera en el ensamblaje de lo concreto. Los problemas filosóficos que pueda suscitar carecen de peso real si se los desacopla de este contexto, como cuando se la utiliza en divagaciones acerca de la conciencia y el poder, como si la huella humana, política y económica pudiese borrarse de su horizonte para cumplir la profecía futurista de la rebelión de las máquinas. El contexto nos remite a la producción y al consumo, a una complejísima red de relaciones globalizadas que demanda materia circulante. La mercancía no es un mero bulto envuelto en papel gris; su envoltorio es un fasto de colores que la circunda por todas partes. Su contenido está lejos de la esfera de lo aurático, del objeto singular que alimenta el prestigio de los museos. Lo que produce la IA no sustituye a la oferta de los templos que exhiben la «obra de arte» canónica o los productos legitimados por el artworld. La IA viene a imponerse como alternativa barata y rápida a otra cosa, a la productividad de ciertas profesiones que hoy se postulan como una especie de gremios medievales: diseñadores gráficos, fotógrafos, articulistas, guionistas, etc. También podemos incluir a otros perfiles que se presentan embadurnados con los ropajes del creador: novelistas, ilustradores o compositores, pero que muchas veces elaboran un producto cuya creatividad está finalmente sujeta a la infalibilidad de un molde que, en el caso, por ejemplo, de los literatos, podemos bautizar como «canon Amazon».
Que se llame arte a lo que hacen estos profesionales es indiferente, así como la discusión de si alguna esencia humana, su expresión o su alma vive en sus productos. El desasosiego contra la máquina tiene un grueso historial de reacciones a derecha e izquierda. La postura de esta última contra el potencial explotador de las novedades tecnológicas ha abierto la brecha del reflujo idealista que habla en defensa de la humanidad. A muchos se les olvida que Marx tenía como horizonte la superación, no la supresión, de la primera revolución industrial, y habló a favor del potencial emancipador de unas máquinas capaces de traernos la prosperidad material y la espiritual una vez arrancadas de las manos burguesas.
¿Hay motivos para atrincherarnos en el desasosiego? Nuestras ciudades están llenas de la apatía de lo serial. Lo exclusivo, lo manual, es adonde van los turistas llamados por el prestigio de lo inimitable, pero los objetos de uso cotidiano han sido producidos por una cadena de diseñadores orientados por el criterio de lo útil, lo práctico y lo vendible. Y luego fabricados por millones. Sacudida por esta plétora, la artesanía contemporánea es el producto de una transformación de su contexto originario. No compite contra la utilidad; ha encontrado su nicho en el placer de lo decorativo, de lo excepcional, en la belleza de los patrones sutilmente imperfectos, en la manualidad cuya paciencia no es medible por una rentabilidad industrial. La tradición nunca tuvo ideología; lo que nos venden como tal sí es una ideología, el tradicionalismo, inventada en la modernidad por la nostalgia de algo que se pierde y que quizás nunca existió. La tradición era la repetición de lo funcional sin la tecnología de la reproducción masiva. Lo que de tradicional tiene la artesanía contemporánea es solo una etiqueta comercial.
Las profesiones «artísticas» hoy amenazadas por la IA habitan un amplio espectro de posibilidades entre lo que es imitable por la tecnología y lo que no lo es: aquello capaz de conservar la factura de un estilo individual humano. Lo primero pertenece al gran atractor de la industria cultural, y aquí la IA va a ensanchar y continuar las autopistas de una lógica de producción mercantil que ya estaba funcionando. Los que se espantan por su estilo barroco o sus patrones inhumanos están prestando atención a un producto amateur, la consecuencia de que cualquiera pueda usarla gratis o con una suscripción asequible. El producto profesional, sin embargo, podrá construir el contenido de toda una base de datos fotográfica para uso empresarial; o podrá sustituir al equipo de guionistas de una serie, que quedarán reducidos a unos pocos operadores de prompts que alimentarán a la máquina con los requerimientos de la industria del ocio para la que trabajan. Quienes estén fuera de estas dinámicas tendrán la oportunidad de distinguirse por su estilo y por su talento. No hay otra vía, y quizás la nueva situación sirva para abrir una brecha que espante del gusto dominante la mediocridad de tantas ínfulas creativas.
Quienes aspiran a representar a la humanidad en su cruzada contra el tecnofascismo estético se remiten a una estirpe cuya genealogía desconocen. Se pone como ejemplo recurrente la reacción de los pintores a la fotografía, pero la comparación con la situación actual es bastante limitada. Es cierto que los movimientos pictóricos del siglo XIX iniciaron una carrera que terminó por romper las formas clásicas de representación, pero no fue solo por el hecho de una presión tecnológica. A ello contribuyó en gran medida la saturación de unos modos de hacer que habían estado acumulándose contra el muro de lo académico, y la fuerza conjunta de unas sociedades que aceleraban hacia la modernidad actual terminó por derribarlo.
Las profesiones de las que hemos hablado solo oblicuamente pueden tomarse como herederas de esa estirpe artística. La sucesión de vanguardias abocó a un mundo del arte que vive en gran medida en los cercos de su propia distinción. Las corrientes del arte contemporáneo hace mucho que reaccionaron al advenimiento de la inteligencia artificial, aun sin saber que esta vendría. Quizás fue porque esta tecnología reproduce muchas lógicas de aquello contra lo que reaccionaban, llámese capitalismo o mercado. De este modo, desde hace muchas décadas, el arte produce obras que difícilmente pueden ser imitadas por ninguna IA. Un ejemplo notorio es el del arte conceptual, que renuncia precisamente a aquello que la IA hace —generar un producto— y se enfoca en la elaboración de la propuesta de la obra y la presentación de este proceso. Otra cosa es que haya un arte conceptual que efectivamente se realice como tal, porque finalmente sí acaban presentando objetos para consumo de las instituciones del arte. Más allá van el arte de la performance, que sustituye el producto por el acto, y todo tipo de intervencionismos en espacios no museísticos. Para un tipo de arte preocupado por el concepto, la presentación, el acto, lo efímero o lo institucional, y que además investiga no contra lo dado, sino en torno a ello, la inteligencia artificial no es un enemigo, sino un elemento más con el que experimentar y proponer miradas que descoloquen nuestras rutinas. La inteligencia artificial aquí no es una herramienta que nos sustituye, sino que nos permite indagar en nuevos modos de hacer, y así está siendo ya utilizada. Ejemplo de ello es la obra de Refik Anadol, cuya instalación Unsupervised convirtió los archivos del MoMA en una alucinación colectiva de datos que el propio museo ofreció como si fuera parte de su colección. O la de Ian Cheng, que construye ecosistemas de agentes autónomos que evolucionan mientras los contemplamos. Ambos representan los casos más visibles de esta asimilación, pero la apropiación más incisiva no es la que genera objetos espectaculares, sino la que vuelve la herramienta contra sí misma. Hito Steyerl lleva años desmontando cómo los algoritmos construyen y destruyen realidades sociales. Trevor Paglen documenta los prejuicios incrustados en los datasets del reconocimiento facial. Stephanie Dinkins pregunta por qué la representación de las comunidades negras es marginal en los datos que están construyendo el mundo que viene. En el territorio del arte sonoro, Holly Herndon entrenó un clon digital de su propia voz para explorar quién es el propietario de una identidad vocal cuando el mercado digital puede reproducirla sin límite. En el límite de lo cibernético y lo performativo, Sougwen Chung improvisa con un sistema robótico que ha aprendido su propio estilo de dibujo, mientras Agnieszka Pilat entrena a los perros robot de Boston Dynamics para que pinten. Lo que separa a todos estos trabajos del usuario de Midjourney no es el valor artístico, categoría que el propio artworld lleva décadas desmontando, sino el control del concepto, la intención sobre el proceso, la pregunta que la herramienta no es capaz de hacerse.
En definitiva, la IA no inventa el «canon Amazon», lo perfecciona. Y en esa perfección revela su naturaleza, que siempre estuvo ahí, pero no era fácil de ver. El escritor o el diseñador que producían dentro de ese molde ya estaban, en cierto sentido, siendo operadores de un algoritmo cultural antes de que existiera ningún algoritmo. La IA simplemente hace visible lo que el mercado cultural lleva décadas haciendo en silencio. Y, si puede producir contenido indistinguible del humano en ciertos registros, la pregunta se desplaza de la producción a la recepción. No «¿puede una máquina crear?», sino «¿importa quién creó lo que estás consumiendo, y por qué debería hacerlo?». El espectáculo, decía Debord, no es un conjunto de imágenes, sino una relación social mediada por ellas. Lo que la IA perfecciona no es solo la producción de contenido, sino la educación del ojo que lo consume, un ojo entrenado durante décadas por el canon, por el algoritmo, por la lógica de lo que se compra y se recomienda, hasta volverse indistinguible del prompt que genera lo que mira. La industria de los cánones Amazon, Netflix o Disney no necesita una máquina que la sustituya; ya es, en gran medida, esa máquina.
Las prácticas del arte contemporáneo nos han mostrado lo simplista que es considerar a la IA como enemiga. Desde el punto de vista de estas prácticas, y de los oficios amenazados, los nuevos usos tecnológicos no liberan ni destruyen, sino que clarifican. Los profesionales que sobrevivan a esta criba no serán los más hábiles ni los más productivos, sino los que tengan algo que decir que no quepa en un prompt. Otra cuestión es que sepamos detectar el devenir histórico en el que la IA se inserta. No se trata de una disrupción en un sistema armónico en el que los artistas y sus obras se muestran a un espectador emancipado. Este espectador activo postulado por Rancière encuentra su límite cuando es contrastado con una realidad colonizada por el canon y el algoritmo.
Para un sistema del arte que, en muchos aspectos, se sentía agotado, la revitalización puede ser notable. Las vanguardias han estado siempre abiertas a explotar las estéticas y los recovecos de toda tecnología de representación. Los intentos de vuelta a una cierta tradicionalidad, como los de William Morris y su Arts and Crafts, son ya muy lejanos. Desde entonces, los artistas han estado muy lejos de ser luditas; más bien han medrado en un ambiente muy distinto al de las problemáticas obreras, por más que el izquierdismo fuese bandera para muchos de ellos. Otra cuestión, para concluir, es el anhelo marxista de apropiación de los medios de producción, artísticos en este caso. ¿Qué futuro tiene aquí una tecnología que, para su existencia, requiere instalaciones fastuosas, inversiones ingentes y un consumo de recursos y energía nunca visto?





